Eduardo Torroja y los viaductos de la Ciudad Universitaria. La historia de tres puentes

NEGATIVO

Hoy, en DE REBUS MATRITENIS, vamos a contaros el curioso destino de tres obras públicas realizadas en los primeros años 30 del S.XX por el ingeniero de caminos, canales y puertos Eduardo Torroja Miret, uno de las mayores especialistas en construcciones y estructuras de hormigón armado de la historia de la ingeniería.

En Madrid, su obra más destacada llegada hasta nuestros días, es la cubierta de la tribuna del Hipódromo de la Zarzuela, una estructura innovadora para su época que, milagrosamente, logró sobrevivir a la Guerra Civil.

También hay que destacar el tristemente desaparecido Frontón Recoletos o el anfiteatro del Hospital Clínico San Carlos, la nave Boetticher y varios hangares en Barajas, Cuatro Vientos  y Torrejón.

Un breve apunte biográfico

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Para entender mejor la obra de Eduardo Torroja, nada mejor que leer el prólogo de su libro “Razón y Ser de los Tipos Estructurales” en el que nos dice:

“Cada material tiene una personalidad específica distinta, y cada forma impone un diferente fenómeno tensional. La solución natural de un problema -arte sin artificio-, óptima frente al conjunto de impuestos previos que le originaron, impresiona con su mensaje, satisfaciendo, al mismo tiempo, las exigencias del técnico y del artista. El nacimiento de un conjunto estructural, resultado de un proceso creador, fusión de técnica con arte, de ingenio con estudio, de imaginación con sensibilidad, escapa del puro dominio de la lógica para entrar en las secretas fronteras de la inspiración. Antes y por encima de todo cálculo está la idea, moldeadora del material en forma resistente, para cumplir su misión. A esa idea va dedicado este libro.”

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Eduardo Torroja Miret, hijo del arquitecto y matemático Eduardo Torroja Caballé, nació en Madrid el 27 de agosto de 1899.

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En 1917 ingresó en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales, fundada por Agustín de Betancourt en 1802 a semejanza de la École des Ponts et Chaussès de Paris, donde terminaría la carrera en 1923, comenzando a trabajar en la Compañía de Construcciones Hidráulicas Civiles, dirigida por el que fuera su profesor en la Escuela de Caminos José Eugenio Ribera.

Allí lleva a cabo proyectos como la cimentación de el puente de la Carraca y el acueducto de Tempul, sobre el río Guadalete, ambos en Cádiz, y el puente de San Telmo, en Sevilla.

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En 1926 contrajo matrimonio con Dª. Carmen Cabanillas Prospera con quien tuvo sus cuatro hijos, Carmen, Mercedes, José Antonio y Eduardo. En 1927 se independiza, abriendo en Madrid su propia oficina de proyectos de ingeniería realizando en 1932, en colaboración con el arquitecto Manuel Sánchez Arcas, la Central térmica de la Ciudad Universitaria, un proyecto por el que  recibieron en 1932 el Premio Nacional de Arquitectura y la cubierta del Mercado de Abastos de Algeciras. Pocos años después, junto con otros arquitectos e ingenieros, funda la empresa ICON, dotada de avanzados laboratorios para la investigación sobre modelos reducidos, que sería el punto de partida del Instituto Técnico de la Construcción y la Edificación creado en 1934, del que Torrija sería primer secretario.

Finalizada la Guerra Civil en 1939, la Escuela Especial de Caminos, Canales y Puertos le ofrece ser profesor de Cálculo de Estructuras, Resistencia de Materiales, Fundamento del Cálculo y Ejecución de obras de hormigón armado y pretensado, entre otras. En 1941 es se hace cargo de la dirección del Laboratorio Central de Ensayo de Materiales de Construcción situado en la propia escuela de Caminos, proyectando un nuevo edificio para este laboratorio. Su trayectoria profesional, finalizaría en el Instituto Técnico de la Construcción y el Cemento, que tras su muerte pasaría a llamarse Instituto Eduardo Torroja de la Construcción y el Cemento.

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Recibió varias condecoraciones, entre ellas la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio o la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil y fue nombrado Doctor Honoris Causa por las universidades de Toulouse, Buenos Aires, Chile entre otras. Tras su fallecimiento, ocurrido  en Madrid el 15 de junio de 1961, el General Franco le concedió pocos meses más tarde, el 1 de octubre de 1961, el título de marqués de Torroja, que en la actualidad ostenta el mayor de sus hijos varones (también ingeniero de caminos, canales y puertos), José Antonio Torroja Cabanillas, padre de la cantante Ana Torroja, integrante junto a los hermanos José María y Nacho Cano del popular grupo de música pop Mecano.

Y ahora, os propongo un recorrido a través de la obra que nuestro protagonista de la entrada de hoy llevó a cabo en la Ciudad Universitaria de Madrid.

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Y los muertos aquí lo pasamos muy bien, entre flores de colores…

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La costumbre de enterrar a los fallecidos en el interior de las iglesias parece ser que se inició en el S. XIII. Cuanto más importantes o ricos eran, más cerca del altar eran enterrados. Se creía firmemente que, si eras enterrado lejos de la iglesia, también estabas lejos de Dios, de modo que con el paso de los años surgió un grave problema de falta de espacio, por lo que cada cierto tiempo se realizaba la llamada “monda de cuerpos”, una práctica que consistía en exhumar los cadáveres para trasladar los huesos al osario del templo.

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Ya en la segunda mitad del S. XVIII, los médicos ilustrados comenzaron a insistir en la necesidad, por motivos de higiene y salubridad, de crear cementerios extramuros para realizar los enterramientos, lo que, unido al crecimiento demográfico y el aumento de las defunciones acabo con la arraigada costumbre de los enterramientos en los templos y atrios. En este contexto histórico, social y cultural sería cuando la se comenzó a regular los enterramientos por parte de las autoridades y la creación de cementerios extramuros en las ciudades españolas, de igual modo que ya ocurría en otras naciones europeas. Muy pronto, los primeros cementerios construidos fuera de los límites urbanos en las grandes ciudades, se vieron rodeados de edificios, debido al ya por entonces imparable crecimiento de las ciudades a lo largo del S. XIX, de ahí que uno tras otro acabaran desapareciendo la mayor parte de ellos.

 Los primeros cementerios extramuros de Madrid

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Los primeros cementerios extramuros de Madrid se construyeron a principios del siglo XIX, situándose fuera de la cerca que rodeaba la ciudad, levantada en tiempos de Felipe IV y que sería derribada en 1868. El incendio de la iglesia de Santa Cruz en 1763, dejó al descubierto muchos de los cadáveres en ella enterrados. El mal olor y las epidemias de peste que asolaron España por aquellas fechas hicieron que en 1783 la Real Academia de La Historia remitiera un informe al Consejo del Estado sobre el tema de los enterramientos de los fallecidos elaborado a partir de tres informes llevados a cabo en los últimos 5 años. Se intentaba minimizar el riesgo de contagios en un clima tan cálido como el nuestro, proponiendo situar los cementerios junto a las ermitas ubicadas en las afueras para así poder dar cristiana sepultura en tierra sagrada a los difuntos.

Así, sería finalmente Carlos III quien, por evidentes razones de salud pública, ordenó que se dejara de enterrar en el interior de las iglesias y se empezaran a construir cementerios fuera del casco urbano, mediante una Real Cédula de 3 de abril de 1787. Pero nadie quería ser enterrado lejos de las iglesias. Hubo un nuevo intento años más tarde, ya durante el reinado de Carlos IV, pero los ciudadanos seguían oponiéndose a tal medida.

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Y pasaron los años hasta que el 7 de marzo de 1809, se publicó en el Diario de Madrid, que por aquel entonces era el equivalente al Boletín Oficial del Estado, la siguiente orden:

” DON JOSEF NAPOLEÓN POR LA GRACIA DE DIOS Y POR LA CONSTITUCION

DEL ESTADO, REÍ DE LAS ESPAÑAS Y DE LAS INDIAS”

“Considerando muí conforme a las reglas de una buena policía cortar de raíz todas las causas que pueden influir en la putrefacción del aire, y dañar a la salud pública, en cuya conservación debe esmerarse tanto la solicitud y zelo del gobierno; y observando que, principalmente en las actuales circunstancias, nada se opone más a lograr tan saludable objeto como permitir la práctica de enterrar los cadáveres en las iglesias, abuso contrario a la sana razón, a la política, al respeto debido a los templos, y a los preceptos de la disciplina eclesiástica de los mejores tiempos: hemos decretado y decretamos lo siguiente:…….”

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En la orden se contemplaba la construcción de cuatro cementerios, incluido el General del Norte que todavía ya se estaba construyendo siguiendo la Real Cédula promulgada por Carlos IV el 26 de abril de 1804, a la vez que se enumeraban y regulaban los diferentes servicios con los que debían de contar los cementerios y se intentaba acabar con los privilegios de algunos.

“A mano izquierda del camino de Extremadura, otro en la primera altura a la mano izquierda del camino viejo de Leganés, y el tercero en la primera altura del camino de Alcalá, pasada la tapia del Buen Retiro”

“No habrá persona, por privilegiada que sea, que se exima de conformarse con las disposiciones de este nuestro decreto”

De este modo, sería durante el reinado de José I Bonaparte cuando se termino la construcción de los dos primeros, situados al Norte y al Sur de la capital.

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El cementerio General del Norte estaba situado al otro lado de la Puerta de Fuencarral, en la zona que en la actualidad ocupan la Plaza del Conde Valle de Suchíl, y la Glorieta de Quevedo, a la izquierda del camino que prolongaba más allá de la cerca de Felipe IV la calle Ancha de San Bernardo. Por su parte, el cementerio General del Sur, también conocido como cementerio de la Puerta de Toledo, fue construido para dar servicio como camposanto de los feligreses de las parroquias del Sur de la capital, estando situado al otro lado del Manzanares, en Carabanchel, entre las calles de Baleares y la Verdad.

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En octubre de 1813 D. Manuel de Arizcun y Horcasitas, III marqués de Iturbieta y a la sazón alcalde por segunda vez de la Villa de Madrid, promulgó una ordenanza que prohibía el traslado público de cadáveres desde las casas mortuorias a las parroquias y su exposición en las mismas, antes de su traslado al cementerio disponiendo el traslado directo de los cuerpos. Igualmente se obligaba a los pueblos de la provincia de Madrid a situar los cementerios fuera de las poblaciones, una norma que, ante el incumplimiento de la misma, tuvo que ser publicada de nuevo en el Diario de Madrid en mayo de 1820.

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Fue solo el comienzo, ya que pocos años después varias archicofradías y sacramentales de la ciudad comenzaron la construcción de sus propios camposantos al objeto de dar cristiana sepultura a sus miembros. Dos, los de San Nicolás y San Sebastián, se construyeron en la zona de la actual calle Méndez Álvaro y tres más en el actual distrito de Chamberí, más al norte del citado cementerio General de Norte. Hacia 1860, debido al continuo crecimiento de la población y al plan de Ensanche de la ciudad, surgió la idea de construir dos grandes necrópolis municipales, llamadas del Este y del Oeste, que debían sustituir a todos estos cementerios.

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Sólo llegó a construirse el del Este, el cementerio más conocido de Madrid y uno de los mayores del mundo: Nuestra Señora de la Almudena, cuyos orígenes se remontan a 1877, cuando se aprobó su construcción en el entonces término municipal de Vicálvaro, en los conocidos como terrenos de la Elipa.

Y ahora, os propongo un fúnebre recorrido por los cementerios que se construyeron en Madrid a lo largo del S. XIX, la mayoría de ellos desaparecidos.

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Un puente y un museo de escultura. Un maridaje peculiar

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Escondido en el corazón del Paseo de la Castellana, como si aguardase agazapado para sorprender a los viandantes, se encuentra un museo que pasa casi totalmente desapercibido a quienes circulan, casi siempre apresuradamente, por esta calle madrileña. Os hablo del Museo de Arte Público, antes llamado Museo de Escultura al Aire Libre de la Castellana, situado bajo el puente que une las calles de Eduardo Dato y Juan Bravo, cuya denominación oficial es Paso elevado Enrique de la Mata Gorostizaga.

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El paso elevado sobre el Paseo de La Castellana

Corría el año 1968 cuando, ante el elevado tráfico que comenzaba a soportar Madrid se decidió la construcción de un paso elevado que uniera las zonas Este y Oeste de la capital. El punto escogido para la construcción permitiría, sobrevolando el Paseo de la Castellana, unir las calles de Eduardo Dato y Juan Bravo, aprovechando la pendiente de la primera calle y el importante desnivel existente con la Calle Serrano.

Se eligió el proyecto de los ingenieros Alberto Corral López Dóriga, José Antonio Fernández Ordóñez y Julio Martínez Calzón.Un puente de 320 metros de longitud y 16 metros de ancho realizado con vigas de acero Corten importado de Alemania, con placas y pilares de hormigón blanco con fuste y capitel inspirados en las columnas de estilo dórico. Para las barandillas realizadas en hierro, se eligió el diseño del alicantino Eusebio Sempere, a base de barras en “S” que se superponen a una segunda línea de barras verticales, que en los accesos desde la calle Serrano se sustituyeron por círculos. El resultado final presenta una ligereza extraordinaria gracias a los materiales y los métodos empleados para su construcción. Lamentablemente, años después las barandillas tuvieron que ser modificadas con la inclusión de unas piezas prefabricadas de hormigón en su base ya que no cumplían la normativa de seguridad.

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El paso elevado sería finalmente inaugurado en 1970, siendo alcalde de Madrid Carlos Arias Navarro. Rápidamente surgió la idea entre los ingenieros y el propio Sempere de crear un museo de escultura moderna que se situaría bajo el puente. El propósito era recuperar un espacio urbano para uso común, convirtiéndolo en zona de paso, descanso y esparcimiento, aprovechando para acercar al público el arte abstracto español, hasta ese momento poco conocido. Escultores como Alfaro, Chillida, Chirino, Julio González, Palazuelo, Torner, Sempere o Miró, se comprometieron a donar sus obras a cambio exclusivamente del pago de los materiales y de su ejecución.

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El proyecto fue valorado positivamente y finalmente fue aprobado en 1971, haciéndose cargo el Ayuntamiento de los gastos de materiales y de su instalación. El museo, fue abierto al público en 1972, aunque no hubo inauguración oficial del mismo, debido fundamentalmente a la polémica surgida en torno a la escultura de Chillida titulada “Lugar de Encuentros III”. Presiones políticas por parte del Ayuntamiento de Madrid, especialmente por parte de Arias navarro, que justificaba su negativa por motivos estructurales y de seguridad debido al peso de la escultura, pese a los informes positivos realizados por los autores del proyecto, aunque en realidad la causa última era el origen vasco del escultor y sus opiniones políticas por todos bien conocidas.

Finalmente, la escultura sería retirada en abril de 1973, y debido a esta irracional persecución y a la coincidencia en el tiempo con las representaciones de la obra teatral de Alejandro Casona “La Sirena Varada”, escrita en 1934 y que se había representado en Madrid pocos años atrás en el Teatro Bellas Artes, los periodistas rebautizaron a la que era la primera obra realizada en hormigón de Eduardo Chillida con ese teatral sobrenombre, por el que en la actualidad es más conocida.

Joan Miró, buen amigo de Eduardo Chillida, le propuso colgar la obra delante de la entrada de la Fundación Miró de Barcelona. Finalmente, el 2 de septiembre de 1978, el entonces alcalde de Madrid José Luis Álvarez del Manzano, decidió recuperar para Madrid la controvertida escultura, colgándola de nuevo en su emplazamiento original donde podemos verla en la actualidad, no sin antes encargar un estudio de las condiciones técnicas y de seguridad que, como no podía ser de otra forma, resultó favorable. La tan largamente esperada inauguración oficial del museo tuvo lugar el 9 de febrero de 1979. La polémica quedaba felizmente zanjada y el destino ponía a cada cual en el lugar que le correspondía por méritos o deméritos propios.

 Y ahora, os invito a visitar este singular y poco conocido museo madrileño.

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El desaparecido Pabellón Real de los Jardines del Buen Retiro.

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Entre los edificios construidos en El Retiro a lo largo del S. XIX, destacaba, pese a su reducido tamaño, el tristemente desaparecido Pabellón Real, también conocido como Pabellón Árabe.

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Fue construido con motivo de la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales, que tuvo lugar en los mencionados jardines entre los meses de mayo y noviembre del año 1883 en el llamado Campo Grande, una zona del Retiro que se había conservado agreste y silvestre hasta el reinado de Isabel II. La Exposición tuvo además el honor de serla primera exposición de esta temática que se llevó a cabo en España.

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La inauguración oficial, prevista para el 1 de abril de 1883, hubo de aplazarse a causa de los temporales que retrasaron las obras, siendo inaugurada finalmente por D. Alfonso XII y Dª. Mª. Cristina de Habsburgo – Lorena el 27 de mayo, contando igualmente con la asistencia, entre otras personalidades del Rey Luis I de Portugal.

Sería el ingeniero de Minas, Enrique Nouvión quien se haría cargo del proyecto, que contó con la asistencia de ocho países, entre ellos Alemania, Francia, Noruega, Portugal, Suecia y, como es lógico, España el país anfitrión de la muestra.

Ocupaba una extensión de 9.000 m2 con dos accesos, organizado en torno al Pabellón Central, obra del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, desde el que partía una amplia avenida flanqueada por estatuas en forma de rana que llevaba a los visitantes hasta un pequeño estanque en cuyo lado sur, situado sobre una rocalla se elevaba el edificio que hoy nos ocupa, proyectado igualmente por Velázquez Bosco, autor entre otros importantes edificios madrileños como la Escuela de Ingenieros de Minas, el Palacio de Fomento, el Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos, El Ministerio de Educación o la Reconstrucción de la fachada posterior del Casón del Buen Retiro.

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El Pabellón Real no fue creado como un espacio destinado a exposiciones, sino como en elemento meramente decorativo y paisajístico que, aprovechando su privilegiada situación sobre una pequeña loma se convertía en un excelente mirador desde el que observar el resto de los pabellones que formaban parte de le exposición.

Su apariencia nazarí, claramente inspirada en la Alhambra, resultaba sorprendente, si bien con el tiempo este estilo se utilizaría, como una seña de identidad nacional en los diferentes pabellones de estilo neoárabe que España construyó en las exposiciones internacionales en las que participo posteriormente.

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En su libro titulado “Jardines del Clasicismo y el Romanticismo. El jardín paisajista”, al escribir acerca del conjunto formado por el Palacio de Cristal, el estaque y el Pabellón Real, el historiador alemán Adrián von Buttlar asegura que:

“Se trata de la mejor parcela de trazado paisajista de la segunda mitad del siglo XIX”.

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El pequeño pabellón estaba formado por un cuerpo cúbico que simulaba tener dos plantas, si bien su interior era completamente diáfano. En cada una de sus cuatro fachadas una doble galería de arcos de herradura, de medio punto los inferiores y apuntados los superiores, dotaba al singular edificio de gran luminosidad. En cuanto a la fachada situada sobre la rocalla que daba la estanque, se dispuso una terraza porticada con una balaustrada cubierta con un tejadillo a cuatro aguas. El cuerpo principal, se coronaba con una cúpula bulbosa de clara inspiración árabe recubierta de escamas pintadas en tonos dorados por los alumnos de la Escuela de Arquitectura de Madrid, dirigidos por Velázquez Bosco, que se remataba en aguja.

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Sin embargo, y tal como se puede apreciar en las fotos de la época, dicha cúpula no llegó a tiempo para la inauguración oficial, siendo instalada poco después, cuando hubo que cerrar temporalmente la exposición debido a que algunas instalaciones no se habían terminado a tiempo. Finalmente, tras terminar todos los trabajos pendientes, el 8 de septiembre el recinto ferial reabrió sus puertas. Por la parte trasera arrancaba una ría, que, después de un reducido recorrido, iba a desembocar a un pequeño estanque del que brotaba un surtidor de agua, que alimentaba de la cascada de la rocalla situada al pie del Pabellón Real.

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Su interior, como ya he comentado, era diáfano y su techo estaba ricamente decorado con copias de las pinturas que se encontraban en el palacio de los Reyes de León antes de su desaparición. 

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Tras la clausura de la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales, el Campo Grande fue remodelado para acoger la Exposición General de las Islas Filipinas, que tuvo lugar durante los meses de verano y otoño de 1887.

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La zona situada alrededor del Pabellón Real fue objeto de una notable transformación. Velázquez Bosco construyó el Palacio de Cristal, a la vez que el estanque se ampliaba considerablemente al objeto de facilitar la navegación de las embarcaciones indígenas traídas Filipinas. Se creó igualmente una nueva ría de mayor tamaño que llegaba hasta la pista de patinaje del estanque con isla central, que se encontraba en la zona desde 1876.

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El Pabellón Real volvió a ser utilizado durante la inauguración en 1908, de la Exposición General de Bellas Artes. Un acto que con la presencia de los D. Alfonso XIII y Dª Victoria Eugenia, así como de la Reina Madre, Dª, Mª, Cristina de Habsburgo – Lorena.

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A pesar de su indudable belleza y su importante valor arquitectónico, el Pabellón Real, como tantas veces ha ocurrido en Madrid fue víctima del abandono, sufriendo un lento, pero e inevitable deterioro. A principios del S.XX fue cegada la ría inaugurada para la exposición General de las Islas Filipinas, mientras que el Pabellón Real fue demolido a mediados del S.XX debido a su estado de ruina.  Tan solo parte de la rocalla ha logrado llegar hasta nuestros días.

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Había sucedido una vez más. Un importante y hermoso edificio desaparecía del patrimonio madrileño, por el desinterés, la incultura y la desidia de aquellos que nos gobiernan. Triste destino para una pequeña joya, obra del gran arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, quien años después, sería profesor de ese genio de la arquitectura del que ya he hablado largo y tendido en este vuestro blog: Antonio Palacios Ramilo.

Asuntos de palacio. El desaparecido Palacio de Oñate.

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El Palacio de Oñate era un austero edificio construido en el siglo XVII, compartiendo manzana con una de las mancebías más populares de Madrid, frente a la manzana donde se encontraba la casa del Licenciado Melchor de Molina, conocida como la torrecilla de la Puerta del Sol.

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Tenía su acceso principal por la calle Mayor, mientras que su fachada posterior daba a la calle del Arenal con otro de sus lados dando al callejón de la Duda, desaparecido durante la remodelación de la Puerta del Sol llevada a cabo entre los años 1857 y 1862.

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En el plano de Pedro de Teixeira realizado en 1656, podemos apreciar el lugar exacto donde se encontraba el palacio de los condes de Oñate y Villamediana que hoy nos ocupa.

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No se puede decir que fuera un edificio especialmente monumental pese a su gran superficie, ya que en él únicamente era de destacar la magnífica puerta barroca diseñada por el arquitecto Pedro de Ribera en el siglo XVIII durante unas obras de remodelación llevadas a cabo en el añejo caserón.

Realizada en piedra berroqueña, el dintel y las jambas presentaban los adornos y molduras característicos de la arquitectura de Ribera, que se prolongaban en torno a los balcones superpuestos, rematándose el conjunto con el escudo heráldico de los condes de Oñate.

Tras el derribo del palacio en 1913, la puerta fue salvada y ofrecida por el Ayuntamiento de Madrid, a diversas instituciones, mientras languidecía en los almacenes municipales. Finalmente, la oferta fue aceptada por la  Casa de Velázquez, una institución cultural francesa situada en la Ciudad Universitaria de Madrid, donde fue instalada en 1935.

Durante la Guerra Civil la Casa de Velázquez resulto tan seriamente dañada, que la magnífica puerta no pudo ser salvada al efectuar la reconstrucción del edificio una vez finalizada la contienda.

Y la puerta del Palacio de Oñate se perdió para siempre.

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El Palacio de Oñate se hizo tristemente célebre por el asesinato en su puerta, el día 21 de agosto de 1622, de D. Juan de Tassis y Peralta, II conde de Villamediana e insigne poeta. Un trágico suceso que nunca se llegaría a aclarar, aunque todo parecía apuntar que fue consecuencia de los rumores acerca de sus ilícitos y adúlteros amoríos con Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV. Por los mentideros de la Villa rápidamente corrió el rumor de que tan trágico desenlace tuvo su origen en los sonetos que Villamediana dedico a la Reina, unos sonetos que acabarían circulando por todo Madrid, lo que despertaría los celos y la inevitable desconfianza del monarca. 

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Para complicar aún más el ya de por si escabroso asunto,el 15 de mayo de 1622 se celebro en el palacio de Aranjuez una fiesta en la que se representó la obra titulada “La Gloria de Niquea” escrita por el mismo Villamediana, con prólogo de Luis de Góngora. Tras la mencionada obra se inicio la representación de “El Vellocino de Oro” de Lope de Vega. Durante el segundo acto se produjo un incendio que desató el pánico entre el público asistente e inmediatamente, Villamediana tomó en brazos a la Reina para ponerla a salvo y llevarla a palacio, aunque parece ser que se demoró bastante más de lo necesario, lo que provocó la ira del monarca.

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Y de este modo llegamos a la aciaga noche en la que, regresando a su domicilio en la calle Mayor desde el Real Alcázar de Madrid junto a D. Luis Méndez de Haro en su carruaje, el conde de Villamediana fue atacado por un hombre en el callejón de la Duda. El conde, mortalmente herido fue llevado a su casa, donde nada se pudo hacer por salvar su vida, falleciendo cuando apenas contaba 40 años. Capellán de Felipe III y amigo de Góngora y Lope de Vega, al Fénix de los Ingenios se atribuyen los siguientes versos que hacen referencia al asesinato del conde de Villamediana:

“Mentidero de Madrid, / decidnos: ¿Quién mató al conde? / Ni se sabe, ni se esconde; / sin discurso discurrid. / Unos dicen que fue el Cid, / por ser el conde Lozano / ¡Disparate chabacano! / Pero lo cierto de ello ha sido / que el matador fue Bellido / y el impulsor soberano”

Madrid desde las alturas. Los mejores miradores y terrazas de la capital de España – 4ª Parte.

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¡Madrid sigue muy viva! Tras una larga temporada sin subirnos a las alturas para disfrutar de las panorámicas que Madrid nos ofrece, DE REBUS MATRITENSIS os propone de nuevo un paseo por las últimas terrazas que se han inaugurado en la capital. Altura, buenas vistas y gastronomía, sin duda una combinación perfecta.

25. Nice to meet you – Dear Hotel.

Situado en el nº 80 de la Gran Vía, el Dear Hotel ocupa un edificio histórico edificado en 1945, en el que tras una rehabilitación integral con un cuidado interiorismo llevado a cabo por el estudio de Sandra Tarruella (El Celler de Can Roca), en el que se han conservado los elementos decorativos neoclásicos de la época de su construcción. 

En la planta 14 de este hotel recién llegado a Madrid difrutaremos de dos terrazas con unas impresionantes vistas 360º del Palacio Real, la Gran Vía, la Plaza de España y el centro de Madrid.

En el Nice to meet you Restaurant & Lounge, con su Sky Pool, podremos disfrutar de una cocina actual de calidad actual, sofisticados cócteles, además de música y DJ. Es sin duda el lugar perfecto para cenar durante las calurosas noches del verano madrileño, a la vez que disfrutamos de unas espectaculares puestas de sol, y todo con unos precios razonables.

Nice to Meet you – Dear Hotel. Gran Vía, 80.

26. Terraza del Poniente – Hotel Exe Moncloa.

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Dos historias de fantasmas

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El descabezado de San Ginés.

Hace muchos, muchos años, concretamente en 1353, reinando en Castilla Pedro I “el Cruel”, sucedieron unos hechos terroríficos en la Iglesia de San Ginés, una de las iglesias más antiguas de Madrid. Cuenta la leyenda que unos amigos de lo ajeno se adentraron en el recinto sagrado con objeto de apoderarse de cuanto de valor allí encontraran: joyas, cálices, ornamentos, etc. Cegados por su avaricia, no se percataron en un principio de la presencia de un anciano que se encontraba orando justo en ese momento, pero tras darse cuenta de que se trataba de un posible testigo capaz de identificarlos ante la justicia en caso de ser apresados, los malhechores, sin contemplación ni miramiento alguno, decapitaron al anciano con tal brutalidad que la cabeza quedo prácticamente separada del cuerpo, dejando un reguero de sangre que daba testimonio de aquel terrible suceso que conmocionó a toda la ciudad.

A partir de ese momento, y para terror de los vecinos de la zona, una sombra sin cabeza se presentaba día tras día en San Ginés reclamando justicia. Estas continuas apariciones espectrales llenaron de intranquilidad el barrio, hasta que finalmente cesaron cuando los ladrones fueron identificados, prendidos y condenados a muerte por orden del rey, siendo arrojados al cercano barranco del arroyo del Arenal. Hay quien asegura que  esta macabra historia no termino aquí, ya que en  San Ginés se han seguido oyendo ruidos extraños en el interior de la iglesia, a pesar de que ésta se cierra a cal y canto por la noche

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Catalina, la panderetera de la calle de Segovia.

También en el Madrid de los Austrias, pero esta vez en la calle de Segovia, nos cuenta la leyenda que hace ya muchos años vivió Catalina González, una mujer de extraordinarias belleza y simpatía. La joven solía asomarse a la ventana de su vivienda tocando una pandereta mientras disfrutaba mirando lo que en la calle sucedía y  a todos  los que por allí pasaban. Como era de esperar, los hombre al pasar se quedaban embobados disfrutando de los encantos de Catalina, lo que inevitablemente despertaba los celos, cuando no la furia, entre las esposas y novias, que acusaban a sus parejas de “pandereteros”, palabra que acabó siendo sinónimo de infidelidad, llegándose a afirmar que en una ocasión incluso llegaron a intentar quemar la humilde morada de Catalina.

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Hasta que un aciago día, no se sabe si por causa natural o provocada, la hermosa panderetera apareció muerta. Lo que para muchos fue una lamentable pérdida fue motivo de celebración para otras. Y sucedió que poco después, el espectro de Catalina volvió a asomarse a su ventana, cautivando de nuevo a cuantos hombres pasaban por el vecindario. La casa de Catalina la panderetera en la calle de Segovia nunca volvió a ser habitada.

San Ginés y la calle Segovia en el Plano de Pedro Teixeira 1656

Una vez más regresan a DE REBUS MATRITENSIS historias de ese Madrid poblado de fantasmas y apariciones, unas veces divertidas, otras trágicas, pero siempre sorprendentes.