El desaparecido Pabellón Real de los Jardines del Buen Retiro.

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Entre los edificios construidos en El Retiro a lo largo del S. XIX, destacaba, pese a su reducido tamaño, el tristemente desaparecido Pabellón Real, también conocido como Pabellón Árabe.

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Fue construido con motivo de la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales, que tuvo lugar en los mencionados jardines entre los meses de mayo y noviembre del año 1883 en el llamado Campo Grande, una zona del Retiro que se había conservado agreste y silvestre hasta el reinado de Isabel II. La Exposición tuvo además el honor de serla primera exposición de esta temática que se llevó a cabo en España.

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La inauguración oficial, prevista para el 1 de abril de 1883, hubo de aplazarse a causa de los temporales que retrasaron las obras, siendo inaugurada finalmente por D. Alfonso XII y Dª. Mª. Cristina de Habsburgo – Lorena el 27 de mayo, contando igualmente con la asistencia, entre otras personalidades del Rey Luis I de Portugal.

Sería el ingeniero de Minas, Enrique Nouvión quien se haría cargo del proyecto, que contó con la asistencia de ocho países, entre ellos Alemania, Francia, Noruega, Portugal, Suecia y, como es lógico, España el país anfitrión de la muestra.

Ocupaba una extensión de 9.000 m2 con dos accesos, organizado en torno al Pabellón Central, obra del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, desde el que partía una amplia avenida flanqueada por estatuas en forma de rana que llevaba a los visitantes hasta un pequeño estanque en cuyo lado sur, situado sobre una rocalla se elevaba el edificio que hoy nos ocupa, proyectado igualmente por Velázquez Bosco, autor entre otros importantes edificios madrileños como la Escuela de Ingenieros de Minas, el Palacio de Fomento, el Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos, El Ministerio de Educación o la Reconstrucción de la fachada posterior del Casón del Buen Retiro.

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El Pabellón Real no fue creado como un espacio destinado a exposiciones, sino como en elemento meramente decorativo y paisajístico que, aprovechando su privilegiada situación sobre una pequeña loma se convertía en un excelente mirador desde el que observar el resto de los pabellones que formaban parte de le exposición.

Su apariencia nazarí, claramente inspirada en la Alhambra, resultaba sorprendente, si bien con el tiempo este estilo se utilizaría, como una seña de identidad nacional en los diferentes pabellones de estilo neoárabe que España construyó en las exposiciones internacionales en las que participo posteriormente.

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En su libro titulado “Jardines del Clasicismo y el Romanticismo. El jardín paisajista”, al escribir acerca del conjunto formado por el Palacio de Cristal, el estaque y el Pabellón Real, el historiador alemán Adrián von Buttlar asegura que:

“Se trata de la mejor parcela de trazado paisajista de la segunda mitad del siglo XIX”.

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El pequeño pabellón estaba formado por un cuerpo cúbico que simulaba tener dos plantas, si bien su interior era completamente diáfano. En cada una de sus cuatro fachadas una doble galería de arcos de herradura, de medio punto los inferiores y apuntados los superiores, dotaba al singular edificio de gran luminosidad. En cuanto a la fachada situada sobre la rocalla que daba la estanque, se dispuso una terraza porticada con una balaustrada cubierta con un tejadillo a cuatro aguas. El cuerpo principal, se coronaba con una cúpula bulbosa de clara inspiración árabe recubierta de escamas pintadas en tonos dorados por los alumnos de la Escuela de Arquitectura de Madrid, dirigidos por Velázquez Bosco, que se remataba en aguja.

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Sin embargo, y tal como se puede apreciar en las fotos de la época, dicha cúpula no llegó a tiempo para la inauguración oficial, siendo instalada poco después, cuando hubo que cerrar temporalmente la exposición debido a que algunas instalaciones no se habían terminado a tiempo. Finalmente, tras terminar todos los trabajos pendientes, el 8 de septiembre el recinto ferial reabrió sus puertas. Por la parte trasera arrancaba una ría, que, después de un reducido recorrido, iba a desembocar a un pequeño estanque del que brotaba un surtidor de agua, que alimentaba de la cascada de la rocalla situada al pie del Pabellón Real.

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Su interior, como ya he comentado, era diáfano y su techo estaba ricamente decorado con copias de las pinturas que se encontraban en el palacio de los Reyes de León antes de su desaparición. 

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Tras la clausura de la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales, el Campo Grande fue remodelado para acoger la Exposición General de las Islas Filipinas, que tuvo lugar durante los meses de verano y otoño de 1887.

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La zona situada alrededor del Pabellón Real fue objeto de una notable transformación. Velázquez Bosco construyó el Palacio de Cristal, a la vez que el estanque se ampliaba considerablemente al objeto de facilitar la navegación de las embarcaciones indígenas traídas Filipinas. Se creó igualmente una nueva ría de mayor tamaño que llegaba hasta la pista de patinaje del estanque con isla central, que se encontraba en la zona desde 1876.

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El Pabellón Real volvió a ser utilizado durante la inauguración en 1908, de la Exposición General de Bellas Artes. Un acto que con la presencia de los D. Alfonso XIII y Dª Victoria Eugenia, así como de la Reina Madre, Dª, Mª, Cristina de Habsburgo – Lorena.

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A pesar de su indudable belleza y su importante valor arquitectónico, el Pabellón Real, como tantas veces ha ocurrido en Madrid fue víctima del abandono, sufriendo un lento, pero e inevitable deterioro. A principios del S.XX fue cegada la ría inaugurada para la exposición General de las Islas Filipinas, mientras que el Pabellón Real fue demolido a mediados del S.XX debido a su estado de ruina.  Tan solo parte de la rocalla ha logrado llegar hasta nuestros días.

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Había sucedido una vez más. Un importante y hermoso edificio desaparecía del patrimonio madrileño, por el desinterés, la incultura y la desidia de aquellos que nos gobiernan. Triste destino para una pequeña joya, obra del gran arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, quien años después, sería profesor de ese genio de la arquitectura del que ya he hablado largo y tendido en este vuestro blog: Antonio Palacios Ramilo.

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Asuntos de palacio. El Palacio de Linares y el fantasma de Raimundita.

El Palacio de Linares, actualmente sede de la Casa de América, que se alza orgulloso y elegante en el privilegiado entorno de la Plaza de Cibeles de Madrid, tiene entre los madrileños, fama de “palacio encantado”. ¿A qué sucesos debe este paIacio su fantasmagórica fama? ¿Qué ocurrió entre sus muros? ¿Qué hay de verdad y qué hay de Ieyenda? ¿De quiénes son los fantasmas que, según se cuenta, por las noches recorren de forma quejumbrosa y lastimera, sus corredores y salones?

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Pero para comenzar, echemos un vistazo hacia atrás en el tiempo y conozcamos algo de la historia del Palacio de Linares y sus primeros habitantes y propietarios, los desafortunados Marqueses de Linares y su hija Raimundita.

Mateo de Murga fue un financiero vasco que hizo una enorme fortuna en Cuba, un “indiano” de talante liberaI que llegada la adolescencia de su hijo José, uno de los protagonistas de la leyenda de los fantasmas del palacio de Linares, le aconsejó que se casara únicamente por amor, sin importar la condición social de la  elegida.

José, se enamoro perdidamente de Raimunda Osorio, hija de una estanquera. Pero cuando le pidió permiso a su padre para contraer matrimonio, éste, de modo sorprendente, intento disuadirle, enviándole a Londres para que olvidara ese amor. En 1857, a Ios pocos meses de su IIegada a Londres, falleció Mateo de Murga e inmediatamente, José regresa a Madrid, para una vez pasado eI luto en 1858 casarse con su amada   Raimunda.

EI 21 de octubre de 1872, el rey Amadeo I concedió a José de Murga, mediante real decreto, los títulos nobiliarios de marques de Linares y vizconde de Llanteno en agradecimiento al apoyo prestado a la Familia Real. Tras la renuncia al trono de España de Amadeo I, y proclamada la I República, tanto el marqués de Linares, como el marqués de Salamanca, aportaron una gran suma de dinero para la restauración de la monarquía en la persona de quien finalmente reinaría en España, a partir de 1874, como Alfonso  XII.

En este mismo periodo, concretamente en 1872, fue cuando José de Murga, ya primer marqués de Linares, adquirió el solar de más de 3.000 metros cuadrados, propiedad del Ayuntamiento de Madrid, donde se encontraba el Pósito de Madrid, un depósito destinado a almacenar grano, pudiendo de ese modo controlarlo en tiempos de escasez. Fue en este solar, donde decidió levantar el palacio que nos  ocupa.

EI arquitecto Carlos Coludí, proyecto un palacio de tres plantas de estilo versallesco, decorado con el mayor esplendor imaginable. Su interior disponía de 27 chimeneas diferentes, un riquísimo comedor de gala, lámparas de araña del mejor cristal, suelos de mosaico, sedas pintadas, frescos de temas mitológicos obras de los mejores artistas de la época, así como una magnífica escalera de mármol de Carrara diseñada por Jerónimo Suñol, una suntuosa capilla e incluso un salón de té, cuyo mobiliario se trajo desde china.

 Y es justo en este punto de nuestra historia, donde comienzan el misterio y la leyenda de los fantasmas del Palacio de Linares.

En 1884, los marqueses decidieron trasladarse al que sería su nuevo hogar, a pesar de que las obras en el palacio aun no habían concluido. Y fue entonces, ordenando unos documentos de su padre, cuando el marqués encontró la terrible carta que su padre no llegó  a enviarle a Londres, en la que le confesaba el motivo de su rotunda negativa a autorizar aquella boda: José y Raimunda eran medio hermanos. Mateo de Murga en su juventud   había tenido un “affaire” con una estanquera y Raimunda era el fruto de la misma.

El descubrimiento de estos hechos, sumió a ambos en la más completa desesperación. Raimunda estaba segura de que todo era cierto, pues recordaba como su madre, en su lecho de muerte, maldijo a aquél que la amó y luego la abandono junto al fruto de su  pecado. A él y a sus descendientes. El matrimonio, en su desesperación recurrió al mismísimo Papa Pío IX que les concedió una bula papal denominada “Casti Convívere” por la cual, los marqueses podían seguir casados, pero observando la más absoluta castidad. A partir de ese momento los marqueses continuaron viviendo bajo el mismo techo, pero en diferentes plantas del palacio.

Y entonces, ocurrió lo peor que podía pasar, a los pocos meses Raimunda dio a luz una niña, Raimundita, fruto del gran amor que los marqueses se profesaban, pero también también fruto del pecado al no haber respetado la bula papal que les obligaba a vivir en castidad. Y cuenta la leyenda, que entre los dos la asesinaron y la emparedaron, para evitar de ese modo el escándalo y que, aun hoy en día, el espíritu de Raimundita sigue paseándose por los grandes salones del viejo palacio, cantando canciones infantiles y llamando con voz lastimera a sus padres tras cerrar el palacio con cien llaves, que lo mantendrían cerrado y deshabitado durante largos   años.

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Existe otra versión, sin duda mucho menos siniestra y macabra, que nos cuenta que el marqués tuvo una hija con una de las criadas, a la que llamaron también Raimunda e hicieron pasar por hija del abogado del marqués, Federico Avecilla y Delgado y de Raimunda Aguado y Cabañas. Protegida y apadrinada por los marqueses, tras la muerte de éstos heredaría una gran parte de su fortuna, casándose años después con Felipe Padierna de Villapadierna y Erice, segundo conde de Villapadierna. La marquesa murió de pena en 1901 y José de Murga, el marqués, tan solo cinco meses después a consecuencia, según se dijo, de un “disparo fortuito”. Cumpliendo con las últimas voluntades de los marqueses, en 1918, sus cuerpos fueron trasladados desde Madrid hasta Linares (Jaén), donde reposan desde entonces en la cripta familiar, situada en la capilla del Hospital de San José y San Raimundo en Linares, más conocido como Hospital de los Marqueses de Linares, hoy convertido en museo.

Con cuáI de Ias dos versiones anteriores os quedáis? La eIección es vuestra.

Mucho se ha escrito acerca de esta leyenda que contribuyo a que el palacio permaneciera deshabitado durante largos años. Fueron muchos los intentos de vender el, ya para todos los madrileños, siniestro edificio, pero nadie parecía tener el menor interés por vivir en un palacio con fantasma incluido. Finalmente, en 1989, previo al inicio de los trabajos de remodelación, que debían realizarse para convertir el suntuoso edificio en la sede de la Casa de América a partir de 1992, el Palacio de Linares fue sometido a un exhaustivo rastreo, análisis y fotografiado hasta el último de sus rincones, por un prestigioso equipo de parapsicólogos del Grupo Hepta al mando del cual estaba el jesuita José María Pilón, en busca de cualquier indicio de la existencia de fenómenos paranormales entre sus muros, llegando a la conclusión de que en el Palacio sucedía algo fuera de lo común. Con frecuencia, la temperatura de las habitaciones descendía hasta diez grados bajo cero, incluso en verano. En Ia capilla, de repente se escuchaba sonar el órgano, y el equipo de investigadores detectó una poderosa fuente de energía entre los muros del palacio. Las fotografías realizadas, reflejaban unos extraños campos energéticos que hacían suponer la existencia de fantasmas o espíritus. Se habló de la posibilidad de que bajo el suelo de mármol se hallaran restos humanos. Incluso, un miembro del equipo de expertos, declaró que había visto a una niña pequeña con el cabello rizado y vestida de blanco corriendo y llorando de forma lastimera por el salón de baile. El informe definitivo entregado al Ayuntamiento de Madrid el 4 de junio de 1989 por el equipo del Padre Pilón, confirmó que el Palacio de Linares estaba invadido por campos energéticos cuyo origen se debía al trágico desenlace de un asunto familiar. Asimismo se afirmaba que eI Palacio de Linares reunía las condiciones adecuadas, dada su ubicación en una zona de corrientes subterráneas, para que en él se manifestaran fantasmas y  espíritus.

Aun hoy en día, ya convertido el palacio en la Casa de América, se afirma que los vigilantes de seguridad duran mas bien poco, incluso hay quien asegura que algunas noches se puede ver a los fantasmas de los marqueses, vagando desconsolados por sus habitaciones del palacio, cumpliendo así con su eterna condena de separación.

Y ahora, si esta trágica leyenda de José y Raimunda, marqueses de Linares, su hija Raimundita y sus respectivos fantasmas, no os ha quitado el hambre, nada mejor que reponer fuerzas en alguno de los numerosos restaurantes de los cercanos barrios de Chueca, Salamanca o las Letras. Lo primero es lo primero, y como muy sabiamente dice el refranero castellano: “El muerto al hoyo y el vivo… al bollo”.

El Teatro de la Comedia, 13 años de larga espera.

Tras 13 años de espera, y una rehabilitación integral, el Teatro de la Comedia, uno de los teatros mas emblemáticos y representativos de la capital de España ha reabierto por fin sus puertas, para continuar siendo la sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Con 140 años de historia, “La Comedia” esta lista para continuar ofreciendo a la ciudad de Madrid el mejor teatro clásico.

REHABILITACIÓN TEATRO DE LA COMEDIA

Un poco de historia

El Teatro de la Comedia, situado en el número 14 de la calle del Principe, en pleno barrio de las letras, es obra del arquitecto Agustín Ortiz de Villajos, es un claro ejemplo de la llamada “arquitectura del hierro madrileña”. Fue inaugurado por D. Alfonso XII y su hermana, la popular “Chata”, el 18 de septiembre de 1875, con la representación de la comedia “El espejo de cuerpo entero” por la compañía del actor Emilio Mario. El teatro contaba con tres pisos e incorporaba un telón metálico cortafuegos e iluminación de gas que en 1887 sería sustituida por la electricidad.

Palcos del Teatro de la Comedia

La decoración del interior era de estilo neoarabe con los antepechos de los palcos, separados por columnas de estilo nazarí, realizados en hierro colado. La balaustrada estaba decorada con motivos de la baraja española e instrumentos musicales y la entrada se encontraba flanqueada por dos esculturas realizadas en bronce, representando a un malabarista y a un encantador de serpientes. La fachada fue reformada por  el arquitecto Francisco Andrés Octavio en 1897.

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En la madrugada de del 7 de abril de 1915, el teatro se declaró un incendio que destruiría gran parte de las instalaciones que serían reconstruidas por los arquitectos Luis Bellido y José López Sallaberry, que utilizaron el hormigón como parte de la estructura. El teatro de la Comedia abrió sus puertas ese mismo año manteniendo se aspecto original sin apenas cambios.

Pero el Teatro de la Comedia no ha sido solo escenario de los estrenos de obras de Echegaray, Benavente, Perez Galdós, Moratín, Arniches, Muñoz Seca, Valle-inclán, Jardiel Poncela, Mihura, Gala o Marsillach entre otros, siendo en su momento testigo mudo en 1919 del segundo congreso de la CNT, así como de la fundación el 28 de octubre 1933 de la Falange Española por José Antonio Primo de Rivera. Sobre su escenario han actuado entre otros, Maria Guerrero, Rafael Rivelles, Alberto Closas, Adolfo Marsillach, Conchita Montes, Maria Asquerino, Concha Velasco, Manuel Dicenta, Jose Mª Rodero o José Sacristán por citar solo algunas de las grandes figuras de nuestro teatro.

Logo de la CNTC

La Compañía Nacional de Teatro Clásico

Desde 1899, año en el que Tirso Garcia-Escudero se convirtió en empresario del teatro, este perteneció a la familia hasta que, en 1988 el Estado lo adquirió para convertirlo en la sede permanente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, siendo uno de los cuatro teatros nacionales pertenecientes al instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

La dama boba - Lope de Vega

El 30 de Marzo de 2002, tras un montaje de “La dama boba” de Lope de Vega el Teatro de la Comedia cerró sus puertas para someterse a una profunda rehabilitación llevada a cabo por los arquitectos Araujo y Nadal, en la que se ha consolidado la estructura, se han restaurado los elementos decorativos y se ha dotado al teatro de nuevo equipamiento que incluye, la elevación del escenario que permite la ampliación del peine (la parte más alta del teatro donde se cuelgan escenografías o luces) y el contrapeine, la ampliación del proscenio y un aljibe para el sistema de extinción de posibles incendios. En total, la reforma del Teatro de la Comedia ha conseguido una altura del contrafoso (que aun albergaba los restos del incendio de 1915) al peine de 30 metros y ganar 750 metros cuadrados de superficie. La nueva sala polivalente Tirso de Molina, ubicada en la 5ª planta, cuenta con 300 metros cuadrados y  100 localidades, que se suman a las 670 butacas de la platea de la sala principal. Una sala que será utilizada para la representación de montajes de pequeño formato, ensayos, encuentros con las compañías y diversas actividades pedagógicas.

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Y ahora, en 2015, el Teatro de la Comedia, con su fachada pintada de un blanco excesivo y deslumbrante, reabre por fin sus puertas tras una larga espera y una inversión de 20,3 millones de euros (6 millones menos de lo inicialmente presupuestado) con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que bajo la dirección de Helena Pimenta, subirá a este histórico escenario madrileño, obras como El Alcalde de Zalamea, Hamlet, Celestina, La Villana de Getafe, Lorenzaccio o Cervantina.

¡¡¡Larga vida al Teatro de la Comedia!!!

…y los jueves, cocido madrileño completo, con tres vuelcos.

Decidme cualquier otro plato de la gastronomía popular española, al que se le hayan dedicado mas canciones que al cocido madrileño… y os invito. ¿A que no se os ocurre ninguno? Al cocido madrileño le han rendido merecido homenaje varias canciones a lo largo del último siglo, y estas son algunas  de ellas.

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La primera, parece ser que fue el cuplé “Cocido madrileño”, que popularizó allá por 1915 Blanquita Suárez, una famosísima actriz y tonadillera de la época, tras ella, llegó el mucho más conocido y castizo pasodoble titulado “Cocidito madrileño”, con música de Manuel López Quintero y letra de Rafael de León y Antonio Quintero Ramírez, popularizado en los años 40 del siglo pasado por Pepe Blanco y posteriormente, en los 70, por Manolo Escobar. De Pepe Blanco es también otra canción sobre el cocido madrileño titulada “Madrid tiene 6 letras”, un título que hace referencia a las 6 letras del cocido. También de los años 40 es el tema titulado “Menudo menú”, que popularizó el grupo donostiarra Los Xey, utilizando tanto la letra como la música “El Menú”, un tema nacido en el Café Iruña de Bilbao en 1927. Y en los años 50, el gran Antonio Molina nos cantó con su peculiar voz la copla “Cocinero, cocinero”, en la que se mencionaba tan castiza receta.

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No me hable usté
de los banquetes que hubo en Roma.
Ni del menú
del hotel Plaza en Nueva York.
Ni del faisán
ni los foagrases de paloma,
ni me hable usté
de la langosta Thermidor.
Porque es que a mí,
sin discusión, me quita el sueño
y es mi alimento y mi placer
la gracia y sal
que al cocidito madrileño
le echa el amor de una mujer.

Cocidito madrileño,
repicando en la buhardilla,
que me huele a yerbabuena
y a verbena en las Vistillas.
Cocidito madrileño
del ayer y del mañana,
pesadumbre y alegría
de la madre y de la hermana.
A mirarte con ternura
yo aprendí desde pequeño,
porque tú eres gloria pura,
porque tú eres gloria pura,
cocidito madrileño.

(Cocidito Madrileño – Quintero / León / Quiroga)

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Dos “chatas” muy madrileñas.

Isabel de Borbón y Borbón, la infanta que nunca quiso ser reina, mas conocida como “La Chata”, ha sido la más carismática y querida de las infantas de la historia de nuestro país, un gran pedazo del corazón de España y el corazón entero de Madrid.

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La primera de nuestras protagonistas de hoy, nació en Madrid el 20 de diciembre de 1851, siendo bautizada como María Isabel Francisca de Asís Cristina Francisca de Paula Dominga de Borbón y Borbón, siendo la hija primogénita de la reina Isabel II y D. Francisco de Asís de Borbón, aunque su verdadero padre bien pudo haber sido José Ruiz de Arana y Saavedra, duque de Baena, amante de la reina entre los años 1850 y 1856, lo que propició que a la infanta fuera conocida durante sus primeros años como “La Araneja”.

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Princesa de Asturias desde su nacimiento hasta que nació su hermano, el príncipe Alfonso el 28 de noviembre de 1857, dado que su madre aprobó un Real Decreto, por el que el sucesor a la corona de España recibiría este título, ya fuera hombre o mujer. Nieta, hija, hermana y tía de reyes, princesa de Asturias y heredera al trono, sin embargo, “la Chata” nunca ambicionó la corona para ella. Obligada por intereses de Estado, se casó en 1868 con su primo Cayetano de Borbón-Dos Sicilias, que ante la epilepsia que padecía, se suicidaría poco después, tan solo tres años después de la boda. Tras el derrocamiento de Isabel II en 1868, se instalo con su madre en el Palacio de Castilla, en París, dedicándose principalmente a viajar por Europa.

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En enero de 1875,  Alfonso XII entró en Madrid como nuevo rey de España. Tenía 17 años. Inmediatamente, la infanta Isabel regresó a Madrid, de nuevo como princesa de Asturias, ya que Alfonso XII aun no había tenido descendencia, siendo desde ese momento un gran apoyo para el joven monarca, al que acompañaba en multitud de actos oficiales. Dedicada a lo largo de su vida a numerosas actividades benéficas, la infanta fue la primera presidenta de la Junta de Señoras de beneficencia, fundada en 1875, una institución que debía coordinar todas las actividades de carácter benéfico del reino. Alfonso XII falleció en el Palacio del Pardo el 25 de noviembre de 1885, victima de la tuberculosis, cuando tenía tan solo 27 años. Su esposa, Dª Mª Cristina de Habsburgo-Lorena estaba embarazada por lo que no se proclamó a su hija mayor la infanta Mª de las Mercedes princesa de Asturias, a la espera de ver si nacía un hijo varón.

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Finalmente, el 17 de mayo de 1886 nació Alfonso XIII, que sería rey desde su nacimiento. “La Chata” a partir de este momento fue un gran apoyo moral para la Regencia de María Cristina, participando de forma muy activa en la educación de su sobrino el rey. Durante estos años “la Chata” siempre supo y quiso mantenerse en un discreto segundo plano, aunque siempre dispuesta ejercer sus obligaciones como infanta de España.

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Seguía practicando deportes, en especial la equitación, asistiendo a las corridas de toros, y mezclándose con el pueblo en las procesiones y las fiestas populares a las que era muy aficionada, lo que hizo de ella el personaje más popular de la familia real, aportando el punto perfecto de equilibrio, con su carácter cálido y cercano, frente a la imagen fría y distante de la Reina Regente, Dª María Cristina de Habsburgo-Lorena, a la que los madrileños apodaron “Doña Virtudes” debido a su gran dignidad, discreción y respeto escrupuloso por su papel constitucional.

“La Chata” pasó los últimos años de su vida dedicada en cuerpo y alma a servir a España y la Corona, viajando por España, Europa y América en representación de su sobrino, realizando en 1910 un viaje oficial a Argentina, con motivo del primer centenario de Guerra de la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata contra España, un viaje que aun esta vivo en la memoria de ese país.

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Tras la mayoría de edad de Alfonso XIII, “La Chata” decidió que había llegado el momento de poner una distancia con la vida de Palacio, trasladándose a un edificio que había adquirido en 1900 en el cercano barrio de Argüelles, donde vivió hasta su salida de España camino del exilio en Paris, tras la renuncia al trono de Alfonso XIII y la proclamación de la II Republica el 14 de abril de 1931 tras las elecciones municipales que habían tenido lugar el 12 de abril. Una decisión que tomó, pese a que fue el único miembro de la familia Real al que la II República estaba dispuesta a permitir que permaneciera en España, sin duda debido tanto a su avanzada edad como a su delicado estado de salud.

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La infanta Dª María Isabel Francisca de Asís Cristina Francisca de Paula Dominga de Borbón y Borbón, mas conocida como “La Chata”, falleció en París a los 79 años, tan solo  cinco días después de abandonar su querido Madrid. Sus restos mortales no regresarían a España hasta 1991, cuando el 24 de mayo fueron depositados en la Real Colegiata de la Santísima Trinidad del Palacio Real de La Granja junto a los de Felipe V y su esposa Isabel de Farnesio. 

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Para conocer a nuestra segunda “Chata”, será necesario que nos desplacemos hasta el populoso barrio de Carabanchel Bajo, donde estuvo nuestra segunda protagonista de la entrada de hoy hasta 1975, año en el que cerro sus puertas durante mas de 14 años, para ser finalmente demolida en 1995. Os hablo, como sin duda ya habréis adivinado, de la Plaza de Toros de Vista Alegre.

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Carabanchel Bajo tuvo su primera plaza de toros, si es que se le podía llamar así, en la calle de la Magdalena, situada a las afueras del barrio. Una plaza que ya aparece citada en el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, publicado por el político Pascual Madoz en 1846. También se hace alusión a ella en la zarzuela La verbena de la Paloma, de Tomás Bretón y Ricardo de la Vega, estrenada en el Teatro de Apolo de Madrid el 17 de febrero de 1894.

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Este primer recinto se construyó a base de palos, talanqueras, maromas y clavazón, comenzando a utilizarse para celebrar festejos taurinos hacia 1890. Conocida como la plaza de palos de Carabanchel Bajo presentaba planta cuadrilonga, sin instalaciones de obra, contando únicamente con corrales y chiqueros. Los festejos, que tenían lugar todos los domingos, congregaban a cerca cuatro mil madrileños que, unos a pie y otros en tranvías tirados por mulas acudían atraídos por unos carteles de calidad, pese a la evidente modestia de las instalaciones. Desmontada en 1906, para ser sustituida en unos terrenos cercanos, a escasa distancia de la finca de recreo propiedad del marqués de Salamanca, conocida como de Vista Alegre, lo que daría el nombre a la nueva plaza de toros inaugurada en 1908. Su promotor y propietario sería D. Francisco Romero, que había sido presidente de la Diputación Provincial de Madrid.

 

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La construcción del nuevo coso comenzó el 6 de agosto de 1906, siendo inaugurada el 15 de julio de 1908, coincidiendo con los actos conmemorativos del centenario de la Guerra de la Independencia, con la actuación a beneficio de la Asociación de la Prensa de Madrid de los diestros Ricardo Torres Reina “Bombita Chico”, Rafael González “Machaquito” y el mexicano Rodolfo Gaona, que lidiaron toros de la ganadería del Marqués de los Castellones y uno de Olea. El aforo inicial fue de 8000 plazas que aumentaron a 9000 con las obras de ampliación realizadas en 1926.

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Durante la Guerra Civil, el coso de Vista Alegre resulto destruido casi por completo, permaneciendo así  hasta que, en 1944, la Dirección General de Regiones Devastadas la reconstruyó, una reconstrucción realizada a medias, ya que la nueva plaza perdió las torres y la grada cubierta, lo que le  valió el sobrenombre de la “Chata”. Inaugurada el 18 de julio de 1947, tan solo seis meses después pasó a ser propiedad del diestro Luis Miguel Dominguín.

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En la actualidad, sobre los terrenos que durante casi 30 años ocupo “La Chata” se encuentra el Palacio Vistalegre, un espacio multiusos, concebido inicialmente como plaza de toros.

Hasta aquí esta breve aproximación a las dos “chatas” mas famosas de Madrid, una infanta de España y una plaza de toros. Una  entrada que espero os haya permitido descubrir un poco más acerca de nuestra ciudad y sus protagonistas mas queridos.