Madrid desde las alturas. Los mejores miradores y terrazas de la capital de España – 4ª Parte.

Dear Hotel (2)

¡Madrid sigue muy viva! Tras una larga temporada sin subirnos a las alturas para disfrutar de las panorámicas que Madrid nos ofrece, DE REBUS MATRITENSIS os propone de nuevo un paseo por las últimas terrazas que se han inaugurado en la capital. Altura, buenas vistas y gastronomía, sin duda una combinación perfecta.

25. Nice to meet you – Dear Hotel.

Situado en el nº 80 de la Gran Vía, el Dear Hotel ocupa un edificio histórico edificado en 1945, en el que tras una rehabilitación integral con un cuidado interiorismo llevado a cabo por el estudio de Sandra Tarruella (El Celler de Can Roca), en el que se han conservado los elementos decorativos neoclásicos de la época de su construcción. 

En la planta 14 de este hotel recién llegado a Madrid difrutaremos de dos terrazas con unas impresionantes vistas 360º del Palacio Real, la Gran Vía, la Plaza de España y el centro de Madrid.

En el Nice to meet you Restaurant & Lounge, con su Sky Pool, podremos disfrutar de una cocina actual de calidad actual, sofisticados cócteles, además de música y DJ. Es sin duda el lugar perfecto para cenar durante las calurosas noches del verano madrileño, a la vez que disfrutamos de unas espectaculares puestas de sol, y todo con unos precios razonables.

Nice to Meet you – Dear Hotel. Gran Vía, 80.

26. Terraza del Poniente – Hotel Exe Moncloa.

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Curiosidades y anécdotas de una “Gran Vía”

Hoy toca hablar de calles y de toros, las unas desaparecieron, el otro fue una sorprendente e inesperada aparición.

Aquellas calles desaparecidas.

Las obras de la Gran Vía, modificaron el trazado de algunas calles y plazas como Víctor Hugo, Marqués de Valdeiglesias, Montera, Fuencarral, Clavel, Jacometrezo, Caballero de Gracia, Tres Cruces, Desengaño, Abada, Mesonero Romanos, Chinchilla, Salud, Horno de la Mata, la Red de San Luis o la plazuela de la Paja entre otras. Pero lo que hoy nos ocupa son aquellas calles que desaparecieron para siempre para permitir la construcción de la nueva avenida. Unas obras que comenzaron el 4 de abril de 1910 y no finalizarían hasta los años 30. Hablemos tramo a tramo de algunas de ellas.

Calle de San Miguel

Calle de San Miguel. Esta fue la primera calle en desaparecer de la cartografía madrileña nada más comenzar las obras de la Gran Vía, ya que su primer tramo, llamado inicialmente avenida del Conde de Peñalver, seguía con bastante fidelidad su trazado hasta llegar a la Red de San Luis, situada en la confluencia de las acortadas calles de Hortaleza y Fuencarral. 

En sus cercanías se encontraban el palacio de la duquesa de Sevillano y el colegio de las Niñas de Leganés, ambos igualmente desaparecidos.

Calle de los Leones

Calle de los Leones. Esta calle estaba situada a la altura de la actual calle de Valverde, justo a continuación de la calle de las Tres Cruces, en lo que habían sido unos terrenos propiedad de Juan de la Victoria y Bracamonte, donde se instaló una feria a la que solían acudir los madrileños para ver a dos leones, entre otros animales. Cuenta la leyenda, que un buen día acudieron a la feria dos padres franciscanos procedentes de Guadalajara. Uno de ellos acercó el cordón del hábito para jugar con una de las fieras, con tan mala fortuna que el león lo agarro con sus zarpas hiriendo de muerte al incauto fraile, que pocos días después fallecería en el convento de Jesús y María donde fue trasladado. Ni que decir tiene que la noticia de tan desgraciado suceso corrió como la pólvora por la ciudad, lo que hizo que fueran miles los madrileños que acudieron a la feria para ver de cerca al león asesino, hasta que el Santo Oficio tomo cartas en tan triste asunto, prohibiendo que se siguiesen mostrando los leones, que finalmente fueron adquiridos por Bracamonte para su casa de fieras situada en la calle Jesús y María. Así fue como nació la que hasta su desaparición sería la calle de los Leones.

Plaza del Callao (3) Sigue leyendo

La Gran Vía y sus edificios. Tramo III.

En esta tercera y última parte de nuestro recorrido a lo largo de la Gran Vía, recorreremos el Tramo III o Avenida C desde su inicio en la plaza del Callao, hasta finalizar en la plaza de España.

Gran Vía - Tramo III (3)

La construcción del tercer y último tramo de la Gran Vía no se inició hasta 1925. En un principio estaba previsto que la anchura de esta avenida fuera de 25 metros al igual que el tramo I o Avenida B, pero finalmente se decidió ampliar su anchura hasta los 35 metros, igualándolo con el tramo II o Avenida A.

Gran Vía - Tramo III (2)

Los edificios de este tramo de la Gran Vía son menos monumentales y llamativos que sus predecesores, lo cual no quiere decir que tengan menos calidad. Aunque algunos de ellos fueron edificados en una época de escasez de materiales como fue la posguerra. Se abandona el barroco por estilos más racionalistas y funcionales, con un gran número de comercios, cines, salas de fiestas y bares. La muy discutida demolición del mercado de los Mostenses o de la Iglesia del Sagrado Corazón y San Francisco de Borja retrasó la construcción de parte de los edificios.

Guerra Civil 33 - La Gran Vía

Si los dos primeros tramos seguían el trazado de las calles San Miguel y Jacometrezzo, en esta tercera parte no había una calle preexistente sobre la que construir, por lo que se hizo enteramente nueva atravesando callejones y callejuelas. La avenida A se llamó desde 1921 avenida de Eduardo Dato. Durante la Guerra Civil fue la avenida de Méjico, aunque popularmente fue llamada avenida de los obuses o del 15, por el calibre de los proyectiles que las tropas franquistas lanzaban sobre la avenida. Del año 1939 hasta 1980 Avenida de José Antonio y desde 1980 Gran Vía.

Mercado de los Mostenses (2)

Desaparecieron para facilitar la construcción de este último tramo en este el mercado de los Mostenses y la Iglesia del Sagrado Corazón y San Francisco de Borja, así como las calles de San Cipriano, Eguiluz, Santa Margarita, Travesía del Conservatorio, Rosal, Parada, Federico Balart, Travesía de Altamira, Peralta, el Callejón del Perro y la Travesía de la Moriana y fueron reformadas las calles de Ceres, Leganitos, San Bernardo, Reyes, Plaza de los Mostenses, Isabel la Católica, Flor Alta, Silva, Tudescos y las plazas de Leganitos y San Marcial.

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Y ahora, pasemos a repasar los edificios más representativos de este último tramo de la Gran Vía madrileña. Sigue leyendo

La Gran Vía y sus edificios. Tramo II

En esta segunda parte de las tres que dedicaré a la Gran Vía, recorreremos el Tramo II o Avenida A desde su inicio en la Red de San Luis finalizando en la plaza del Callao.

Tramo II o Avenida A

Las obras del segundo tramo de la Gran Vía dieron comienzo en 1917. En principio estaba previsto que éste fuera un bulevar, pero en 1921 se abandonó esta idea, transformando el proyecto inicial en una vía totalmente llana y recta con una longitud de 409m y 35 metros de anchura, que uniría la Red de San Luis con la Plaza del Callao. En contraposición con el tramo, en el que predominaban los edificios de estilo neo barroco y regionalista con algunas aproximaciones al modernismo, en este nuevo tramo, junto a edificios más clásicos, similares a los del primer tramo destacan algunos edificios realmente excepcionales, como los proyectados por Antonio Palacios. En este tramo proliferaran las salas de cine y algún teatro, lo que convertirá a la Gran Vía en la zona de ocio y diversión de la capital.

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Denominado en principio Avenida de Pi i Margal, durante la Guerra Civil fue conocido entre los madrileños como avenida de los obuses o del quince y medio, ya que este era el calibre de los proyectiles que se lanzaban desde el frente contra el edificio de la Telefónica. En 1939, tras el final de la contienda, pasó a ser la  avenida de José Antonio y finalmente desde 1980 fue la Gran Vía, el nombre con el que siempre había sido popularmente conocida. Su trazado seguía el de la calle de Jacometrezo, que desapareció hasta la plaza de Callao, que sería ampliada aprovechando las obras de la nueva avenida. Pero esta calle no sería la única afectada por las obras, desapareciendo las calles de los Leones y del Jacinto y la travesía del desengaño, viéndose afectadas en su trazado las calles de Tres Cruces, Desengaño, Abada, Mesonero Romanos, Chinchilla, Salud, Horno de la Mata, Hita, Valverde, Carmen e Hilario Peñasco. Por otra parte las librerías de viejo que se encontraban en la zona afectada por las obras se trasladaron a la conocida Cuesta de Moyano, donde aún permanecen.

En 1918 se aumentó la altura máxima de los edificios hasta los 35 m, las obras de infraestructura, urbanización y pavimentación en septiembre de 1917 y finalizando en 1924. La recepción definitiva de las obras tuvo lugar el 20 de agosto de 1927. El 4 de agosto de 1922, la concesión de derechos sobre la Gran Vía pasó al empresario bilbaíno Horacio Echeverrieta Maruri, que adquirió todos los solares edificables, desde Callao hasta la Plaza de España, que contó con el asesoramiento del arquitecto Secundino Zuazo. Finalmente cabe mencionar que José López Sallaberry fallecería el 23 de junio de 1927, recibiendo un sentido homenaje del pueblo de Madrid, al recorrer su carroza fúnebre la Gran Vía.

José López Sallaberry - La Ilustración Financiera

Los edificios de este segundo tramo buscaban la internacionalización a la vez que la monumentalidad, con obras de magníficos arquitectos como Teodoro Anasagasti en los Grandes Almacenes Madrid-París (1920), Antonio Palacios en el Edificio Matesanz (1919) o Ignacio de Cárdenas que contó con la colaboración del americano Lewis S. Weeks para el proyecto del edificio de la Telefónica (1925), en el que queda patente la influencia de la Escuela de Chicago. Se trata de edificios mucho más avanzados y modernos, que reflejan a la perfección la evolución de la arquitectura española en el primer tercio del siglo XX.

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Y ahora, tomando como punto de partida la Red de San Luis, os propongo un recorrido a lo largo y ancho del segundo tramo de la madrileña Gran Vía. Un agradable paseo que llegará hasta la Plaza del Callao, en el que nos detendremos en sus edificios más representativos. 

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El edificio Carrión, un icono castizo de estilo Streamline.

La arquitectura Streamline o Art Moderne, llamada en los países no anglosajones Estilo Aerodinámico, es un estilo propio del diseño industrial norteamericano desarrollado entre 1935 y 1960, que tiene su origen en el movimiento Bauhaus nacido en Alemania. Las lineas paralelas empleadas como símbolo de dinamismo y velocidad y su estricta simetría, emparentan el Streamline con el Art Decó, basándose en una iconografía futurista y tecnológica, en un mas que evidente homenaje a las máquinas, que en la época de la que hablamos, representaban la modernidad y el progreso. Recurre para ello al dinamismo, la ligereza y la funcionalidad de la aerodinámica, con edificios, en los que, ventanas, balcones, miradores, torres y otros elementos, se curvan y fluyen por pura estética, dejando atrás la arquitectura anterior, inmovilista, estática y pesada. El estilo Streamline fue en su momento la máxima representación de la arquitectura moderna, fluida y a la vez enérgica, la arquitectura del movimiento, la que reflejaba el estilo de la agitada vida moderna. Junto a la fascinación de la época por el progreso y las máquinas, hubo otros factores que contribuyeron al nacimiento de la arquitectura aerodinámica, como fueron el Futurismo Italiano, con Fortunato Depero al frente, y el arquitecto alemán Erich Mendelsohn y su Mossehaus, construida en Berlín entre 1921 y 1923. Es el estilo emblemático de Miami, allí denominado Tropical Decó, impulsado por los arquitectos Henry Hohauser y Lawrence Murray Dixon. En España, y más concretamente en Madrid, destacan el desaparecido Teatro-cine Barceló (posteriormente la discoteca Pacha), obra de Luis Gutiérrez Soto, y el edificio Carrión, de Luis Feduchi y Vicente Eced. Y es de este último, del emblemático edificio de la Gran Vía Madrileña, con su inconfundible luminoso de Schweppes, de lo que trata la entrada de hoy.

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El edificio Carrión

Es sin duda el mas destacado representante del estilo Streamline o arquitectura aerodinámica en Madrid, con su inconfundible perfil de proa de barco recortándose en el arranque del tercer tramo de la Gran Vía Madrileña.

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El proyecto para la construcción del edificio Carrión, conocido popularmente como Capitol, por la sala de cine que el se encuentra, fue un encargo de Enrique Carrión y Vecín, marqués de Melín, realizado mediante concurso restringido en el que participaron los arquitectos Luis Gutiérrez Soto, Ignacio Cárdenas, Emilio Paramés y José M. Rodríguez Cano o Pedro Muguruza, a parte de los arquitectos que finalmente lo realizarían, tras la anulación por parte del promotor del concurso, encargándoselo directamente a los jóvenes arquitectos Luis Martínez-Feduchi y Vicente Eced, que se enfrentaron al reto de construir en un solar de formas irregulares situado en el chaflán que formaban la Gran Vía y la calle Jacometrezo. 

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La empresa adjudicataria de la obra fue Construcciones Macazaga, que contrató a Luis Moya como arquitecto de la empresa en la dirección de la obra y el coste, excluyendo el solar fue de aproximadamente 12.000.000 de pesetas de la época.

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Las obras para levantar este icono de la arquitectura madrileña se iniciaron el 11 de abril de 1931, tres días antes de la proclamación de la II República, finalizando el 15 de octubre de 1933. Un año después, el Carrión obtendría la segunda medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes, tras declararse desierto el primer premio.

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El edificio, con 54 metros de altura desde el nivel de la calle y 16 plantas, contando los sótanos, fue concebido como símbolo de la modernidad de una ciudad, que quería incorporarse de lleno a las corrientes artísticas mas vanguardistas del arte. En su interior podíamos encontrar un hotel, 64 apartamentos de alquiler amueblados, oficinas, restaurante, bar, cafetería, cine, sala de fiestas y, lo mas sorprendente, una fabrica de agua de Seltz.

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Sin escatimar en gastos, se utilizaron los mejores materiales para su construcción: granito de Segovia pulimentado para el chaflán de la esquina con la calle Jacometrezo, arenisca de Villamayor (Salamanca) en los laterales, caliza de Colmenar de Oreja para las molduras, pórfido en el basamento y mármoles travertinos en la entrada y los interiores, utilizando además, telas ignífugas, un sistema de refrigeración centralizado, el primero de Madrid, que ocupaba una planta entera del edificio o las vigas Vierendeel de hormigón armado, utilizadas para cubrir sin apoyos la sala de cine, con 31 metros de longitud y más de 3 de altura, que, durante algunos años ostentaron el récord mundial para este tipo de viga.

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Martínez – Feduchi y Eced se inspiraron para el proyecto del Carrión en la Mosse Haus de Berlín, obra de Erich Mendelsohn y Richard Neutra, mientras que para el interior de claro estilo Art Decó lo hicieron basándose en imágenes y objetos de la Exposición de Artes Decorativas de París de 1925. Los arquitectos, se encargaron de diseñar hasta el último de los detalles, diseñando muebles, cortinas, alfombras e incluso la cubertería del hotel, que serían realizados por la firma Rolaco-Mac, recibiendo por su espléndido trabajo un premio del Ayuntamiento de Madrid en 1933. Como curiosidad, creo que merece la pena destacar, que el Carrión, fue utilizado como observatorio durante la Guerra Civil, al igual que la mayoría de los edificios altos de la zona.

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En cuanto al cine Capitol, con capacidad para 1.900 espectadores, fue en su momento la mayor sala de exhibición cinematográfica de la capital, con una pantalla de mas de 13 m. de anchura y unas muy estudiadas condiciones de visibilidad, acústica y ventilación, que incluía la ya mencionada instalación de refrigeración. La decoración era sencilla dentro del mas puro estilo racionalista, con paredes tapizadas en terciopelo y zócalos realizados en madera de ébano, combinando los colores beige, rojo y marfil, con aplicaciones de pan de oro en techo y molduras.

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De los numerosos anuncios luminosos que se podían ver, ocupando casi por completo la proa del Carrión, tan solo el luminoso de Scheweppes, considerado uno de los símbolos mas fotografiados de la Gran Vía, y otro de un operador de telefonía móvil pueden verse a día de hoy, tras la restauración integral del edificio llevada a cabo por el arquitecto Rafael de la Hoz .

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Actualmente, tres excelentes miradores situados en este emblemático edificio, en el Hotel Vincci Capitol, nos permiten disfrutar de unas espectaculares vistas. El primero situado a escasa altura, en el bar de la 1ª planta del hotel, pero que nos ofrece, mientras nos tomamos una madrileñísima Mahou, una panorámica insuperable del 2º tramo de la Gran Vía entre el edificio de Telefónica y la plaza del Callao.

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Los otros dos miradores se encuentran en las plantas 7ª y 9ª y nos permiten disfrutar de unas espectaculares vistas de la capital de España. ¡¡¡No dejéis de subir!!!

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Sin lugar a dudas el edificio Carrión, con sus mas de 80 años de vida, se ha convertido en uno de los edificios mas emblemáticos de la ciudad de Madrid, un auténtico icono y uno de los edificios mas fotografiados de la capital.

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Un edificio que en el momento de su construcción fue el símbolo de la modernidad de una ciudad tan tradicional y conservadora como lo era la capital de España y que a pesar de los años transcurridos, aun conserva ese halo de vanguardia e innovación. Un auténtico hito de la arquitectura madrileña.

…y los jueves, cocido madrileño completo, con tres vuelcos.

Decidme cualquier otro plato de la gastronomía popular española, al que se le hayan dedicado mas canciones que al cocido madrileño… y os invito. ¿A que no se os ocurre ninguno? Al cocido madrileño le han rendido merecido homenaje varias canciones a lo largo del último siglo, y estas son algunas  de ellas.

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La primera, parece ser que fue el cuplé “Cocido madrileño”, que popularizó allá por 1915 Blanquita Suárez, una famosísima actriz y tonadillera de la época, tras ella, llegó el mucho más conocido y castizo pasodoble titulado “Cocidito madrileño”, con música de Manuel López Quintero y letra de Rafael de León y Antonio Quintero Ramírez, popularizado en los años 40 del siglo pasado por Pepe Blanco y posteriormente, en los 70, por Manolo Escobar. De Pepe Blanco es también otra canción sobre el cocido madrileño titulada “Madrid tiene 6 letras”, un título que hace referencia a las 6 letras del cocido. También de los años 40 es el tema titulado “Menudo menú”, que popularizó el grupo donostiarra Los Xey, utilizando tanto la letra como la música “El Menú”, un tema nacido en el Café Iruña de Bilbao en 1927. Y en los años 50, el gran Antonio Molina nos cantó con su peculiar voz la copla “Cocinero, cocinero”, en la que se mencionaba tan castiza receta.

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No me hable usté
de los banquetes que hubo en Roma.
Ni del menú
del hotel Plaza en Nueva York.
Ni del faisán
ni los foagrases de paloma,
ni me hable usté
de la langosta Thermidor.
Porque es que a mí,
sin discusión, me quita el sueño
y es mi alimento y mi placer
la gracia y sal
que al cocidito madrileño
le echa el amor de una mujer.

Cocidito madrileño,
repicando en la buhardilla,
que me huele a yerbabuena
y a verbena en las Vistillas.
Cocidito madrileño
del ayer y del mañana,
pesadumbre y alegría
de la madre y de la hermana.
A mirarte con ternura
yo aprendí desde pequeño,
porque tú eres gloria pura,
porque tú eres gloria pura,
cocidito madrileño.

(Cocidito Madrileño – Quintero / León / Quiroga)

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De gatos y ratones

Una nueva entrada, con anécdotas y curiosidades de un Madrid que jamás deja de sorprendernos. Porqué Madrid, es como esos baúles que nuestras abuelas guardaban en el desván, donde siempre acabábamos por encontrar algo interesante para llevarnos a nuestras casas.

¿Por qué a los madrileños se nos llama “gatos”?

El origen de esta curiosa forma de llamarnos hay que buscarlo en la reconquista de Madrid por Alfonso VI, allá por el siglo XI. En el asalto de la villa, un valeroso soldado trepó por la muralla ayudado de una daga que clavaba en las juntas de las piedras. Sus camaradas, al ver la hazaña dijeron que parecía un gato de modo que en memoria de esta hazaña él y sus sucesores adoptaron a partir de ese hecho el apellido Gato.

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La familia llegó a ser tan importante en Madrid, que no se consideraba nobleza castiza de Madrid a la que no pertenecía a aquel linaje. Y, cuando la historia se convirtió en leyenda, el apodo se atribuyó a todos los madrileños, eso si, siempre de tercera generación.

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En la actualidad, muy próximo a la Puerta del Sol, se encuentra la calle de Álvarez Gato, dedicada a uno de los descendientes aquel valiente soldado y un poeta de la corte que vivió durante el siglo XV: Juan Álvarez Gato.

El Ratoncito Pérez

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¿Sabíais que el Ratoncito Pérez es un madrileño de pura cepa y que nació en el Palacio Real de Madrid? A continuación trataré de contaros como sucedió. Cuando Alfonso XIII era todavía un niño, al caérsele su primer diente de leche, su madre la reina regente Dª María Cristina de Habsburgo-Lorena, encargó al  jesuita Luis Coloma, autor también de las novelas Jeromín o Pequeñeces, que escribiera un cuento para el monarca.

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El padre Coloma, rápidamente se puso a ello, escribiendo un breve relato de 13 páginas sobre el rey Buby I (apodo cariñoso con el que Dª Maria Cristina llamaba a su hijo), en el que se relataba como el rey niño,  tras perder su primer diente lo colocó debajo de la almohada, junto a una carta, para así poder recibir la visita del Ratoncito Pérez. Buby I estaba dispuesto a esperarle, pero se durmió. De pronto, sintió algo que lo despertó y allí estaba delante de él:

“Un ratón muy pequeño con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja terciada a la espalda”

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El Ratoncito Pérez, como no podía ser de otra manera, se presentó ante Buby I, y tras transformar al joven monarca en ratón, ambos se fueron a la casa del roedor, que el padre Coloma situó en la pastelería Carlos Prast, un establecimiento, entonces muy de moda, situado en el número 8 de la calle Arenal, donde Buby I, conocería a la familia de su nuevo amigo, que vivía en una caja de galletas Huntley, las preferidas del monarca. Desde allí el rey niño acompañó al ratón en su misión nocturna de llevarle un regalo a otro niño madrileño, de nombre Gilito, que vivía con su madre en la cercana calle de Jacometrezo. Buby I quedo muy impresionado por la miseria de aquella casa y al regresar al Palacio Real y a su cama, y ver el precioso regalo que a él le habían hecho, pensó en Gilito y en todos los niños pobres y decidió que a partir de ese momento reinaría pensando siempre en los más necesitados.

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En la actualidad, una de las placas amarillas del Ayuntamiento nos recuerda esta historia, y en el interior del edificio podemos ver una pequeña figura de no mas de 20 cms. de este entrañable personaje.

Así es Madrid, una ciudad llena de historias, a veces realmente insólitas, una maravillosa caja de sorpresas, en cuyo interior siempre se puede encontrar algo nuevo que contar.

Tras las huellas de Miguel de Cervantes Saavedra, “Principe de los Ingenios”. 2ª parte: Madrid.

El Madrid de Cervantes

Ya estamos de regreso en Madrid, dispuestos a seguir buscando las huellas del “Príncipe de los Ingenios” en la Villa y Corte. ¿Me acompañáis?

“Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; este digo que es el autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo El Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño, llámase comúnmente Miguel de Mervantes Saavedra” (Miguel de Cervantes – Prólogo de las Novelas Ejemplares)

Estudio Público de Humanidades de la Villa de madrid

En 1566 Cervantes ya se había establecido en Madrid, matriculándose en el Estudio de la Villa, fundado por el rey Alfonso XI en 1346. Una prestigiosa institución, donde tuvo como maestro a su director, el catedrático de gramática y humanista Juan López de Hoyos, quien en 1569, incluiría tres poemas del joven Miguel de Cervantes en un libro sobre la enfermedad y muerte de la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II.  

En la actualidad y una vez más, no queda nada del otrora importante centro de estudios. Tan solo una placa conmemorativa, colocada en 1870 gracias a una iniciativa de Mesonero Romanos y sufragada por la propietaria del inmueble, la condesa de la Vega del Pozo, nos recuerda con el siguiente texto, que allí estudió Miguel de Cervantes:

“Aquí estuvo en el siglo XVI el Estudio Público de Humanidades de la Villa de Madrid, que regentaba el maestro Juan López de Hoyos y al que asistía como discípulo Miguel de Cervantes Saavedra”

La imprenta de Juan de la Cuesta

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Con la sola excepción de La Galatea, el resto de las obras escritas por Cervantes, incluidas las dos partes del Quijote fueron publicadas, en sus primeras ediciones, en Madrid. El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, se imprimió por primera vez en 1605, en la imprenta de Juan de la Cuesta, situada en el número 87 de la calle Atocha. Una impresión realizada con escasos medios para la que se utilizó un papel tosco y de escasa calidad, fabricado en la Cartuja de Santa María de El Paular.

El edificio original, que milagrosamente aun se conserva, fue construido entre 1592 y 1620 como un pequeño centro sanitario, conocido con el nombre del Hospitalillo de los Incurables del Carmen. En la actualidad y desde 2005, es la sede de la Sociedad Cervantina de Madrid, fundada en 1953. En lo que respecta a la segunda parte del Quijote, se publicó en 1615, también en la imprenta de Juan de la Cuesta, que por aquel entonces se había trasladado a la cercana calle de San Eugenio, esquina con la de Santa Isabel.

 

 Dos lápidas, realizadas ambas por el escultor Lorenzo Coullaut Valera, autor asimismo del grandioso monumento a Cervantes de la plaza de España, nos recuerdan ambos hechos. La primera de ellas es un relieve escultórico, donde se puede ver una escena del Quijote debajo del cual figura el siguiente texto:

“Aquí estuvo la imprenta donde se hizo en 1604 la edición príncipe de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra y publicada en mayo de 1605. Conmemoración MDCCCCV” 

Y en la segunda, realizada en 1905 y mucho más sencilla:

“En el solar que ocupa esta casa, estuvo en el siglo XVII la imprenta de Juan de la Cuesta, donde se hizo en 1615 la edición príncipe de la segunda parte de El ingenioso caballero D. Quijote de La Mancha, escrita por Miguel de Cervantes Saavedra. Conmemoración en 1905”

Los domicilios madrileños de Miguel de Cervantes

Esta sobradamente probado, que Cervantes tuvo más de un domicilio en Madrid, siempre en los alrededores de la calle Atocha, donde y vivía en 1608. En 1609 se mudó, a la calle de la Magdalena, y de ahí al Barrio de las Letras, donde residiría hasta su fallecimiento.

Cuatro fueron los domicilios conocidos del escritor en dicho vecindario. En un primer momento vivió en la Calle del León, poco después en el actual número 18 de la Calle de las Huertas, más tarde en la Plaza de Matute y, por último, de nuevo en Calle del León, en esta ocasión en la esquina con la calle de Francos, que con el tiempo pasaría a denominarse calle de Cervantes, el domicilio donde fallecería.

Esta última estaba situada en la manzana 228, siendo tristemente derribada en 1833, a pesar de la oposición y los denodados esfuerzos de D. Ramón de Mesonero Romanos, que sería quien diera la voz de alarma ante el derribo del inmueble a través de un artículo publicado La Revista Española, titulado La casa de Cervantes.

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Ni la intervención del mismísimo Fernando VII, quien dispuso que el Estado comprara el inmueble para conservarlo, ni las del Ministro de Fomento y el Alcalde de Madrid sirvieron de nada. Una vez más, el patrimonio histórico y cultural era víctima de la especulación y la avaricia de algunos desalmados. La triste e insuficiente solución a tal desaguisado, fue colocar en la fachada del nuevo bloque de viviendas una lápida conmemorativa, realizada por Esteban de Ágreda, Escultor de Cámara Honorario de Carlos IV. La lápida, realizada en mármol de Carrara, sería inaugurada el 13 de junio de 1834, y en ella, por fortuna aun puede leerse en letras de bronce:

“Aquí vivió y murió Miguel de Cervantes Saavedra, cuyo ingenio admira el mundo. Falleció en MDCXVI”

Monasterio de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso  

Este convento fue fundado en 1609 por Francisca Romero, hija de Julián Romero, general de los ejércitos de Felipe II. En 1673 se iniciaron las obras de ampliación del edificio, que se paralizarían en 1688 a causa del fallecimiento del arquitecto, Marcos López, terminando los trabajos en 1698, bajo la dirección de José del Arroyo.

El edificio es sobrio y austero con su iglesia de reducidas dimensiones con planta de cruz latina y una fachada sencilla, con frontispicio triangular en el remate y tres arcos de ingreso de medio punto en el centro, un bajorrelieve de considerables dimensiones y los escudos de armas de los marqueses de la Laguna. El edificio fue declarado monumento nacional en 1921 y ha sido restaurado en dos ocasiones, en 1869 y 1939.

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En 1868, coincidiendo con el triunfo de la llamada revolución “Gloriosa”, que supuso el destronamiento de Isabel II, el ayuntamiento de Madrid aprobó el derribo del convento de las Trinitarias descalzas de San Ildefonso. Las monjas defendieron como mejor supieron la que era su casa, perdiendo cuantas alegaciones presentaron. Una vez más parecía que los especuladores inmobiliarios iban a salirse con la suya.  Desesperadas ante lo que parecía  ya inevitable, solicitaron el amparo de la Real Academia Española quien encargó al académico marqués de Molíns que demostrara que Miguel de Cervantes estaba enterrado en el mencionado convento. El resultado fue publicado en 1870 bajo el título “La Sepultura de Cervantes” y en el se presentaban por primera vez pruebas irrefutables y se demostraba que los restos jamás salieron del convento, que de este modo se salvo de ser demolido.

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El príncipe de los ingenios falleció en su domicilio de la calle Francos esquina con la del León el 22 de abril de 1616, víctima al parecer de una  cirrosis hepática de origen diabético. Al día siguiente, 23 de abril de 1616, sus restos mortales, amortajados en humilde sayal de la orden Tercera de San Francisco, en la que había profesado poco antes. Dentro de un modesto ataúd, portado por frailes franciscanos, las manos sobre el pecho sosteniendo un crucifijo de madera y la cara descubierta, recibió cristiana sepultura en el Monasterio de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso. La capilla donde fue enterrado desapareció en las obras de ampliación del edificio, trasladándose sus restos a la cripta, junto con los de su esposa Catalina de Salazar, quien cuando murió Cervantes, decidió profesar en la Venerable Orden Tercera de los Trinitarios, solicitando que una vez muerta, fuera enterrada en el mismo lugar que su marido.

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Finalmente Ayuntamiento y Arzobispado se han puesto de acuerdo y los restos de Cervantes han sido trasladados a la Iglesia de San Ildefonso, del convento de las Trinitarias, en pleno Barrio de las Letras, del convento de las Trinitarias, donde una lapida nos recuerda al llamado Principe de los ingenios. 

“Yace aquí Miguel de Cervantes Saavedra 1547-1616”

“El tiempo es breve / las ansias crecen / las esperanzas menguan / y, con todo esto / llevo la vida / sobre el deseo que tengo de vivir”

No debemos pasar por alto el error en el texto grabado, ya que donde podemos leer “Los trabajos de Persiles y Segismunda” debería decir “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”. Tan solo una simple letra, un pequeño error debido sin duda a las prisas por inaugurar el monumento A Cervantes antes de las elecciones locales de mayo de 2015. Lo triste es que 6 meses después, el error aun no se haya corregido.

En cuanto a la lápida situada en la fachada, con una altura de 3,5 metros y 2,5 de ancho es la mayor de cuantas podemos ver en Madrid. Fue realizada en mármol italiano por el escultor aragonés Ponciano Ponzano, autor asimismo de la decoración escultórica del frontón del Congreso de los Diputados, donde representó una personificación de España acompañada de la Justicia, las Ciencias, las Bellas Artes y la Fortaleza, y de los dos leones de bronce que flanquean la fachada del edificio. En la lápida dedicada a Cervantes podemos leer el siguiente texto:

“A Miguel de Cervantes Saavedra, que por su última voluntad yace en este convento de la Orden Trinitaria, a la cual debió principalmente su rescate la Academia Española. Cervantes nació en 1547 y falleció en 1616”

Estatuas y monumentos dedicados a Miguel de Cervantes

Este paseo por los lugares más directamente relacionados con la vida y obra de Miguel de Cervantes no estaría completo sin hacer referencia a aquellos monumentos y estatuas que le rinden homenaje, aunque algunos de ellos estén situados algo apartados de aquel Madrid de los siglos XVI y XVII que frecuento el escritor.

Plaza de España

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El más conocido es sin duda, el situado en la Plaza de España, erigido para conmemorar el tercer centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote en 1915 y el fallecimiento de Miguel de Cervantes en 1616.

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Para ello se convocó un concurso nacional, resultando ganador el proyecto presentado por los arquitectos Rafael Martínez Zapatero, Pedro Muguruza y por el escultor Lorenzo Coullaut-Valera, creándose en 1920 un comité de racaudacíón, cuya finalidad era la obtención de los fondos necesarios, aunque, fínalmente, las obras no se iniciarían hasta finales de los años 20.  

Tras la guerra Civil, la construcción del monumento, estuvo parada hasta bien entrada la década de los 50, cuando el hijo de Federico Coullaut-Valera añadió las figuras de Dulcinea del Toboso y Aldonza Lorenzo.

Ya en los 60, se instalaron los grupos escultóricos dedicados a la Gitanilla y a Rinconete y Cortadillo.

Plaza de las Cortes

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En la plaza de las Cortes, frente al Congreso de los Diputados, nos encontramos con el segundo de los monumentos levantados en Madrid en homenaje al Principe de los Ingenios. 

La estatua, realizada en una aleación de cobre, zinc, estaño y plomo, fue realizada en Roma por el escultor Antonio Solá e inaugurada en 1835.

El pedestal es obra del arquitecto Isidro González Velázquez, y en el podemos ver dos relieves de José Piquer alusivos al Quijote, así como dos placas, en una de las cuales se puede leer la siguiente inscripción:

“A Miguel de Cervantes Saavedra, príncipe de los ingenios españoles”

Biblioteca Nacional

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La tercera escultura se encuentra en la Biblioteca Nacional, en el Paseo de Recoletos. Es una obra del escultor catalán Juan Vancell y Puigcercós del año 1892 y flanquea la entrada principal de este edificio, junto a otros tres genios de las letras españolas: Lope de Vega, Antonio de Nebrija y Luis Vives.

Avenida de Arcentales (San Blas)

La última de las estatuas dedicadas a Miguel de Cervantes es obra de Luis Sanguino, autor asimismo de los grupos escultóricos de las puertas de la Catedral de la Almudena y se encuentra en la avenida de Arcentales del barrio de San Blas. Esta realizada en bronce, aunque da la sensación de que estuviera modelada en arcilla, un estilo característico del escultor. En la placa que se encuentra en su pedestal podemos leer el siguiente texto:

“Don Miguel de Cervantes, Príncipe de las letras, en homenaje a la Lengua Española, mayo 1999”

“A Miguel de Cervantes,
insigne y cristiano ingenio de nuestros tiempos,
a quien llevaron los terceros de San Francisco a enterrar
con la cara descubierta, como a tercero que era” (Francisco de Urbina)

 

La importancia de llamarse Ernesto.

Pocos escritores de habla inglesa, han sentido tanta pasión y aprecio por Madrid y lo madrileño como el protagonista de la entrada de hoy. Don Ernesto (así era como le llamaban los que tuvieron la suerte y el privilegio de conocerlo, aunque el solía presentarse simplemente como Ernesto, así, sin más) era un verdadero enamorado de nuestra ciudad, de la que llegó a escribir en 1932:

“Cuando se conoce, Madrid es la ciudad más española de todas, la más agradable para vivir, la de la gente más simpática y, un mes con otro, la de mejor clima del mundo. Cuando uno ha podido tener El Prado y al mismo tiempo El Escorial situado a dos horas al norte y Toledo al sur y un hermoso camino a Ávila y otro bello camino a Segovia, que no está lejos de La Granja, se siente dominado por la desesperación al pensar que un día habrá de morir y decirle adiós a todo aquello”

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Muchos de vosotros ya habréis adivinado, que se trata de ese genio de las letras llamado Ernest Hemingway. Tan solo reflejar su carácter y su forma de ser, nos llevaría horas y horas, por eso, hoy me voy a limitar a contaros como fue su relación con Madrid, una ciudad generosa y acogedora, capaz de dar a los visitantes, y a los que en ella viven, lo mejor (y lo peor) de si misma. Una ciudad, capaz de elevarnos a su maravilloso y velazqueño cielo, pero también de hacernos descender a los infiernos a nada que nos descuidemos.

Una breve aproximación a Ernest Hemingway

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Estadounidense de pura cepa, nuestro protagonista siempre vivió al limite. Escritor, Premio Nobel de Literatura en 1954, periodista, corresponsal de guerra, amante de la buena mesa y de las bellas mujeres, aficionado a la caza, noctámbulo, fumador empedernido, buen bebedor, gran aficionado a los toros, tímido, reservado, fanfarrón, vivía obsesionado con la soledad y la muerte… Su vida acabó un aciago 2 de julio de 1961, de dos disparos efectuados de forma deliberada con su escopeta preferida, poco después de que se le diagnosticara que padecía hemocromatosis, una enfermedad genética que acaba causando un severo deterioro físico y mental, hasta el punto de que hacia el final de su vida, eran frecuentes los episodios de delirium tremens, llegando a creer, que el FBI y la policía le tenían continuamente vigilado.

Ernesto y Madrid. De los felices años 20 a la posguerra.

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La primera vez que Hemingway visitó Madrid fue en los felices años veinte, cuando nada hacia presagiar la tragedia que se viviría en España a finales de la siguiente década, durante la Guerra Civil. Durante la contienda, regresó a Madrid como corresponsal de la North American Newspaper Alliance (N.A.N.A.), y en los años cincuenta, a pesar de haber asegurado que no volvería a España mientras quedara un solo republicano en las cárceles, volvió, sin duda llevado por su gran afición a todo aquello relacionado con la fiesta de los toros. 

   En Madrid se sentía como en casa y desde la capital, escribió sus crónicas de la Guerra Civil, mientras desarrolló su trabajo como corresponsal de guerra, escribiendo una crónica tras otra desde los hoteles Gran Vía y Florida. Hizo grandes amigos, con algunos de los cuales se correría sus famosas juergas nocturnas y afirmaba de los madrileños, que le parecían:

“Simpáticos, bromistas y discutidores”

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Y sería también en Madrid, donde conocería a la que acabaría por convertirse en  su tercera esposa, Martha Gellhorn, una americana con la que se alojó en el hotel Florida, en Callao, de quien, a pesar de su gran intuición y su gran inteligencia, nunca sospechó que en realidad, era una espía que trabajaba para el Departamento de Estado, que se hacía pasar por reportera. Entre las amistades que hizo durante sus estancias a la capital, es obligado mencionar a toreros como Marcial Lalanda, Nicanor Villalba, Juan Belmonte, Antonio Ordóñez o Luis Miguel Dominguín. Se cuenta que, en 1956, un día que Hemingway paseaba por la calle Preciados, alguien le gritó:

“¡Eh tú, por qué no escribes ahora Por quién doblan las campanas!”

“¡Cabrón!”

Fue la breve respuesta, muy propia del escritor.

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Fue este mismo año, el 7 de octubre, cuando se produjo el encuentro entre dos grandes genios de la literatura: Pío Baroja y Ernest Hemingway. Parte de la conversación entre el norteamericano y el vasco, ya enfermo y en cama, fue tal y como os cuento a continuación:

“¿Qué coño hace ese tío aquí?” 

“He venido a decirle que el Premio Nobel se lo merecía más usted que yo, incluso se lo merecían más Unamuno, Azorín o Don Antonio Machado”

“Bueno, basta, basta, que como siga Ud. repartiendo el premio así, vamos a tocar a muy poco”

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Hemingway le regaló una bufanda, unos calcetines, una botella de whisky y un ejemplar de su novela “Adiós a las armas” con la siguiente dedicatoria:

“A usted, don Pío, que tanto nos enseñó a los jóvenes que queríamos ser escritores”

Para Baroja, que fallecería poco después de este encuentro, el 31 octubre, Hemingway era ese famoso escritor norteamericano siempre rodeado de putas y dólares, poco serio y de trato áspero. Durante su entierro, el norteamericano sería uno de los portadores del féretro.

Hemingway, Dos Passos y el asesinato que acabó con su amistad

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Cuando los dos escritores norteamericanos coincidieron en el Hotel Florida de Madrid en 1937, ya hacía  tiempo que ambos mantenían una estrecha y gran amistad. Pero en Madrid y en aquel trágico verano del 37, ocurriría algo que los llevó a romper su amistad de tantos años. Los dos escritores estaban en la ciudad escribiendo sobre la resistencia de la II República ante los continuos ataques del ejercito del general Franco, pero John Dos Passos, tenia otra razón mucho mas personal que el simple trabajo, para estar en Madrid en aquellos momentos: Había venido a investigar la muerte de José Robles. Quería saber lo que le había ocurrido a su amigo y traductor. Este seria el asesinato que envenenaría de modo irreparable la amistad existente hasta aquel momento, entre dos de los principales novelistas estadounidenses del siglo XX.

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Durante su estancia en el Florida, Dos Passos, en su artículo para la revista Esquire titulado “Habitación y baño en el Hotel Florida“, publicado en enero de 1938, describió como era aquel Madrid asediado, en aquellos difíciles y trágicos momentos de la historia de España:

“Mi cuarto está en el séptimo u octavo piso. El hotel está en una colina. Desde la ventana puedo ver toda la parte antigua de Madrid por encima de los tejados que se apiñan cubiertos de tejas del color del hollín manchadas de amarillo claro y rojo, bajo el azul metálico que brilla antes del amanecer. Esta ciudad compacta se extiende a lo lejos hasta donde alcanza la vista, con sus calles estrechas, chimeneas sin humo, torres con cúpulas brillantes y afilados chapiteles de pizarra propios de la Castilla del siglo XVII”

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Pero, ¿Quien era José Robles? El comunista José Robles, era hijo de una familia aristocrática y de profundas convicciones monárquicas, y su amistad con Dos Passos nació en 1916 tras conocerse en un tren nocturno que realizaba el trayecto entre Toledo y Madrid  Traductor al español de «Manhattan Transfer», la gran novela de Dos Passos, Robles se puso al servicio de la II República, pero fue asesinado en 1937 en Valencia tras ser detenido por la policía secreta soviética. 

En 1936, Robles fue evacuado a Valencia y allí fue detenido. Pero entre su detención y las noticias de su muerte, pasaron meses, durante los cuales Dos Passos no dejo de presionar a sus contactos en Madrid, entre los que se encontraba Hemingway, con el único objetivo de llegar a saber qué había ocurrido realmente con su amigo. Dos Passos quería, necesitaba saber, para, en caso de que se hubiera cometido una terrible injusticia, exponerlo a la luz pública. Lo que pasó tras la detención de Robles, nunca fue completamente aclarado, aunque si se sabe que fue fusilado en algún momento del 37. 

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Hemingway pensaba que su buen amigo estaba actuando de modo irresponsable y le advirtió de ello, llegando a insinuar que tal vez Robles podría haber cambiado de bando.

“No digas ni una palabra de ese tal Robles. ¿No sabes que cada día desaparece alguien?”

El asunto es que, tal vez  Hemingway, gracias a sus numerosos y buenos contactos, sabia realmente mucho más de lo que le decía a Dos Passos, y así, mientras Hemingway dio crédito al bulo de que Robles, en realidad siempre había sido un espía al servicio del fascismo, Dos Passos jamás se permitiría dudar de su amigo e hizo todo lo posible por averiguar la causa de su muerte. El asesinato de José Robles fue lo que provocó que se rompiera su amistad con Hemingway.

Una vez realizada esta breve aproximación a Ernest Hemingway y su apasionada relación con Madrid, os propongo un repaso a aquellos lugares frecuentados por el Premio Nobel, alguno de los cuales, aparecen en sus novelas y relatos ambientados en la capital de España.

1.- El edificio en ruinas frente al parque del Oeste – Pintor Rosales, 14.

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En el paseo del Pintor Rosales, muy cerca del maltrecho edificio del Cuartel de la Montaña, a duras penas se mantenía en pie un edificio prácticamente en ruinas, con la escalera destrozada, el ascensor retorcido en su hueco y sus puertas perfectamente conservadas, que se abrían a un solar vacío. este edificio fue para Hemingway el símbolo de un Madrid asediado y destrozado por los incesantes bombardeos. A este edificio le dedicaría Hemingway un relato titulado “Paisaje con figuras” y cuando colaboró en el rodaje de la película de propaganda antifascista “Tierra de España”, propuso que algunas de las escenas se rodaran en sus ruinas.

2.- Pensión Aguilar – Carrera de San Jerónimo, 32.

El escritor se alojó con su familia en la modesta Pensión Aguilar durante sus visitas a Madrid realizadas entre 1923 y 1926. Su habitación: la número 7.

3.- Hotel Biarritz – Calle de la Victoria, 2. 1931

4.- Hotel Gran Vía – Gran Vía, 25.

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El antiguo hotel Gran Vía estaba situado en la avenida más cosmopolita y animada de la capital. En su fachada podemos ver una placa en la que se recuerda que fue desde aquí, desde donde el escritor escribiría sus primeras crónicas sobre la Guerra Civil en 1936.

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Fue por esa época cuando la Gran Vía fue bautizada por los madrileños como «avenida de los obuses» o «del 15 y medio», por el calibre de las bombas que la asolaban a diario. Hemingway mencionó este establecimiento en “La quinta columna”, y en su relato titulado “La noche antes de la batalla” escribió:

“El lugar siempre me ponía furioso”

5.- Hotel Florida – Plaza de Callao, 2.

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Este hotel, tristemente desaparecido (fue demolido en los años sesenta para convertirse en unos grandes almacenes) fue el escenario central que eligió el escritor para la que sería su única obra de teatro: La quinta columna. Frecuentado por corresponsales y prostitutas, durante la Guerra Civil, porque era una de los pocos establecimientos hoteleros que tenía agua caliente en Madrid, aquí fue donde Hemingway conoció a la reportera (y espía) Martha Gellhorn,con quien poco después contraería matrimonio. Un día, una granada reventó la caldera del hotel y mientras los huéspedes huían por los pasillos para ponerse a salvo, Ernest Hemingway y Marta Gellhorn salieron desnudos… de la misma habitación. Con su fachada de mármol blanco, su bar y sus salones eran frecuentados por los jóvenes falangistas de Madrid, que acudían también a otros locales cercanos, como el restaurante Or-Kompón, situado detrás del Palacio de la Prensa, donde se compuso la letra del “Cara al sol” en 1935.

“El Florida era uno de los pocos sitios de Madrid donde se podía comer decentemente y donde corría el alcohol sin restricciones, a pesar de la hambruna que sufrió Madrid” (Fernando Cohnen – Madrid 1936/1939)

En sus habitaciones, se escribieron muchas de las crónicas que ocuparían las portadas de los periódicos. Fotógrafos como Robert Capa y Gerda Taro, escritores como Dos Passos y Hemingway, y reporteros como Henry Buckley, de “The Daily Telegraph”; Martha Gelhorn, de la revista “Colliers,s”; Herbet Matthews, de “The New York Times”; Mijaíl Koltsov, del diario “Pravda”, se alojaron en algún momento de la contienda en alguna de sus 200 habitaciones.

“La puerta de mi cuarto está abierta, se escucha el tiroteo del frente a unas cuantas manzanas del hotel. Tiros de fusil toda la noche. Tabletea la ametralladora. Es una suerte estar tumbado en la cama, en lugar de Carabanchel o la ciudad universitaria” (Ernest Hemingway, 1937)

6.- Hotel Gaylord – Alfonso XI, 3.

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Fue uno de los hoteles más importantes de Madrid durante la Guerra Civil. En “Por quién doblan las campanas su protagonista, Robert Jordan, admite que al principio no le gustaba porque le parecía muy lujoso:

“Demasiado bueno para una ciudad sitiada”

7.- Hotel Palace – Plaza de las Cortes, 7.

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El Hotel Palace, uno de los mas emblemáticos establecimientos hoteleros de la capital, con permiso del vecino Hotel Ritz, también aparece mencionado en la obra de Hemingway. En “Fiesta”, Jake y Brett, sus protagonistas, mientras observan al barman no dudan en afirmar:

“Es maravillosa la gentileza con la que te atienden en el bar de un gran hotel”

Y añade Hemingway:

“Fuera de la ventana y sus cortinas quedaba el calor veraniego de Madrid”.

8.- Restaurante Botín – Cuchilleros, 17.

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A Hemingway, que durante sus estancias capitalinas llegó a convertirse en un cliente asiduo, le encantaba el cochinillo asado. En una de sus visitas, Hemingway pidió que le enseñaran a preparar la paella. Tras varios intentos fallidos declaró:

“Será mejor que me siga dedicando a la escritura”

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Fiesta, la novela que le dio fama internacional, termina con una escena en este famoso restaurante madrileño.

9.- Cervecería Alemana – Plaza de Santa Ana, 6.

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Era uno de los lugares favoritos del escritor, adonde acudía con frecuencia para tomar unas cervezas, tal y como escribo en un articulo publicado en la revista Life titulado “Un verano peligros0”. Y a tan solo unos pasos de la plaza de Santa Ana, se encontraba el desaparecido Bar Alvarez, uno de esos clásicos bares madrileños, adonde al escritor solía acudir a beber cerveza y saborear sus gambas, tal y como escribió en “Muerte en la tarde”.

10.- Restaurante El Callejón – Calle de la Ternera, 6.

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Situado a escasos metros de la plaza del Callao, era un local frecuentado por el escritor y su cuarta esposa, Mary, durante sus visitas a Madrid realizadas en los años cincuenta. Hemingway, en uno de sus artículos, para la revista Life, escribió que en El Callejón se podía disfrutar de la mejor comida de la ciudad y de un delicioso Valdepeñas servido en jarras de barro. Un restaurante con sus paredes cubiertas de fotografías dedicadas y enmarcadas de los artistas, escritores, toreros, futbolistas, actores y actrices, cantantes y floklóricas, que en algún momento pasaron por sus distintos comedores.

11.- Bar Chicote – Gran Vía, 12.

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En el relato “La denuncia”, Hemingway utiliza este carismático bar de la Gran Vía como un símbolo del afecto que sus clientes por España, a pesar de haber vivido un episodio tan trágico como la Guerra Civil. Hemingway afirmaba que los camareros merecían todo su respeto, porque con su buen hacer conseguían crear una atmósfera muy agradable.

“Los hombres podían tomar una copa y conversar sin ser molestados”

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También una de las escenas de su obra teatral “La quinta columna” tiene lugar en este bar, por el que en su momento pasaron todos los artistas, incluidas las estrellas de Hollywood, que visitaron Madrid en las décadas de los 50 y 60, su época de mayor esplendor.

12.- Cuartel General de las Brigadas Internacionales – Velázquez, 63.

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Hemingway, que siempre manifestó su compromiso con la causa republicana, durante sus estancias en Madrid, entabló amistad con varios miembros de las Brigadas Internacionales, compuestas por voluntarios de todo el mundo que lucharon en el bando de la República durante la Guerra Civil. El protagonista de “Por quien doblan las campanas”, Robert Jordan era un brigadista internacional que se alojaba en este cuartel, situado en el barrio de Salamanca.

13.- Museo del Prado.

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De todas las decisiones que tomó el Gobierno de la II República después del 18 de julio de 1936, una de las que mas impresiono a Hemingway, fue el traslado por carretera a Valencia de las pinturas del Prado, llevado a cabo en el invierno de 1936-37, para que no sufrieran ningún desperfecto a causa de los constantes bombardeos que sufrió Madrid hasta la entrada de los nacionales el 27 de marzo de 1939.

14.- Parque del Retiro y Real  Jardín Botánico.

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De nuevo Robert Jordan, el protagonista de “Por quién doblan las campanas”. En sus sueños, aparece un parque situado en Madrid donde María y él podrían ser felices. El Jardín Botánico también aparece en esta obra en referencia al ya cercano desenlace de la guerra:

“Reflejo del olor de la muerte que se avecina”

15.- Plaza de toros de Las Ventas.

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Hemingway era un auténtico enamorado de nuestra Fiesta Nacional y un gran experto en tauromaquia, que en su opinión era un arte como cualquier otro. En “Muerte en la tarde” un gran clásico de la literatura centrada en el mundo de los toros escribió:

“Si realmente quieres aprender sobre las corridas de toros, o si alguna vez te interesa mucho, tarde o temprano tendrás que ir a Madrid”

 Su presencia en Las Ventas era constante cuando se encontraba en Madrid, asistiendo a todas y cada una de las corridas de sus amigos, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez.

Tan solo un año antes de su muerte, Ernest Hemingway estuvo por última vez en Madrid, alojándose en el Hotel Suecia, rodeado de libros y whisky y alternando las escapadas por los alrededores de la capital, en especial a El Escorial, donde solía alojarse en el Hotel Botánico, con su gran afición por la vida nocturna de la capital, con especial predilección por Chicote.

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Don Ernesto fue un gran enamorado de España, sin duda el país que mas amaba después del suyo, logrando con sus obras ambientadas en nuestro país, que medio mundo se enamorara de España y lo español, y en especial de dos de sus ciudades: Madrid y Pamplona.