Madrid desde las alturas. Los mejores miradores y terrazas de la capital de España – 4ª Parte.

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¡Madrid sigue muy viva! Tras una larga temporada sin subirnos a las alturas para disfrutar de las panorámicas que Madrid nos ofrece, DE REBUS MATRITENSIS os propone de nuevo un paseo por las últimas terrazas que se han inaugurado en la capital. Altura, buenas vistas y gastronomía, sin duda una combinación perfecta.

25. Nice to meet you – Dear Hotel.

Situado en el nº 80 de la Gran Vía, el Dear Hotel ocupa un edificio histórico edificado en 1945, en el que tras una rehabilitación integral con un cuidado interiorismo llevado a cabo por el estudio de Sandra Tarruella (El Celler de Can Roca), en el que se han conservado los elementos decorativos neoclásicos de la época de su construcción. 

En la planta 14 de este hotel recién llegado a Madrid difrutaremos de dos terrazas con unas impresionantes vistas 360º del Palacio Real, la Gran Vía, la Plaza de España y el centro de Madrid.

En el Nice to meet you Restaurant & Lounge, con su Sky Pool, podremos disfrutar de una cocina actual de calidad actual, sofisticados cócteles, además de música y DJ. Es sin duda el lugar perfecto para cenar durante las calurosas noches del verano madrileño, a la vez que disfrutamos de unas espectaculares puestas de sol, y todo con unos precios razonables.

Nice to Meet you – Dear Hotel. Gran Vía, 80.

26. Terraza del Poniente – Hotel Exe Moncloa.

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…y los jueves, cocido madrileño completo, con tres vuelcos.

Decidme cualquier otro plato de la gastronomía popular española, al que se le hayan dedicado mas canciones que al cocido madrileño… y os invito. ¿A que no se os ocurre ninguno? Al cocido madrileño le han rendido merecido homenaje varias canciones a lo largo del último siglo, y estas son algunas  de ellas.

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La primera, parece ser que fue el cuplé “Cocido madrileño”, que popularizó allá por 1915 Blanquita Suárez, una famosísima actriz y tonadillera de la época, tras ella, llegó el mucho más conocido y castizo pasodoble titulado “Cocidito madrileño”, con música de Manuel López Quintero y letra de Rafael de León y Antonio Quintero Ramírez, popularizado en los años 40 del siglo pasado por Pepe Blanco y posteriormente, en los 70, por Manolo Escobar. De Pepe Blanco es también otra canción sobre el cocido madrileño titulada “Madrid tiene 6 letras”, un título que hace referencia a las 6 letras del cocido. También de los años 40 es el tema titulado “Menudo menú”, que popularizó el grupo donostiarra Los Xey, utilizando tanto la letra como la música “El Menú”, un tema nacido en el Café Iruña de Bilbao en 1927. Y en los años 50, el gran Antonio Molina nos cantó con su peculiar voz la copla “Cocinero, cocinero”, en la que se mencionaba tan castiza receta.

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No me hable usté
de los banquetes que hubo en Roma.
Ni del menú
del hotel Plaza en Nueva York.
Ni del faisán
ni los foagrases de paloma,
ni me hable usté
de la langosta Thermidor.
Porque es que a mí,
sin discusión, me quita el sueño
y es mi alimento y mi placer
la gracia y sal
que al cocidito madrileño
le echa el amor de una mujer.

Cocidito madrileño,
repicando en la buhardilla,
que me huele a yerbabuena
y a verbena en las Vistillas.
Cocidito madrileño
del ayer y del mañana,
pesadumbre y alegría
de la madre y de la hermana.
A mirarte con ternura
yo aprendí desde pequeño,
porque tú eres gloria pura,
porque tú eres gloria pura,
cocidito madrileño.

(Cocidito Madrileño – Quintero / León / Quiroga)

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La importancia de llamarse Ernesto.

Pocos escritores de habla inglesa, han sentido tanta pasión y aprecio por Madrid y lo madrileño como el protagonista de la entrada de hoy. Don Ernesto (así era como le llamaban los que tuvieron la suerte y el privilegio de conocerlo, aunque el solía presentarse simplemente como Ernesto, así, sin más) era un verdadero enamorado de nuestra ciudad, de la que llegó a escribir en 1932:

“Cuando se conoce, Madrid es la ciudad más española de todas, la más agradable para vivir, la de la gente más simpática y, un mes con otro, la de mejor clima del mundo. Cuando uno ha podido tener El Prado y al mismo tiempo El Escorial situado a dos horas al norte y Toledo al sur y un hermoso camino a Ávila y otro bello camino a Segovia, que no está lejos de La Granja, se siente dominado por la desesperación al pensar que un día habrá de morir y decirle adiós a todo aquello”

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Muchos de vosotros ya habréis adivinado, que se trata de ese genio de las letras llamado Ernest Hemingway. Tan solo reflejar su carácter y su forma de ser, nos llevaría horas y horas, por eso, hoy me voy a limitar a contaros como fue su relación con Madrid, una ciudad generosa y acogedora, capaz de dar a los visitantes, y a los que en ella viven, lo mejor (y lo peor) de si misma. Una ciudad, capaz de elevarnos a su maravilloso y velazqueño cielo, pero también de hacernos descender a los infiernos a nada que nos descuidemos.

Una breve aproximación a Ernest Hemingway

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Estadounidense de pura cepa, nuestro protagonista siempre vivió al limite. Escritor, Premio Nobel de Literatura en 1954, periodista, corresponsal de guerra, amante de la buena mesa y de las bellas mujeres, aficionado a la caza, noctámbulo, fumador empedernido, buen bebedor, gran aficionado a los toros, tímido, reservado, fanfarrón, vivía obsesionado con la soledad y la muerte… Su vida acabó un aciago 2 de julio de 1961, de dos disparos efectuados de forma deliberada con su escopeta preferida, poco después de que se le diagnosticara que padecía hemocromatosis, una enfermedad genética que acaba causando un severo deterioro físico y mental, hasta el punto de que hacia el final de su vida, eran frecuentes los episodios de delirium tremens, llegando a creer, que el FBI y la policía le tenían continuamente vigilado.

Ernesto y Madrid. De los felices años 20 a la posguerra.

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La primera vez que Hemingway visitó Madrid fue en los felices años veinte, cuando nada hacia presagiar la tragedia que se viviría en España a finales de la siguiente década, durante la Guerra Civil. Durante la contienda, regresó a Madrid como corresponsal de la North American Newspaper Alliance (N.A.N.A.), y en los años cincuenta, a pesar de haber asegurado que no volvería a España mientras quedara un solo republicano en las cárceles, volvió, sin duda llevado por su gran afición a todo aquello relacionado con la fiesta de los toros. 

   En Madrid se sentía como en casa y desde la capital, escribió sus crónicas de la Guerra Civil, mientras desarrolló su trabajo como corresponsal de guerra, escribiendo una crónica tras otra desde los hoteles Gran Vía y Florida. Hizo grandes amigos, con algunos de los cuales se correría sus famosas juergas nocturnas y afirmaba de los madrileños, que le parecían:

“Simpáticos, bromistas y discutidores”

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Y sería también en Madrid, donde conocería a la que acabaría por convertirse en  su tercera esposa, Martha Gellhorn, una americana con la que se alojó en el hotel Florida, en Callao, de quien, a pesar de su gran intuición y su gran inteligencia, nunca sospechó que en realidad, era una espía que trabajaba para el Departamento de Estado, que se hacía pasar por reportera. Entre las amistades que hizo durante sus estancias a la capital, es obligado mencionar a toreros como Marcial Lalanda, Nicanor Villalba, Juan Belmonte, Antonio Ordóñez o Luis Miguel Dominguín. Se cuenta que, en 1956, un día que Hemingway paseaba por la calle Preciados, alguien le gritó:

“¡Eh tú, por qué no escribes ahora Por quién doblan las campanas!”

“¡Cabrón!”

Fue la breve respuesta, muy propia del escritor.

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Fue este mismo año, el 7 de octubre, cuando se produjo el encuentro entre dos grandes genios de la literatura: Pío Baroja y Ernest Hemingway. Parte de la conversación entre el norteamericano y el vasco, ya enfermo y en cama, fue tal y como os cuento a continuación:

“¿Qué coño hace ese tío aquí?” 

“He venido a decirle que el Premio Nobel se lo merecía más usted que yo, incluso se lo merecían más Unamuno, Azorín o Don Antonio Machado”

“Bueno, basta, basta, que como siga Ud. repartiendo el premio así, vamos a tocar a muy poco”

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Hemingway le regaló una bufanda, unos calcetines, una botella de whisky y un ejemplar de su novela “Adiós a las armas” con la siguiente dedicatoria:

“A usted, don Pío, que tanto nos enseñó a los jóvenes que queríamos ser escritores”

Para Baroja, que fallecería poco después de este encuentro, el 31 octubre, Hemingway era ese famoso escritor norteamericano siempre rodeado de putas y dólares, poco serio y de trato áspero. Durante su entierro, el norteamericano sería uno de los portadores del féretro.

Hemingway, Dos Passos y el asesinato que acabó con su amistad

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Cuando los dos escritores norteamericanos coincidieron en el Hotel Florida de Madrid en 1937, ya hacía  tiempo que ambos mantenían una estrecha y gran amistad. Pero en Madrid y en aquel trágico verano del 37, ocurriría algo que los llevó a romper su amistad de tantos años. Los dos escritores estaban en la ciudad escribiendo sobre la resistencia de la II República ante los continuos ataques del ejercito del general Franco, pero John Dos Passos, tenia otra razón mucho mas personal que el simple trabajo, para estar en Madrid en aquellos momentos: Había venido a investigar la muerte de José Robles. Quería saber lo que le había ocurrido a su amigo y traductor. Este seria el asesinato que envenenaría de modo irreparable la amistad existente hasta aquel momento, entre dos de los principales novelistas estadounidenses del siglo XX.

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Durante su estancia en el Florida, Dos Passos, en su artículo para la revista Esquire titulado “Habitación y baño en el Hotel Florida“, publicado en enero de 1938, describió como era aquel Madrid asediado, en aquellos difíciles y trágicos momentos de la historia de España:

“Mi cuarto está en el séptimo u octavo piso. El hotel está en una colina. Desde la ventana puedo ver toda la parte antigua de Madrid por encima de los tejados que se apiñan cubiertos de tejas del color del hollín manchadas de amarillo claro y rojo, bajo el azul metálico que brilla antes del amanecer. Esta ciudad compacta se extiende a lo lejos hasta donde alcanza la vista, con sus calles estrechas, chimeneas sin humo, torres con cúpulas brillantes y afilados chapiteles de pizarra propios de la Castilla del siglo XVII”

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Pero, ¿Quien era José Robles? El comunista José Robles, era hijo de una familia aristocrática y de profundas convicciones monárquicas, y su amistad con Dos Passos nació en 1916 tras conocerse en un tren nocturno que realizaba el trayecto entre Toledo y Madrid  Traductor al español de «Manhattan Transfer», la gran novela de Dos Passos, Robles se puso al servicio de la II República, pero fue asesinado en 1937 en Valencia tras ser detenido por la policía secreta soviética. 

En 1936, Robles fue evacuado a Valencia y allí fue detenido. Pero entre su detención y las noticias de su muerte, pasaron meses, durante los cuales Dos Passos no dejo de presionar a sus contactos en Madrid, entre los que se encontraba Hemingway, con el único objetivo de llegar a saber qué había ocurrido realmente con su amigo. Dos Passos quería, necesitaba saber, para, en caso de que se hubiera cometido una terrible injusticia, exponerlo a la luz pública. Lo que pasó tras la detención de Robles, nunca fue completamente aclarado, aunque si se sabe que fue fusilado en algún momento del 37. 

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Hemingway pensaba que su buen amigo estaba actuando de modo irresponsable y le advirtió de ello, llegando a insinuar que tal vez Robles podría haber cambiado de bando.

“No digas ni una palabra de ese tal Robles. ¿No sabes que cada día desaparece alguien?”

El asunto es que, tal vez  Hemingway, gracias a sus numerosos y buenos contactos, sabia realmente mucho más de lo que le decía a Dos Passos, y así, mientras Hemingway dio crédito al bulo de que Robles, en realidad siempre había sido un espía al servicio del fascismo, Dos Passos jamás se permitiría dudar de su amigo e hizo todo lo posible por averiguar la causa de su muerte. El asesinato de José Robles fue lo que provocó que se rompiera su amistad con Hemingway.

Una vez realizada esta breve aproximación a Ernest Hemingway y su apasionada relación con Madrid, os propongo un repaso a aquellos lugares frecuentados por el Premio Nobel, alguno de los cuales, aparecen en sus novelas y relatos ambientados en la capital de España.

1.- El edificio en ruinas frente al parque del Oeste – Pintor Rosales, 14.

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En el paseo del Pintor Rosales, muy cerca del maltrecho edificio del Cuartel de la Montaña, a duras penas se mantenía en pie un edificio prácticamente en ruinas, con la escalera destrozada, el ascensor retorcido en su hueco y sus puertas perfectamente conservadas, que se abrían a un solar vacío. este edificio fue para Hemingway el símbolo de un Madrid asediado y destrozado por los incesantes bombardeos. A este edificio le dedicaría Hemingway un relato titulado “Paisaje con figuras” y cuando colaboró en el rodaje de la película de propaganda antifascista “Tierra de España”, propuso que algunas de las escenas se rodaran en sus ruinas.

2.- Pensión Aguilar – Carrera de San Jerónimo, 32.

El escritor se alojó con su familia en la modesta Pensión Aguilar durante sus visitas a Madrid realizadas entre 1923 y 1926. Su habitación: la número 7.

3.- Hotel Biarritz – Calle de la Victoria, 2. 1931

4.- Hotel Gran Vía – Gran Vía, 25.

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El antiguo hotel Gran Vía estaba situado en la avenida más cosmopolita y animada de la capital. En su fachada podemos ver una placa en la que se recuerda que fue desde aquí, desde donde el escritor escribiría sus primeras crónicas sobre la Guerra Civil en 1936.

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Fue por esa época cuando la Gran Vía fue bautizada por los madrileños como «avenida de los obuses» o «del 15 y medio», por el calibre de las bombas que la asolaban a diario. Hemingway mencionó este establecimiento en “La quinta columna”, y en su relato titulado “La noche antes de la batalla” escribió:

“El lugar siempre me ponía furioso”

5.- Hotel Florida – Plaza de Callao, 2.

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Este hotel, tristemente desaparecido (fue demolido en los años sesenta para convertirse en unos grandes almacenes) fue el escenario central que eligió el escritor para la que sería su única obra de teatro: La quinta columna. Frecuentado por corresponsales y prostitutas, durante la Guerra Civil, porque era una de los pocos establecimientos hoteleros que tenía agua caliente en Madrid, aquí fue donde Hemingway conoció a la reportera (y espía) Martha Gellhorn,con quien poco después contraería matrimonio. Un día, una granada reventó la caldera del hotel y mientras los huéspedes huían por los pasillos para ponerse a salvo, Ernest Hemingway y Marta Gellhorn salieron desnudos… de la misma habitación. Con su fachada de mármol blanco, su bar y sus salones eran frecuentados por los jóvenes falangistas de Madrid, que acudían también a otros locales cercanos, como el restaurante Or-Kompón, situado detrás del Palacio de la Prensa, donde se compuso la letra del “Cara al sol” en 1935.

“El Florida era uno de los pocos sitios de Madrid donde se podía comer decentemente y donde corría el alcohol sin restricciones, a pesar de la hambruna que sufrió Madrid” (Fernando Cohnen – Madrid 1936/1939)

En sus habitaciones, se escribieron muchas de las crónicas que ocuparían las portadas de los periódicos. Fotógrafos como Robert Capa y Gerda Taro, escritores como Dos Passos y Hemingway, y reporteros como Henry Buckley, de “The Daily Telegraph”; Martha Gelhorn, de la revista “Colliers,s”; Herbet Matthews, de “The New York Times”; Mijaíl Koltsov, del diario “Pravda”, se alojaron en algún momento de la contienda en alguna de sus 200 habitaciones.

“La puerta de mi cuarto está abierta, se escucha el tiroteo del frente a unas cuantas manzanas del hotel. Tiros de fusil toda la noche. Tabletea la ametralladora. Es una suerte estar tumbado en la cama, en lugar de Carabanchel o la ciudad universitaria” (Ernest Hemingway, 1937)

6.- Hotel Gaylord – Alfonso XI, 3.

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Fue uno de los hoteles más importantes de Madrid durante la Guerra Civil. En “Por quién doblan las campanas su protagonista, Robert Jordan, admite que al principio no le gustaba porque le parecía muy lujoso:

“Demasiado bueno para una ciudad sitiada”

7.- Hotel Palace – Plaza de las Cortes, 7.

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El Hotel Palace, uno de los mas emblemáticos establecimientos hoteleros de la capital, con permiso del vecino Hotel Ritz, también aparece mencionado en la obra de Hemingway. En “Fiesta”, Jake y Brett, sus protagonistas, mientras observan al barman no dudan en afirmar:

“Es maravillosa la gentileza con la que te atienden en el bar de un gran hotel”

Y añade Hemingway:

“Fuera de la ventana y sus cortinas quedaba el calor veraniego de Madrid”.

8.- Restaurante Botín – Cuchilleros, 17.

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A Hemingway, que durante sus estancias capitalinas llegó a convertirse en un cliente asiduo, le encantaba el cochinillo asado. En una de sus visitas, Hemingway pidió que le enseñaran a preparar la paella. Tras varios intentos fallidos declaró:

“Será mejor que me siga dedicando a la escritura”

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Fiesta, la novela que le dio fama internacional, termina con una escena en este famoso restaurante madrileño.

9.- Cervecería Alemana – Plaza de Santa Ana, 6.

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Era uno de los lugares favoritos del escritor, adonde acudía con frecuencia para tomar unas cervezas, tal y como escribo en un articulo publicado en la revista Life titulado “Un verano peligros0”. Y a tan solo unos pasos de la plaza de Santa Ana, se encontraba el desaparecido Bar Alvarez, uno de esos clásicos bares madrileños, adonde al escritor solía acudir a beber cerveza y saborear sus gambas, tal y como escribió en “Muerte en la tarde”.

10.- Restaurante El Callejón – Calle de la Ternera, 6.

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Situado a escasos metros de la plaza del Callao, era un local frecuentado por el escritor y su cuarta esposa, Mary, durante sus visitas a Madrid realizadas en los años cincuenta. Hemingway, en uno de sus artículos, para la revista Life, escribió que en El Callejón se podía disfrutar de la mejor comida de la ciudad y de un delicioso Valdepeñas servido en jarras de barro. Un restaurante con sus paredes cubiertas de fotografías dedicadas y enmarcadas de los artistas, escritores, toreros, futbolistas, actores y actrices, cantantes y floklóricas, que en algún momento pasaron por sus distintos comedores.

11.- Bar Chicote – Gran Vía, 12.

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En el relato “La denuncia”, Hemingway utiliza este carismático bar de la Gran Vía como un símbolo del afecto que sus clientes por España, a pesar de haber vivido un episodio tan trágico como la Guerra Civil. Hemingway afirmaba que los camareros merecían todo su respeto, porque con su buen hacer conseguían crear una atmósfera muy agradable.

“Los hombres podían tomar una copa y conversar sin ser molestados”

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También una de las escenas de su obra teatral “La quinta columna” tiene lugar en este bar, por el que en su momento pasaron todos los artistas, incluidas las estrellas de Hollywood, que visitaron Madrid en las décadas de los 50 y 60, su época de mayor esplendor.

12.- Cuartel General de las Brigadas Internacionales – Velázquez, 63.

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Hemingway, que siempre manifestó su compromiso con la causa republicana, durante sus estancias en Madrid, entabló amistad con varios miembros de las Brigadas Internacionales, compuestas por voluntarios de todo el mundo que lucharon en el bando de la República durante la Guerra Civil. El protagonista de “Por quien doblan las campanas”, Robert Jordan era un brigadista internacional que se alojaba en este cuartel, situado en el barrio de Salamanca.

13.- Museo del Prado.

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De todas las decisiones que tomó el Gobierno de la II República después del 18 de julio de 1936, una de las que mas impresiono a Hemingway, fue el traslado por carretera a Valencia de las pinturas del Prado, llevado a cabo en el invierno de 1936-37, para que no sufrieran ningún desperfecto a causa de los constantes bombardeos que sufrió Madrid hasta la entrada de los nacionales el 27 de marzo de 1939.

14.- Parque del Retiro y Real  Jardín Botánico.

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De nuevo Robert Jordan, el protagonista de “Por quién doblan las campanas”. En sus sueños, aparece un parque situado en Madrid donde María y él podrían ser felices. El Jardín Botánico también aparece en esta obra en referencia al ya cercano desenlace de la guerra:

“Reflejo del olor de la muerte que se avecina”

15.- Plaza de toros de Las Ventas.

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Hemingway era un auténtico enamorado de nuestra Fiesta Nacional y un gran experto en tauromaquia, que en su opinión era un arte como cualquier otro. En “Muerte en la tarde” un gran clásico de la literatura centrada en el mundo de los toros escribió:

“Si realmente quieres aprender sobre las corridas de toros, o si alguna vez te interesa mucho, tarde o temprano tendrás que ir a Madrid”

 Su presencia en Las Ventas era constante cuando se encontraba en Madrid, asistiendo a todas y cada una de las corridas de sus amigos, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez.

Tan solo un año antes de su muerte, Ernest Hemingway estuvo por última vez en Madrid, alojándose en el Hotel Suecia, rodeado de libros y whisky y alternando las escapadas por los alrededores de la capital, en especial a El Escorial, donde solía alojarse en el Hotel Botánico, con su gran afición por la vida nocturna de la capital, con especial predilección por Chicote.

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Don Ernesto fue un gran enamorado de España, sin duda el país que mas amaba después del suyo, logrando con sus obras ambientadas en nuestro país, que medio mundo se enamorara de España y lo español, y en especial de dos de sus ciudades: Madrid y Pamplona.

Posadas del viejo Madrid. La Cava Baja y las posadas del Dragón y el León de Oro.

Una breve aproximación histórica a la Cava Baja y sus posadas.

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La Cava Baja fue, a lo largo de varios siglos, la calle de las posadas de la Villa y Corte. Entre los establecimientos históricos destinados a proporcionar alojamiento a quienes, por un motivo u otro, visitaban la capital, las más populares fueron las de la Villa, del Navío del Gallo, de San Isidro, del Madroño, del Portugués, de San Pedro, que años mas tarde sería el Mesón del Segoviano y nuestras dos protagonistas de la entrada de hoy, la del León de Oro y la del Dragón.

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Su época de mayor apogeo tuvo lugar entre los siglos XVI y XIX, siendo tal el trasiego de viajeros existente en la zona que las compañías de postas y diligencias decidieron establecer las paradas de sus carruajes en la Cava Baja.Viajeros de toda España, procedentes de Extremadura, Ávila, Segovia, Toledo, Salamanca, pero también de los pueblos cercanos a Madrid, se acercaban hasta la capital bien en sus propias carretas o monturas o en diligencias para llevar a cabo sus negocios. Con la llegada del siglo XX aparecerían los primeros autobuses, como el que unía la capital con San Martín de Valdeiglesias y El Tiemblo,  que estuvo situada junto a la Posada del Dragón. 

“El tráfago campesino metido en la ciudad lleva y absorbe la vida de esta vía, que tiene el aspecto de la calle Mayor de un pueblo grande de Castilla, y es, sin embargo, tan madrileña que, si faltara, no les parecería que habían llegado a Madrid a los arrieros y labrantines que entran en la corte por la vieja y famosa puente segoviana”. (Pedro de Répide – Cronista de la Villa)

El origen de esta castiza y popular calle madrileña debemos buscarlo en la Edad Medía, en 2ª muralla de Madrid mandada construir por Alfonso VI. Etimologicamente, la palabra castellana “cava”, procede del latín y es sinónimo de zanja o cueva, utilizándose en la Edad Media para denominar los fosos que se excavaban ante las murallas, de modo que, podemos afirmar que la Cava Baja fue en su momento el foso de la muralla que construyeron los castellanos tras la reconquista de la ciudad, hasta entonces en poder de los musulmanes de la Taifa de Toledo. A partir del siglo XV, la antigua  muralla comenzó a ser utilizada como muro de carga por los vecinos de la zona en la edificación de sus viviendas, primero por su cara interior, y posteriormente, ya en el siglo XVI por su cara exterior, mientras que el foso se convertiría, tras ser convenientemente acondicionado, en la animada calle de por la que hoy podemos pasear: la Cava Baja.

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Afortunadamente, la largo tiempo olvidada muralla, no ha desaparecido por completo, saliendo a la luz en los últimos años, lienzos de la misma de considerable altura y longitud, junto con las cimentaciones y bases de varios torreones, que felizmente han sido salvados de desaparecer.

Las posadas del Dragón y del León de Oro

La Posada del Dragón debe su nombre al dragón de piedra que estuvo situado sobre la Puerta de Moros, llamada así por ser el principal acceso al barrio de la Morería. Estaba junto a la plaza del Humilladero, entre la calle del Almendro y la Cava Baja hasta que se derribó. Destruida en 1412 durante una sublevación popular, fue reconstruida en el siglo XVI, estando situada junto a la plaza del Humilladero, entre las calles del Almendro y la Cava Baja. Situada en un edificio que ocupa los los números 12 y 14 de la Cava Baja, fue edificada en 1868 por el arquitecto y político madrileño D. Francisco de Cubas, mas conocido como marques de Cubas, uno de los más notables representantes de la arquitectura madrileña del siglo XIX, autor asimismo del proyecto inicial para la construcción de la Catedral de la Almudena. Fue proyectada atendiendo a los criterios imperantes a mediados del siglo XIX, de modo que contara con las medidas de higiene habituales en la época y que todas las plantas estuvieran divididas en habitaciones. En cuanto a la planta de calle, esta disponía de cuadra y cochera con capacidad para tres carruajes.

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Una corrala del siglo XIX, en cuyo interior se han encontrado y conservado restos de la muralla cristiana, una bañera de mármol, un pilón o abrevadero y una escalera de madera. Demolida a finales del siglo XIX, fue reconstruida en 1910, fecha a partir de la cual, empezó ser muy popular entre los comerciantes del Rastro y del muy cercano mercado de La Cebada.

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 El edificio histórico protegido donde se sitúa fue propiedad de la Villa de Madrid, al igual que la vecina Posada de la Villa, hoy convertida en restaurante, si bien existen datos que nos permitan asegurar, que sus orígenes se remontan a la época de los Reyes Católicos. 

“Cuando se derribó la Puerta de Moros y se cerró la antigua cava por considerarse peligrosa, al haberse convertido en guarida de ladrones, se construyó sobre ella el Aloli de la Villa, es decir, el depósito de grano. El edificio se quemó y más adelante se edificó una posada a la que se denominó de la Villa, por haber pertenecido su local al Ayuntamiento, lo mismo que la inmediata, denominada del Dragón. Y así fue que a estos mesones o posadas, que fueron pertenecientes a la Villa, se les pusieron sobre la puerta los escudos de armas del municipio, y un león dorado, como emblema de la casa real de Castilla, a otra a la que se llamó del León de Oro“. (Antonio Capmany y Montpalau – Origen histórico y etimológico de las calles de Madrid – 1863)

En lo que respecta a la Posada del León de Oro, lo primero que llama nuestra atención es su fachada del siglo XVIII, de marcada simetría con una portada adintelada realizada con sillares de granito, sobre la que se encuentra un escudo heráldico coronado de estilo rococó, dividido horizontalmente en dos cuarteles en los que podemos una cruz patada y un pendón cuatribarrado. 

Y justo en este punto, se nos presenta una interesante cuestión acerca del origen de este escudo, similar al que utilizaba la Orden de la Merced. Era bastante habitual, especialmente entre los siglos XVI al XVIII, que las órdenes religiosas fundaran establecimientos de beneficencia, como hospitales y hospicios, pero era también frecuente la fundación de otros, como hostales posadas de los que podían obtener pingües beneficios, que de alguna modo ayudaban a mantener los primeros. Si tenemos en cuenta la cercanía del convento de la Merced, que estuvo situado hasta su demolición en 1837, en la actual plaza de Tirso de Molina, parece bastante probable, que la Posada del León de Oro, estuviera íntimamente ligada a la Orden Mercedaria y por tanto, al cercano Convento de la Merced. Las pruebas existentes, desde mi punto de vista son mas que suficientes, aunque hasta el momento no se haya encontrado documentación alguna al respecto.

 La muralla de la Posada del León de Oro

La Posada del León de Oro, se edificó apoyada a la fachada exterior de la muralla cristiana mandada construir por Alfonso VI en la segunda mitad del siglo XII. Como ya he comentado, la fachada interior de dicha muralla fue la primera que vio como se adosaban viviendas a sus muros, un proceso que se inicio a mediados del siglo XVI.

 La utilización años después de la fachada exterior, hizo que la muralla permaneciera oculta en la manzana nº 150 de la Planimetría General de Madrid realizada en 1751, encargada por Fernando VI al marqués de la Ensenada, con la intención de agilizar el sistema tributario en el reino.

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Discurría entre la plaza del Humilladero, donde se encontraba la Puerta de Moros, y la plaza de Puerta Cerrada, siendo una de las manzanas de mayor longitud de Madrid hasta mediados del siglo XIX, cuando en su lado norte se abrió una comunicación con la calle del Almendro que dividió en dos la manzana, momento a partir del cual, el sector norte pasó a ser la nº 150 duplicada.

El sector de muralla que podemos contemplar en la posada, se encuentra en un estado de conservación mas que aceptable. Presenta una longitud de 12 metros, con una anchura de un metro, sin que hasta el momento se haya podido determinar su altura, ante el riesgo que podrian suponer las excavaciones necesarias para la estructura de la finca. El hallazgo de la base de un cubo, o torreón, prácticamente completo en el sector suroeste de la Posada del León de Oro, junto con el conservado en la finca vecina, nos ha permitido hacernos una idea bastante aproximada de como era la fachada exterior de la muralla medieval, que discurría a lo largo de la Cava Baja.

 Un cambio espectacular: de posadas abandonadas a su suerte a hoteles singulares con mucho encanto.

Corria el año de Nuestro Señor de 2009, cuando, tras una espectacular reforma y no pocas dificultades, tanto administrativas como constructivas, la otrora famosa Posada del León de Oro abría de nuevo sus puertas, convenientemente transformada en un hotel boutique, un estilo de establecimiento, que se ha abierto hueco rápidamente entre la oferta hotelera, debido a ese plus de exclusividad y cuidado diseño que suelen ofrecer, frente a la masificación de las grandes cadenas hoteleras.

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Tras el éxito obtenido con este primer hotel, al año siguiente se inauguraría la vecina Posada del Dragón, con su restaurante La Antoñita, situado en una antigua tienda de jabones que se encontraba entre ambas posadas. Habían sido necesarios largos años, pero finalmente, la Cava Baja recuperaba dos de sus establecimientos mas representativos, que renacían de sus cenizas cual Ave Fénix, aunque eso si, con enfoque de negocio radicalmente distinto al que tuvieron en su época de máximo esplendor, en el ya lejano siglo XIX y la primera mitad del XX. Veamos en que consistieron ambas rehabilitaciones, y que es lo que nos ofrecen tras su reapertura estos renacidos establecimientos hoteleros.

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La Posada del León de Oro, ocupa un edificio del siglo XIX, con el tradicional patio o corrala, en la que se sitúan las 17 habitaciones, todas ellas decoradas de forma diferente, algunas de ellas con vistas a la Cava Baja y el resto abiertas a la corrala.

El hotel ofrece todos los servicios habituales en este tipo de establecimientos y cuenta con una enotaberna, donde podremos disfrutar del tradicional tapeo, con una oferta cuidada y de calidad y un restaurante con un espectacular suelo de cristal, que nos permite contemplar los restos de la muralla hallados durante las obras de rehabilitación del edificio, mientras disfrutamos de la buena mesa.

Embutidos de Salamanca, carpaccio de foie, salmorejo, una selección de ensaladas, rabo de toro deshuesado, cochinillo confitado, merluza, lubina, rodaballo con setas… y como no podía ser de otra manera, estando en la Villa y Corte de Madrid, un mas que honesto Cocido Madrileño, tanto por su calidad como por su cantidad.  

 

Para los mas golosos, aparte de unas deliciosas torrijas y la ya habitual tarta de queso, un par de postres dignos de mención: el fondant con helado de pistacho y la sopa de chocolate blanco con helado de violetas. En cuanto a los precios, éstos son muy razonables, si tenemos en cuenta la ubicación, el marco y la calidad y variedad de lo que se nos ofrece.

La Posada del Dragón, y su restaurante La Antoñita, inaugurados apenas un año después, siguen la linea marcada por su hermana mayor en cuanto a diseño y servicios.

 En esta ocasión son 27 las habitaciones, también todas ellas diferentes, y al igual que en la Posada del León de Oro podremos optar por disfrutar de vistas a la Cava Baja y la Real Colegiata de San Isidro en la cercana calle de Toledo o las mucho mas tranquilas abiertas a la corrala, en cuya planta baja se han instalado parte de las mesas del restaurante, que nos ofrece cuatro ambientes claramente diferenciados, para que cada cual encuentre el que mejor se adapte a sus gustos y necesidades.

Yo me quedo con el comedor principal, por su cocina a la vista, algo que siempre me ha gustado de manera especial. Una decoración sencilla, pero muy cuidada, en la que destacan los paneles iluminados con los nombres de los principales mercados de la capital, y como ya he dicho, una cocina abierta, para no perdernos detalle.

En cuanto a la carta, y como no podía ser de otra manera, es completamente distinta a la del León de Oro. No es tan extensa, ni falta que hace, ya que ofrece algunas recetas dignas de mención, como el delicioso crujiente de rabo de toro, para mi sin duda el plato estrella, los huevos rotos con jamón ibérico, unos mas que correctos callos a la madrileña, las tradicionales croquetas de jamón o a lo tigre, las verduras de mercado a la plancha o los chipirones encebollados. Entre los postres, el jabón “La Antoñita”, una sorprendente delicia con sabor a violetas, el milhojas de membrillo y queso a la lavanda y el tatín casero de manzana. Y los precios, en la misma linea que los de su hermana.

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Sin lugar a la menor duda, hay que felicitar a quienes han sabido recuperar estos dos establecimientos, que parecía estaban destinados a desaparecer para siempre, adaptandolos a los tiempos actuales, pero conservando todo el sabor de aquel Madrid del XIX, cuando la Cava Baja era la calle de las posadas y las paradas de postas y diligencias, con su constante trajín de viajeros, un trasiego muy diferente al actual.

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Posada del León de Oro – Cava Baja,12 – 28005 Madrid

Teléfono: 911 19 14 94

http://www.posadadelleondeoro.com/

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Posada del Dragón y Restaurante La Antoñita – Cava Baja, 14 – 28005 Madrid

Télefono: 911 19 14 24

http://www.posadadeldragon.com/

Taberna Antonio Sanchez, castiza y taurina.

Visitar la Taberna Antonio Sánchez es un auténtico viaje en el tiempo, a un Madrid en el que la vida transcurría con mucha mas tranquilidad que en la actualidad. Donde, en todos y cada uno de sus barrios, los vecinos se conocían por su nombre, se interesaban unos por otros y se saludaban al cruzarse por la calle. Es un viaje al siglo XIX, donde podremos revivir un fragmento de la historia de la capital de España a través de multitud de objetos y detalles, que nos transportaran a otra época desde el mismo momento en que traspasemos el umbral.

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 Su fachada de madera, sus baldosas originales, el mostrador de madera y zinc, el grifo de cerveza o los apliques de luz de gas, las fotografías de toreros, las 2 cabezas de morlacos (una es la de Fogoso, el toro con el que tomó la alternativa Antonio Sánchez hijo), las pinturas que adornan las paredes, en las que podemos ver a sus antiguos propietarios, Cara Ancha, Frascuelo y Antonio Sánchez padre.

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Recortes de periódicos antiguos, o carteles que anuncian torrijas a 15 céntimos, prohíben escupir en el suelo o el que nos indica donde esta el “retrete”, hacen de este establecimiento uno de los mas singulares e interesantes de Madrid.

¿Quién fue Antonio Sánchez?

“Antonio Sánchez es uno de los hombres más populares de Madrid. No sólo en su barrio, sino aun en los lejanos a Mesón de Paredes, le saludan, le abrazan, y le convidan a una copa. El vino de su taberna es bueno pero la gente acude a ella por él. Antonio se queja de esta esclavitud que no le deja libre más que las tardes de toros. Y aun a éstas va casi por obligación, porque luego en su casa todos van a preguntarle su juicio sobre toreros y toros, dictamen que es siempre ambiguo, para no lastimar a nadie. Los que le vieron torear rememoran sus hazañas taurinas; los jóvenes que no alcanzaron sus tiempos heroicos le preguntan por ellas” (Antonio Díaz-Cañabate, Historia de una taberna)

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Ya desde muy pequeño, a Antonio le gustaba jugar a los toros en la entonces recién construida plaza del Progreso (actualmente Tirso de Molina). Pero sería a los 15 años, cuando un vecino del barrio de Lavapies, apodado “el Coraje”, le llevó a ver la que fue su primera corrida. La afición prendió rápidamente en el joven, que decidió que quería ser torero. Su padre, sin embargo, le puso a trabajar en el bodegón Le Petit Fornos, un reconocido restaurante madrileño del que era cliente habitual Pio Baroja. Su cada día mayor afición a los toros, le llevó a escaparse en varias ocasiones para ir a las capeas cercanas, consiguiendo matar su primer becerro en una de las becerradas gremiales tan habituales por aquel entonces, para a partir de ese momento pasar a formar pareja torera con Antonio Calvache. Su aprendizaje y formación definitivos vino de la mano de Paco Frascuelos que en aquella época dirigía una escuela de toreros. Fue banderillero y torerillo, hasta que, finalmente, el 16 de junio de 1918, se presentó en la capital, alternando con Vaquerito y Almanseño en una corrida de López Plata, matando su primera novilla. Aquel año  llegó a torear en nada menos que 28 novilladas.

La alternativa llegaría en la Feria de Linares de 1922. Tras haber sido armado matador por Ignacio Sánchez Mejías, con Marcial Lalanda como testigo, Antonio Sánchez sufrió una cornada, que las crónicas de la época nos cuentan así:

“Fue cogido al pasar de muleta, infiriéndole el toro Fogonero de Murube, una grave cornada en el muslo derecho de doce centímetros de profundidad. Pues con lesión tan considerable se levantó rabioso, sin mirarse la ropa, y entrando a matar con notoria audacia, cobró tan gran estocada que le valió los honores de la oreja”.

Su madre, nunca acudió a ver torear a Antonio Sánchez, siempre prefirió quedarse rezando delante del altar, que había instalado en su casa con la imagen de la Virgen de la Paloma. El diario ABC nos cuenta que a lo largo de su vida, Antonio Sanchez sufrió hasta 20 cornadas, aunque otras fuentes señalan que fueron 22.

Su mejor día en la plaza, o al menos el más afortunado, tuvo lugar en Carabanchel, en la plaza de toros de Vista Alegre, popularmente conocida como “La Chata”,  el 17 de julio de 1926, donde compartía cartel en un mano a mano con Mariano Montes. En el quinto Montes fue cogido de muerte por el toro que estaba lidiand0  y Antonio Sánchez mató ese toro y el sexto. Toreo en Mexico donde alcanzó gran popularidad, y tras su regreso a España, se jubiló el 22 de septiembre después de sufrir una grave cornada en Tetuán de las Victorias, que le llevó a las mismísimas puertas de la muerte. El toro que le cogió pertenecía a la ganadería de la Viuda de Ortega, la misma de donde salieron el toro que mató a Gallito y el toro Bailaor, que mató a Joselito en 1920. Más de 2 años tardó Antonio Sánchez en recuperarse de la grave cogida

Breve historia de la taberna de Antonio Sánchez.

La Taberna Antonio Sánchez como taberna, aunque no con ese nombre, ya existía en 1830,  cuando ni siquiera existía la plaza del Progreso y en su lugar, los madrileños aun podían escuchar misa en la iglesia del convento de la Merced, un edificio religioso que desaparecería víctima de la Desamortizaron de Mendizabal en 1837.

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Su primer dueño conocido, el picador Colita, no la compraría hasta 1870, para vendérsela pocos años después al matador Cara Ancha. Finalmente, en 1884 fue adquirida por Antonio Sánchez Ruiz, un comerciante de vinos nacido en Valdepeñas, que sería quien le diera el nombre que aun conserva. Fueron clientes habituales de la taberna, Pio Baroja, Sorolla, Marañón, Julio Camba y Cossio o Antonio Díaz-Cañabate, que encontraría en esta casa la inspiración para escribir en 1944 su “Historia de una taberna”, donde rememora el Madrid que había conocido a principios del siglo XX, durante su juventud y que ya he citado antes.

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También el pintor Ignacio Zuloaga era un parroquiano habitual. Suyo es el retrato de Antonio Sánchez, que se puede ver a la entrada de la taberna, donde el pintor mantuvo su tertulia y realizó su última exposición.

“Alrededor de esta mesa nos hemos sentado muchas noches con Ignacio Zuloaga. Aquí cenábamos unos huevos fritos con la clara rizada y coruscante y la yema intacta, sazonada con una chispita de sal. Una obra maestra estos huevos fritos. En estas cenas es donde únicamente oí hablar a Zuloaga de pintura. Daba consejos a Antonio Sánchez. Y Antonio Sánchez ha ido pintando todos los días, pintando a hurtadillas del trabajo de la taberna; primero, en su casa, en una habitación oscura, con la luz sucia de un patio mezquino” (Antonio Diaz-Cañabate, ABC – 1947)

Tras el fallecimiento de Sánchez, su hijo, también de nombre Antonio, continuó con el negocio, hasta que se su hermana Lola se hizo cargo del mismo hasta 1979, tras lo cual la taberna, corrió serio peligro de desaparecer.

 

Afortunadamente, algunos enamorados de Madrid, sus tradiciones y su historia, como Luis Carandell o José Luis Pécker lograron que esto no sucediera. En la actualidad la regenta Francisco Cies, conocido por los parroquianos como Curro, que haciendo honor a la secular tradición del local, fue torero antes que tabernero. En la actualidad la tertulia de Ignacio Zuloaga ha encontrado digna sucesora en la que fundó y dirige el pintor y poeta Antonio Lebrato, bautizada como “El Rato” y que cuenta con la presencia de ilustres personalidades del mundo de las artes, el periodismo o la política.

La historia de la tinaja número 6.

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Leyenda o realidad, el caso es que en la bodega de la Taberna Antonio Sánchez, se conserva una tinaja de vino que guarda una curiosa y un tanto macabra historia: se cuenta, aunque como de costumbre no podemos saber si esta historia es cierta, que el 2 de mayo de 1808, durante levantamiento del pueblo de Madrid contra los invasores franceses, unos vecinos del barrio mataron a un soldado de Napoleón en las proximidades del establecimiento, tras lo cual y para evitar las represalias habituales en esos casos, lo escondieron en una de las tinajas de la bodega de una taberna cercana. La historia corrió como la pólvora entre los madrileños, que, a partir de ese momento, comenzaron a pedir que se les sirviera vino de la cuba del francés, porque al parecer tenía un bouquet especial, que algunos decían que era el dulce sabor de la venganza, algo que no nos debe sorprender lo mas mínimo, pues, por todos es sabido lo buenos que son los franceses para el vino. Era la tinaja número 6, que tras ser trasladada, aún se conserva en la Taberna Antonio Sánchez.

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Respecto a lo gastronómico, que al fin y al cabo suele ser lo que mas nos suele interesar cuando de una taberna se trata, su carta está especializada en las recetas más madrileñas y castizas, como el cocido, la olla gitana, la tortilla de San Isidro, los huevos estrellados o el rabo de toro estofado, con una mención especial para las torrijas, sin duda de las mejores de Madrid, tanto, que según se cuenta, el rey Alfonso XIII solía encargarlas con frecuencia.

La Taberna Antonio Sánchez es parte de la historia de Madrid, es la taberna sin reformar más antigua de la Villa y Corte, por lo que también es conocida como la taberna de los 3 siglos.

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Taberna Antonio Sánchez

Mesón de Paredes 13 – 28013 Madrid

Teléfono: 915 39 78 26

http://www.tabernaantoniosanchez.com/

Facebook: https://es-es.facebook.com/TabernaAntoniSanchez