Y los muertos aquí lo pasamos muy bien, entre flores de colores…

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La costumbre de enterrar a los fallecidos en el interior de las iglesias parece ser que se inició en el S. XIII. Cuanto más importantes o ricos eran, más cerca del altar eran enterrados. Se creía firmemente que, si eras enterrado lejos de la iglesia, también estabas lejos de Dios, de modo que con el paso de los años surgió un grave problema de falta de espacio, por lo que cada cierto tiempo se realizaba la llamada “monda de cuerpos”, una práctica que consistía en exhumar los cadáveres para trasladar los huesos al osario del templo.

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Ya en la segunda mitad del S. XVIII, los médicos ilustrados comenzaron a insistir en la necesidad, por motivos de higiene y salubridad, de crear cementerios extramuros para realizar los enterramientos, lo que, unido al crecimiento demográfico y el aumento de las defunciones acabo con la arraigada costumbre de los enterramientos en los templos y atrios. En este contexto histórico, social y cultural sería cuando la se comenzó a regular los enterramientos por parte de las autoridades y la creación de cementerios extramuros en las ciudades españolas, de igual modo que ya ocurría en otras naciones europeas. Muy pronto, los primeros cementerios construidos fuera de los límites urbanos en las grandes ciudades, se vieron rodeados de edificios, debido al ya por entonces imparable crecimiento de las ciudades a lo largo del S. XIX, de ahí que uno tras otro acabaran desapareciendo la mayor parte de ellos.

 Los primeros cementerios extramuros de Madrid

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Los primeros cementerios extramuros de Madrid se construyeron a principios del siglo XIX, situándose fuera de la cerca que rodeaba la ciudad, levantada en tiempos de Felipe IV y que sería derribada en 1868. El incendio de la iglesia de Santa Cruz en 1763, dejó al descubierto muchos de los cadáveres en ella enterrados. El mal olor y las epidemias de peste que asolaron España por aquellas fechas hicieron que en 1783 la Real Academia de La Historia remitiera un informe al Consejo del Estado sobre el tema de los enterramientos de los fallecidos elaborado a partir de tres informes llevados a cabo en los últimos 5 años. Se intentaba minimizar el riesgo de contagios en un clima tan cálido como el nuestro, proponiendo situar los cementerios junto a las ermitas ubicadas en las afueras para así poder dar cristiana sepultura en tierra sagrada a los difuntos.

Así, sería finalmente Carlos III quien, por evidentes razones de salud pública, ordenó que se dejara de enterrar en el interior de las iglesias y se empezaran a construir cementerios fuera del casco urbano, mediante una Real Cédula de 3 de abril de 1787. Pero nadie quería ser enterrado lejos de las iglesias. Hubo un nuevo intento años más tarde, ya durante el reinado de Carlos IV, pero los ciudadanos seguían oponiéndose a tal medida.

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Y pasaron los años hasta que el 7 de marzo de 1809, se publicó en el Diario de Madrid, que por aquel entonces era el equivalente al Boletín Oficial del Estado, la siguiente orden:

” DON JOSEF NAPOLEÓN POR LA GRACIA DE DIOS Y POR LA CONSTITUCION

DEL ESTADO, REÍ DE LAS ESPAÑAS Y DE LAS INDIAS”

“Considerando muí conforme a las reglas de una buena policía cortar de raíz todas las causas que pueden influir en la putrefacción del aire, y dañar a la salud pública, en cuya conservación debe esmerarse tanto la solicitud y zelo del gobierno; y observando que, principalmente en las actuales circunstancias, nada se opone más a lograr tan saludable objeto como permitir la práctica de enterrar los cadáveres en las iglesias, abuso contrario a la sana razón, a la política, al respeto debido a los templos, y a los preceptos de la disciplina eclesiástica de los mejores tiempos: hemos decretado y decretamos lo siguiente:…….”

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En la orden se contemplaba la construcción de cuatro cementerios, incluido el General del Norte que todavía ya se estaba construyendo siguiendo la Real Cédula promulgada por Carlos IV el 26 de abril de 1804, a la vez que se enumeraban y regulaban los diferentes servicios con los que debían de contar los cementerios y se intentaba acabar con los privilegios de algunos.

“A mano izquierda del camino de Extremadura, otro en la primera altura a la mano izquierda del camino viejo de Leganés, y el tercero en la primera altura del camino de Alcalá, pasada la tapia del Buen Retiro”

“No habrá persona, por privilegiada que sea, que se exima de conformarse con las disposiciones de este nuestro decreto”

De este modo, sería durante el reinado de José I Bonaparte cuando se termino la construcción de los dos primeros, situados al Norte y al Sur de la capital.

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El cementerio General del Norte estaba situado al otro lado de la Puerta de Fuencarral, en la zona que en la actualidad ocupan la Plaza del Conde Valle de Suchíl, y la Glorieta de Quevedo, a la izquierda del camino que prolongaba más allá de la cerca de Felipe IV la calle Ancha de San Bernardo. Por su parte, el cementerio General del Sur, también conocido como cementerio de la Puerta de Toledo, fue construido para dar servicio como camposanto de los feligreses de las parroquias del Sur de la capital, estando situado al otro lado del Manzanares, en Carabanchel, entre las calles de Baleares y la Verdad.

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En octubre de 1813 D. Manuel de Arizcun y Horcasitas, III marqués de Iturbieta y a la sazón alcalde por segunda vez de la Villa de Madrid, promulgó una ordenanza que prohibía el traslado público de cadáveres desde las casas mortuorias a las parroquias y su exposición en las mismas, antes de su traslado al cementerio disponiendo el traslado directo de los cuerpos. Igualmente se obligaba a los pueblos de la provincia de Madrid a situar los cementerios fuera de las poblaciones, una norma que, ante el incumplimiento de la misma, tuvo que ser publicada de nuevo en el Diario de Madrid en mayo de 1820.

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Fue solo el comienzo, ya que pocos años después varias archicofradías y sacramentales de la ciudad comenzaron la construcción de sus propios camposantos al objeto de dar cristiana sepultura a sus miembros. Dos, los de San Nicolás y San Sebastián, se construyeron en la zona de la actual calle Méndez Álvaro y tres más en el actual distrito de Chamberí, más al norte del citado cementerio General de Norte. Hacia 1860, debido al continuo crecimiento de la población y al plan de Ensanche de la ciudad, surgió la idea de construir dos grandes necrópolis municipales, llamadas del Este y del Oeste, que debían sustituir a todos estos cementerios.

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Sólo llegó a construirse el del Este, el cementerio más conocido de Madrid y uno de los mayores del mundo: Nuestra Señora de la Almudena, cuyos orígenes se remontan a 1877, cuando se aprobó su construcción en el entonces término municipal de Vicálvaro, en los conocidos como terrenos de la Elipa.

Y ahora, os propongo un fúnebre recorrido por los cementerios que se construyeron en Madrid a lo largo del S. XIX, la mayoría de ellos desaparecidos.

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Asuntos de palacio. El desaparecido Palacio de Oñate.

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El Palacio de Oñate era un austero edificio construido en el siglo XVII, compartiendo manzana con una de las mancebías más populares de Madrid, frente a la manzana donde se encontraba la casa del Licenciado Melchor de Molina, conocida como la torrecilla de la Puerta del Sol.

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Tenía su acceso principal por la calle Mayor, mientras que su fachada posterior daba a la calle del Arenal con otro de sus lados dando al callejón de la Duda, desaparecido durante la remodelación de la Puerta del Sol llevada a cabo entre los años 1857 y 1862.

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En el plano de Pedro de Teixeira realizado en 1656, podemos apreciar el lugar exacto donde se encontraba el palacio de los condes de Oñate y Villamediana que hoy nos ocupa.

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No se puede decir que fuera un edificio especialmente monumental pese a su gran superficie, ya que en él únicamente era de destacar la magnífica puerta barroca diseñada por el arquitecto Pedro de Ribera en el siglo XVIII durante unas obras de remodelación llevadas a cabo en el añejo caserón.

Realizada en piedra berroqueña, el dintel y las jambas presentaban los adornos y molduras característicos de la arquitectura de Ribera, que se prolongaban en torno a los balcones superpuestos, rematándose el conjunto con el escudo heráldico de los condes de Oñate.

Tras el derribo del palacio en 1913, la puerta fue salvada y ofrecida por el Ayuntamiento de Madrid, a diversas instituciones, mientras languidecía en los almacenes municipales. Finalmente, la oferta fue aceptada por la  Casa de Velázquez, una institución cultural francesa situada en la Ciudad Universitaria de Madrid, donde fue instalada en 1935.

Durante la Guerra Civil la Casa de Velázquez resulto tan seriamente dañada, que la magnífica puerta no pudo ser salvada al efectuar la reconstrucción del edificio una vez finalizada la contienda.

Y la puerta del Palacio de Oñate se perdió para siempre.

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El Palacio de Oñate se hizo tristemente célebre por el asesinato en su puerta, el día 21 de agosto de 1622, de D. Juan de Tassis y Peralta, II conde de Villamediana e insigne poeta. Un trágico suceso que nunca se llegaría a aclarar, aunque todo parecía apuntar que fue consecuencia de los rumores acerca de sus ilícitos y adúlteros amoríos con Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV. Por los mentideros de la Villa rápidamente corrió el rumor de que tan trágico desenlace tuvo su origen en los sonetos que Villamediana dedico a la Reina, unos sonetos que acabarían circulando por todo Madrid, lo que despertaría los celos y la inevitable desconfianza del monarca. 

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Para complicar aún más el ya de por si escabroso asunto,el 15 de mayo de 1622 se celebro en el palacio de Aranjuez una fiesta en la que se representó la obra titulada “La Gloria de Niquea” escrita por el mismo Villamediana, con prólogo de Luis de Góngora. Tras la mencionada obra se inicio la representación de “El Vellocino de Oro” de Lope de Vega. Durante el segundo acto se produjo un incendio que desató el pánico entre el público asistente e inmediatamente, Villamediana tomó en brazos a la Reina para ponerla a salvo y llevarla a palacio, aunque parece ser que se demoró bastante más de lo necesario, lo que provocó la ira del monarca.

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Y de este modo llegamos a la aciaga noche en la que, regresando a su domicilio en la calle Mayor desde el Real Alcázar de Madrid junto a D. Luis Méndez de Haro en su carruaje, el conde de Villamediana fue atacado por un hombre en el callejón de la Duda. El conde, mortalmente herido fue llevado a su casa, donde nada se pudo hacer por salvar su vida, falleciendo cuando apenas contaba 40 años. Capellán de Felipe III y amigo de Góngora y Lope de Vega, al Fénix de los Ingenios se atribuyen los siguientes versos que hacen referencia al asesinato del conde de Villamediana:

“Mentidero de Madrid, / decidnos: ¿Quién mató al conde? / Ni se sabe, ni se esconde; / sin discurso discurrid. / Unos dicen que fue el Cid, / por ser el conde Lozano / ¡Disparate chabacano! / Pero lo cierto de ello ha sido / que el matador fue Bellido / y el impulsor soberano”

Madrid desde las alturas. Los mejores miradores y terrazas de la capital de España – 4ª Parte.

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¡Madrid sigue muy viva! Tras una larga temporada sin subirnos a las alturas para disfrutar de las panorámicas que Madrid nos ofrece, DE REBUS MATRITENSIS os propone de nuevo un paseo por las últimas terrazas que se han inaugurado en la capital. Altura, buenas vistas y gastronomía, sin duda una combinación perfecta.

25. Nice to meet you – Dear Hotel.

Situado en el nº 80 de la Gran Vía, el Dear Hotel ocupa un edificio histórico edificado en 1945, en el que tras una rehabilitación integral con un cuidado interiorismo llevado a cabo por el estudio de Sandra Tarruella (El Celler de Can Roca), en el que se han conservado los elementos decorativos neoclásicos de la época de su construcción. 

En la planta 14 de este hotel recién llegado a Madrid difrutaremos de dos terrazas con unas impresionantes vistas 360º del Palacio Real, la Gran Vía, la Plaza de España y el centro de Madrid.

En el Nice to meet you Restaurant & Lounge, con su Sky Pool, podremos disfrutar de una cocina actual de calidad actual, sofisticados cócteles, además de música y DJ. Es sin duda el lugar perfecto para cenar durante las calurosas noches del verano madrileño, a la vez que disfrutamos de unas espectaculares puestas de sol, y todo con unos precios razonables.

Nice to Meet you – Dear Hotel. Gran Vía, 80.

26. Terraza del Poniente – Hotel Exe Moncloa.

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Dos historias de fantasmas

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El descabezado de San Ginés.

Hace muchos, muchos años, concretamente en 1353, reinando en Castilla Pedro I “el Cruel”, sucedieron unos hechos terroríficos en la Iglesia de San Ginés, una de las iglesias más antiguas de Madrid. Cuenta la leyenda que unos amigos de lo ajeno se adentraron en el recinto sagrado con objeto de apoderarse de cuanto de valor allí encontraran: joyas, cálices, ornamentos, etc. Cegados por su avaricia, no se percataron en un principio de la presencia de un anciano que se encontraba orando justo en ese momento, pero tras darse cuenta de que se trataba de un posible testigo capaz de identificarlos ante la justicia en caso de ser apresados, los malhechores, sin contemplación ni miramiento alguno, decapitaron al anciano con tal brutalidad que la cabeza quedo prácticamente separada del cuerpo, dejando un reguero de sangre que daba testimonio de aquel terrible suceso que conmocionó a toda la ciudad.

A partir de ese momento, y para terror de los vecinos de la zona, una sombra sin cabeza se presentaba día tras día en San Ginés reclamando justicia. Estas continuas apariciones espectrales llenaron de intranquilidad el barrio, hasta que finalmente cesaron cuando los ladrones fueron identificados, prendidos y condenados a muerte por orden del rey, siendo arrojados al cercano barranco del arroyo del Arenal. Hay quien asegura que  esta macabra historia no termino aquí, ya que en  San Ginés se han seguido oyendo ruidos extraños en el interior de la iglesia, a pesar de que ésta se cierra a cal y canto por la noche

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Catalina, la panderetera de la calle de Segovia.

También en el Madrid de los Austrias, pero esta vez en la calle de Segovia, nos cuenta la leyenda que hace ya muchos años vivió Catalina González, una mujer de extraordinarias belleza y simpatía. La joven solía asomarse a la ventana de su vivienda tocando una pandereta mientras disfrutaba mirando lo que en la calle sucedía y  a todos  los que por allí pasaban. Como era de esperar, los hombre al pasar se quedaban embobados disfrutando de los encantos de Catalina, lo que inevitablemente despertaba los celos, cuando no la furia, entre las esposas y novias, que acusaban a sus parejas de “pandereteros”, palabra que acabó siendo sinónimo de infidelidad, llegándose a afirmar que en una ocasión incluso llegaron a intentar quemar la humilde morada de Catalina.

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Hasta que un aciago día, no se sabe si por causa natural o provocada, la hermosa panderetera apareció muerta. Lo que para muchos fue una lamentable pérdida fue motivo de celebración para otras. Y sucedió que poco después, el espectro de Catalina volvió a asomarse a su ventana, cautivando de nuevo a cuantos hombres pasaban por el vecindario. La casa de Catalina la panderetera en la calle de Segovia nunca volvió a ser habitada.

San Ginés y la calle Segovia en el Plano de Pedro Teixeira 1656

Una vez más regresan a DE REBUS MATRITENSIS historias de ese Madrid poblado de fantasmas y apariciones, unas veces divertidas, otras trágicas, pero siempre sorprendentes.

El desaparecido Convento de la Trinidad Calzada. Una víctima de la desamortización de Mendizábal.

Convento de la Trinidad - Maqueta de Madrid en 1830 (Museo de Historia de Madrid)

El Convento de los Trinitarios Calzados o de la Trinidad Calzada, que podemos ver en la maqueta de Madrid realizada por León Gil palacio entre 1828 y 1830 expuesta en el Museo de la Ciudad de Madrid, estaba junto a la actual plaza de Jacinto Benavente, ocupando una mañana de gran superficie delimitada por las calles de Atocha, Relatores, Barrio Nuevo (actualmente Concepción Jerónima y Conde de Romanones) y la Merced (en la actualidad Plaza de Tirso de Molina). El escritor y humanista Baltasar Porreño, afirma que el mismísimo Felipe II, con la ayuda de algún discípulo de Juan de Herrera, contribuyó al diseño de un convento que era, junto al de la Victoria y al de San Felipe, uno de los más importantes del  Madrid de los Austrias.

La Orden Trinitaria y el Convento de la Trinidad Calzada.

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La Orden Trinitaria fue fundada por  San Juan de Mata en Cerfroid (París) en el año 1194, aunque la regla no sería aprobada por el Papa Inocencio III hasta 1198. Su objetivo principal era la liberación y asistencia sanitaria de los cristianos cautivos en manos de los musulmanes, llegando los trinitarios en su altruismo, a intercambiar sus vidas por los de las de los cautivos cuando no era posible pagar el rescate exigido. Su primer convento en Madrid no se fundó hasta el siglo XVI, tras el traslado de la capital de España a esta ciudad en 1561.

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El gran complejo monástico, cuya construcción no dio comienzo hasta 1590 pese a haber sido fundado en 1562, estaba formado por cuatro edificios entre los que destacaba la iglesia, cuya construcción fue dirigida por el maestro de obras Gaspar Ordoñez, y que en el momento de su construcción fue una de las más amplias de Madrid, ciudad en la que se fundaron en menos de 100 años, entre los reinados de Felipe II y Felipe IV, nada menos que 48 conventos o monasterios. La iglesia presentaba planta de cruz latina con crucero y cúpula soportada por pechinas y pilastras de orden corintio. En la fachada principal que daba a la calle de Atocha, destacaba su portada enmarcada por columnas y rematada por un bajo relieve de Santísima la Trinidad.

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En la Planimetría de la Villa de Madrid realizada por Pedro de Teixeira en 1656 para Felipe IV se puede observar, marcado con el número VII,  como

“Convento de la Santísima Trinidad. Fundación de Sus Religiosos. Año 1562”

En el plano se pueden ver la iglesia, el gran claustro con un atrio con fuente central, los distintos patios y una zona ajardinada situada en la parte trasera. 

El Convento de la Trinidad en el plano de Antonio Marcelli y Frederic de Wit  (1622-1635)

Por su parte, Antonio Marcelli en el plano realizado en 1622 (editado por Frederic de Wit en Flandes en 1635) no fue tan detallista como Teixeira, pero sí reflejo el convento en el plano pudiéndose observar algunos cambios, ya que el portugués situó el campanario de la iglesia en la esquina de las calles de Atocha con Relatores, mientras que Marcelli y Wit lo dibujan centrado respecto a la calle de Atocha.

El rescate de Miguel de Cervantes de Argel.

La historia de este convento está estrechamente ligada a Miguel de Cervantes Saavedra, ya que sería de la Trinidad desde donde partirían rumbo a Argel el 1 de mayo de 1580, fray Antón de la bella y fray Juan Gil, junto con el escribano de rescate, quienes serían los encargados de rescatar  de su cautiverio al autor de “El Quijote”.

Tras la desamortización de Mendizábal fue sede de una sociedad lírica llamada Instituto Español. En 1847 se cerró la iglesia y fue convertido en el Museo Nacional de Pinturas, instalándose años más tarde en parte del edificio el Ministerio de Fomento, hasta que dado el mal estado del edificio, éste fue abandonado y finalmente demolido en 1897, abriéndose la calle del Doctor Cortezo y construyendo el Teatro Odeón, antecesor del Teatro Calderón, mientras que el Ministerio de Fomento fue trasladado al majestuoso Palacio de Fomento, inaugurado en 1897 en Atocha.         Sigue leyendo

Asuntos de palacio. Tres palacios con acento italiano.

Hoy os invito a visitar tres palacios madrileños, tres grandes desconocidos, que en la actualidad están estrechamente vinculados al país transalpino.

!!!BENVENUTI A PALAZZO!!!

Palacio de Amboage

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Don Ramón Pla Monge, I marqués del título pontificio de Amboage y enriquecido en su aventura indiana, se instaló en Madrid en 1860, donde contrajo segundas nupcias, con doña Faustina Peñalver y Fauste. Fruto de este matrimonio, nacería Fernando Pla Peñalver, diputado a Cortes y heredero de su capital y su título, quien decidió construir el Palacio de Amboage en la segunda década del siglo XX. El arquitecto Joaquín Rojí, autor entre otras obras de la restauración del Tribunal Supremo llevada a cabo tras incendio que sufrió en 1915, inició los trabajos para los Amboage sobre un solar de 8.000 m2 en el ensanche del barrio de Salamanca. El palacete obtuvo el primer  premio concedido por el Ayuntamiento a la mejor casa construida en 1918 en la categoría de hoteles particulares.

La licencia de construcción fue solicitada en enero de 1914. El elegante edificio con cerca de 1350 m2 se sitúa en la manzana delimitada por las calles de Juan Bravo, Velázquez, Padilla y Lagasca ,se distribuía en torno a un patio central cubierto y contaba con tres pisos, más semisótano. La entrada a la finca se realizaba por la esquina de las calles de Juan Bravo y Lagasca a través de una puerta de forja coronada con las letras “M A”, correspondientes al marquesado de Amboage, y flanqueada por dos columnas jónicas junto a la que se edificó el pabellón de portería, a modo de templete.

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A la vivienda se accedía por un camino de carruajes, que atraviesa un pórtico central acristalado conectado con el vestíbulo de rotonda cubierto con una cúpula apoyada sobre columnas exentas. Tras este vestíbulo nos encontramos con un hall dividido en tres zonas mediante columnas jónicas de mármol rematadas con capiteles de bronce.

A ambos lados quedaban el salón, con su galería exterior y el arranque de la escalera de honor realizada en mármol, con la barandilla de hierro forjado y bronce, que recibía la luz a través de una vidriera fabricada por la prestigiosa firma francesa Maumejean. Frente a la escalera, se encuentra el comedor de gala, decorado a base de pilastras, espejos y una chimenea de mármol veteado. En esta misma planta se encuentra la serre o invernadero, con una fuente de mármol y la estatua de la bailaora Pastora Imperio, realizada Mariano Benlliure de 1916, para desde allí, a través de una gran cristalera, acceder a la terraza donde arranca la escalinata de bajada al jardín.

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En un reportaje dedicado a este palacio, publicado en la revista La Construcción Moderna en 1915, se destacaba especialmente:

 “su artístico y bien trazado jardín”, “la elegante traza de la escalera principal”, “la magnificencia de los salones de la planta baja” así como “la grandeza y suntuosidad de la fachada”

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Entre las numerosas obras de arte que el Palacio de Amboage alberga en la actualidad se encuentran un lienzo atribuido a Claude Joseph Vernet, “La abundancia” de Gandolfi, “San Juan Bautista en el desierto”, de Pier Francesco Mola, “Retrato del Dux Francesco Donato”, atribuido a Tintoretto, “La Última Cena”, de Giovanni Francesco Romanelli, “La Visitación de la Virgen”, atribuida a Giovanni Balducci, o  la “Virgen con el Niño y Santos”, atribuida a Ludovico Carracci. Desde 1939 es la sede de la Embajada de Italia.

Palacio de Abrantes

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En la primera mitad del siglo XVI, poco antes de que Felipe II trasladara la capital de las Españas desde Toledo a la Villa de Madrid, se produjo un pleito entre unos vecinos a causa del cual en 1549 Cristóbal de Villarreal dibujó un plano, conservado en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, en el que se podía ver la planta de varios edificios situados entre la calle de los Palominos (actual calle del Factor) y la Iglesia de Nuestra Señora de la Almudena de Madrid, viéndose en la parte superior del plano el ábside de la que fuera primera iglesia de Madrid, que antes de la reconquista había sido mezquita.

Sería sobre esas casas, donde por encargo de Juan de Valencia, Espía Mayor del Consejo Secreto de su Majestad en la corte de Felipe IV se construyo el edificio original entre 1653 y 1655, con sus dos torres rematadas con chapiteles herrerianos, tan características de la arquitectura española de la época de los Austrias. El edificio fue construido bajo la dirección de Juan Maza, quien apoyaría una de sus muros exteriores, sobre el lado norte de la alcazaba de Magerit fundada en el siglo IX por los árabes.

El edificio pasó en 1669 a manos de don Antonio de Valdés y Osorio, caballero de Alcántara, y marqués de Alcañices, para posteriormente pasar a manos de sucesivos propietarios, lo que irremediablemente acarreó un progresivo deterioro del edificio y su división con el objeto de facilitar su alquiler entre los siglos XVIII y XIX. El maltrecho palacio fue finalmente adquirido en 1842 por los duques de Abrantes, quienes encargaron al arquitecto Anibal Álvarez Bouquet  el acondicionamiento y reforma del inmueble entre 1844 y 1845, quien  lo transformo en un palacio de estilo isabelino.

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Álvarez conservo la portada original de piedra barroqueña, a la vez que eliminaba los torreones de las esquinas y añadía, entre otros elementos, la escalera principal y los balcones de la fachada. Los marqueses vivirían en el hasta 1874, año en el que se establecería en sus dependencias la dirección del periódico “La Correspondencia de España”, propiedad del senador progresista Manuel María de Santa Ana. En 1888 lo adquirió el Gobierno Italiano con el fin de convertirlo en sede de su Embajada, aprovechando para realizar diversas reformas por encargo de los primeros embajadores que se instalaron, el Conte Giuseppe Tornielli-Brusati y su sucesor, el Barón Renzis di Montano.

Unas obras llevadas a cabo por el arquitecto Luis Sanz, encaminadas a dar al edificio un aspecto más romano, añadiendo el característico alero de madera ricamente decorado y restaurando la fachada a la que añadió un zócalo y un almohadillado de granito en el sótano y la planta baja, al tiempo que decoraba la fachada de la planta superior con pinturas sobre la reunificación italiana, firmadas por la casa milanesa M. C. Grandi-Passett.

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Durante  la Guerra Civil, el Palacio de Abrantes sirvió de sede a las Brigadas Internacionales procedentes de Italia, sufriendo serios desperfectos como consecuencia de los bombardeos llevados a cabo por el ejército franquista. Con el traslado de la embajada en 1939 al Palacio de Amboage, el palacio pasaría a ser la sede del Instituto Italiano de Cultura. Situado en el nº 86 de la calle mayor, frente al palacio de los duques de Uceda, el edificio tiene tres plantas y su interior contiene diversas salas para albergar exposiciones, conferencias, recitales o proyecciones cinematográficas, además de un teatro, lo que ha convertido el Palacio de Abrantes en el centro más importante de la cultura Italiana en Madrid

Palacio de Santa Coloma

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Enrique de Queralt y Fernández, XI conde de Santa Coloma, y senador de origen catalán encargó para la edificación de su palacete al arquitecto Joaquín Saldaña, quien realizó entre otros el Palacio de Adanero en Santa Engracia, hoy Secretaría de Estado de Administraciones Públicas, el palacio de D. Joaquín Sánchez Toca, actual Embajada de Brasil o la casa palacio del marqués de Portázgo en Serrano, actualmente la sede del Colegio de Abogados. El edificio, construido entre 1911y 1914, presenta un estilo afrancesado propio de la época. La parcela donde se levantó el edificio contaba un amplio espacio destinado al jardín rodeado de una verja realizada en forja de hierro.

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El acceso al inmueble se realiza a través de un pórtico cubierto que conduce a un vestíbulo ovalado tras el cual se encuentra un gran hall de distribución, rectangular tripartito con dobles columnas enmarcando la escalera imperial y lo que originalmente fueron el comedor y la serre. En esta planta baja se encontraba casi el despacho del conde, la única habitación que aún conserva la original en  de paredes, suelo y techo, mientras en la primera planta se repite la distribución en torno a un gran hall.

El Palacio de Santa Coloma, situado en el barrio de Ríos Rosas frente a la fachada trasera de los Nuevos Ministerios, fue adquirido a comienzos de los años 40 del siglo XX por el Gobierno italiano, con el fin de convertirlo en el Liceo Italiano. Las obras fueron llevadas a cabo por el arquitecto Manuel de Artiñano Luzárraga, quién aprovecho para añadir una nueva planta y un nuevo edificio situado en la parte trasera del jardín.

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Desde finales de los años 70 del siglo pasado fue la sede del Consulado de Italia, pasando a ser en diciembre de 2008  la Cancillería Consular de la Embajada de Italia.

Espero que esta nueva entrada “all’Italiana” haya sido de vuestro agrado. En Madrid aun quedan muchos palacios y palacetes que merece la pena visitar, de modo que os emplazo para una nueva nueva entrada sobre este tema. 

Arrivederci.

…y los jueves, cocido madrileño completo, con tres vuelcos.

Decidme cualquier otro plato de la gastronomía popular española, al que se le hayan dedicado mas canciones que al cocido madrileño… y os invito. ¿A que no se os ocurre ninguno? Al cocido madrileño le han rendido merecido homenaje varias canciones a lo largo del último siglo, y estas son algunas  de ellas.

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La primera, parece ser que fue el cuplé “Cocido madrileño”, que popularizó allá por 1915 Blanquita Suárez, una famosísima actriz y tonadillera de la época, tras ella, llegó el mucho más conocido y castizo pasodoble titulado “Cocidito madrileño”, con música de Manuel López Quintero y letra de Rafael de León y Antonio Quintero Ramírez, popularizado en los años 40 del siglo pasado por Pepe Blanco y posteriormente, en los 70, por Manolo Escobar. De Pepe Blanco es también otra canción sobre el cocido madrileño titulada “Madrid tiene 6 letras”, un título que hace referencia a las 6 letras del cocido. También de los años 40 es el tema titulado “Menudo menú”, que popularizó el grupo donostiarra Los Xey, utilizando tanto la letra como la música “El Menú”, un tema nacido en el Café Iruña de Bilbao en 1927. Y en los años 50, el gran Antonio Molina nos cantó con su peculiar voz la copla “Cocinero, cocinero”, en la que se mencionaba tan castiza receta.

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No me hable usté
de los banquetes que hubo en Roma.
Ni del menú
del hotel Plaza en Nueva York.
Ni del faisán
ni los foagrases de paloma,
ni me hable usté
de la langosta Thermidor.
Porque es que a mí,
sin discusión, me quita el sueño
y es mi alimento y mi placer
la gracia y sal
que al cocidito madrileño
le echa el amor de una mujer.

Cocidito madrileño,
repicando en la buhardilla,
que me huele a yerbabuena
y a verbena en las Vistillas.
Cocidito madrileño
del ayer y del mañana,
pesadumbre y alegría
de la madre y de la hermana.
A mirarte con ternura
yo aprendí desde pequeño,
porque tú eres gloria pura,
porque tú eres gloria pura,
cocidito madrileño.

(Cocidito Madrileño – Quintero / León / Quiroga)

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Intrigas palaciegas. El asesinato de Juan de Escobedo.

La noche del 31 de marzo de 1578, lunes de Pascua, fue asesinado en las proximidades del Real Alcázar de Madrid, Juan de Escobedo, secretario del hermanastro del rey y Gobernador de los Países Bajos, Don Juan de Austria. Este trágico suceso desencadenó la mayor crisis interna del reinado del rey Prudente: doce años de proceso, la prisión Antonio Pérez y la Princesa de Éboli, la invasión militar de Aragón y el posterior exilio del secretario real.

“En esta estrecha calle fue asesinado Juan de Escobedo, secretario de D. Juan de Austria, cuya muerte fue atribuida al secretario Antonio Pérez, de quien se dice que a la misma hora de la ocurrencia y a poco de haberse oido los lastimeros ayes del herido, se le vio entrar en la casa de la princesa de Eboli. La sangre que brotó de sus heridas salpicó el muro del camarín de Nuestra Señora de la Almudena, cuyas manchas permanecieron allí por mucho tiempo. La mencionada princesa habló fuertemente al cardenal D. Gaspar de Quiroga, arzobispo de Toledo, porque no mandaba que la fábrica de la parroquia de Santa María costease el revoque del camarín y se limpiase la sangre que había salpicado la pared, cuya mancha era espantosa, porque luchando con la muerte Escobedo se asió a los hierros de la reja de la bóveda que está debajo del camarín referido. Pero el cardenal, que sospechaba de la princesa, la contestó aun con más energía que la señora le habló a él. “Cien años permanecerá ahí esa sangre inocente, que como la de Abel pide venganza al cielo.” Y como la princesa insistiese con el prelado en que se debía borrar, algo alterado repuso el cardenal: “Princesa, ¿esa sangre pide algo contra vos?” Y al escuchar sus palabras se retiró la noble dama de la presencia del arzobispo. Por último, el camarín se revocó, la sangre quedó borrada, Antonio Pérez, secretario de Felipe II, fue reducido a prisión, y la princesa encerrada en la torre de Pinto. Como a la calle que sube desde esta iglesia se le denomina calle Mayor o de la Almudena, a esta, donde da el camarín de la Virgen, se la llama calle Chica de la misma, porque es muy corta.” (Antonio Campmany y Montpalau – Las calles de Madrid)

 Veamos como ocurrieron los hechos y cuales fueron sus posteriores consecuencias.

Madrid, en el siglo XVI, era una ciudad peligrosa, en la que eran bastante habituales, en sus oscuras y estrechas calles, los robos, asesinatos y ajustes de cuentas. Pero este asesinato no había sido como los demás, ya que los sicarios no se llevaron las joyas de la víctima y además, se trataba de Juan de Escobedo, secretario y hombre de la máxima confianza de don Juan de Austria.

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Como era de esperar, los rumores se extendieron rápidamente por los Mentideros de la Villa, las fondas, mesones e incluso por las embajadas, desde donde se informaba a sus respectivos países. Algunos decían que el atentado era “por cosas de damas”, aunque la gran mayoría, creía que había razones infinitamente más poderosas.

En una carta de Esteban de Ibarra, secretario de un importante personaje de la corte, al secretario real Mateo Vázquez, se apuntaba directamente a Antonio Pérez:

“En este negocio hay muchas causas y cosas. Si se considera el lugar que Escobedo tenía con el rey, y los negocios que por su mano se trataban, y las personas con quien los trataba y que le han muerto a los ojos de su amo, necesariamente confesará también que es obra de más que hombre ordinario, y ejecutada por manos y ánimos que deben tener tan osada determinación”.

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Esa aciaga noche del 31 de marzo de 1578, Juan de Escobedo regresaba a caballo a su casa de Madrid, cercana al Real Alcázar, tras una cita galante con Brianda de Guzmán, una dama de la alta sociedad casada con Sancho de Padilla, cuando al pasar por la callejuela situada junto a la Iglesia de Santa María de la Almudena, seis sicarios armados le salieron al paso. Uno de ellos, Insausti, aprovechando la sorpresa, atravesó a Escobedo de una sola y mortal estocada que hizo que el secretario se desplomara.

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Los criados de Escobedo y alguno ciudadanos testigos del ataque, reaccionaron intentando retener a los asaltantes, pese a lo cual, Juan Rubio, otro de los asesinos logra escabullirse  dejando Madrid esa misma noche camino de Alcalá de Henares, con la noticia de la muerte de Escobedo. Insausti, Miguel del Bosque, Diego Martínez, Juan de Mesa y Antonio Enríquez, tuvieron más dificultades para escapar, aunque finalmente lo consiguieron, dejando tras de si en la huida, sus capas y un pistolete. Ante la gravedad de las heridas, Juan de Escobedo fue trasladado a una casa próxima, sin que los médicos lograran salvar su vida. La destreza del asesino había sido tal, que el herido expiró sinpoder siquiera confesarse.

Quien deseara la muerte de Escobedo, había logrado su propósito tras tres intentos fallidos ocurridos pocas semanas antes, durante el mes de febrero de ese mismo año. 

¿Como llegó Juan de Escobedo a ser secretario de D. Juan de Austria? ¿Por qué se ordenó la muerte de Juan de Escobedo?

D. Juan de Austria, con su victoria en Lepanto, había demostrado ser un excelente gran estratega, cuya fama y reputación le precedía por donde quiera que fuera. Sin embargo, Felipe II sabía que esta fama y este prestigio acabarían por no ser suficiente, por lo que, decidió seguir el consejo de Antonio Pérez, que recomendó al monarca asignar al servicio de D. Juan de Austria a Juan de Escobedo, en calidad de secretario personal.

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La razón era bastante sencilla: el intrigante Antonio Pérez, había logrado despertar en el monarca la desconfianza hacia D. Juan de Austria, de modo que Felipe II quería estar al tanto de todos y cada uno de los movimientos de su hermanastro, en previsión de una posible traición por parte de éste, que según Antonio Pérez, consistiría en la creación de un nuevo estado al margen de la corona española en Túnez o Inglaterra. Ante esta situación, por otro lado nunca demostrada, ya que D. juan siempre fue fiel a su hermanastro, Felipe II decidió enviar a D. Juan a Flandes, consciente de que únicamente las grandes cualidades para la estrategia de su hermanastro podrían solucionar los conflictos existentes en aquella zona.

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Como era de esperar, D. Juan de Austria solucionó de forma brillante los problemas, tras lo cual escribió al monarca solicitando que se le permitiera regresar a España. Durante las investigaciones llevadas a cabo tras el asesinato de Juan de Escobedo, se habló de la existencia de varias cartas que demostraban que Escobedo y D. Juan habían urdido un plan para la invasión de Inglaterra a espaldas de Felipe II con el único fin de formar un estado propio. Se aseguró, que D. Juan mantenía tratos sospechosos en Francia con el duque de Guisa y sus partidarios. Todo ello maquinaciones e intrigas urdidas por Antonio Pérez, en un intento desesperado por salvar su propio pellejo. Como era de esperar esa documentación nunca apareció, ni siquiera durante el juicio contra el secretario.

  Fuera como fuese, el caso es que parece muy probable que Juan de Escobedo supiera demasiado acerca de los tejemanejes e intrigas de Antonio Pérez. Algunas hipótesis, aseguran que Escobedo encontró al secretario yaciendo con Ana Mendoza y de la Cerda, la princesa de Éboli, amenazándole con delatarle al Rey, mientras que otras hipótesis afirman que Escobedo descubrió que la princesa y el secretario real, vendían secretos de Estado a los enemigos de España. Lo único cierto es que, cualquiera que fuera la verdad, la situación preocupó, y mucho, a Antonio Pérez, hasta el punto de haber intentado en tres ocasiones envenenar a Escobedo sin éxito.

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El primer intento de asesinato, tuvo lugar el 8 de marzo de 1578, en la Casilla que Pérez poseía en Madrid, pero las dosis del veneno conocido como “agua mortífera” no hicieron mella alguna en Escobedo. Poco después, en una cena en esta ocasión en su casa del Cordón, Pérez mandó servir a Escobedo una fuente de nata a la que se le había añadido una mezcla de arsénico y solimán, y de nuevo se le volvió a servir el “agua mortífera” mezclada con la bebida, pese  a lo cual aunque en esta ocasión Escobedo tuvo que guardar cama poco después estaba completamente recuperado. El tercer y último intento de envenenamiento, sería  en casa del propio Escobedo. No sabemos cómo Antonio Pérez se las ingenió para introducir en la comida de su enemigo una nueva dosis de solimán. Realmente Escobedo parece ser que era demasiado ingenuo. Una servidora morisca de Escobedo acabaría por confesar, aunque su declaración se realizó bajo tormento. Probada la culpa, la joven fue colgada como escarmiento público. Sin duda estos sucesivos intentos fallidos de envenenar a Escobedo fueron la razón  por la que, finalmente, se decidió emplear a seis sicarios para acabar con la vida del secretario de D. Juan de Austria.

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 Más de cuatro siglos después de ocurridos los sangrientos hechos que os he contado, no se ha logrado saber a ciencia cierta quien ordenó asesinar a Juan de Escobedo. Los principales sospechosos son dos, el propio Antonio Pérez y Felipe II. Lo que si parece demostrado es que el todopoderoso e intrigante secretario fue usado como chivo expiatorio de lo sucedido, sin duda uno de los hechos más misteriosos y apasionantes del reinado de Felipe II.

Tras las huellas de Miguel de Cervantes Saavedra, “Principe de los Ingenios”. 2ª parte: Madrid.

El Madrid de Cervantes

Ya estamos de regreso en Madrid, dispuestos a seguir buscando las huellas del “Príncipe de los Ingenios” en la Villa y Corte. ¿Me acompañáis?

“Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; este digo que es el autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo El Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño, llámase comúnmente Miguel de Mervantes Saavedra” (Miguel de Cervantes – Prólogo de las Novelas Ejemplares)

Estudio Público de Humanidades de la Villa de madrid

En 1566 Cervantes ya se había establecido en Madrid, matriculándose en el Estudio de la Villa, fundado por el rey Alfonso XI en 1346. Una prestigiosa institución, donde tuvo como maestro a su director, el catedrático de gramática y humanista Juan López de Hoyos, quien en 1569, incluiría tres poemas del joven Miguel de Cervantes en un libro sobre la enfermedad y muerte de la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II.  

En la actualidad y una vez más, no queda nada del otrora importante centro de estudios. Tan solo una placa conmemorativa, colocada en 1870 gracias a una iniciativa de Mesonero Romanos y sufragada por la propietaria del inmueble, la condesa de la Vega del Pozo, nos recuerda con el siguiente texto, que allí estudió Miguel de Cervantes:

“Aquí estuvo en el siglo XVI el Estudio Público de Humanidades de la Villa de Madrid, que regentaba el maestro Juan López de Hoyos y al que asistía como discípulo Miguel de Cervantes Saavedra”

La imprenta de Juan de la Cuesta

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Con la sola excepción de La Galatea, el resto de las obras escritas por Cervantes, incluidas las dos partes del Quijote fueron publicadas, en sus primeras ediciones, en Madrid. El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, se imprimió por primera vez en 1605, en la imprenta de Juan de la Cuesta, situada en el número 87 de la calle Atocha. Una impresión realizada con escasos medios para la que se utilizó un papel tosco y de escasa calidad, fabricado en la Cartuja de Santa María de El Paular.

El edificio original, que milagrosamente aun se conserva, fue construido entre 1592 y 1620 como un pequeño centro sanitario, conocido con el nombre del Hospitalillo de los Incurables del Carmen. En la actualidad y desde 2005, es la sede de la Sociedad Cervantina de Madrid, fundada en 1953. En lo que respecta a la segunda parte del Quijote, se publicó en 1615, también en la imprenta de Juan de la Cuesta, que por aquel entonces se había trasladado a la cercana calle de San Eugenio, esquina con la de Santa Isabel.

 

 Dos lápidas, realizadas ambas por el escultor Lorenzo Coullaut Valera, autor asimismo del grandioso monumento a Cervantes de la plaza de España, nos recuerdan ambos hechos. La primera de ellas es un relieve escultórico, donde se puede ver una escena del Quijote debajo del cual figura el siguiente texto:

“Aquí estuvo la imprenta donde se hizo en 1604 la edición príncipe de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra y publicada en mayo de 1605. Conmemoración MDCCCCV” 

Y en la segunda, realizada en 1905 y mucho más sencilla:

“En el solar que ocupa esta casa, estuvo en el siglo XVII la imprenta de Juan de la Cuesta, donde se hizo en 1615 la edición príncipe de la segunda parte de El ingenioso caballero D. Quijote de La Mancha, escrita por Miguel de Cervantes Saavedra. Conmemoración en 1905”

Los domicilios madrileños de Miguel de Cervantes

Esta sobradamente probado, que Cervantes tuvo más de un domicilio en Madrid, siempre en los alrededores de la calle Atocha, donde y vivía en 1608. En 1609 se mudó, a la calle de la Magdalena, y de ahí al Barrio de las Letras, donde residiría hasta su fallecimiento.

Cuatro fueron los domicilios conocidos del escritor en dicho vecindario. En un primer momento vivió en la Calle del León, poco después en el actual número 18 de la Calle de las Huertas, más tarde en la Plaza de Matute y, por último, de nuevo en Calle del León, en esta ocasión en la esquina con la calle de Francos, que con el tiempo pasaría a denominarse calle de Cervantes, el domicilio donde fallecería.

Esta última estaba situada en la manzana 228, siendo tristemente derribada en 1833, a pesar de la oposición y los denodados esfuerzos de D. Ramón de Mesonero Romanos, que sería quien diera la voz de alarma ante el derribo del inmueble a través de un artículo publicado La Revista Española, titulado La casa de Cervantes.

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Ni la intervención del mismísimo Fernando VII, quien dispuso que el Estado comprara el inmueble para conservarlo, ni las del Ministro de Fomento y el Alcalde de Madrid sirvieron de nada. Una vez más, el patrimonio histórico y cultural era víctima de la especulación y la avaricia de algunos desalmados. La triste e insuficiente solución a tal desaguisado, fue colocar en la fachada del nuevo bloque de viviendas una lápida conmemorativa, realizada por Esteban de Ágreda, Escultor de Cámara Honorario de Carlos IV. La lápida, realizada en mármol de Carrara, sería inaugurada el 13 de junio de 1834, y en ella, por fortuna aun puede leerse en letras de bronce:

“Aquí vivió y murió Miguel de Cervantes Saavedra, cuyo ingenio admira el mundo. Falleció en MDCXVI”

Monasterio de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso  

Este convento fue fundado en 1609 por Francisca Romero, hija de Julián Romero, general de los ejércitos de Felipe II. En 1673 se iniciaron las obras de ampliación del edificio, que se paralizarían en 1688 a causa del fallecimiento del arquitecto, Marcos López, terminando los trabajos en 1698, bajo la dirección de José del Arroyo.

El edificio es sobrio y austero con su iglesia de reducidas dimensiones con planta de cruz latina y una fachada sencilla, con frontispicio triangular en el remate y tres arcos de ingreso de medio punto en el centro, un bajorrelieve de considerables dimensiones y los escudos de armas de los marqueses de la Laguna. El edificio fue declarado monumento nacional en 1921 y ha sido restaurado en dos ocasiones, en 1869 y 1939.

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En 1868, coincidiendo con el triunfo de la llamada revolución “Gloriosa”, que supuso el destronamiento de Isabel II, el ayuntamiento de Madrid aprobó el derribo del convento de las Trinitarias descalzas de San Ildefonso. Las monjas defendieron como mejor supieron la que era su casa, perdiendo cuantas alegaciones presentaron. Una vez más parecía que los especuladores inmobiliarios iban a salirse con la suya.  Desesperadas ante lo que parecía  ya inevitable, solicitaron el amparo de la Real Academia Española quien encargó al académico marqués de Molíns que demostrara que Miguel de Cervantes estaba enterrado en el mencionado convento. El resultado fue publicado en 1870 bajo el título “La Sepultura de Cervantes” y en el se presentaban por primera vez pruebas irrefutables y se demostraba que los restos jamás salieron del convento, que de este modo se salvo de ser demolido.

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El príncipe de los ingenios falleció en su domicilio de la calle Francos esquina con la del León el 22 de abril de 1616, víctima al parecer de una  cirrosis hepática de origen diabético. Al día siguiente, 23 de abril de 1616, sus restos mortales, amortajados en humilde sayal de la orden Tercera de San Francisco, en la que había profesado poco antes. Dentro de un modesto ataúd, portado por frailes franciscanos, las manos sobre el pecho sosteniendo un crucifijo de madera y la cara descubierta, recibió cristiana sepultura en el Monasterio de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso. La capilla donde fue enterrado desapareció en las obras de ampliación del edificio, trasladándose sus restos a la cripta, junto con los de su esposa Catalina de Salazar, quien cuando murió Cervantes, decidió profesar en la Venerable Orden Tercera de los Trinitarios, solicitando que una vez muerta, fuera enterrada en el mismo lugar que su marido.

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Finalmente Ayuntamiento y Arzobispado se han puesto de acuerdo y los restos de Cervantes han sido trasladados a la Iglesia de San Ildefonso, del convento de las Trinitarias, en pleno Barrio de las Letras, del convento de las Trinitarias, donde una lapida nos recuerda al llamado Principe de los ingenios. 

“Yace aquí Miguel de Cervantes Saavedra 1547-1616”

“El tiempo es breve / las ansias crecen / las esperanzas menguan / y, con todo esto / llevo la vida / sobre el deseo que tengo de vivir”

No debemos pasar por alto el error en el texto grabado, ya que donde podemos leer “Los trabajos de Persiles y Segismunda” debería decir “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”. Tan solo una simple letra, un pequeño error debido sin duda a las prisas por inaugurar el monumento A Cervantes antes de las elecciones locales de mayo de 2015. Lo triste es que 6 meses después, el error aun no se haya corregido.

En cuanto a la lápida situada en la fachada, con una altura de 3,5 metros y 2,5 de ancho es la mayor de cuantas podemos ver en Madrid. Fue realizada en mármol italiano por el escultor aragonés Ponciano Ponzano, autor asimismo de la decoración escultórica del frontón del Congreso de los Diputados, donde representó una personificación de España acompañada de la Justicia, las Ciencias, las Bellas Artes y la Fortaleza, y de los dos leones de bronce que flanquean la fachada del edificio. En la lápida dedicada a Cervantes podemos leer el siguiente texto:

“A Miguel de Cervantes Saavedra, que por su última voluntad yace en este convento de la Orden Trinitaria, a la cual debió principalmente su rescate la Academia Española. Cervantes nació en 1547 y falleció en 1616”

Estatuas y monumentos dedicados a Miguel de Cervantes

Este paseo por los lugares más directamente relacionados con la vida y obra de Miguel de Cervantes no estaría completo sin hacer referencia a aquellos monumentos y estatuas que le rinden homenaje, aunque algunos de ellos estén situados algo apartados de aquel Madrid de los siglos XVI y XVII que frecuento el escritor.

Plaza de España

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El más conocido es sin duda, el situado en la Plaza de España, erigido para conmemorar el tercer centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote en 1915 y el fallecimiento de Miguel de Cervantes en 1616.

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Para ello se convocó un concurso nacional, resultando ganador el proyecto presentado por los arquitectos Rafael Martínez Zapatero, Pedro Muguruza y por el escultor Lorenzo Coullaut-Valera, creándose en 1920 un comité de racaudacíón, cuya finalidad era la obtención de los fondos necesarios, aunque, fínalmente, las obras no se iniciarían hasta finales de los años 20.  

Tras la guerra Civil, la construcción del monumento, estuvo parada hasta bien entrada la década de los 50, cuando el hijo de Federico Coullaut-Valera añadió las figuras de Dulcinea del Toboso y Aldonza Lorenzo.

Ya en los 60, se instalaron los grupos escultóricos dedicados a la Gitanilla y a Rinconete y Cortadillo.

Plaza de las Cortes

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En la plaza de las Cortes, frente al Congreso de los Diputados, nos encontramos con el segundo de los monumentos levantados en Madrid en homenaje al Principe de los Ingenios. 

La estatua, realizada en una aleación de cobre, zinc, estaño y plomo, fue realizada en Roma por el escultor Antonio Solá e inaugurada en 1835.

El pedestal es obra del arquitecto Isidro González Velázquez, y en el podemos ver dos relieves de José Piquer alusivos al Quijote, así como dos placas, en una de las cuales se puede leer la siguiente inscripción:

“A Miguel de Cervantes Saavedra, príncipe de los ingenios españoles”

Biblioteca Nacional

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La tercera escultura se encuentra en la Biblioteca Nacional, en el Paseo de Recoletos. Es una obra del escultor catalán Juan Vancell y Puigcercós del año 1892 y flanquea la entrada principal de este edificio, junto a otros tres genios de las letras españolas: Lope de Vega, Antonio de Nebrija y Luis Vives.

Avenida de Arcentales (San Blas)

La última de las estatuas dedicadas a Miguel de Cervantes es obra de Luis Sanguino, autor asimismo de los grupos escultóricos de las puertas de la Catedral de la Almudena y se encuentra en la avenida de Arcentales del barrio de San Blas. Esta realizada en bronce, aunque da la sensación de que estuviera modelada en arcilla, un estilo característico del escultor. En la placa que se encuentra en su pedestal podemos leer el siguiente texto:

“Don Miguel de Cervantes, Príncipe de las letras, en homenaje a la Lengua Española, mayo 1999”

“A Miguel de Cervantes,
insigne y cristiano ingenio de nuestros tiempos,
a quien llevaron los terceros de San Francisco a enterrar
con la cara descubierta, como a tercero que era” (Francisco de Urbina)

 

El Huerto de las Monjas, el jardín mas escondido de Madrid.

Escondido en el interior de la manzana formada por las calles del Sacramento, del Rollo, de la Villa y la plaza de la Cruz Verde, se encuentra el que tal vez sea el parque municipal más pequeño, secreto y escondido de Madrid. 

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En el siglo XVII Madrid contó con tres conventos de religiosas Cistercienses Descalzas, más conocidas como Bernardas, los tres situados bastante próximos entre sí. El primero en ser fundado fue el de Nuestra Señora de la Piedad, conocido popularmente como las Vallecas, que se situó desde el año 1553 en la calle de Alcalá esquina a la de Virgen de los Peligros; en segundo Lugar, el de Pinto, bajo la advocación de la Concepción de Nuestra Señora, fundado en 1589 en la Carrera de San Jerónimo, y por último, el del Sacramento, que es el que hoy nos importa, fundado por don Cristóbal Gómez de Sandoval, Duque de Uceda, el 21 de junio de 1615, fecha en la que se trasladaron a él las religiosas del convento de Santa Ana de Valladolid con las que se inició la nueva comunidad.

El encantador jardín objeto de la entrada de hoy, perteneció al Convento del Santísimo Sacramento de Cistercienses Descalzas de San Bernardo, situado en el número 7 de la calle antes mencionada. El convento fue proyectado para un total de cuarenta y una religiosas, aunque en sus comienzos tan solo albergo a seis religiosas, que se beneficiaron de la generosidad del duque de Uceda, quien dotó al monasterio de tres casas de la parroquia de Santa María, más tres mil ducados de renta anual y todo lo necesario para su mantenimiento.

 Entre 1671 y 1744 se construyó la iglesia del Santísimo Sacramento, actual Catedral Castrense, obra de Bartolomé Hurtado, Pedro de Ribera y Francisco Esteban, que estaba unida a través de la tribuna del coro mediante un pasadizo con el propio palacio del duque situado a escasos metros, en la calle Mayor esquina con Bailén.

 Destruido casi por completo durante la Guerra Civil, fue reconstruido en el año 1946 y finalmente demolido en 1976, para construir en los terrenos que quedaron libres un grupo de apartamentos de más que dudosa integración en el entorno urbanístico.

Tras este nuevo desaguisado, el Huerto de las Monjas pasó a ser propiedad municipal, quedando sin acceso desde la calle. Un hecho realmente insólito, que se solucionó cuando en 1983, se llevaron a cabo las obras en el Palacio O’Reilly, para convertirlo en sede de las oficinas de Hacienda del Ayuntamiento de Madrid, momento en el que se recuperó el jardín para el uso y disfrute de todos los madrileños.

 Por lo que respecta al jardín o Huerto de las Monjas, se puede acceder al mismo a través del número 7 de la calle del Sacramento, siempre que nos quiera abrir la cancela algún vecino o este abierta, aunque el acceso más cómodo es a través del número 5 de la calle del Rollo, eso si, durante el horario de apertura de las oficinas municipales. 

 El jardín tiene una superficie de 1.109 metros cuadrados, y entre sus arboles podemos encontrar cerezos japoneses, ciruelos rojos, paulonias y aligustres del Japón, además de macizos de arbustos y hiedra, nada que ver con el uso original, que era servir de huerto para cultivar los vegetales y hortalizas que luego consumían las religiosas. En la actualidad lo único que resta del convento de las Bernardas de la calle del Sacramento es este jardín, recuperado gracias al arquitecto Joaquín Roldán Pascual, que lo transformó en lo que es hoy día. Roldán, rehizo los caminos del jardín con un pavimento similar al original, restauró los muros de aparejo toledano, instaló bancos, una farola procedente de la cercana Puerta del Sol y una fuente de bronce de estilo rococo, con cuatro amorcillos, procedente del desaparecido palacete de los duques de Montellano del paseo de la Castellana, que estaba situado en los terrenos que actualmente ocupa el edificio de la Mutua Madrileña. Fue fundida en Francia en las “Fonderies DÁrt du val Dósne-58 bd. Paris” y antes de ser instalada en el mencionado palacete estuvo en El Castañar, la finca que los duques poseían  en Cuerva (Toledo). 

Para terminar, mencionar que por encima de uno de los muros, en cuya base se encuentra la plaza de la Cruz Verde y la fuente de Diana Cazadora, podemos ver la cúpula de la Iglesia de San Andrés.

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En el Huerto de las Monjas encontraremos un pequeño remanso de paz en pleno centro de Madrid, un lugar con un encanto especial que os recomiendo visitar en cualquier época del año.