El desaparecido Pabellón Árabe de los Jardines del Buen Retiro.

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Entre los edificios construidos en El Retiro a lo largo del S. XIX, destacaba, pese a su reducido tamaño, el tristemente desaparecido Pabellón Real, también conocido como Pabellón Árabe.

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Fue construido con motivo de la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales, que tuvo lugar en los mencionados jardines entre los meses de mayo y noviembre del año 1883 en el llamado Campo Grande, una zona del Retiro que se había conservado agreste y silvestre hasta el reinado de Isabel II. La Exposición tuvo además el honor de serla primera exposición de esta temática que se llevó a cabo en España.

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La inauguración oficial, prevista para el 1 de abril de 1883, hubo de aplazarse a causa de los temporales que retrasaron las obras, siendo inaugurada finalmente por D. Alfonso XII y Dª. Mª. Cristina de Habsburgo – Lorena el 27 de mayo, contando igualmente con la asistencia, entre otras personalidades del Rey Luis I de Portugal.

Sería el ingeniero de Minas, Enrique Nouvión quien se haría cargo del proyecto, que contó con la asistencia de ocho países, entre ellos Alemania, Francia, Noruega, Portugal, Suecia y, como es lógico, España el país anfitrión de la muestra.

Ocupaba una extensión de 9.000 m2 con dos accesos, organizado en torno al Pabellón Central, obra del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, desde el que partía una amplia avenida flanqueada por estatuas en forma de rana que llevaba a los visitantes hasta un pequeño estanque en cuyo lado sur, situado sobre una rocalla se elevaba el edificio que hoy nos ocupa. Proyectado inicialmente por Enrique de Nouvion,  la obra sería finalmente dirigida por Ricardo Velázquez Bosco, autor de otros importantes edificios madrileños, como la Escuela de Ingenieros de Minas, el Palacio de Fomento, el Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos, El Ministerio de Educación o la Reconstrucción de la fachada posterior del Casón del Buen Retiro.

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El Pabellón Árabe no fue creado como un espacio destinado a exposiciones, sino como en elemento meramente decorativo y paisajístico que, aprovechando su privilegiada situación sobre una pequeña loma se convertía en un excelente mirador desde el que observar el resto de los pabellones que formaban parte de le exposición.

Su apariencia nazarí, claramente inspirada en la Alhambra, resultaba sorprendente, si bien con el tiempo este estilo se utilizaría, como una seña de identidad nacional en los diferentes pabellones de estilo neoárabe que España construyó en las exposiciones internacionales en las que participo posteriormente.

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En su libro titulado “Jardines del Clasicismo y el Romanticismo. El jardín paisajista”, al escribir acerca del conjunto formado por el Palacio de Cristal, el estaque y el Pabellón Real, el historiador alemán Adrián von Buttlar asegura que:

“Se trata de la mejor parcela de trazado paisajista de la segunda mitad del siglo XIX”.

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El pequeño pabellón estaba formado por un cuerpo cúbico que simulaba tener dos plantas, si bien su interior era completamente diáfano. En cada una de sus cuatro fachadas una doble galería de arcos de herradura, de medio punto los inferiores y apuntados los superiores, dotaba al singular edificio de gran luminosidad. En cuanto a la fachada situada sobre la rocalla que daba la estanque, se dispuso una terraza porticada con una balaustrada cubierta con un tejadillo a cuatro aguas. El cuerpo principal, se coronaba con una cúpula bulbosa de clara inspiración árabe recubierta de escamas pintadas en tonos dorados por los alumnos de la Escuela de Arquitectura de Madrid, dirigidos por Velázquez Bosco, que se remataba en aguja.

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Sin embargo, y tal como se puede apreciar en las fotos de la época, dicha cúpula no llegó a tiempo para la inauguración oficial, siendo instalada poco después, cuando hubo que cerrar temporalmente la exposición debido a que algunas instalaciones no se habían terminado a tiempo. Finalmente, tras terminar todos los trabajos pendientes, el 8 de septiembre el recinto ferial reabrió sus puertas. Por la parte trasera arrancaba una ría, que, después de un reducido recorrido, iba a desembocar a un pequeño estanque del que brotaba un surtidor de agua, que alimentaba de la cascada de la rocalla situada al pie del pequeño pabellón.

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Su interior, como ya he comentado, era diáfano y su techo estaba ricamente decorado con copias de las pinturas que se encontraban en el palacio de los Reyes de León antes de su desaparición. 

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Tras la clausura de la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales, el Campo Grande fue remodelado para acoger la Exposición General de las Islas Filipinas, que tuvo lugar durante los meses de verano y otoño de 1887.

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La zona situada alrededor del Pabellón Real fue objeto de una notable transformación. Velázquez Bosco construyó el Palacio de Cristal, a la vez que el estanque se ampliaba considerablemente al objeto de facilitar la navegación de las embarcaciones indígenas traídas Filipinas. Se creó igualmente una nueva ría de mayor tamaño que llegaba hasta la pista de patinaje del estanque con isla central, que se encontraba en la zona desde 1876.

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El Pabellón Real volvió a ser utilizado durante la inauguración en 1908, de la Exposición General de Bellas Artes. Un acto que con la presencia de los D. Alfonso XIII y Dª Victoria Eugenia, así como de la Reina Madre, Dª, Mª, Cristina de Habsburgo – Lorena.

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A pesar de su indudable belleza y su importante valor arquitectónico, el Pabellón Real, como tantas veces ha ocurrido en Madrid fue víctima del abandono, sufriendo un lento, pero e inevitable deterioro. A principios del S.XX fue cegada la ría inaugurada para la exposición General de las Islas Filipinas, mientras que el Pabellón Real fue demolido a mediados del S.XX debido a su estado de ruina.  Tan solo parte de la rocalla ha logrado llegar hasta nuestros días.

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Había sucedido una vez más. Un importante y hermoso edificio desaparecía del patrimonio madrileño, por el desinterés, la incultura y la desidia de aquellos que nos gobiernan. Triste destino para una pequeña joya, obra del gran arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, quien años después, sería profesor de ese genio de la arquitectura del que ya he hablado largo y tendido en este vuestro blog: Antonio Palacios Ramilo.

La Gran Vía y sus edificios. Tramo III.

En esta tercera y última parte de nuestro recorrido a lo largo de la Gran Vía, recorreremos el Tramo III o Avenida C desde su inicio en la plaza del Callao, hasta finalizar en la plaza de España.

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La construcción del tercer y último tramo de la Gran Vía no se inició hasta 1925. En un principio estaba previsto que la anchura de esta avenida fuera de 25 metros al igual que el tramo I o Avenida B, pero finalmente se decidió ampliar su anchura hasta los 35 metros, igualándolo con el tramo II o Avenida A.

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Los edificios de este tramo de la Gran Vía son menos monumentales y llamativos que sus predecesores, lo cual no quiere decir que tengan menos calidad. Aunque algunos de ellos fueron edificados en una época de escasez de materiales como fue la posguerra. Se abandona el barroco por estilos más racionalistas y funcionales, con un gran número de comercios, cines, salas de fiestas y bares. La muy discutida demolición del mercado de los Mostenses o de la Iglesia del Sagrado Corazón y San Francisco de Borja retrasó la construcción de parte de los edificios.

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Si los dos primeros tramos seguían el trazado de las calles San Miguel y Jacometrezzo, en esta tercera parte no había una calle preexistente sobre la que construir, por lo que se hizo enteramente nueva atravesando callejones y callejuelas. La avenida A se llamó desde 1921 avenida de Eduardo Dato. Durante la Guerra Civil fue la avenida de Méjico, aunque popularmente fue llamada avenida de los obuses o del 15, por el calibre de los proyectiles que las tropas franquistas lanzaban sobre la avenida. Del año 1939 hasta 1980 Avenida de José Antonio y desde 1980 Gran Vía.

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Desaparecieron para facilitar la construcción de este último tramo en este el mercado de los Mostenses y la Iglesia del Sagrado Corazón y San Francisco de Borja, así como las calles de San Cipriano, Eguiluz, Santa Margarita, Travesía del Conservatorio, Rosal, Parada, Federico Balart, Travesía de Altamira, Peralta, el Callejón del Perro y la Travesía de la Moriana y fueron reformadas las calles de Ceres, Leganitos, San Bernardo, Reyes, Plaza de los Mostenses, Isabel la Católica, Flor Alta, Silva, Tudescos y las plazas de Leganitos y San Marcial.

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Y ahora, pasemos a repasar los edificios más representativos de este último tramo de la Gran Vía madrileña. Sigue leyendo

La Gran Vía y sus edificios. Tramo II

En esta segunda parte de las tres que dedicaré a la Gran Vía, recorreremos el Tramo II o Avenida A desde su inicio en la Red de San Luis finalizando en la plaza del Callao.

Tramo II o Avenida A

Las obras del segundo tramo de la Gran Vía dieron comienzo en 1917. En principio estaba previsto que éste fuera un bulevar, pero en 1921 se abandonó esta idea, transformando el proyecto inicial en una vía totalmente llana y recta con una longitud de 409m y 35 metros de anchura, que uniría la Red de San Luis con la Plaza del Callao. En contraposición con el tramo, en el que predominaban los edificios de estilo neo barroco y regionalista con algunas aproximaciones al modernismo, en este nuevo tramo, junto a edificios más clásicos, similares a los del primer tramo destacan algunos edificios realmente excepcionales, como los proyectados por Antonio Palacios. En este tramo proliferaran las salas de cine y algún teatro, lo que convertirá a la Gran Vía en la zona de ocio y diversión de la capital.

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Denominado en principio Avenida de Pi i Margal, durante la Guerra Civil fue conocido entre los madrileños como avenida de los obuses o del quince y medio, ya que este era el calibre de los proyectiles que se lanzaban desde el frente contra el edificio de la Telefónica. En 1939, tras el final de la contienda, pasó a ser la  avenida de José Antonio y finalmente desde 1980 fue la Gran Vía, el nombre con el que siempre había sido popularmente conocida. Su trazado seguía el de la calle de Jacometrezo, que desapareció hasta la plaza de Callao, que sería ampliada aprovechando las obras de la nueva avenida. Pero esta calle no sería la única afectada por las obras, desapareciendo las calles de los Leones y del Jacinto y la travesía del desengaño, viéndose afectadas en su trazado las calles de Tres Cruces, Desengaño, Abada, Mesonero Romanos, Chinchilla, Salud, Horno de la Mata, Hita, Valverde, Carmen e Hilario Peñasco. Por otra parte las librerías de viejo que se encontraban en la zona afectada por las obras se trasladaron a la conocida Cuesta de Moyano, donde aún permanecen.

En 1918 se aumentó la altura máxima de los edificios hasta los 35 m, las obras de infraestructura, urbanización y pavimentación en septiembre de 1917 y finalizando en 1924. La recepción definitiva de las obras tuvo lugar el 20 de agosto de 1927. El 4 de agosto de 1922, la concesión de derechos sobre la Gran Vía pasó al empresario bilbaíno Horacio Echeverrieta Maruri, que adquirió todos los solares edificables, desde Callao hasta la Plaza de España, que contó con el asesoramiento del arquitecto Secundino Zuazo. Finalmente cabe mencionar que José López Sallaberry fallecería el 23 de junio de 1927, recibiendo un sentido homenaje del pueblo de Madrid, al recorrer su carroza fúnebre la Gran Vía.

José López Sallaberry - La Ilustración Financiera

Los edificios de este segundo tramo buscaban la internacionalización a la vez que la monumentalidad, con obras de magníficos arquitectos como Teodoro Anasagasti en los Grandes Almacenes Madrid-París (1920), Antonio Palacios en el Edificio Matesanz (1919) o Ignacio de Cárdenas que contó con la colaboración del americano Lewis S. Weeks para el proyecto del edificio de la Telefónica (1925), en el que queda patente la influencia de la Escuela de Chicago. Se trata de edificios mucho más avanzados y modernos, que reflejan a la perfección la evolución de la arquitectura española en el primer tercio del siglo XX.

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Y ahora, tomando como punto de partida la Red de San Luis, os propongo un recorrido a lo largo y ancho del segundo tramo de la madrileña Gran Vía. Un agradable paseo que llegará hasta la Plaza del Callao, en el que nos detendremos en sus edificios más representativos. 

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Asuntos de palacio. Visitando Zurbano, Buenavista y Fernán Núñez

Palacio de Zurbano

Situado en el barrio de Chamberí, en la calle Zurbano esquina con la calle Fernando el Santo, 6, el palacio de Zurbano fue construido por el conde de Muguiro, diputado en Cortes y senador, casado con Ángeles de Beruete y Moret, hija del pintor Aureliano de Beruete, entre los años 1878 y 1881. La historia del solar donde se encuentra el palacio se remonta hasta el reinado de Felipe II , una época en la que los terrenos no eran más que huertas.

Plano Zonal de las calles Zurbano y Fernando el Santo

El proyecto original, de estilo ecléctico clasicista, era obra del arquitecto Severiano Sainz de la Lastra con planta casi cuadrada con una distribución simétrica de las distintas estancias y estructura de hierro. Estaba situado en una de las esquinas del solar, dejando el resto para el jardín donde estaban cuadras, cocheras, celaderas, guadarnés, gallinero y un invernadero o estufa de estilo victoriano construido en metal y cristal. La decoración del interior fue obra de Arturo Mélida y Alinarí. qué también diseño el jardín que a. El palacete  tenía una disposición clásica, con una gran escalera construida en la época del marqués de Casa Riera y un oratorio de estilo neogótico de la segunda planta actualmente convertido en despacho. De sus paredes colgaron telas realizadas por Goya (La lechera de Burdeos y el retrato de Juan Bautista Muguiro), y los retratos de Fermín Muguiro y su esposa Dª. Ángela Beruete, firmados por Federico de Madrazo y JoaquínSorolla.

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En 1919 los descendientes del conde de Muguiro vendieron la propiedad por 750.000 pesetas a Gonzalo Mora y Fernández, marqués de Casa Riera, quién encargo a Eladio Laredo una profunda remodelación del edificio original, duplicando la superficie construida tras eliminar las cocheras y parte del jardín, para añadir un salón de baile, biblioteca, comedor de gala, además de nuevos dormitorios.

Palacio de Zurbano - Jardín Palacio de Zurbano - Detalle de las pinturas Palacio de Zurbano - Salón de las Abejas

También la colección de obras de arte se incremento de forma notable con los retratos del matrimonio Goicoechea, de Goya, un retrato posiblemente de San Pablo, atribuido a Velázquez, y obras de Tiepolo, varios maestros flamencos, Raimundo de Madrazo, Vicente y Bernardo López….lo que convertía el palacio de Zurbano en un verdadero museo de arte.

Palacio Zurbano Palacio de Zurbano - Escalera principal

En este palacio nació Fabiola de Mora y Aragón en 1928, hija del marqués de Casa Riera, quien tras contraer matrimonio con el rey Balduino de Bélgica en 1960, se convertiría en reina de los Belgas. Finalmente, en 1986, la familia de Mora y Aragón vendió el palacete al Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, que llevaría a cabo una profunda remodelación y restauración del edificio y el jardín.  Tras ser utilizado durante un breve periodo de tiempo por el Consorcio de Madrid Capital Europea, pasó a ser la sede del Centro de Estudios Históricos de Obras Públicas y Urbanismo.

Palacio de Buenavista

Situado en la calle de Alcalá, frente al Banco de España, la construcción original, del Palacio de Buenavista, hoy desaparecida, se remonta al siglo XVI, cuando Gaspar de Quiroga, arzobispo de Toledo, se lo dona a Felipe II, con ocasión de la proclamación de Madrid como capital del reino. Propiedad desde entonces de las Casa Real, fue la residencia de Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V y madre de Carlos III, desde 1759 a 1766, tras trasladarse a Madrid desde el palacio de La Granja en Segovia.

Proyecto para el palacio de BuenavistaPalacio de Buenavista en 1780

En 1816, pasó a ser Museo Militar y Parque de Artillería y de Ingenieros, para desde 1847 ser Ministerio de la Guerra, del Ejército desde 1939 y de Defensa desde 1977. En la actualidad alberga el Cuartel General del Ejército de Tierra.

El palacio de Buenavista desde el mirador del palacio Cibeles

Fue adquirido por el XII duque de Alba en 1769, aunque el edificio actual, fue mandado edificar por la duquesa de Alba a finales del siglo XVIII para su uso como residencia privada y en 1805 fue adquirido por el Ayuntamiento de Madrid como regalo a Manuel Godoy, favorito  primer ministro de Carlos IV,en cuyas manos permaneció hasta la incautación de sus bienes en 1808. Durante la Guerra de la Independencia el mariscal Murat ocupó el Palacio de Buenavista y tras el final de la guerra se convirtió en sede del Museo Militar y entre sus paredes falleció el general Prim, que fue presidente del Gobierno de 1869 a 1870, tras sufrir un atentado cuatro días antes de la llegada de Amadeo I de Saboya.

Palacio de Buenavista - Entrada a los jardines

Monarcas y políticos de la historia de España han estado estrechamente relacionados con la historia del Palacio de Buenavista, y en él han residido, el general Espartero, el general Prim o Miguel Primo de Rivera y han tenido su lugar de trabajo Manuel Azaña o Francisco Largo Caballero durante la II República y ha sido escenario de importantes episodios de la historia reciente de España, como la Sanjurjada, de 1932, o la dirección de la defensa de Madrid durante la Guerra Civil.

Palacio de Buenavista - Escalera principal

Una de las estancias destacadas del palacio es el Salón de Embajadores, lugar en el que el mariscal Joffe, héroe de la batalla de Verdún, condecoró a Alfonso XIII en agradecimiento por neutralidad de España en la I Guerra Mundial y su colaboración con la Cruz Roja Internacional. Este edificio alberga también auténticas joyas del arte patrio, como un retrato de Fernando VII de Francisco de Goya, la mesa donde Alfonso XIII presidió su último consejo de ministros, un ascensor secreto, alfombras procedentes de la de la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. Entre sus piezas más importantes se encuentran un retrato de Fernando VII, obra de Francisco de Goya, la mesa donde el Rey Alfonso XIII presidió su último consejo de ministros, un ascensor secreto, e importantes frescos en sus techos y paredes.

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Dos estatuas dedicadas a Don Pelayo y a Hernán Cortés flanquean el Patio de Armas del palacio, y en sus jardines, añadidos en 1869 por el general Prim y cerrados por una verja realizada en forja de hierro, hay estatuas dedicadas al guerrero celtíbero, al valor,  los tercios de Flandes, el Cid, Agustina de Aragón, el Gran Capitán o las de Marte, el dios romano de la guerra y Minerva, la diosa romana  de la guerra, la sabiduría y la ciencia .

Palacio de Fernán Núñez

Está situado en la calle Santa Isabel nº 44, siendo una de las construcciones palaciegas mejor conservadas de Madrid. El Palacio presenta dos áreas claramente diferenciadas: la noble, la que se conserva en mejor estado tras las sucesivas restauraciones efectuadas, y la de servicio. La parte noble, donde podemos ver entre otras estancias, el Salón de Baile con sus numerosos espejos, el Salón Isabelino y el Comedor de Gala, está decorada con alfombras y tapices realizados en la Real Fábrica de Santa Bárbara, algunos de ellos diseño de Goya, lámparas de cristal de Murano y Baccarat, sedas y otros elementos de lujosa factura, mientras que la zona de servicio fue transformada  en oficinas a partir del año 1941. También merece la pena visitar el jardín, diseñado por arquitectos y paisajistas procedentes de París.

Palacio de Fernán Núñez -Salón Isabelino Palacio de Fernán Núñez - Salón de baile

Sus orígenes se remontan al siglo XVIII cuando Blas Jover, Secretario de Consejos de Fernando VI, construyó su residencia en los antiguos huertos del convento de Santa Isabel, lugar donde a su vez Antonio Pérez, el todopoderoso secretario de Felipe II había  construido su popular “casilla”. En 1769, tras varios traspasos de la propiedad, Miguel José María de la Cueva, XIII duque de Alburquerque y IV marqués de la Mina, adquiere y transforma la vivienda. En 1803 fallece y, debido a problemas sucesorios, el edificio se utiliza como cuartel, hospital y viviendas. En 1815, Felipe María Osorio de la Cueva, VII conde de Cervellón, hereda la mansión. Posteriormente contrae matrimonio con María Francisca de Asís, II duquesa de Fernán-Núñez, quienes entre 1847 y 1849 remodelarían el palacio según el estilo romántico imperante en la época.

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En 1905 el palacio fue nuevamente ampliado y remodelado por el arquitecto Valentín Roca Carbonell. El jardín fue asimismo rediseñado por la empresa parisina “Cabinet Ch. Revéron, L. Collin, Succr. Arquitecte-Paysagiste”, que añadió la terraza de mármol.

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Durante la Guerra Civil, la familia de Fernán Núñez y Cervellón traslada su residencia fuera de España, excepto el V Duque que participa en la contienda y fallece en la primera Batalla de Madrid. Durante este periodo, el Palacio es incautado y ocupado por la Juventudes Socialistas Unificadas y la Junta del Tesoro Artístico cataloga las obras de arte y traslada las más valiosas a la Basílica de San Francisco el Grande.

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Tras finalizar la contienda, Mercedes de Anchorena, duquesa viuda de Fernán Núñez vendió el palacio en 1941 a la Compañía Nacional de Ferrocarriles del Oeste de España que poco después se integraría en RENFE. En la planta baja estuvo situado el primer Museo Ferroviario de España que años mas tarde, en 1980, sería trasladado a la Estación de Delicias, donde aun permanece. En la actualidad el edificio es propiedad de ADIF y de RENFE, siendo la sede de la Fundación de Ferrocarriles Españoles desde 1985.

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En 2002 RENFE  llevó a cabo una profunda restauración del edificio, calificado como edificio monumental de alto valor histórico-artístico, que  incluyó cubiertas, patios, jardín, garaje y viviendas con el objetivo de recuperar el estilo de principios del siglo XIX. 

…y los jueves, cocido madrileño completo, con tres vuelcos.

Decidme cualquier otro plato de la gastronomía popular española, al que se le hayan dedicado mas canciones que al cocido madrileño… y os invito. ¿A que no se os ocurre ninguno? Al cocido madrileño le han rendido merecido homenaje varias canciones a lo largo del último siglo, y estas son algunas  de ellas.

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La primera, parece ser que fue el cuplé “Cocido madrileño”, que popularizó allá por 1915 Blanquita Suárez, una famosísima actriz y tonadillera de la época, tras ella, llegó el mucho más conocido y castizo pasodoble titulado “Cocidito madrileño”, con música de Manuel López Quintero y letra de Rafael de León y Antonio Quintero Ramírez, popularizado en los años 40 del siglo pasado por Pepe Blanco y posteriormente, en los 70, por Manolo Escobar. De Pepe Blanco es también otra canción sobre el cocido madrileño titulada “Madrid tiene 6 letras”, un título que hace referencia a las 6 letras del cocido. También de los años 40 es el tema titulado “Menudo menú”, que popularizó el grupo donostiarra Los Xey, utilizando tanto la letra como la música “El Menú”, un tema nacido en el Café Iruña de Bilbao en 1927. Y en los años 50, el gran Antonio Molina nos cantó con su peculiar voz la copla “Cocinero, cocinero”, en la que se mencionaba tan castiza receta.

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No me hable usté
de los banquetes que hubo en Roma.
Ni del menú
del hotel Plaza en Nueva York.
Ni del faisán
ni los foagrases de paloma,
ni me hable usté
de la langosta Thermidor.
Porque es que a mí,
sin discusión, me quita el sueño
y es mi alimento y mi placer
la gracia y sal
que al cocidito madrileño
le echa el amor de una mujer.

Cocidito madrileño,
repicando en la buhardilla,
que me huele a yerbabuena
y a verbena en las Vistillas.
Cocidito madrileño
del ayer y del mañana,
pesadumbre y alegría
de la madre y de la hermana.
A mirarte con ternura
yo aprendí desde pequeño,
porque tú eres gloria pura,
porque tú eres gloria pura,
cocidito madrileño.

(Cocidito Madrileño – Quintero / León / Quiroga)

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De gatos y ratones

Una nueva entrada, con anécdotas y curiosidades de un Madrid que jamás deja de sorprendernos. Porqué Madrid, es como esos baúles que nuestras abuelas guardaban en el desván, donde siempre acabábamos por encontrar algo interesante para llevarnos a nuestras casas.

¿Por qué a los madrileños se nos llama “gatos”?

El origen de esta curiosa forma de llamarnos hay que buscarlo en la reconquista de Madrid por Alfonso VI, allá por el siglo XI. En el asalto de la villa, un valeroso soldado trepó por la muralla ayudado de una daga que clavaba en las juntas de las piedras. Sus camaradas, al ver la hazaña dijeron que parecía un gato de modo que en memoria de esta hazaña él y sus sucesores adoptaron a partir de ese hecho el apellido Gato.

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La familia llegó a ser tan importante en Madrid, que no se consideraba nobleza castiza de Madrid a la que no pertenecía a aquel linaje. Y, cuando la historia se convirtió en leyenda, el apodo se atribuyó a todos los madrileños, eso si, siempre de tercera generación.

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En la actualidad, muy próximo a la Puerta del Sol, se encuentra la calle de Álvarez Gato, dedicada a uno de los descendientes aquel valiente soldado y un poeta de la corte que vivió durante el siglo XV: Juan Álvarez Gato.

El Ratoncito Pérez

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¿Sabíais que el Ratoncito Pérez es un madrileño de pura cepa y que nació en el Palacio Real de Madrid? A continuación trataré de contaros como sucedió. Cuando Alfonso XIII era todavía un niño, al caérsele su primer diente de leche, su madre la reina regente Dª María Cristina de Habsburgo-Lorena, encargó al  jesuita Luis Coloma, autor también de las novelas Jeromín o Pequeñeces, que escribiera un cuento para el monarca.

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El padre Coloma, rápidamente se puso a ello, escribiendo un breve relato de 13 páginas sobre el rey Buby I (apodo cariñoso con el que Dª Maria Cristina llamaba a su hijo), en el que se relataba como el rey niño,  tras perder su primer diente lo colocó debajo de la almohada, junto a una carta, para así poder recibir la visita del Ratoncito Pérez. Buby I estaba dispuesto a esperarle, pero se durmió. De pronto, sintió algo que lo despertó y allí estaba delante de él:

“Un ratón muy pequeño con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja terciada a la espalda”

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El Ratoncito Pérez, como no podía ser de otra manera, se presentó ante Buby I, y tras transformar al joven monarca en ratón, ambos se fueron a la casa del roedor, que el padre Coloma situó en la pastelería Carlos Prast, un establecimiento, entonces muy de moda, situado en el número 8 de la calle Arenal, donde Buby I, conocería a la familia de su nuevo amigo, que vivía en una caja de galletas Huntley, las preferidas del monarca. Desde allí el rey niño acompañó al ratón en su misión nocturna de llevarle un regalo a otro niño madrileño, de nombre Gilito, que vivía con su madre en la cercana calle de Jacometrezo. Buby I quedo muy impresionado por la miseria de aquella casa y al regresar al Palacio Real y a su cama, y ver el precioso regalo que a él le habían hecho, pensó en Gilito y en todos los niños pobres y decidió que a partir de ese momento reinaría pensando siempre en los más necesitados.

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En la actualidad, una de las placas amarillas del Ayuntamiento nos recuerda esta historia, y en el interior del edificio podemos ver una pequeña figura de no mas de 20 cms. de este entrañable personaje.

Así es Madrid, una ciudad llena de historias, a veces realmente insólitas, una maravillosa caja de sorpresas, en cuyo interior siempre se puede encontrar algo nuevo que contar.

“No se le ocurre ni al que asó la manteca” o “Cuando el Diablo se aburre, mata moscas con el rabo”

En la historia de Madrid siempre hubo visionarios, algunos de ellos dispuestos a poner en práctica las ideas más peregrinas y absurdas que se les pasaban por sus privilegiadas seseras, unas ideas que, tristemente, casi siempre consistían en prohibir. Y es que parece ser que a ciertas personas, una vez alcanzado el poder, prohibir es algo que les gusta de manera especial. Dos de estas prohibiciones absurdas son las que os voy a contar a continuación. La primera tuvo lugar hace ya cuatro siglos, la segunda a principios del siglo XX.

Un Madrid sin castañeras

Los puestos de castañas asadas, tan castizos y típicos de nuestro querido Madrid, estuvieron a punto de desaparecer hace ya cuatrocientos años, cuando el Ayuntamiento  de la Villa y Corte en una sesión municipal celebrada a principios de diciembre, promulgó un edicto por el que las castañas, tanto asadas como crudas, a partir de ese momento, sólo podían venderse en los puestos de fruta de los mercados.

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 Además por si esta prohibición no fuera ya bastante absurda, se dictó una sentencia por la que, todo aquel que montara un puesto de castañas asadas sería sancionado con una multa de mil maravedíes y un año de destierro de la Villa y Corte. Podemos decir, sin temor equivocarnos, que estamos ante todo un exceso, fruto del mal ejercicio del poder.

Finalmente, el tesón de las castañeras en su lucha contra el Ayuntamiento de la capital hizo que se diera marcha atrás y los puestos de castañas asadas, que tanto reconfortan en los fríos meses del invierno madrileño, volvieron a instalarse en nuestras calles y plazas, llegando así hasta nuestros días, convertidos en un símbolo de Madrid, aunque en la actualidad hayan perdido parte de su encanto, instalados en esa especie de casetas feas e impersonales.  ¡¡¡Larga vida a las castañeras (y castañeros) de Madrid!!!

Si lo anterior os ha parecido curioso y absurdo, estoy seguro de que lo que os voy a contar a continuación os va a parecer aun más ridículo.

Un Madrid sin piropos

La costumbre de piropear, ha tenido desde siempre gran arraigo en España y por tanto en Madrid. A principios del siglo XX se decía que si una mujer se paseaba por la Gran Vía sin que le echasen un piropo, tenía que ser más fea que el demonio. 

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Desde el siglo XVI podemos encontrar piropos y requiebros en la literatura, especialmente en la de carácter costumbrista, hasta el punto de que el sainete de los hermanos Álvarez Quintero publicado en 1902 lleva por título “El piropo”.

 Pero, ¿Se pueden prohibir los piropos? Parece ser que si, porque tan peregrina prohibición tuvo lugar en 1928 durante el reinado de Alfonso XIII, en plena dictadura del general Primo de Rivera, bajo pena de arresto de 5 a 20 días y multa de 40 a 500 de nuestras antiguas pesetas. Mediante Real Decreto Ley, el Codigo penal de 1928 pretendía conseguir con esta prohibición algo que nunca se llego a lograr, si bien las razones para ello eran tan absurdas como la ley promulgada al respecto.

“El desarraigo de costumbres viciosas, gestos, ademanes, frases groseras o chabacanas, aún con propósito de galantería”

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A partir de ese momento, durante los dos años que estuvo en vigor tan absurda prohibición, los madrileños con su habitual ironía e ingenio comenzaron a piropear mediante carteles escritos, ya que la restricción no decía nada en este sentido. Así, en la fuentecilla de la calle de Toledo, llegó a verse a un madrileño de pura cepa, que llevaba una pizarra con el siguiente piropo escrito en tiza, con gran regocijo de los que por allí pasaban:

“Adiós Vicenta, no te digo nada por temor a las cuarenta”

Prohibiciones, sanciones, regulaciones y normas pergeñadas por algunas mentes preclaras que bien podían haberse ahorrado el trabajo de pensar, al menos el día de marras.

Dos “chatas” muy madrileñas.

Isabel de Borbón y Borbón, la infanta que nunca quiso ser reina, mas conocida como “La Chata”, ha sido la más carismática y querida de las infantas de la historia de nuestro país, un gran pedazo del corazón de España y el corazón entero de Madrid.

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La primera de nuestras protagonistas de hoy, nació en Madrid el 20 de diciembre de 1851, siendo bautizada como María Isabel Francisca de Asís Cristina Francisca de Paula Dominga de Borbón y Borbón, siendo la hija primogénita de la reina Isabel II y D. Francisco de Asís de Borbón, aunque su verdadero padre bien pudo haber sido José Ruiz de Arana y Saavedra, duque de Baena, amante de la reina entre los años 1850 y 1856, lo que propició que a la infanta fuera conocida durante sus primeros años como “La Araneja”.

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Princesa de Asturias desde su nacimiento hasta que nació su hermano, el príncipe Alfonso el 28 de noviembre de 1857, dado que su madre aprobó un Real Decreto, por el que el sucesor a la corona de España recibiría este título, ya fuera hombre o mujer. Nieta, hija, hermana y tía de reyes, princesa de Asturias y heredera al trono, sin embargo, “la Chata” nunca ambicionó la corona para ella. Obligada por intereses de Estado, se casó en 1868 con su primo Cayetano de Borbón-Dos Sicilias, que ante la epilepsia que padecía, se suicidaría poco después, tan solo tres años después de la boda. Tras el derrocamiento de Isabel II en 1868, se instalo con su madre en el Palacio de Castilla, en París, dedicándose principalmente a viajar por Europa.

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En enero de 1875,  Alfonso XII entró en Madrid como nuevo rey de España. Tenía 17 años. Inmediatamente, la infanta Isabel regresó a Madrid, de nuevo como princesa de Asturias, ya que Alfonso XII aun no había tenido descendencia, siendo desde ese momento un gran apoyo para el joven monarca, al que acompañaba en multitud de actos oficiales. Dedicada a lo largo de su vida a numerosas actividades benéficas, la infanta fue la primera presidenta de la Junta de Señoras de beneficencia, fundada en 1875, una institución que debía coordinar todas las actividades de carácter benéfico del reino. Alfonso XII falleció en el Palacio del Pardo el 25 de noviembre de 1885, victima de la tuberculosis, cuando tenía tan solo 27 años. Su esposa, Dª Mª Cristina de Habsburgo-Lorena estaba embarazada por lo que no se proclamó a su hija mayor la infanta Mª de las Mercedes princesa de Asturias, a la espera de ver si nacía un hijo varón.

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Finalmente, el 17 de mayo de 1886 nació Alfonso XIII, que sería rey desde su nacimiento. “La Chata” a partir de este momento fue un gran apoyo moral para la Regencia de María Cristina, participando de forma muy activa en la educación de su sobrino el rey. Durante estos años “la Chata” siempre supo y quiso mantenerse en un discreto segundo plano, aunque siempre dispuesta ejercer sus obligaciones como infanta de España.

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Seguía practicando deportes, en especial la equitación, asistiendo a las corridas de toros, y mezclándose con el pueblo en las procesiones y las fiestas populares a las que era muy aficionada, lo que hizo de ella el personaje más popular de la familia real, aportando el punto perfecto de equilibrio, con su carácter cálido y cercano, frente a la imagen fría y distante de la Reina Regente, Dª María Cristina de Habsburgo-Lorena, a la que los madrileños apodaron “Doña Virtudes” debido a su gran dignidad, discreción y respeto escrupuloso por su papel constitucional.

“La Chata” pasó los últimos años de su vida dedicada en cuerpo y alma a servir a España y la Corona, viajando por España, Europa y América en representación de su sobrino, realizando en 1910 un viaje oficial a Argentina, con motivo del primer centenario de Guerra de la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata contra España, un viaje que aun esta vivo en la memoria de ese país.

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Tras la mayoría de edad de Alfonso XIII, “La Chata” decidió que había llegado el momento de poner una distancia con la vida de Palacio, trasladándose a un edificio que había adquirido en 1900 en el cercano barrio de Argüelles, donde vivió hasta su salida de España camino del exilio en Paris, tras la renuncia al trono de Alfonso XIII y la proclamación de la II Republica el 14 de abril de 1931 tras las elecciones municipales que habían tenido lugar el 12 de abril. Una decisión que tomó, pese a que fue el único miembro de la familia Real al que la II República estaba dispuesta a permitir que permaneciera en España, sin duda debido tanto a su avanzada edad como a su delicado estado de salud.

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La infanta Dª María Isabel Francisca de Asís Cristina Francisca de Paula Dominga de Borbón y Borbón, mas conocida como “La Chata”, falleció en París a los 79 años, tan solo  cinco días después de abandonar su querido Madrid. Sus restos mortales no regresarían a España hasta 1991, cuando el 24 de mayo fueron depositados en la Real Colegiata de la Santísima Trinidad del Palacio Real de La Granja junto a los de Felipe V y su esposa Isabel de Farnesio. 

Coso de Vistalegre (1908)

Para conocer a nuestra segunda “Chata”, será necesario que nos desplacemos hasta el populoso barrio de Carabanchel Bajo, donde estuvo nuestra segunda protagonista de la entrada de hoy hasta 1975, año en el que cerro sus puertas durante mas de 14 años, para ser finalmente demolida en 1995. Os hablo, como sin duda ya habréis adivinado, de la Plaza de Toros de Vista Alegre.

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Carabanchel Bajo tuvo su primera plaza de toros, si es que se le podía llamar así, en la calle de la Magdalena, situada a las afueras del barrio. Una plaza que ya aparece citada en el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, publicado por el político Pascual Madoz en 1846. También se hace alusión a ella en la zarzuela La verbena de la Paloma, de Tomás Bretón y Ricardo de la Vega, estrenada en el Teatro de Apolo de Madrid el 17 de febrero de 1894.

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Este primer recinto se construyó a base de palos, talanqueras, maromas y clavazón, comenzando a utilizarse para celebrar festejos taurinos hacia 1890. Conocida como la plaza de palos de Carabanchel Bajo presentaba planta cuadrilonga, sin instalaciones de obra, contando únicamente con corrales y chiqueros. Los festejos, que tenían lugar todos los domingos, congregaban a cerca cuatro mil madrileños que, unos a pie y otros en tranvías tirados por mulas acudían atraídos por unos carteles de calidad, pese a la evidente modestia de las instalaciones. Desmontada en 1906, para ser sustituida en unos terrenos cercanos, a escasa distancia de la finca de recreo propiedad del marqués de Salamanca, conocida como de Vista Alegre, lo que daría el nombre a la nueva plaza de toros inaugurada en 1908. Su promotor y propietario sería D. Francisco Romero, que había sido presidente de la Diputación Provincial de Madrid.

 

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La construcción del nuevo coso comenzó el 6 de agosto de 1906, siendo inaugurada el 15 de julio de 1908, coincidiendo con los actos conmemorativos del centenario de la Guerra de la Independencia, con la actuación a beneficio de la Asociación de la Prensa de Madrid de los diestros Ricardo Torres Reina “Bombita Chico”, Rafael González “Machaquito” y el mexicano Rodolfo Gaona, que lidiaron toros de la ganadería del Marqués de los Castellones y uno de Olea. El aforo inicial fue de 8000 plazas que aumentaron a 9000 con las obras de ampliación realizadas en 1926.

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Durante la Guerra Civil, el coso de Vista Alegre resulto destruido casi por completo, permaneciendo así  hasta que, en 1944, la Dirección General de Regiones Devastadas la reconstruyó, una reconstrucción realizada a medias, ya que la nueva plaza perdió las torres y la grada cubierta, lo que le  valió el sobrenombre de la “Chata”. Inaugurada el 18 de julio de 1947, tan solo seis meses después pasó a ser propiedad del diestro Luis Miguel Dominguín.

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En la actualidad, sobre los terrenos que durante casi 30 años ocupo “La Chata” se encuentra el Palacio Vistalegre, un espacio multiusos, concebido inicialmente como plaza de toros.

Hasta aquí esta breve aproximación a las dos “chatas” mas famosas de Madrid, una infanta de España y una plaza de toros. Una  entrada que espero os haya permitido descubrir un poco más acerca de nuestra ciudad y sus protagonistas mas queridos.

El tapón del Rastro.

A principios del siglo XX, además del gran “Proyecto de reforma de la prolongación de la calle Preciados y enlace de la Plaza del Callao con la calle de Alcalá”, lo que sería años después la Gran Vía, y algunos otros de menor importancia, uno de los más necesarios y demandados por los madrileños, era el que afectaba al Rastro. Una reforma urbanística iniciada en 1905, que pondría punto final a una zona congestionada, incómoda e insalubre conocida como el tapón del Rastro.

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¿Donde estaba y que era el tapón del Rastro?

El popularmente conocido como el tapón del Rastro era tan solo una manzana de casas, que obstaculizaba el acceso al popular mercado madrileño, viniendo desde la calle de Toledo y la calle de los Estudios. Las calles que rodeaban esta manzana de planta triangular, eran las del Cuervo, la travesía del Rastro y San Dámaso. Fue derribado en 1905 dando lugar a la actual plaza de Cascorro y facilitando así el acceso al popular mercado callejero. Pío Baroja lo recordó así en sus memorias:

“En lo que se llamó Cabecera del Rastro, y ahora está la estatua del héroe de Cascorro, había una manzana de casas viejas y decrépitas, que interceptaban el paso de la Ribera de Curtidores y que llamaban el tapón del Rastro”

La desaparición del tapón del Rastro era una reforma urbanística en extremo sencilla, que ya había sido demandada por el Urbanista y Cronista de la Villa Ramón de Mesonero Romanos en su obra “El Antiguo Madrid” y por el historiador y periodista Ángel Fernández de los Ríos que insistan en la necesidad de esta reforma con el objetivo de ampliar la plaza del Rastro, facilitando así el acceso de los madrileños a la Ribera de Curtidores.

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Pero de todos es sabido que en Madrid, “las cosas de palacio van despacio”, de modo que hasta 1913, ocho años mas tarde, el molesto tapón no desapareció por completo, pese a los denodados esfuerzos de Alberto Aguilera, sin duda uno de los mejores alcaldes que ha tenido esta nuestra ciudad a lo largo de su historia, que sería quien finalmente lograra llevar a buen puerto unas obras que no deberían haberse prolongado tanto. Todos los madrileños que vieron la gran diferencia existente entre el antes y el después de esta sencilla actuación urbanística, se hacían cruces ante el hecho de que una reforma tan sencilla, hubiese costado más de medio siglo de esfuerzos hasta verla finalizada.

Ya desde unos años antes del inicio de las obras de demolición del tapón, donde estuvo la cruz del Rastro se podía ver el monumento dedicado a Eloy Gonzalo García, el héroe de Cascorro, cuya construcción fue aprobada en sesión municipal de 20 de Octubre de 1897, en la que el Ayuntamiento madrileño decidió rendir un merecido homenaje a este soldado recogido y criado en la Inclusa de Madrid.

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El monumento fue inaugurado el 7 de Junio de 1902 por D. Alfonso XIII, y desde entonces, los madrileños, pasaron a llamar plaza de Cascorro a este espacio urbano, que hasta entonces había sido la plaza del Rastro, una de las mas representativas y castizas grandes plazas madrileñas, como la Puerta del Sol, Lavapiés o la Cebada, entre otras. Fue algo así como el detonante para el inicio de la reforma de la plaza, que tendría lugar tres años mas tarde.

Lo que desapareció con el derribo del tapón

Siete fueron las casas que se expropiaron y demolieron para ampliar la zona, pagando el Ayuntamiento, entre 27 y 66 pesetas por cada pie de superficie. Sirvan como ejemplo las casas situadas en los números 2 y 4 de la calle de San Dámaso, con unas superficies de 116,50 y 100,80 metros cuadrados, por las que se pagaron 99.044,13 y 55.911,24 pesetas respectivamente. En total se expropiaron 1.164,91 metros cuadrados lo que supuso coste de 611.923,54 pesetas.

En uno de los edificios desaparecidos estaba el conocido cafetín del Manco, ubicado en la cabecera del Rastro, frente a la estatua de Cascorro, punto de encuentro de maleantes y haraganes y cuna del Sainete, como quedará inmortalizado en el sainete lírico “El chico del cafetín”, con libreto de Ángel Torres del Álamo y Antonio Asenjo y música de Rafael Calleja, que se estrenó en el desaparecido Teatro Apolo el 15 de abril de 1911.

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También se menciona este establecimiento en la trilogía autobiográfica de Arturo Barea “La forja de un rebelde”, escrita entre 1940 y 1945 en su exilio ingles, cuya primera edición en castellano tendría que esperar hasta 1951, cuando fue publicada en Buenos Aires por Losada.

“En la entrada de la calle de Mesón de Paredes vive la señora Segunda. Casi todas las mañanas, cuando yo bajo al colegio, está desayunando en el cafetín del Manco. Cuando entro a darle los buenos días, todos los parroquianos me miran con extrañeza de que le salude y la bese. Porque la señora Segunda es una pobre de pedir limosna y además le falta la nariz por un cáncer que se la ha comido y se le ven los huesos de dentro de la cabeza. En el cafetín no entran los chicos vestidos como yo, porque es el café de los mendigos. Se abre a la caída de la tarde y se cierra hacia las diez de la mañana. Tienen allí mismo también una fábrica de churros donde compra todo el barrio y las churreras que luego los revenden por las esquinas” (Arturo Barea – La forja de un rebelde)

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Desaparecieron las calles de San Dámaso y la del Cuervo, que comenzaban a la altura de la calle de Juanelo. La primera de ellas, se llamaba así por una capilla dedicada a aquel Pontífice, nacido en Hispania a comienzos del siglo IV. Una capilla donde tuvo su convento la Congregación de los Ministros de los Enfermos o Padres Agonizantes de San Camilo de Lelis, hasta su traslado a la calle de Fuencarral, en 1643. Respecto a la calle del Cuervo, parece ser que su nombre provenía de un criadero de palomas, que su propietario Juan González de Almunia, regidor de la Villa de Madrid, entregaba como limosna para el sustento de los enfermos de los hospitales madrileños. Según se contaba, un cuervo causaba estragos entre las palomas y sus crías, por lo que el regidor anunció un premio para el que acabase con aquel “pájaro dañino, que solía burlar a sus perseguidores”. Unos mancebos del barrio, ante la posibilidad de ganarse unos reales, pidieron permiso para subir a la torre del palomar, donde esperaron la llegada del ave. Cuando el cuervo apareció taparon las ventanas para impedir que huyera y le acosaron con palos, consiguiendo quebrar sus alas, aunque no sin que el cuervo se defendiera, sacándole los ojos a uno de los muchachos. Ante los alaridos de dolor acudieron los mozos del corral, que finalmente consiguieron dar muerte al cuervo, tras lo cual fue clavado en la puerta del criadero.

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Por último, la plaza de los Estudios, que se llamó algún tiempo del Duque de Alba, fue otra de las víctimas de la reforma. Muy cerca, en el número 15 de la calle del mismo nombre, se encontraba el palacio del ilustre aristócrata, adquirido a finales del siglo XVII, junto a otro  edificio contiguo.

De la plaza del Rastro a la plaza de Nicolás Salmerón.

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En sesión del pleno municipal celebrada el 16 de Agosto de 1913, se acordó que la nueva plaza del Rastro, nacida tras el derribo de la conflictiva manzana, recibiese el nombre de Nicolás Salmerón, presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República Española durante mes y medio en 1873, cargo al que renunció alegando su negativa a firmar, por problemas de conciencia, las condenas a muerte de unos militares, que habían sido juzgados por colaborar con los sublevados de la Revolución Cantonal, iniciada en Cartagena el 12 de julio de ese mismo año. Sin embargo, ese apego de los madrileños por conservar las tradiciones, haría que la zona se siguiera conociendo durante algunos años como el tapón del Rastro, hasta que finalmente, en 1941, pasará a llamarse oficialmente plaza de Cascorro, nombre con el que ya era conocida por todos los madrileños.

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Las fiestas de inauguración de la plaza de Nicolás Salmerón tuvieron lugar el 22 de junio de 1914 y fueron organizadas por el Centro de Hijos de Madrid, los concejales y ex concejales del distrito y el teniente alcalde, Sr. Millán. Guirnaldas, flores, gallardetes y mantones de Manila en los balcones engalanaban la plaza. En los gallardetes dos medallones lucían las siguientes inscripciones:

“El Centro de Hijos de Madrid a estos clásicos barrios”

“El mismo Centro a D. Alberto Aguilera, iniciador de esta reforma”

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Hubo música desde hora muy temprana, a cargo de la banda de Cornetas de la Cruz Roja y la del Colegio de Nuestra Señora de la Paloma, reparto de 1.100 bonos de comestibles para los mas necesitados y lanzamiento de globos. Ya por la noche, la Banda Municipal y la Banda del Hospicio, ofrecieron para finalizar los actos programados con motivo de la inauguración, sendos conciertos con un repertorio popular de zarzuelas y pasodobles.

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Desaparecía así el tapón del Rastro, que durante tantos años había sido un obstáculo para todos aquellos, que pretendían acceder a la Ribera de Curtidores desde la calle de Toledo.

Taberna Antonio Sanchez, castiza y taurina.

Visitar la Taberna Antonio Sánchez es un auténtico viaje en el tiempo, a un Madrid en el que la vida transcurría con mucha mas tranquilidad que en la actualidad. Donde, en todos y cada uno de sus barrios, los vecinos se conocían por su nombre, se interesaban unos por otros y se saludaban al cruzarse por la calle. Es un viaje al siglo XIX, donde podremos revivir un fragmento de la historia de la capital de España a través de multitud de objetos y detalles, que nos transportaran a otra época desde el mismo momento en que traspasemos el umbral.

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 Su fachada de madera, sus baldosas originales, el mostrador de madera y zinc, el grifo de cerveza o los apliques de luz de gas, las fotografías de toreros, las 2 cabezas de morlacos (una es la de Fogoso, el toro con el que tomó la alternativa Antonio Sánchez hijo), las pinturas que adornan las paredes, en las que podemos ver a sus antiguos propietarios, Cara Ancha, Frascuelo y Antonio Sánchez padre.

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Recortes de periódicos antiguos, o carteles que anuncian torrijas a 15 céntimos, prohíben escupir en el suelo o el que nos indica donde esta el “retrete”, hacen de este establecimiento uno de los mas singulares e interesantes de Madrid.

¿Quién fue Antonio Sánchez?

“Antonio Sánchez es uno de los hombres más populares de Madrid. No sólo en su barrio, sino aun en los lejanos a Mesón de Paredes, le saludan, le abrazan, y le convidan a una copa. El vino de su taberna es bueno pero la gente acude a ella por él. Antonio se queja de esta esclavitud que no le deja libre más que las tardes de toros. Y aun a éstas va casi por obligación, porque luego en su casa todos van a preguntarle su juicio sobre toreros y toros, dictamen que es siempre ambiguo, para no lastimar a nadie. Los que le vieron torear rememoran sus hazañas taurinas; los jóvenes que no alcanzaron sus tiempos heroicos le preguntan por ellas” (Antonio Díaz-Cañabate, Historia de una taberna)

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Ya desde muy pequeño, a Antonio le gustaba jugar a los toros en la entonces recién construida plaza del Progreso (actualmente Tirso de Molina). Pero sería a los 15 años, cuando un vecino del barrio de Lavapies, apodado “el Coraje”, le llevó a ver la que fue su primera corrida. La afición prendió rápidamente en el joven, que decidió que quería ser torero. Su padre, sin embargo, le puso a trabajar en el bodegón Le Petit Fornos, un reconocido restaurante madrileño del que era cliente habitual Pio Baroja. Su cada día mayor afición a los toros, le llevó a escaparse en varias ocasiones para ir a las capeas cercanas, consiguiendo matar su primer becerro en una de las becerradas gremiales tan habituales por aquel entonces, para a partir de ese momento pasar a formar pareja torera con Antonio Calvache. Su aprendizaje y formación definitivos vino de la mano de Paco Frascuelos que en aquella época dirigía una escuela de toreros. Fue banderillero y torerillo, hasta que, finalmente, el 16 de junio de 1918, se presentó en la capital, alternando con Vaquerito y Almanseño en una corrida de López Plata, matando su primera novilla. Aquel año  llegó a torear en nada menos que 28 novilladas.

La alternativa llegaría en la Feria de Linares de 1922. Tras haber sido armado matador por Ignacio Sánchez Mejías, con Marcial Lalanda como testigo, Antonio Sánchez sufrió una cornada, que las crónicas de la época nos cuentan así:

“Fue cogido al pasar de muleta, infiriéndole el toro Fogonero de Murube, una grave cornada en el muslo derecho de doce centímetros de profundidad. Pues con lesión tan considerable se levantó rabioso, sin mirarse la ropa, y entrando a matar con notoria audacia, cobró tan gran estocada que le valió los honores de la oreja”.

Su madre, nunca acudió a ver torear a Antonio Sánchez, siempre prefirió quedarse rezando delante del altar, que había instalado en su casa con la imagen de la Virgen de la Paloma. El diario ABC nos cuenta que a lo largo de su vida, Antonio Sanchez sufrió hasta 20 cornadas, aunque otras fuentes señalan que fueron 22.

Su mejor día en la plaza, o al menos el más afortunado, tuvo lugar en Carabanchel, en la plaza de toros de Vista Alegre, popularmente conocida como “La Chata”,  el 17 de julio de 1926, donde compartía cartel en un mano a mano con Mariano Montes. En el quinto Montes fue cogido de muerte por el toro que estaba lidiand0  y Antonio Sánchez mató ese toro y el sexto. Toreo en Mexico donde alcanzó gran popularidad, y tras su regreso a España, se jubiló el 22 de septiembre después de sufrir una grave cornada en Tetuán de las Victorias, que le llevó a las mismísimas puertas de la muerte. El toro que le cogió pertenecía a la ganadería de la Viuda de Ortega, la misma de donde salieron el toro que mató a Gallito y el toro Bailaor, que mató a Joselito en 1920. Más de 2 años tardó Antonio Sánchez en recuperarse de la grave cogida

Breve historia de la taberna de Antonio Sánchez.

La Taberna Antonio Sánchez como taberna, aunque no con ese nombre, ya existía en 1830,  cuando ni siquiera existía la plaza del Progreso y en su lugar, los madrileños aun podían escuchar misa en la iglesia del convento de la Merced, un edificio religioso que desaparecería víctima de la Desamortizaron de Mendizabal en 1837.

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Su primer dueño conocido, el picador Colita, no la compraría hasta 1870, para vendérsela pocos años después al matador Cara Ancha. Finalmente, en 1884 fue adquirida por Antonio Sánchez Ruiz, un comerciante de vinos nacido en Valdepeñas, que sería quien le diera el nombre que aun conserva. Fueron clientes habituales de la taberna, Pio Baroja, Sorolla, Marañón, Julio Camba y Cossio o Antonio Díaz-Cañabate, que encontraría en esta casa la inspiración para escribir en 1944 su “Historia de una taberna”, donde rememora el Madrid que había conocido a principios del siglo XX, durante su juventud y que ya he citado antes.

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También el pintor Ignacio Zuloaga era un parroquiano habitual. Suyo es el retrato de Antonio Sánchez, que se puede ver a la entrada de la taberna, donde el pintor mantuvo su tertulia y realizó su última exposición.

“Alrededor de esta mesa nos hemos sentado muchas noches con Ignacio Zuloaga. Aquí cenábamos unos huevos fritos con la clara rizada y coruscante y la yema intacta, sazonada con una chispita de sal. Una obra maestra estos huevos fritos. En estas cenas es donde únicamente oí hablar a Zuloaga de pintura. Daba consejos a Antonio Sánchez. Y Antonio Sánchez ha ido pintando todos los días, pintando a hurtadillas del trabajo de la taberna; primero, en su casa, en una habitación oscura, con la luz sucia de un patio mezquino” (Antonio Diaz-Cañabate, ABC – 1947)

Tras el fallecimiento de Sánchez, su hijo, también de nombre Antonio, continuó con el negocio, hasta que se su hermana Lola se hizo cargo del mismo hasta 1979, tras lo cual la taberna, corrió serio peligro de desaparecer.

 

Afortunadamente, algunos enamorados de Madrid, sus tradiciones y su historia, como Luis Carandell o José Luis Pécker lograron que esto no sucediera. En la actualidad la regenta Francisco Cies, conocido por los parroquianos como Curro, que haciendo honor a la secular tradición del local, fue torero antes que tabernero. En la actualidad la tertulia de Ignacio Zuloaga ha encontrado digna sucesora en la que fundó y dirige el pintor y poeta Antonio Lebrato, bautizada como “El Rato” y que cuenta con la presencia de ilustres personalidades del mundo de las artes, el periodismo o la política.

La historia de la tinaja número 6.

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Leyenda o realidad, el caso es que en la bodega de la Taberna Antonio Sánchez, se conserva una tinaja de vino que guarda una curiosa y un tanto macabra historia: se cuenta, aunque como de costumbre no podemos saber si esta historia es cierta, que el 2 de mayo de 1808, durante levantamiento del pueblo de Madrid contra los invasores franceses, unos vecinos del barrio mataron a un soldado de Napoleón en las proximidades del establecimiento, tras lo cual y para evitar las represalias habituales en esos casos, lo escondieron en una de las tinajas de la bodega de una taberna cercana. La historia corrió como la pólvora entre los madrileños, que, a partir de ese momento, comenzaron a pedir que se les sirviera vino de la cuba del francés, porque al parecer tenía un bouquet especial, que algunos decían que era el dulce sabor de la venganza, algo que no nos debe sorprender lo mas mínimo, pues, por todos es sabido lo buenos que son los franceses para el vino. Era la tinaja número 6, que tras ser trasladada, aún se conserva en la Taberna Antonio Sánchez.

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Respecto a lo gastronómico, que al fin y al cabo suele ser lo que mas nos suele interesar cuando de una taberna se trata, su carta está especializada en las recetas más madrileñas y castizas, como el cocido, la olla gitana, la tortilla de San Isidro, los huevos estrellados o el rabo de toro estofado, con una mención especial para las torrijas, sin duda de las mejores de Madrid, tanto, que según se cuenta, el rey Alfonso XIII solía encargarlas con frecuencia.

La Taberna Antonio Sánchez es parte de la historia de Madrid, es la taberna sin reformar más antigua de la Villa y Corte, por lo que también es conocida como la taberna de los 3 siglos.

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Taberna Antonio Sánchez

Mesón de Paredes 13 – 28013 Madrid

Teléfono: 915 39 78 26

http://www.tabernaantoniosanchez.com/

Facebook: https://es-es.facebook.com/TabernaAntoniSanchez