Las temporales del Thyssen, Edvard Munch.

Edvard Munch, arquetipos.

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Dividida en 8 secciones, la exposición que el Museo Thyssen-Bornemisza dedica al pintor noruego hasta el 17 de enero de 2016, reúne una selección de 80 obras entre óleos, dibujos y grabados, la mitad de ellas procedentes de la colección museo noruego, lo que nos permite un exhaustivo recorrido por la obra de este prolífico artista, a la vez que podemos observar su gran capacidad para mostrar las obsesiones del hombre contemporáneo a través de una obra que mezcla con especial acierto tradición y experimentación, con un lenguaje artístico que evoluciono desde el simbolismo de los primeros años hasta el expresionismo. Las formas planas y sinuosas, el uso del color, la deformación de los cuerpos y el uso de texturas y técnicas innovadoras se muestran como elementos característicos de este lenguaje artístico, en cada una de las secciones de esta exposición: melancolia, muerte, pánico, mujer, melodrama, amor, nocturnos, vitalismo y desnudos.

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Comisariada por Paloma Alarcó, jefa de conservación de pintura moderna del Thyssen y Jon Ove Steihaug, director de colecciones del Munch Museet de Oslo, la exposición gira, sin un orden cronológico, en torno a los aspectos más desconocidos de la fuerza creadora de Munch.

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Afirma Paloma Alarcó que:

“Munch se quiere explicar la vida a sí mismo, pero principalmente pinta para los demás”

“Nos pone ante nuestros propios sentimientos. Él siempre tiene en cuenta al espectador, y por eso el espectador siempre se siente un poco turbado delante de una obra de Munch, porque en el fondo hay una empatía muy fuerte entre los temas que nos presenta Munch y nuestros propios sentimientos”.

 

 

Asuntos de palacio. El Palacio de Linares y el fantasma de Raimundita.

El Palacio de Linares, actualmente sede de la Casa de América, que se alza orgulloso y elegante en el privilegiado entorno de la Plaza de Cibeles de Madrid, tiene entre los madrileños, fama de “palacio encantado”. ¿A qué sucesos debe este paIacio su fantasmagórica fama? ¿Qué ocurrió entre sus muros? ¿Qué hay de verdad y qué hay de Ieyenda? ¿De quiénes son los fantasmas que, según se cuenta, por las noches recorren de forma quejumbrosa y lastimera, sus corredores y salones?

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Pero para comenzar, echemos un vistazo hacia atrás en el tiempo y conozcamos algo de la historia del Palacio de Linares y sus primeros habitantes y propietarios, los desafortunados Marqueses de Linares y su hija Raimundita.

Mateo de Murga fue un financiero vasco que hizo una enorme fortuna en Cuba, un “indiano” de talante liberaI que llegada la adolescencia de su hijo José, uno de los protagonistas de la leyenda de los fantasmas del palacio de Linares, le aconsejó que se casara únicamente por amor, sin importar la condición social de la  elegida.

José, se enamoro perdidamente de Raimunda Osorio, hija de una estanquera. Pero cuando le pidió permiso a su padre para contraer matrimonio, éste, de modo sorprendente, intento disuadirle, enviándole a Londres para que olvidara ese amor. En 1857, a Ios pocos meses de su IIegada a Londres, falleció Mateo de Murga e inmediatamente, José regresa a Madrid, para una vez pasado eI luto en 1858 casarse con su amada   Raimunda.

EI 21 de octubre de 1872, el rey Amadeo I concedió a José de Murga, mediante real decreto, los títulos nobiliarios de marques de Linares y vizconde de Llanteno en agradecimiento al apoyo prestado a la Familia Real. Tras la renuncia al trono de España de Amadeo I, y proclamada la I República, tanto el marqués de Linares, como el marqués de Salamanca, aportaron una gran suma de dinero para la restauración de la monarquía en la persona de quien finalmente reinaría en España, a partir de 1874, como Alfonso  XII.

En este mismo periodo, concretamente en 1872, fue cuando José de Murga, ya primer marqués de Linares, adquirió el solar de más de 3.000 metros cuadrados, propiedad del Ayuntamiento de Madrid, donde se encontraba el Pósito de Madrid, un depósito destinado a almacenar grano, pudiendo de ese modo controlarlo en tiempos de escasez. Fue en este solar, donde decidió levantar el palacio que nos  ocupa.

EI arquitecto Carlos Coludí, proyecto un palacio de tres plantas de estilo versallesco, decorado con el mayor esplendor imaginable. Su interior disponía de 27 chimeneas diferentes, un riquísimo comedor de gala, lámparas de araña del mejor cristal, suelos de mosaico, sedas pintadas, frescos de temas mitológicos obras de los mejores artistas de la época, así como una magnífica escalera de mármol de Carrara diseñada por Jerónimo Suñol, una suntuosa capilla e incluso un salón de té, cuyo mobiliario se trajo desde china.

 Y es justo en este punto de nuestra historia, donde comienzan el misterio y la leyenda de los fantasmas del Palacio de Linares.

En 1884, los marqueses decidieron trasladarse al que sería su nuevo hogar, a pesar de que las obras en el palacio aun no habían concluido. Y fue entonces, ordenando unos documentos de su padre, cuando el marqués encontró la terrible carta que su padre no llegó  a enviarle a Londres, en la que le confesaba el motivo de su rotunda negativa a autorizar aquella boda: José y Raimunda eran medio hermanos. Mateo de Murga en su juventud   había tenido un “affaire” con una estanquera y Raimunda era el fruto de la misma.

El descubrimiento de estos hechos, sumió a ambos en la más completa desesperación. Raimunda estaba segura de que todo era cierto, pues recordaba como su madre, en su lecho de muerte, maldijo a aquél que la amó y luego la abandono junto al fruto de su  pecado. A él y a sus descendientes. El matrimonio, en su desesperación recurrió al mismísimo Papa Pío IX que les concedió una bula papal denominada “Casti Convívere” por la cual, los marqueses podían seguir casados, pero observando la más absoluta castidad. A partir de ese momento los marqueses continuaron viviendo bajo el mismo techo, pero en diferentes plantas del palacio.

Y entonces, ocurrió lo peor que podía pasar, a los pocos meses Raimunda dio a luz una niña, Raimundita, fruto del gran amor que los marqueses se profesaban, pero también también fruto del pecado al no haber respetado la bula papal que les obligaba a vivir en castidad. Y cuenta la leyenda, que entre los dos la asesinaron y la emparedaron, para evitar de ese modo el escándalo y que, aun hoy en día, el espíritu de Raimundita sigue paseándose por los grandes salones del viejo palacio, cantando canciones infantiles y llamando con voz lastimera a sus padres tras cerrar el palacio con cien llaves, que lo mantendrían cerrado y deshabitado durante largos   años.

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Existe otra versión, sin duda mucho menos siniestra y macabra, que nos cuenta que el marqués tuvo una hija con una de las criadas, a la que llamaron también Raimunda e hicieron pasar por hija del abogado del marqués, Federico Avecilla y Delgado y de Raimunda Aguado y Cabañas. Protegida y apadrinada por los marqueses, tras la muerte de éstos heredaría una gran parte de su fortuna, casándose años después con Felipe Padierna de Villapadierna y Erice, segundo conde de Villapadierna. La marquesa murió de pena en 1901 y José de Murga, el marqués, tan solo cinco meses después a consecuencia, según se dijo, de un “disparo fortuito”. Cumpliendo con las últimas voluntades de los marqueses, en 1918, sus cuerpos fueron trasladados desde Madrid hasta Linares (Jaén), donde reposan desde entonces en la cripta familiar, situada en la capilla del Hospital de San José y San Raimundo en Linares, más conocido como Hospital de los Marqueses de Linares, hoy convertido en museo.

Con cuáI de Ias dos versiones anteriores os quedáis? La eIección es vuestra.

Mucho se ha escrito acerca de esta leyenda que contribuyo a que el palacio permaneciera deshabitado durante largos años. Fueron muchos los intentos de vender el, ya para todos los madrileños, siniestro edificio, pero nadie parecía tener el menor interés por vivir en un palacio con fantasma incluido. Finalmente, en 1989, previo al inicio de los trabajos de remodelación, que debían realizarse para convertir el suntuoso edificio en la sede de la Casa de América a partir de 1992, el Palacio de Linares fue sometido a un exhaustivo rastreo, análisis y fotografiado hasta el último de sus rincones, por un prestigioso equipo de parapsicólogos del Grupo Hepta al mando del cual estaba el jesuita José María Pilón, en busca de cualquier indicio de la existencia de fenómenos paranormales entre sus muros, llegando a la conclusión de que en el Palacio sucedía algo fuera de lo común. Con frecuencia, la temperatura de las habitaciones descendía hasta diez grados bajo cero, incluso en verano. En Ia capilla, de repente se escuchaba sonar el órgano, y el equipo de investigadores detectó una poderosa fuente de energía entre los muros del palacio. Las fotografías realizadas, reflejaban unos extraños campos energéticos que hacían suponer la existencia de fantasmas o espíritus. Se habló de la posibilidad de que bajo el suelo de mármol se hallaran restos humanos. Incluso, un miembro del equipo de expertos, declaró que había visto a una niña pequeña con el cabello rizado y vestida de blanco corriendo y llorando de forma lastimera por el salón de baile. El informe definitivo entregado al Ayuntamiento de Madrid el 4 de junio de 1989 por el equipo del Padre Pilón, confirmó que el Palacio de Linares estaba invadido por campos energéticos cuyo origen se debía al trágico desenlace de un asunto familiar. Asimismo se afirmaba que eI Palacio de Linares reunía las condiciones adecuadas, dada su ubicación en una zona de corrientes subterráneas, para que en él se manifestaran fantasmas y  espíritus.

Aun hoy en día, ya convertido el palacio en la Casa de América, se afirma que los vigilantes de seguridad duran mas bien poco, incluso hay quien asegura que algunas noches se puede ver a los fantasmas de los marqueses, vagando desconsolados por sus habitaciones del palacio, cumpliendo así con su eterna condena de separación.

Y ahora, si esta trágica leyenda de José y Raimunda, marqueses de Linares, su hija Raimundita y sus respectivos fantasmas, no os ha quitado el hambre, nada mejor que reponer fuerzas en alguno de los numerosos restaurantes de los cercanos barrios de Chueca, Salamanca o las Letras. Lo primero es lo primero, y como muy sabiamente dice el refranero castellano: “El muerto al hoyo y el vivo… al bollo”.

La fuente de la Fama, una fuente viajera.

La Fuente de la Fama, obra de estilo churrigueresco del arquitecto madrileño Pedro de Ribera, se encuentra en la actualidad situada en los jardines del Museo de Historia, en la fachada que da a la calle Barceló, tras varios traslados y mudanzas, algo por otra parte bastante habitual en la historia de los monumentos madrileños.

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Fue un encargo de Felipe V a la Junta de Fuentes destinado a embellecer la ciudad de Madrid, ademas de suministrar agua a los ciudadanos de la Villa y Corte, en el que Pedro de Ribera trabajaría durante los años 1731 y 1732. La construcción de la fuente corrió a cargo del maestro cantero Pedro de la Piedra, mientras que la estatua de la Fama que corona la fuente es obra del escultor Juan Bautista y simboliza la fugacidad de la fama, como una alegoría del precepto clásico:

“Carpe diem, carpe horam” (Aprovecha los días, aprovecha las horas)

La fuente está construida con piedra berroqueña y caliza de Colmenar de Oreja y el conjunto se apoya sobre un pilón con forma de trébol de cuatro hojas, sobre el que descansa la base, custodiada por cuatro delfines de cuyas bocas surgía el agua destinada al abastecimiento de los madrileños. El estilo de los adornos empleados por Ribera es inequívocamente churrigueresco, destacando las hornacinas con floreros y cuatro estatuas de niños, cada uno de ellos sosteniendo una concha invertida.   

Escudos, floreros, volutas, adornos naturalistas… dan forma a una composición de enorme plasticidad, que, pese a compartir un esquema muy similar al de la Fuente de la Mariblanca, significa una vuelta de tuerca en la capacidad creativa de Pedro de Ribera. En la parte superior la figura alada de La Fama con una trompeta en la mano remata el conjunto de 10 metros de altura. No obstante la indudable belleza y calidad artística de la obra de Ribera, los cronistas de la época, fueron muy críticos y así Fernández de los Ríos, refiriéndose a la obra del arquitecto madrileño escribió:

“Pedro de Ribera parecía dibujar los monumentos apretando un borrón de tinta entre dos papeles”

Por su parte, Mesonero Romanos,escribó:

 “Es una página del arte, aunque en una de sus más lastimosas aberraciones, que merece ser conservada con mayor razón que otros monumentos posteriores de igual clase, y que más que como páginas del arte pueden ser consideradas como otros tantos borrones echados en él”

Y asimismo Peñasco y Cambronero aseguraba:

“Es el colmo de la corrupción del arte” y sólo debería servir para el “estudio de lo que fue el arte en una época feliz­mente pasada”

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El monumento se financió mediante una subida de impuestos, lo que quedó reflejado en un letrero que alguien colocó en la fuente el día de la inauguración:

“Deo volente, rege survente et populo contribuiente” (Dios lo quiso, el rey lo mandó y el pueblo lo pagó)

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En un principio, la fuente estuvo situada en la plaza de Antón Martín, nombre con el que en un principio seria conocida. Posteriormente en el año 1879 fue a parar a los almacenes de la Villa y ya en 1909 el escultor Ángel García y el arquitecto José Loute la reconstruyeron para instalarla en el Paseo de Camoens del Parque del Oeste.

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En el año 1926 el Ayuntamiento madrileño encarga al arquitecto municipal Luis Bellido su traslado a los jardines de Pedro de Ribera junto al Real Hospicio del Ave María y San Fernando situado en la calle Fuencarral  y actual sede del Museo de Historia de Madrid, donde estuvo hasta el comienzo de  la Guerra Civil, momento en que vuelve a desmontarse para evitar su destrucción, instalándose se definitivamente en su ubicación actual en el año 1941.

Tras las huellas de Miguel de Cervantes Saavedra, “Principe de los Ingenios”. 2ª parte: Madrid.

El Madrid de Cervantes

Ya estamos de regreso en Madrid, dispuestos a seguir buscando las huellas del “Príncipe de los Ingenios” en la Villa y Corte. ¿Me acompañáis?

“Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; este digo que es el autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo El Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño, llámase comúnmente Miguel de Mervantes Saavedra” (Miguel de Cervantes – Prólogo de las Novelas Ejemplares)

Estudio Público de Humanidades de la Villa de madrid

En 1566 Cervantes ya se había establecido en Madrid, matriculándose en el Estudio de la Villa, fundado por el rey Alfonso XI en 1346. Una prestigiosa institución, donde tuvo como maestro a su director, el catedrático de gramática y humanista Juan López de Hoyos, quien en 1569, incluiría tres poemas del joven Miguel de Cervantes en un libro sobre la enfermedad y muerte de la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II.  

En la actualidad y una vez más, no queda nada del otrora importante centro de estudios. Tan solo una placa conmemorativa, colocada en 1870 gracias a una iniciativa de Mesonero Romanos y sufragada por la propietaria del inmueble, la condesa de la Vega del Pozo, nos recuerda con el siguiente texto, que allí estudió Miguel de Cervantes:

“Aquí estuvo en el siglo XVI el Estudio Público de Humanidades de la Villa de Madrid, que regentaba el maestro Juan López de Hoyos y al que asistía como discípulo Miguel de Cervantes Saavedra”

La imprenta de Juan de la Cuesta

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Con la sola excepción de La Galatea, el resto de las obras escritas por Cervantes, incluidas las dos partes del Quijote fueron publicadas, en sus primeras ediciones, en Madrid. El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, se imprimió por primera vez en 1605, en la imprenta de Juan de la Cuesta, situada en el número 87 de la calle Atocha. Una impresión realizada con escasos medios para la que se utilizó un papel tosco y de escasa calidad, fabricado en la Cartuja de Santa María de El Paular.

El edificio original, que milagrosamente aun se conserva, fue construido entre 1592 y 1620 como un pequeño centro sanitario, conocido con el nombre del Hospitalillo de los Incurables del Carmen. En la actualidad y desde 2005, es la sede de la Sociedad Cervantina de Madrid, fundada en 1953. En lo que respecta a la segunda parte del Quijote, se publicó en 1615, también en la imprenta de Juan de la Cuesta, que por aquel entonces se había trasladado a la cercana calle de San Eugenio, esquina con la de Santa Isabel.

 

 Dos lápidas, realizadas ambas por el escultor Lorenzo Coullaut Valera, autor asimismo del grandioso monumento a Cervantes de la plaza de España, nos recuerdan ambos hechos. La primera de ellas es un relieve escultórico, donde se puede ver una escena del Quijote debajo del cual figura el siguiente texto:

“Aquí estuvo la imprenta donde se hizo en 1604 la edición príncipe de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra y publicada en mayo de 1605. Conmemoración MDCCCCV” 

Y en la segunda, realizada en 1905 y mucho más sencilla:

“En el solar que ocupa esta casa, estuvo en el siglo XVII la imprenta de Juan de la Cuesta, donde se hizo en 1615 la edición príncipe de la segunda parte de El ingenioso caballero D. Quijote de La Mancha, escrita por Miguel de Cervantes Saavedra. Conmemoración en 1905”

Los domicilios madrileños de Miguel de Cervantes

Esta sobradamente probado, que Cervantes tuvo más de un domicilio en Madrid, siempre en los alrededores de la calle Atocha, donde y vivía en 1608. En 1609 se mudó, a la calle de la Magdalena, y de ahí al Barrio de las Letras, donde residiría hasta su fallecimiento.

Cuatro fueron los domicilios conocidos del escritor en dicho vecindario. En un primer momento vivió en la Calle del León, poco después en el actual número 18 de la Calle de las Huertas, más tarde en la Plaza de Matute y, por último, de nuevo en Calle del León, en esta ocasión en la esquina con la calle de Francos, que con el tiempo pasaría a denominarse calle de Cervantes, el domicilio donde fallecería.

Esta última estaba situada en la manzana 228, siendo tristemente derribada en 1833, a pesar de la oposición y los denodados esfuerzos de D. Ramón de Mesonero Romanos, que sería quien diera la voz de alarma ante el derribo del inmueble a través de un artículo publicado La Revista Española, titulado La casa de Cervantes.

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Ni la intervención del mismísimo Fernando VII, quien dispuso que el Estado comprara el inmueble para conservarlo, ni las del Ministro de Fomento y el Alcalde de Madrid sirvieron de nada. Una vez más, el patrimonio histórico y cultural era víctima de la especulación y la avaricia de algunos desalmados. La triste e insuficiente solución a tal desaguisado, fue colocar en la fachada del nuevo bloque de viviendas una lápida conmemorativa, realizada por Esteban de Ágreda, Escultor de Cámara Honorario de Carlos IV. La lápida, realizada en mármol de Carrara, sería inaugurada el 13 de junio de 1834, y en ella, por fortuna aun puede leerse en letras de bronce:

“Aquí vivió y murió Miguel de Cervantes Saavedra, cuyo ingenio admira el mundo. Falleció en MDCXVI”

Monasterio de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso  

Este convento fue fundado en 1609 por Francisca Romero, hija de Julián Romero, general de los ejércitos de Felipe II. En 1673 se iniciaron las obras de ampliación del edificio, que se paralizarían en 1688 a causa del fallecimiento del arquitecto, Marcos López, terminando los trabajos en 1698, bajo la dirección de José del Arroyo.

El edificio es sobrio y austero con su iglesia de reducidas dimensiones con planta de cruz latina y una fachada sencilla, con frontispicio triangular en el remate y tres arcos de ingreso de medio punto en el centro, un bajorrelieve de considerables dimensiones y los escudos de armas de los marqueses de la Laguna. El edificio fue declarado monumento nacional en 1921 y ha sido restaurado en dos ocasiones, en 1869 y 1939.

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En 1868, coincidiendo con el triunfo de la llamada revolución “Gloriosa”, que supuso el destronamiento de Isabel II, el ayuntamiento de Madrid aprobó el derribo del convento de las Trinitarias descalzas de San Ildefonso. Las monjas defendieron como mejor supieron la que era su casa, perdiendo cuantas alegaciones presentaron. Una vez más parecía que los especuladores inmobiliarios iban a salirse con la suya.  Desesperadas ante lo que parecía  ya inevitable, solicitaron el amparo de la Real Academia Española quien encargó al académico marqués de Molíns que demostrara que Miguel de Cervantes estaba enterrado en el mencionado convento. El resultado fue publicado en 1870 bajo el título “La Sepultura de Cervantes” y en el se presentaban por primera vez pruebas irrefutables y se demostraba que los restos jamás salieron del convento, que de este modo se salvo de ser demolido.

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El príncipe de los ingenios falleció en su domicilio de la calle Francos esquina con la del León el 22 de abril de 1616, víctima al parecer de una  cirrosis hepática de origen diabético. Al día siguiente, 23 de abril de 1616, sus restos mortales, amortajados en humilde sayal de la orden Tercera de San Francisco, en la que había profesado poco antes. Dentro de un modesto ataúd, portado por frailes franciscanos, las manos sobre el pecho sosteniendo un crucifijo de madera y la cara descubierta, recibió cristiana sepultura en el Monasterio de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso. La capilla donde fue enterrado desapareció en las obras de ampliación del edificio, trasladándose sus restos a la cripta, junto con los de su esposa Catalina de Salazar, quien cuando murió Cervantes, decidió profesar en la Venerable Orden Tercera de los Trinitarios, solicitando que una vez muerta, fuera enterrada en el mismo lugar que su marido.

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Finalmente Ayuntamiento y Arzobispado se han puesto de acuerdo y los restos de Cervantes han sido trasladados a la Iglesia de San Ildefonso, del convento de las Trinitarias, en pleno Barrio de las Letras, del convento de las Trinitarias, donde una lapida nos recuerda al llamado Principe de los ingenios. 

“Yace aquí Miguel de Cervantes Saavedra 1547-1616”

“El tiempo es breve / las ansias crecen / las esperanzas menguan / y, con todo esto / llevo la vida / sobre el deseo que tengo de vivir”

No debemos pasar por alto el error en el texto grabado, ya que donde podemos leer “Los trabajos de Persiles y Segismunda” debería decir “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”. Tan solo una simple letra, un pequeño error debido sin duda a las prisas por inaugurar el monumento A Cervantes antes de las elecciones locales de mayo de 2015. Lo triste es que 6 meses después, el error aun no se haya corregido.

En cuanto a la lápida situada en la fachada, con una altura de 3,5 metros y 2,5 de ancho es la mayor de cuantas podemos ver en Madrid. Fue realizada en mármol italiano por el escultor aragonés Ponciano Ponzano, autor asimismo de la decoración escultórica del frontón del Congreso de los Diputados, donde representó una personificación de España acompañada de la Justicia, las Ciencias, las Bellas Artes y la Fortaleza, y de los dos leones de bronce que flanquean la fachada del edificio. En la lápida dedicada a Cervantes podemos leer el siguiente texto:

“A Miguel de Cervantes Saavedra, que por su última voluntad yace en este convento de la Orden Trinitaria, a la cual debió principalmente su rescate la Academia Española. Cervantes nació en 1547 y falleció en 1616”

Estatuas y monumentos dedicados a Miguel de Cervantes

Este paseo por los lugares más directamente relacionados con la vida y obra de Miguel de Cervantes no estaría completo sin hacer referencia a aquellos monumentos y estatuas que le rinden homenaje, aunque algunos de ellos estén situados algo apartados de aquel Madrid de los siglos XVI y XVII que frecuento el escritor.

Plaza de España

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El más conocido es sin duda, el situado en la Plaza de España, erigido para conmemorar el tercer centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote en 1915 y el fallecimiento de Miguel de Cervantes en 1616.

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Para ello se convocó un concurso nacional, resultando ganador el proyecto presentado por los arquitectos Rafael Martínez Zapatero, Pedro Muguruza y por el escultor Lorenzo Coullaut-Valera, creándose en 1920 un comité de racaudacíón, cuya finalidad era la obtención de los fondos necesarios, aunque, fínalmente, las obras no se iniciarían hasta finales de los años 20.  

Tras la guerra Civil, la construcción del monumento, estuvo parada hasta bien entrada la década de los 50, cuando el hijo de Federico Coullaut-Valera añadió las figuras de Dulcinea del Toboso y Aldonza Lorenzo.

Ya en los 60, se instalaron los grupos escultóricos dedicados a la Gitanilla y a Rinconete y Cortadillo.

Plaza de las Cortes

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En la plaza de las Cortes, frente al Congreso de los Diputados, nos encontramos con el segundo de los monumentos levantados en Madrid en homenaje al Principe de los Ingenios. 

La estatua, realizada en una aleación de cobre, zinc, estaño y plomo, fue realizada en Roma por el escultor Antonio Solá e inaugurada en 1835.

El pedestal es obra del arquitecto Isidro González Velázquez, y en el podemos ver dos relieves de José Piquer alusivos al Quijote, así como dos placas, en una de las cuales se puede leer la siguiente inscripción:

“A Miguel de Cervantes Saavedra, príncipe de los ingenios españoles”

Biblioteca Nacional

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La tercera escultura se encuentra en la Biblioteca Nacional, en el Paseo de Recoletos. Es una obra del escultor catalán Juan Vancell y Puigcercós del año 1892 y flanquea la entrada principal de este edificio, junto a otros tres genios de las letras españolas: Lope de Vega, Antonio de Nebrija y Luis Vives.

Avenida de Arcentales (San Blas)

La última de las estatuas dedicadas a Miguel de Cervantes es obra de Luis Sanguino, autor asimismo de los grupos escultóricos de las puertas de la Catedral de la Almudena y se encuentra en la avenida de Arcentales del barrio de San Blas. Esta realizada en bronce, aunque da la sensación de que estuviera modelada en arcilla, un estilo característico del escultor. En la placa que se encuentra en su pedestal podemos leer el siguiente texto:

“Don Miguel de Cervantes, Príncipe de las letras, en homenaje a la Lengua Española, mayo 1999”

“A Miguel de Cervantes,
insigne y cristiano ingenio de nuestros tiempos,
a quien llevaron los terceros de San Francisco a enterrar
con la cara descubierta, como a tercero que era” (Francisco de Urbina)

 

La importancia de llamarse Ernesto.

Pocos escritores de habla inglesa, han sentido tanta pasión y aprecio por Madrid y lo madrileño como el protagonista de la entrada de hoy. Don Ernesto (así era como le llamaban los que tuvieron la suerte y el privilegio de conocerlo, aunque el solía presentarse simplemente como Ernesto, así, sin más) era un verdadero enamorado de nuestra ciudad, de la que llegó a escribir en 1932:

“Cuando se conoce, Madrid es la ciudad más española de todas, la más agradable para vivir, la de la gente más simpática y, un mes con otro, la de mejor clima del mundo. Cuando uno ha podido tener El Prado y al mismo tiempo El Escorial situado a dos horas al norte y Toledo al sur y un hermoso camino a Ávila y otro bello camino a Segovia, que no está lejos de La Granja, se siente dominado por la desesperación al pensar que un día habrá de morir y decirle adiós a todo aquello”

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Muchos de vosotros ya habréis adivinado, que se trata de ese genio de las letras llamado Ernest Hemingway. Tan solo reflejar su carácter y su forma de ser, nos llevaría horas y horas, por eso, hoy me voy a limitar a contaros como fue su relación con Madrid, una ciudad generosa y acogedora, capaz de dar a los visitantes, y a los que en ella viven, lo mejor (y lo peor) de si misma. Una ciudad, capaz de elevarnos a su maravilloso y velazqueño cielo, pero también de hacernos descender a los infiernos a nada que nos descuidemos.

Una breve aproximación a Ernest Hemingway

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Estadounidense de pura cepa, nuestro protagonista siempre vivió al limite. Escritor, Premio Nobel de Literatura en 1954, periodista, corresponsal de guerra, amante de la buena mesa y de las bellas mujeres, aficionado a la caza, noctámbulo, fumador empedernido, buen bebedor, gran aficionado a los toros, tímido, reservado, fanfarrón, vivía obsesionado con la soledad y la muerte… Su vida acabó un aciago 2 de julio de 1961, de dos disparos efectuados de forma deliberada con su escopeta preferida, poco después de que se le diagnosticara que padecía hemocromatosis, una enfermedad genética que acaba causando un severo deterioro físico y mental, hasta el punto de que hacia el final de su vida, eran frecuentes los episodios de delirium tremens, llegando a creer, que el FBI y la policía le tenían continuamente vigilado.

Ernesto y Madrid. De los felices años 20 a la posguerra.

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La primera vez que Hemingway visitó Madrid fue en los felices años veinte, cuando nada hacia presagiar la tragedia que se viviría en España a finales de la siguiente década, durante la Guerra Civil. Durante la contienda, regresó a Madrid como corresponsal de la North American Newspaper Alliance (N.A.N.A.), y en los años cincuenta, a pesar de haber asegurado que no volvería a España mientras quedara un solo republicano en las cárceles, volvió, sin duda llevado por su gran afición a todo aquello relacionado con la fiesta de los toros. 

   En Madrid se sentía como en casa y desde la capital, escribió sus crónicas de la Guerra Civil, mientras desarrolló su trabajo como corresponsal de guerra, escribiendo una crónica tras otra desde los hoteles Gran Vía y Florida. Hizo grandes amigos, con algunos de los cuales se correría sus famosas juergas nocturnas y afirmaba de los madrileños, que le parecían:

“Simpáticos, bromistas y discutidores”

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Y sería también en Madrid, donde conocería a la que acabaría por convertirse en  su tercera esposa, Martha Gellhorn, una americana con la que se alojó en el hotel Florida, en Callao, de quien, a pesar de su gran intuición y su gran inteligencia, nunca sospechó que en realidad, era una espía que trabajaba para el Departamento de Estado, que se hacía pasar por reportera. Entre las amistades que hizo durante sus estancias a la capital, es obligado mencionar a toreros como Marcial Lalanda, Nicanor Villalba, Juan Belmonte, Antonio Ordóñez o Luis Miguel Dominguín. Se cuenta que, en 1956, un día que Hemingway paseaba por la calle Preciados, alguien le gritó:

“¡Eh tú, por qué no escribes ahora Por quién doblan las campanas!”

“¡Cabrón!”

Fue la breve respuesta, muy propia del escritor.

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Fue este mismo año, el 7 de octubre, cuando se produjo el encuentro entre dos grandes genios de la literatura: Pío Baroja y Ernest Hemingway. Parte de la conversación entre el norteamericano y el vasco, ya enfermo y en cama, fue tal y como os cuento a continuación:

“¿Qué coño hace ese tío aquí?” 

“He venido a decirle que el Premio Nobel se lo merecía más usted que yo, incluso se lo merecían más Unamuno, Azorín o Don Antonio Machado”

“Bueno, basta, basta, que como siga Ud. repartiendo el premio así, vamos a tocar a muy poco”

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Hemingway le regaló una bufanda, unos calcetines, una botella de whisky y un ejemplar de su novela “Adiós a las armas” con la siguiente dedicatoria:

“A usted, don Pío, que tanto nos enseñó a los jóvenes que queríamos ser escritores”

Para Baroja, que fallecería poco después de este encuentro, el 31 octubre, Hemingway era ese famoso escritor norteamericano siempre rodeado de putas y dólares, poco serio y de trato áspero. Durante su entierro, el norteamericano sería uno de los portadores del féretro.

Hemingway, Dos Passos y el asesinato que acabó con su amistad

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Cuando los dos escritores norteamericanos coincidieron en el Hotel Florida de Madrid en 1937, ya hacía  tiempo que ambos mantenían una estrecha y gran amistad. Pero en Madrid y en aquel trágico verano del 37, ocurriría algo que los llevó a romper su amistad de tantos años. Los dos escritores estaban en la ciudad escribiendo sobre la resistencia de la II República ante los continuos ataques del ejercito del general Franco, pero John Dos Passos, tenia otra razón mucho mas personal que el simple trabajo, para estar en Madrid en aquellos momentos: Había venido a investigar la muerte de José Robles. Quería saber lo que le había ocurrido a su amigo y traductor. Este seria el asesinato que envenenaría de modo irreparable la amistad existente hasta aquel momento, entre dos de los principales novelistas estadounidenses del siglo XX.

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Durante su estancia en el Florida, Dos Passos, en su artículo para la revista Esquire titulado “Habitación y baño en el Hotel Florida“, publicado en enero de 1938, describió como era aquel Madrid asediado, en aquellos difíciles y trágicos momentos de la historia de España:

“Mi cuarto está en el séptimo u octavo piso. El hotel está en una colina. Desde la ventana puedo ver toda la parte antigua de Madrid por encima de los tejados que se apiñan cubiertos de tejas del color del hollín manchadas de amarillo claro y rojo, bajo el azul metálico que brilla antes del amanecer. Esta ciudad compacta se extiende a lo lejos hasta donde alcanza la vista, con sus calles estrechas, chimeneas sin humo, torres con cúpulas brillantes y afilados chapiteles de pizarra propios de la Castilla del siglo XVII”

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Pero, ¿Quien era José Robles? El comunista José Robles, era hijo de una familia aristocrática y de profundas convicciones monárquicas, y su amistad con Dos Passos nació en 1916 tras conocerse en un tren nocturno que realizaba el trayecto entre Toledo y Madrid  Traductor al español de «Manhattan Transfer», la gran novela de Dos Passos, Robles se puso al servicio de la II República, pero fue asesinado en 1937 en Valencia tras ser detenido por la policía secreta soviética. 

En 1936, Robles fue evacuado a Valencia y allí fue detenido. Pero entre su detención y las noticias de su muerte, pasaron meses, durante los cuales Dos Passos no dejo de presionar a sus contactos en Madrid, entre los que se encontraba Hemingway, con el único objetivo de llegar a saber qué había ocurrido realmente con su amigo. Dos Passos quería, necesitaba saber, para, en caso de que se hubiera cometido una terrible injusticia, exponerlo a la luz pública. Lo que pasó tras la detención de Robles, nunca fue completamente aclarado, aunque si se sabe que fue fusilado en algún momento del 37. 

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Hemingway pensaba que su buen amigo estaba actuando de modo irresponsable y le advirtió de ello, llegando a insinuar que tal vez Robles podría haber cambiado de bando.

“No digas ni una palabra de ese tal Robles. ¿No sabes que cada día desaparece alguien?”

El asunto es que, tal vez  Hemingway, gracias a sus numerosos y buenos contactos, sabia realmente mucho más de lo que le decía a Dos Passos, y así, mientras Hemingway dio crédito al bulo de que Robles, en realidad siempre había sido un espía al servicio del fascismo, Dos Passos jamás se permitiría dudar de su amigo e hizo todo lo posible por averiguar la causa de su muerte. El asesinato de José Robles fue lo que provocó que se rompiera su amistad con Hemingway.

Una vez realizada esta breve aproximación a Ernest Hemingway y su apasionada relación con Madrid, os propongo un repaso a aquellos lugares frecuentados por el Premio Nobel, alguno de los cuales, aparecen en sus novelas y relatos ambientados en la capital de España.

1.- El edificio en ruinas frente al parque del Oeste – Pintor Rosales, 14.

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En el paseo del Pintor Rosales, muy cerca del maltrecho edificio del Cuartel de la Montaña, a duras penas se mantenía en pie un edificio prácticamente en ruinas, con la escalera destrozada, el ascensor retorcido en su hueco y sus puertas perfectamente conservadas, que se abrían a un solar vacío. este edificio fue para Hemingway el símbolo de un Madrid asediado y destrozado por los incesantes bombardeos. A este edificio le dedicaría Hemingway un relato titulado “Paisaje con figuras” y cuando colaboró en el rodaje de la película de propaganda antifascista “Tierra de España”, propuso que algunas de las escenas se rodaran en sus ruinas.

2.- Pensión Aguilar – Carrera de San Jerónimo, 32.

El escritor se alojó con su familia en la modesta Pensión Aguilar durante sus visitas a Madrid realizadas entre 1923 y 1926. Su habitación: la número 7.

3.- Hotel Biarritz – Calle de la Victoria, 2. 1931

4.- Hotel Gran Vía – Gran Vía, 25.

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El antiguo hotel Gran Vía estaba situado en la avenida más cosmopolita y animada de la capital. En su fachada podemos ver una placa en la que se recuerda que fue desde aquí, desde donde el escritor escribiría sus primeras crónicas sobre la Guerra Civil en 1936.

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Fue por esa época cuando la Gran Vía fue bautizada por los madrileños como «avenida de los obuses» o «del 15 y medio», por el calibre de las bombas que la asolaban a diario. Hemingway mencionó este establecimiento en “La quinta columna”, y en su relato titulado “La noche antes de la batalla” escribió:

“El lugar siempre me ponía furioso”

5.- Hotel Florida – Plaza de Callao, 2.

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Este hotel, tristemente desaparecido (fue demolido en los años sesenta para convertirse en unos grandes almacenes) fue el escenario central que eligió el escritor para la que sería su única obra de teatro: La quinta columna. Frecuentado por corresponsales y prostitutas, durante la Guerra Civil, porque era una de los pocos establecimientos hoteleros que tenía agua caliente en Madrid, aquí fue donde Hemingway conoció a la reportera (y espía) Martha Gellhorn,con quien poco después contraería matrimonio. Un día, una granada reventó la caldera del hotel y mientras los huéspedes huían por los pasillos para ponerse a salvo, Ernest Hemingway y Marta Gellhorn salieron desnudos… de la misma habitación. Con su fachada de mármol blanco, su bar y sus salones eran frecuentados por los jóvenes falangistas de Madrid, que acudían también a otros locales cercanos, como el restaurante Or-Kompón, situado detrás del Palacio de la Prensa, donde se compuso la letra del “Cara al sol” en 1935.

“El Florida era uno de los pocos sitios de Madrid donde se podía comer decentemente y donde corría el alcohol sin restricciones, a pesar de la hambruna que sufrió Madrid” (Fernando Cohnen – Madrid 1936/1939)

En sus habitaciones, se escribieron muchas de las crónicas que ocuparían las portadas de los periódicos. Fotógrafos como Robert Capa y Gerda Taro, escritores como Dos Passos y Hemingway, y reporteros como Henry Buckley, de “The Daily Telegraph”; Martha Gelhorn, de la revista “Colliers,s”; Herbet Matthews, de “The New York Times”; Mijaíl Koltsov, del diario “Pravda”, se alojaron en algún momento de la contienda en alguna de sus 200 habitaciones.

“La puerta de mi cuarto está abierta, se escucha el tiroteo del frente a unas cuantas manzanas del hotel. Tiros de fusil toda la noche. Tabletea la ametralladora. Es una suerte estar tumbado en la cama, en lugar de Carabanchel o la ciudad universitaria” (Ernest Hemingway, 1937)

6.- Hotel Gaylord – Alfonso XI, 3.

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Fue uno de los hoteles más importantes de Madrid durante la Guerra Civil. En “Por quién doblan las campanas su protagonista, Robert Jordan, admite que al principio no le gustaba porque le parecía muy lujoso:

“Demasiado bueno para una ciudad sitiada”

7.- Hotel Palace – Plaza de las Cortes, 7.

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El Hotel Palace, uno de los mas emblemáticos establecimientos hoteleros de la capital, con permiso del vecino Hotel Ritz, también aparece mencionado en la obra de Hemingway. En “Fiesta”, Jake y Brett, sus protagonistas, mientras observan al barman no dudan en afirmar:

“Es maravillosa la gentileza con la que te atienden en el bar de un gran hotel”

Y añade Hemingway:

“Fuera de la ventana y sus cortinas quedaba el calor veraniego de Madrid”.

8.- Restaurante Botín – Cuchilleros, 17.

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A Hemingway, que durante sus estancias capitalinas llegó a convertirse en un cliente asiduo, le encantaba el cochinillo asado. En una de sus visitas, Hemingway pidió que le enseñaran a preparar la paella. Tras varios intentos fallidos declaró:

“Será mejor que me siga dedicando a la escritura”

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Fiesta, la novela que le dio fama internacional, termina con una escena en este famoso restaurante madrileño.

9.- Cervecería Alemana – Plaza de Santa Ana, 6.

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Era uno de los lugares favoritos del escritor, adonde acudía con frecuencia para tomar unas cervezas, tal y como escribo en un articulo publicado en la revista Life titulado “Un verano peligros0”. Y a tan solo unos pasos de la plaza de Santa Ana, se encontraba el desaparecido Bar Alvarez, uno de esos clásicos bares madrileños, adonde al escritor solía acudir a beber cerveza y saborear sus gambas, tal y como escribió en “Muerte en la tarde”.

10.- Restaurante El Callejón – Calle de la Ternera, 6.

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Situado a escasos metros de la plaza del Callao, era un local frecuentado por el escritor y su cuarta esposa, Mary, durante sus visitas a Madrid realizadas en los años cincuenta. Hemingway, en uno de sus artículos, para la revista Life, escribió que en El Callejón se podía disfrutar de la mejor comida de la ciudad y de un delicioso Valdepeñas servido en jarras de barro. Un restaurante con sus paredes cubiertas de fotografías dedicadas y enmarcadas de los artistas, escritores, toreros, futbolistas, actores y actrices, cantantes y floklóricas, que en algún momento pasaron por sus distintos comedores.

11.- Bar Chicote – Gran Vía, 12.

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En el relato “La denuncia”, Hemingway utiliza este carismático bar de la Gran Vía como un símbolo del afecto que sus clientes por España, a pesar de haber vivido un episodio tan trágico como la Guerra Civil. Hemingway afirmaba que los camareros merecían todo su respeto, porque con su buen hacer conseguían crear una atmósfera muy agradable.

“Los hombres podían tomar una copa y conversar sin ser molestados”

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También una de las escenas de su obra teatral “La quinta columna” tiene lugar en este bar, por el que en su momento pasaron todos los artistas, incluidas las estrellas de Hollywood, que visitaron Madrid en las décadas de los 50 y 60, su época de mayor esplendor.

12.- Cuartel General de las Brigadas Internacionales – Velázquez, 63.

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Hemingway, que siempre manifestó su compromiso con la causa republicana, durante sus estancias en Madrid, entabló amistad con varios miembros de las Brigadas Internacionales, compuestas por voluntarios de todo el mundo que lucharon en el bando de la República durante la Guerra Civil. El protagonista de “Por quien doblan las campanas”, Robert Jordan era un brigadista internacional que se alojaba en este cuartel, situado en el barrio de Salamanca.

13.- Museo del Prado.

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De todas las decisiones que tomó el Gobierno de la II República después del 18 de julio de 1936, una de las que mas impresiono a Hemingway, fue el traslado por carretera a Valencia de las pinturas del Prado, llevado a cabo en el invierno de 1936-37, para que no sufrieran ningún desperfecto a causa de los constantes bombardeos que sufrió Madrid hasta la entrada de los nacionales el 27 de marzo de 1939.

14.- Parque del Retiro y Real  Jardín Botánico.

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De nuevo Robert Jordan, el protagonista de “Por quién doblan las campanas”. En sus sueños, aparece un parque situado en Madrid donde María y él podrían ser felices. El Jardín Botánico también aparece en esta obra en referencia al ya cercano desenlace de la guerra:

“Reflejo del olor de la muerte que se avecina”

15.- Plaza de toros de Las Ventas.

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Hemingway era un auténtico enamorado de nuestra Fiesta Nacional y un gran experto en tauromaquia, que en su opinión era un arte como cualquier otro. En “Muerte en la tarde” un gran clásico de la literatura centrada en el mundo de los toros escribió:

“Si realmente quieres aprender sobre las corridas de toros, o si alguna vez te interesa mucho, tarde o temprano tendrás que ir a Madrid”

 Su presencia en Las Ventas era constante cuando se encontraba en Madrid, asistiendo a todas y cada una de las corridas de sus amigos, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez.

Tan solo un año antes de su muerte, Ernest Hemingway estuvo por última vez en Madrid, alojándose en el Hotel Suecia, rodeado de libros y whisky y alternando las escapadas por los alrededores de la capital, en especial a El Escorial, donde solía alojarse en el Hotel Botánico, con su gran afición por la vida nocturna de la capital, con especial predilección por Chicote.

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Don Ernesto fue un gran enamorado de España, sin duda el país que mas amaba después del suyo, logrando con sus obras ambientadas en nuestro país, que medio mundo se enamorara de España y lo español, y en especial de dos de sus ciudades: Madrid y Pamplona.