Y los muertos aquí lo pasamos muy bien, entre flores de colores…

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La costumbre de enterrar a los fallecidos en el interior de las iglesias parece ser que se inició en el S. XIII. Cuanto más importantes o ricos eran, más cerca del altar eran enterrados. Se creía firmemente que, si eras enterrado lejos de la iglesia, también estabas lejos de Dios, de modo que con el paso de los años surgió un grave problema de falta de espacio, por lo que cada cierto tiempo se realizaba la llamada “monda de cuerpos”, una práctica que consistía en exhumar los cadáveres para trasladar los huesos al osario del templo.

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Ya en la segunda mitad del S. XVIII, los médicos ilustrados comenzaron a insistir en la necesidad, por motivos de higiene y salubridad, de crear cementerios extramuros para realizar los enterramientos, lo que, unido al crecimiento demográfico y el aumento de las defunciones acabo con la arraigada costumbre de los enterramientos en los templos y atrios. En este contexto histórico, social y cultural sería cuando la se comenzó a regular los enterramientos por parte de las autoridades y la creación de cementerios extramuros en las ciudades españolas, de igual modo que ya ocurría en otras naciones europeas. Muy pronto, los primeros cementerios construidos fuera de los límites urbanos en las grandes ciudades, se vieron rodeados de edificios, debido al ya por entonces imparable crecimiento de las ciudades a lo largo del S. XIX, de ahí que uno tras otro acabaran desapareciendo la mayor parte de ellos.

 Los primeros cementerios extramuros de Madrid

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Los primeros cementerios extramuros de Madrid se construyeron a principios del siglo XIX, situándose fuera de la cerca que rodeaba la ciudad, levantada en tiempos de Felipe IV y que sería derribada en 1868. El incendio de la iglesia de Santa Cruz en 1763, dejó al descubierto muchos de los cadáveres en ella enterrados. El mal olor y las epidemias de peste que asolaron España por aquellas fechas hicieron que en 1783 la Real Academia de La Historia remitiera un informe al Consejo del Estado sobre el tema de los enterramientos de los fallecidos elaborado a partir de tres informes llevados a cabo en los últimos 5 años. Se intentaba minimizar el riesgo de contagios en un clima tan cálido como el nuestro, proponiendo situar los cementerios junto a las ermitas ubicadas en las afueras para así poder dar cristiana sepultura en tierra sagrada a los difuntos.

Así, sería finalmente Carlos III quien, por evidentes razones de salud pública, ordenó que se dejara de enterrar en el interior de las iglesias y se empezaran a construir cementerios fuera del casco urbano, mediante una Real Cédula de 3 de abril de 1787. Pero nadie quería ser enterrado lejos de las iglesias. Hubo un nuevo intento años más tarde, ya durante el reinado de Carlos IV, pero los ciudadanos seguían oponiéndose a tal medida.

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Y pasaron los años hasta que el 7 de marzo de 1809, se publicó en el Diario de Madrid, que por aquel entonces era el equivalente al Boletín Oficial del Estado, la siguiente orden:

” DON JOSEF NAPOLEÓN POR LA GRACIA DE DIOS Y POR LA CONSTITUCION

DEL ESTADO, REÍ DE LAS ESPAÑAS Y DE LAS INDIAS”

“Considerando muí conforme a las reglas de una buena policía cortar de raíz todas las causas que pueden influir en la putrefacción del aire, y dañar a la salud pública, en cuya conservación debe esmerarse tanto la solicitud y zelo del gobierno; y observando que, principalmente en las actuales circunstancias, nada se opone más a lograr tan saludable objeto como permitir la práctica de enterrar los cadáveres en las iglesias, abuso contrario a la sana razón, a la política, al respeto debido a los templos, y a los preceptos de la disciplina eclesiástica de los mejores tiempos: hemos decretado y decretamos lo siguiente:…….”

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En la orden se contemplaba la construcción de cuatro cementerios, incluido el General del Norte que todavía ya se estaba construyendo siguiendo la Real Cédula promulgada por Carlos IV el 26 de abril de 1804, a la vez que se enumeraban y regulaban los diferentes servicios con los que debían de contar los cementerios y se intentaba acabar con los privilegios de algunos.

“A mano izquierda del camino de Extremadura, otro en la primera altura a la mano izquierda del camino viejo de Leganés, y el tercero en la primera altura del camino de Alcalá, pasada la tapia del Buen Retiro”

“No habrá persona, por privilegiada que sea, que se exima de conformarse con las disposiciones de este nuestro decreto”

De este modo, sería durante el reinado de José I Bonaparte cuando se termino la construcción de los dos primeros, situados al Norte y al Sur de la capital.

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El cementerio General del Norte estaba situado al otro lado de la Puerta de Fuencarral, en la zona que en la actualidad ocupan la Plaza del Conde Valle de Suchíl, y la Glorieta de Quevedo, a la izquierda del camino que prolongaba más allá de la cerca de Felipe IV la calle Ancha de San Bernardo. Por su parte, el cementerio General del Sur, también conocido como cementerio de la Puerta de Toledo, fue construido para dar servicio como camposanto de los feligreses de las parroquias del Sur de la capital, estando situado al otro lado del Manzanares, en Carabanchel, entre las calles de Baleares y la Verdad.

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En octubre de 1813 D. Manuel de Arizcun y Horcasitas, III marqués de Iturbieta y a la sazón alcalde por segunda vez de la Villa de Madrid, promulgó una ordenanza que prohibía el traslado público de cadáveres desde las casas mortuorias a las parroquias y su exposición en las mismas, antes de su traslado al cementerio disponiendo el traslado directo de los cuerpos. Igualmente se obligaba a los pueblos de la provincia de Madrid a situar los cementerios fuera de las poblaciones, una norma que, ante el incumplimiento de la misma, tuvo que ser publicada de nuevo en el Diario de Madrid en mayo de 1820.

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Fue solo el comienzo, ya que pocos años después varias archicofradías y sacramentales de la ciudad comenzaron la construcción de sus propios camposantos al objeto de dar cristiana sepultura a sus miembros. Dos, los de San Nicolás y San Sebastián, se construyeron en la zona de la actual calle Méndez Álvaro y tres más en el actual distrito de Chamberí, más al norte del citado cementerio General de Norte. Hacia 1860, debido al continuo crecimiento de la población y al plan de Ensanche de la ciudad, surgió la idea de construir dos grandes necrópolis municipales, llamadas del Este y del Oeste, que debían sustituir a todos estos cementerios.

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Sólo llegó a construirse el del Este, el cementerio más conocido de Madrid y uno de los mayores del mundo: Nuestra Señora de la Almudena, cuyos orígenes se remontan a 1877, cuando se aprobó su construcción en el entonces término municipal de Vicálvaro, en los conocidos como terrenos de la Elipa.

Y ahora, os propongo un fúnebre recorrido por los cementerios que se construyeron en Madrid a lo largo del S. XIX, la mayoría de ellos desaparecidos.

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Un puente y un museo de escultura. Un maridaje peculiar

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Escondido en el corazón del Paseo de la Castellana, como si aguardase agazapado para sorprender a los viandantes, se encuentra un museo que pasa casi totalmente desapercibido a quienes circulan, casi siempre apresuradamente, por esta calle madrileña. Os hablo del Museo de Arte Público, antes llamado Museo de Escultura al Aire Libre de la Castellana, situado bajo el puente que une las calles de Eduardo Dato y Juan Bravo, cuya denominación oficial es Paso elevado Enrique de la Mata Gorostizaga.

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El paso elevado sobre el Paseo de La Castellana

Corría el año 1968 cuando, ante el elevado tráfico que comenzaba a soportar Madrid se decidió la construcción de un paso elevado que uniera las zonas Este y Oeste de la capital. El punto escogido para la construcción permitiría, sobrevolando el Paseo de la Castellana, unir las calles de Eduardo Dato y Juan Bravo, aprovechando la pendiente de la primera calle y el importante desnivel existente con la Calle Serrano.

Se eligió el proyecto de los ingenieros Alberto Corral López Dóriga, José Antonio Fernández Ordóñez y Julio Martínez Calzón.Un puente de 320 metros de longitud y 16 metros de ancho realizado con vigas de acero Corten importado de Alemania, con placas y pilares de hormigón blanco con fuste y capitel inspirados en las columnas de estilo dórico. Para las barandillas realizadas en hierro, se eligió el diseño del alicantino Eusebio Sempere, a base de barras en “S” que se superponen a una segunda línea de barras verticales, que en los accesos desde la calle Serrano se sustituyeron por círculos. El resultado final presenta una ligereza extraordinaria gracias a los materiales y los métodos empleados para su construcción. Lamentablemente, años después las barandillas tuvieron que ser modificadas con la inclusión de unas piezas prefabricadas de hormigón en su base ya que no cumplían la normativa de seguridad.

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El paso elevado sería finalmente inaugurado en 1970, siendo alcalde de Madrid Carlos Arias Navarro. Rápidamente surgió la idea entre los ingenieros y el propio Sempere de crear un museo de escultura moderna que se situaría bajo el puente. El propósito era recuperar un espacio urbano para uso común, convirtiéndolo en zona de paso, descanso y esparcimiento, aprovechando para acercar al público el arte abstracto español, hasta ese momento poco conocido. Escultores como Alfaro, Chillida, Chirino, Julio González, Palazuelo, Torner, Sempere o Miró, se comprometieron a donar sus obras a cambio exclusivamente del pago de los materiales y de su ejecución.

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El proyecto fue valorado positivamente y finalmente fue aprobado en 1971, haciéndose cargo el Ayuntamiento de los gastos de materiales y de su instalación. El museo, fue abierto al público en 1972, aunque no hubo inauguración oficial del mismo, debido fundamentalmente a la polémica surgida en torno a la escultura de Chillida titulada “Lugar de Encuentros III”. Presiones políticas por parte del Ayuntamiento de Madrid, especialmente por parte de Arias navarro, que justificaba su negativa por motivos estructurales y de seguridad debido al peso de la escultura, pese a los informes positivos realizados por los autores del proyecto, aunque en realidad la causa última era el origen vasco del escultor y sus opiniones políticas por todos bien conocidas.

Finalmente, la escultura sería retirada en abril de 1973, y debido a esta irracional persecución y a la coincidencia en el tiempo con las representaciones de la obra teatral de Alejandro Casona “La Sirena Varada”, escrita en 1934 y que se había representado en Madrid pocos años atrás en el Teatro Bellas Artes, los periodistas rebautizaron a la que era la primera obra realizada en hormigón de Eduardo Chillida con ese teatral sobrenombre, por el que en la actualidad es más conocida.

Joan Miró, buen amigo de Eduardo Chillida, le propuso colgar la obra delante de la entrada de la Fundación Miró de Barcelona. Finalmente, el 2 de septiembre de 1978, el entonces alcalde de Madrid José Luis Álvarez del Manzano, decidió recuperar para Madrid la controvertida escultura, colgándola de nuevo en su emplazamiento original donde podemos verla en la actualidad, no sin antes encargar un estudio de las condiciones técnicas y de seguridad que, como no podía ser de otra forma, resultó favorable. La tan largamente esperada inauguración oficial del museo tuvo lugar el 9 de febrero de 1979. La polémica quedaba felizmente zanjada y el destino ponía a cada cual en el lugar que le correspondía por méritos o deméritos propios.

 Y ahora, os invito a visitar este singular y poco conocido museo madrileño.

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