Las temporales del Prado. El arte de Clara Peeters, Inmaculadas y La infancia descubierta

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Aún recientes en nuestra memoria las fantásticas y oníricas imágenes de la exposición dedicada a la obra de El Bosco (con sus inevitables e interminables colas), el Museo del Prado recupera su ritmo habitual y encara el último trimestre de 2016 con tres nuevas exposiciones temporales.

La primera está centrada en la obra de la pintora flamenca Clara Peeters, mientras que las otras dos giran en torno a obras recientemente incorporadas a los fondos del museo: Las Inmaculadas procedentes de la donación realizada por Plácido Arango Arias y el lienzo “Raimundo Roberto y Fernando José, hijos de S.A.R. la infanta Dña. Josefa de Borbón”, obra de Antonio María Esquivel y Suárez de Urbina. Tres nuevas exposiciones, tres excusas (si es que hace falta alguna), para visitar el más importante y visitado museo de la capital de España.

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El arte de Clara Peeters 

Sobriedad, elegancia, delicadeza y gusto por el detalle

Tras su exhibición en Amberes, el Museo del Prado presenta, en colaboración con el Koninklijk  Museum voor Schone Kunsten y el Museum Rockoxhuis de la ciudad belga y el Gobierno de Flandes, esta exposición dedicada a Clara Peeters, pintora flamenca del S. XVI perteneciente a la primera generación de artistas europeos especializados en bodegones y una de las pocas mujeres que, en un mundo de hombres se dedicó a la pintura de forma profesional.

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La exposición, comisariada por Alejandro Vergara, Jefe de Conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte, cuenta con quince obras relevantes de Clara Peeters, fechadas entre 1611 y proceden de colecciones particulares, instituciones del norte de Europa, Reino Unido, Estados Unidos y del propio Museo del Prado. Quince obras que incluyen aves, pescados, mariscos, frutas, verduras, dulces… acompañados de vajillas, objetos de vidrio soplado, candelabros, porcelana, copas y tazas de plata dorada, saleros de plata y toda clase de piezas, asociadas a la opulencia y el buen gusto, minuciosamente pintados tanto en sus formas como en sus texturas, en los que se observa un elegante y sobrio contraste entre los objetos iluminados y los fondos oscuros. Clara Peeters nos muestra a su manera, los gustos y costumbres de las clases acomodadas de la época que le tocó vivir.

Un brevísimo apunte biográfico

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Poco se sabe de la vida de nuestra protagonista, salvo que probablemente su padre se llamaba Jan Peeters y que, casi con total certeza, nació en Amberes entre 1588 y 1590, siendo bautizada en la Iglesia de Santa Walpurgis el 15 de mayo de 1594. En esta ciudad de Flandes vivió y desarrolló su carrera como pintora, recibiendo encargos de las clases acomodadas y la nobleza. No se sabe nada a cerca de su formación, aunque  su estilo muestra un indudable parecido con la obra de Osias Beert, con claras influencias de los bodegonistas holandeses. Su primer cuadro, “Bodegón de galletas” data de 1607 y el último “La Virgen y el Niño dentro de una corona de flores” de 1621. Contrajo matrimonio con Hendrick Joossen en 1639 y ni siquiera sabemos con seguridad la fecha exacta de su fallecimiento.

La obra de Clara Peeters

Una de las características más sorprendentes de las pinturas de Clara Peeters reside en que, en al menos ocho de sus cuadros incluyó autorretratos apenas visibles, reflejados en las superficies de jarras y copas, seis de los cuales se pueden contemplar en esta exposición. Así, en “Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre”, en la copa y la jarra podemos ver a la pintora con un tocado, un gran cuello y un vestido de hombros altos, mientras que en otros como “Bodegón con pescado, vela, alcachofas, cangrejos y gambas”, “Bodegón con quesos, almendras y panecillos” y “Bodegón con quesos, gambas y cangrejos de río” es únicamente la cabeza de la artista lo que aparece reflejado en las tapas de las jarras.

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El Bosco en El Escorial o cuando El Prado no basta.

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Patrimonio Nacional se une a la conmemoración internacional del 500 aniversario de la muerte de Jheronimus van Aken, más conocido como El Bosco, con la exhibición de las obras del artista y de su taller que se conservan en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. José Luis Díez, director de las colecciones Reales de Patrimonio,  ha calificado la exposición como:

“Escueta, sencilla pero exquisita”.

Vista de la exposición (1)

La muestra, que se podrá disfrutar hasta el 1 de noviembre de 2016, ha sido organizada por Patrimonio Nacional con la colaboración del Museo del Prado y está comisariada por Carmen García-Frías, Conservadora de Pintura Antigua y Concha Herrero, Conservadora de Tapices, ambas de Patrimonio Nacional. Tan solo 11 piezas, aunque eso si, realmente excepcionales: tres tablas, cuatro tapices, tres manuscritos (dos de ellos libros de entrega) y  un grabado.

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Felipe II fue uno de los mayores coleccionistas de obras de El Bosco, y el contenido religioso y satírico de su pintura fue determinante para que parte de su producción acabara durante su reinado en el Monasterio de El Escorial. Así, en 1574 llegaron la versión escurialense de El Carro de Heno, la Mesa de los Pecados Capitales, la Adoración de los Magos, Cristo con la cruz a cuestas y varias Tentaciones de San Antonio, mientras que en 1593 llegaron otros cuadros procedentes de la almoneda de Fernando de Toledo, hijo natural del gran duque de Alba y Gran Prior de la Orden de San Juan, como el Jardín de las Delicias o la Coronación de espinas.

Fray José de Sigüenza

El jerónimo Fray José de Sigüenza, en su obra titulada Fundación del Monasterio de El Escorial escrita en 1602, aseguraba al hablar de El Bosco 1602 que su obra no era herética, sino una crítica de loss vicios y las costumbres de la sociedad de la época:

“No son disparates, sino libros llenos de profunda sabiduría y artificio”;”Una sátira pintada de los pecados y desvaríos de los hombres”.

Además del original del Cristo con la cruz a cuestas y de la versión del taller de la Coronación de espinas, se exhibe por primera vez el ejemplar escurialense del Tríptico del Carro de heno, tras su reciente restauración. Junto a las tablas, se muestran los tapices de El Bosco, también conocidos como Disparates del Bosco o Caprichos de Bruegel, una serie inspirada en la obra de Hieronymus Bosch , según cartones atribuidos a Pieter Brueghel el Viejo y la única que se conserva en la actualidad , tras la destrucción durante la Revolución francesa de la serie princeps o primera edición tejida para Francisco I de Francia. Los cuatro tapices titulados El jardín de las delicias, El carro del heno, Las tentaciones de San Antonio y San Martín y los mendigos fueron tejidos en Bruselas entre 1550 y 1570, con hilos de oro, plata y seda. La fecha de su llegada a Madrid continua a día de hoy siendo un enigma, aunque se sabe que la serie procedía de la colección del cardenal Antoine Perrenot Granvelle, desempeñando un importante papel en el ceremonial cortesano durante el reinado de Felipe IV.  Se sabe que en 1626 la serie de tapices fue utilizada para decorar los apartamentos reales del Alcázar madrileño, con motivo de la recepción ofrecida al cardenal Francesco Barberini, y años más tarde, en 1645, siendo Diego Velázquez aposentador y ayuda de cámara, formó parte del bagaje real que llevó el monarca a la jornada de Aragón con motivo de la jura de su sucesor, el príncipe Baltasar Carlos, fallecido prematuramente en 1646 a los 16 años. 

Y ahora os propongo tomárnoslo con calma y prestar algo más de atención a las obras expuestas en El Escorial. No os arrepentiréis.

Las tablas.

Cristo con la cruz a cuestas Sigue leyendo

Las temporales del Thyssen: Caillebotte, pintor y jardinero.

Caillebotte,

El Museo Thyssen-Bornemisza nos ofrece, hasta el 30 de octubre de 2016, la posibilidad de disfrutar de una retrospectiva titulada Caillebotte, Pintor y Jardinero, gracias a la cual, tras largos años relegado a un segundo plano, se sitúa al pintor francés en el lugar de honor que le corresponde entre  los impresionistas.

Caillebotte y los impresionistas.

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Gustave Caillebotte (París, 1848-Gennevilliers, 1894), fue considerado durante mucho tiempo como un simple pintor aficionado, coleccionista de arte y mecenas de sus coetáneos y amigos impresionistas, pese a la indudable calidad de sus obras. Han sido necesarios más de 100 años para que finalmente, Caillebotte sea considerado como uno de los miembros más destacados de esta corriente artística surgida en Francia en la segunda mitad del S.XIX. Amigo de Monet, Renoir y Sisley y enemistado en varias ocasiones con Degas, Caillebotte asimiló rápidamente  el recién nacido estilo impresionista de sus amigos con su característico sentido del color, aunque su forma de pintar y su trazo no siempre eran fieles a este movimiento.

 Sus primeros estudios sobre jardines y naturaleza los pinto en la casa familiar situada en Yerres, a las afueras de París, comenzando en 1872 a recibir clases en el estudio de León Bonnat, para pocos años más tarde, en 1876 ser invitado a participar en la segunda exposición impresionista celebrada en  parís. Su más que desahogada situación económica hizo que pronto se convirtiera en mecenas de Monet y Renoir como a otros artistas, financiando y organizando sus exposiciones, a la vez que adquiría algunas de sus obras. Caillebotte, decidió que tras su muerte, ocurrida cuando apenas contaba 45 su colección de pintura impresionista, con más de 400 obras  pasará al Estado Francés, sin duda una generosa donación que fue recibida con reticencias por las autoridades del país vecino, que finalmente pasaría a formar la espina dorsal del Museo D’Orsay.

LOS ACUCHILLADORES, BOCETO, 1875 Sigue leyendo

Las temporales del Thyssen: Caravaggio y los pintores del norte.

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Un apasionante recorrido a través del tenebrista y tortuoso realismo barroco de Caravaggio.

El Museo Thyssen-Bornemisza presenta hasta el 18 de septiembre de 2016 una extraordinaria exposición dedicada a este genio de la pintura barroca y su gran influencia sobre los artistas del Norte de Europa. Más de 50 obras, entre las cuales tendremos la inmensa fortuna de disfrutar de nada menos que doce obras del maestro lombardo. Una pintura para contemplar, que invita a tocar la, a veces descaradamente sensual piel de sus protagonistas.

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La muestra, comisariada por Gert Jan van der Sman, miembro del Istituto Universitario Olandese di Storia dell’Arte en Florencia y Profesor de la Universidad de Leiden, está dividida en seis secciones que abarcan toda la carrera de Caravaggio, desde su aun luminosa etapa romana hasta las pinturas tenebristas de sus últimos años, acompañadas por a una selección de obras de sus seguidores en Holanda, Flandes y Francia, procedentes de colecciones privadas, museos e instituciones como el Metropolitan Museum de Nueva York, la Galleria degli Uffizi de Florencia, el Museo del Ermitage de San Petersburgo, el Rijksmuseum de Ámsterdam o la iglesia de San Pietro in Montorio en Roma.

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Las temporales de Palacio. De Caravaggio a Bernini. Obras maestras del Seicento italiano en las Colecciones Reales.

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En las salas de exposiciones temporales del Palacio Real de Madrid, se puede admirar desde el 7 de junio  de 2016 la exposición “De Caravaggio a Bernini. Obras maestras del Seicento italiano en las Colecciones Reales”, comisariada por Gonzalo Redín Michausl y organizada por Patrimonio Nacional a modo de aperitivo ante la próxima inauguración, una vez más retrasada, esta vez hasta finales de 2018, del nuevo Museo de las Colecciones Reales, cuya futura sede hace ya tiempo que se encuentra finalizada.

Parece ser que en esta ocasión, la justificación para este nuevo retraso es la situación política en que se encuentra España, actualmente con un gobierno en “disfunciones” incapaz de tomar decisiones. Veremos que ocurre tras las nuevas elecciones del 26-J. Mucho me temo que la fecha no se adelantará, pero espero que al menos no se retrase de nuevo. De momento, aunque no sea más que un mínimo consuelo, disfrutemos de esta muestra que permanecerá abierta hasta el 16 de octubre.

S.S.M.M. los reyes D. Juan Carlos y Dª. Sofía en la inauguración.

Pero centrémonos en lo que nos interesa, que es esta magnífica exposición inaugurada por S.S.M.M. los Reyes eméritos D. Juan Carlos y Dª. Sofía, en la que se pueden ver pinturas y esculturas italianas del siglo XVII, todas ellas propiedad de Patrimonio Nacional, que han sido seleccionadas por su gran valor artístico e histórico, tras recuperar muchas de ellas todo su esplendor, gracias a una excelente labor de restauración.

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Prácticamente la mitad de las 72 obras presentes se pueden ver por vez primera, incluyendo obras de artistas tan importantes como Guido Reni, Francesco Albani o Charles Le Brun, Michelangelo Merisi “Il Caravaggio”, Gian Lorenzo Bernini, José de Ribera, Giovanni Francesco Barbieri “Il Guercino”, Lucca Giordano, Andrea Vaccaro, Federico Barocci, Ercole Procaccini, Ludovico Carracci, Carlo Maratti o José Ribera “El Españoleto. Mención especial merece la posibilidad de admirar “la Túnica de José” de Diego Velázquez, una obra realizada tras el primer viaje del pintor a Italia.

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Hoy os propongo un recorrido a través de las obras que más han llamado mi atención durante la visita. Se podría decir que, “no están todas las que son, pero si son todas las que están”. Y ahora, comencemos nuestro recorrido a través del Seicento italiano, y esta vez no nos olvidemos de la cámara de fotos, porque en esta ocasión se nos permite tomar fotografías, siempre y cuando no hagamos uso del flash.

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La exposición se presenta dividida en cinco secciones: De Bolonia a Roma con obras de Guercino, Lanfranco y Velázquez, entre otros. Lujo Real en la que se exponen piezas procedentes de los conventos de fundación real de la Corona española, con obras firmadas por Cantarini, Albani, Reni, Giambologna, Cartari o Petel. Salomé con la cabeza del Bautista, eje central de la muestra,  exhibida junto al lienzo Judith con la cabeza de Holofernes de Fede Galizia, la única mujer presente en la muestra. De Roma a Nápoles, de Nápoles a España, donde se muestran obras realizadas durante el dominio español. Y por último, El esplendor del barroco. Grandes palas de altar en la Colección Real, sección en la que podemos ver una selección de pinturas de gran formato con obras religiosas de Barocci, Reni o Romanelli.

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Lot y sus hijas – Giovanni Francesco Barbieri, “Guercino”, 1617 – Óleo sobre lienzo.

El cuadro fue pintado en 1617 por Guercino y sus ayudantes para el arzobispo-cardenal Alessandro Ludovisi en Bolonia, permaneciendo en manos de la familia Ludovisi hasta que en 1664, Nicolo Ludovisi dejó en herencia seis cuadros a Felipe IV, que fueron elegidos por el embajador Pedro Antonio de Aragón. Apareciendo años después el cuadro de Lot, junto a la Conversión de Saulo de Guido Reni, en la lista de cuadros propiedad de Carlos II que colgaban de las paredes de la cuadra de mediodía de El Escorial, realizada en 1681.

“Hizo dos cuadros, un Lot y una Susana, y un Hijo pródigo, figuras de tamaño natural. Ya acabados no quiso decir su precio por modestia; se determinó entonces llamar a Lodovico Carracci para que dijese cuánto podían valer y él los estimó en setenta escudos cada uno, lo cual pareció mucho a dichos Señores, que solo le dieron setenta y cinco por los tres, a razón de veinticinco cada uno, y él se conformó; tenía entonces veintiséis años, y le tomaron ellos desde entonces gran admiración por su valía”.

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Guercino refleja perfectamente en su pintura la peligrosa intimidad existente entre Lot, tan borracho que tiene que sujetarse con el brazo izquierdo en su asiento y sus dos hijas. Una de ellas, de pie tras el asiento, toma un ánfora para servir más vino a su padre, mientras la otra, sentada a los pies del anciano, sujeta la copa con la mano derecha mientras con la izquierda le acaricia la pierna al tiempo que se acerca a su regazo.

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Toda la escena se realiza como si de un solo instante se tratara, mostrando simultáneamente los diferentes momentos de tan escabrosa historia: Lot escapa junto a su familia de la destrucción de Sodoma, a causa de los vicios de sus habitantes. En la huida, Lot pierde a su mujer, convertida en estatua de sal por mirar atrás, y se refugia con sus dos hijas en una cueva, donde con la intención de perpetuar la estirpe, las jóvenes embriagan a su padre manteniendo relaciones carnales con él.

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La túnica de José – Diego de Silva y Velázquez, h. 1630-1634 – Óleo sobre lienzo. Sigue leyendo

Las temporales del Prado. El Bosco – La exposición del V centenario.

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El Museo del Prado conmemora el V centenario de la muerte de El Bosco, pintor de sueños y pesadillas, con una gran muestra de sus fascinantes y enigmáticas pinturas integrada por 58 obras procedentes de distintos museos, una exposición que permanecerá abierta hasta el 11 de septiembre de 2016.

Jheronimus van AKen El Bosco

Jheronimus van Aken, “El Bosco” por Cornelis Cort British Museum (Londres)

Un breve apunte biográfico

Jheronimus van Aken, conocido por todos como El Bosco, nació y vivió en ‘s-Hertogenbosch (Bois-le-Duc), una tranquila ciudad situada al norte del ducado de Brabante, en la actual Holanda, a la que desde joven vinculó su nombre artístico al firmar sus obras como Jheronimus Bosch.

Firma de El Bosco

Cuando El Bosco nació en 1460, ‘s-Hertogenbosch era una ciudad próspera, cuya plaza del mercado era el punto de encuentro de todas las clases sociales y el espacio de celebración de todo tipo de actos a los que El Bosco asistía no solo como ciudadano, sino también en calidad de hermano jurado de la cofradía de Nuestra Señora. Disfrutaba por tanto de una elevada posición social lo que le propició que recibiera numerosos encargos tanto de particulares como de diversas instituciones eclesiásticas y civiles. A los 12 años fue testigo del incendio de su ciudad, en el que resultaron destruidas más de 4.000 edificios. Por aquel entonces, estamos en el año 1463, estudiaba en el taller familiar dedicado a la pintura al fresco, y ya firmaba sus primeras obras como Bosch. Aunque no hay constancia fehaciente de ello, es probable que entre 1500 y 1504 El Bosco viajara a Italia, residiendo una temporada en Venecia, ciudad en la que, en colecciones privadas se conservan varias obras suyas. Por otro lado, a partir de estos años el estilo del Bosco evoluciona de forma evidente hacia un estilo renacentista, lo que avala la tesis de ese viaje.

Mercado de telas de s´Hertegenbosch

En 1481 contrajo matrimonio con Aleid van de Meervenne, hija del comerciante Goyarts van de Meervenne, un matrimonio que propicio su ascenso social. Su ingreso en 1486 en la “Illustre Lieve Vrouwe Broederschap” (Ilustre Hermandad de Nuestra Señora) de s´Hertogenbosch hizo que los encargos se sucedieran uno tras otro, haciéndose cargo de la realización, junto con su padre, de un gran retablo encargado por los Concejales de la hermandad finalizado en 1477, pintando entre 1488 y 1489 parte de un políptico esculpido, encargo igualmente de la cofradía.

Jheronimus van Aken El Bosco

Obsesionado con la salvación del alma e influenciado por el misticismo prerreformista de la época, Jheronimus van Aken “El Bosco”, consagro su vida a la imposible tarea de descifrar a través de sus obras los insondables mensajes de la Biblia. En sus obras hay mucho de onírico, visionario y esotérico, pero siempre dentro del credo cristiano, enriqueciendo con sus figuras y sus escenas, muchas veces aberrantes, la imaginería románica y gótica de los pórticos de las catedrales y los bestiarios medievales, donde se nos avisaba de lo que le puede suceder a quien peque y sea condenado al fuego eterno, a la vez que criticaba los vicios, pecados y desvaríos de la sociedad de la época, siempre haciendo uso de su desbordante y asombrosa imaginación. 

El Bosco

Su inmensa capacidad de invención ha hecho que, 500 años después, su obra siga siendo en  muchos casos imposible de descifrar. El Bosco se llevó consigo a la tumba todos sus secretos, tras su fallecimiento, acaecido con toda probabilidad en su ciudad natal en los primeros días de agosto de 1516 (el 9 de agosto se celebraron solemnes exequias por el pintor en la capilla de Nuestra Señora).

Felipe II por Sofonisba Anguissola

Felipe II por Sofonisba Anguissola. Museo del Prado (Madrid)

El Bosco y Felipe II

Mucho se ha escrito acerca de la obra de El Bosco con objeto de intentar descifrar sus misterios y enigmas, con interpretaciones teológicas de toda índole: teológicas, morales, esotéricas, sin que los estudiosos hayan logrado ponerse de acuerdo. Han pasado 500 años y la obra de El Bosco continúa siendo indescifrable incluso para los más expertos, a la vez que continúa fascinándonos.

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Felipe II fue uno de los mayores admiradores del pintor, haciéndose a lo largo de su vida con cuantas obras pudo, reuniendo en España un gran número de ellas, de las que sólo han llegado hasta nuestros días las que ordenó trasladar a El Escorial, continuando la serie de adquisiciones iniciada por sus antecesores Isabel la Católica y Felipe el Hermoso. Hasta tal punto llegaba la admiración del Rey Prudente, que tal y como nos en sus escritos el padre Sigüenza, bibliotecario del Escorial a finales del siglo XVI, durante su agonía, que duró 53 días, el monarca en cuyos reinos no se ponía nunca el sol, mando llevar a sus estancias una gran cantidad de crucifijos y reliquias plenamente convencido de su poder de sanación. Hasta aquí todo parece relativamente normal dentro del catolicismo exacerbado y místico de la época y la bien conocida religiosidad de Felipe II. Lo que ya no resulta tan fácil de entender es que igualmente ordenase disponer alrededor de su lecho las obras de El Bosco que poseía.

Detalle de la Mesa de los Pecados Capitales

Entre ellas estaban la Mesa de los siete pecados capitales, en la que se puede leer la siguiente frase escrita en latín: “Cave, cave, Dominus videt” (Cuidado, cuidado, el señor observa). Finalmente, Felipe II fallecería el de 1598 en el Monasterio de San Lorenzo de el Escorial, sin que nadie hubiera llegado a tener conocimiento de la razón última de tan sorprendente deseo.

Conferencia de prensa

Una polémica felizmente zanjada

Uno de los principales focos de interés de la exposición, es sin duda poder contemplar las tres obras de El Bosco propiedad del museo del Prado, cuya autoría había sido puesta en entredicho recientemente por los holandeses del Bosch Research and Conservation Project tras seis años de estudio. Estas obras son: La Mesa de los pecados Capitales, Las Tentaciones de San Antonio Abad y La Extracción de la piedra de la locura. En la rueda de prensa celebrada para presentar la exposición, Miguel Falomir, director de Conservación del Museo del Prado y Pilar silva, comisaria de la exposición y conservadora jefa de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte, zanjaron la polémica tras afirmar rotundamente que:

“Éstas son obras de El Bosco”

“Cuando atribuye o desatribuye obras de arte, son necesarios argumentos de índole científica, documental o de conocimiento de la historia del arte, y aquí no se dan estos argumentos”

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El desaparecido Convento de la Trinidad Calzada. Una víctima de la desamortización de Mendizábal.

Convento de la Trinidad - Maqueta de Madrid en 1830 (Museo de Historia de Madrid)

El Convento de los Trinitarios Calzados o de la Trinidad Calzada, que podemos ver en la maqueta de Madrid realizada por León Gil palacio entre 1828 y 1830 expuesta en el Museo de la Ciudad de Madrid, estaba junto a la actual plaza de Jacinto Benavente, ocupando una mañana de gran superficie delimitada por las calles de Atocha, Relatores, Barrio Nuevo (actualmente Concepción Jerónima y Conde de Romanones) y la Merced (en la actualidad Plaza de Tirso de Molina). El escritor y humanista Baltasar Porreño, afirma que el mismísimo Felipe II, con la ayuda de algún discípulo de Juan de Herrera, contribuyó al diseño de un convento que era, junto al de la Victoria y al de San Felipe, uno de los más importantes del  Madrid de los Austrias.

La Orden Trinitaria y el Convento de la Trinidad Calzada.

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La Orden Trinitaria fue fundada por  San Juan de Mata en Cerfroid (París) en el año 1194, aunque la regla no sería aprobada por el Papa Inocencio III hasta 1198. Su objetivo principal era la liberación y asistencia sanitaria de los cristianos cautivos en manos de los musulmanes, llegando los trinitarios en su altruismo, a intercambiar sus vidas por los de las de los cautivos cuando no era posible pagar el rescate exigido. Su primer convento en Madrid no se fundó hasta el siglo XVI, tras el traslado de la capital de España a esta ciudad en 1561.

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El gran complejo monástico, cuya construcción no dio comienzo hasta 1590 pese a haber sido fundado en 1562, estaba formado por cuatro edificios entre los que destacaba la iglesia, cuya construcción fue dirigida por el maestro de obras Gaspar Ordoñez, y que en el momento de su construcción fue una de las más amplias de Madrid, ciudad en la que se fundaron en menos de 100 años, entre los reinados de Felipe II y Felipe IV, nada menos que 48 conventos o monasterios. La iglesia presentaba planta de cruz latina con crucero y cúpula soportada por pechinas y pilastras de orden corintio. En la fachada principal que daba a la calle de Atocha, destacaba su portada enmarcada por columnas y rematada por un bajo relieve de Santísima la Trinidad.

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En la Planimetría de la Villa de Madrid realizada por Pedro de Teixeira en 1656 para Felipe IV se puede observar, marcado con el número VII,  como

“Convento de la Santísima Trinidad. Fundación de Sus Religiosos. Año 1562”

En el plano se pueden ver la iglesia, el gran claustro con un atrio con fuente central, los distintos patios y una zona ajardinada situada en la parte trasera. 

El Convento de la Trinidad en el plano de Antonio Marcelli y Frederic de Wit  (1622-1635)

Por su parte, Antonio Marcelli en el plano realizado en 1622 (editado por Frederic de Wit en Flandes en 1635) no fue tan detallista como Teixeira, pero sí reflejo el convento en el plano pudiéndose observar algunos cambios, ya que el portugués situó el campanario de la iglesia en la esquina de las calles de Atocha con Relatores, mientras que Marcelli y Wit lo dibujan centrado respecto a la calle de Atocha.

El rescate de Miguel de Cervantes de Argel.

La historia de este convento está estrechamente ligada a Miguel de Cervantes Saavedra, ya que sería de la Trinidad desde donde partirían rumbo a Argel el 1 de mayo de 1580, fray Antón de la bella y fray Juan Gil, junto con el escribano de rescate, quienes serían los encargados de rescatar  de su cautiverio al autor de “El Quijote”.

Tras la desamortización de Mendizábal fue sede de una sociedad lírica llamada Instituto Español. En 1847 se cerró la iglesia y fue convertido en el Museo Nacional de Pinturas, instalándose años más tarde en parte del edificio el Ministerio de Fomento, hasta que dado el mal estado del edificio, éste fue abandonado y finalmente demolido en 1897, abriéndose la calle del Doctor Cortezo y construyendo el Teatro Odeón, antecesor del Teatro Calderón, mientras que el Ministerio de Fomento fue trasladado al majestuoso Palacio de Fomento, inaugurado en 1897 en Atocha.         Sigue leyendo