Y los muertos aquí lo pasamos muy bien, entre flores de colores…

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La costumbre de enterrar a los fallecidos en el interior de las iglesias parece ser que se inició en el S. XIII. Cuanto más importantes o ricos eran, más cerca del altar eran enterrados. Se creía firmemente que, si eras enterrado lejos de la iglesia, también estabas lejos de Dios, de modo que con el paso de los años surgió un grave problema de falta de espacio, por lo que cada cierto tiempo se realizaba la llamada “monda de cuerpos”, una práctica que consistía en exhumar los cadáveres para trasladar los huesos al osario del templo.

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Ya en la segunda mitad del S. XVIII, los médicos ilustrados comenzaron a insistir en la necesidad, por motivos de higiene y salubridad, de crear cementerios extramuros para realizar los enterramientos, lo que, unido al crecimiento demográfico y el aumento de las defunciones acabo con la arraigada costumbre de los enterramientos en los templos y atrios. En este contexto histórico, social y cultural sería cuando la se comenzó a regular los enterramientos por parte de las autoridades y la creación de cementerios extramuros en las ciudades españolas, de igual modo que ya ocurría en otras naciones europeas. Muy pronto, los primeros cementerios construidos fuera de los límites urbanos en las grandes ciudades, se vieron rodeados de edificios, debido al ya por entonces imparable crecimiento de las ciudades a lo largo del S. XIX, de ahí que uno tras otro acabaran desapareciendo la mayor parte de ellos.

 Los primeros cementerios extramuros de Madrid

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Los primeros cementerios extramuros de Madrid se construyeron a principios del siglo XIX, situándose fuera de la cerca que rodeaba la ciudad, levantada en tiempos de Felipe IV y que sería derribada en 1868. El incendio de la iglesia de Santa Cruz en 1763, dejó al descubierto muchos de los cadáveres en ella enterrados. El mal olor y las epidemias de peste que asolaron España por aquellas fechas hicieron que en 1783 la Real Academia de La Historia remitiera un informe al Consejo del Estado sobre el tema de los enterramientos de los fallecidos elaborado a partir de tres informes llevados a cabo en los últimos 5 años. Se intentaba minimizar el riesgo de contagios en un clima tan cálido como el nuestro, proponiendo situar los cementerios junto a las ermitas ubicadas en las afueras para así poder dar cristiana sepultura en tierra sagrada a los difuntos.

Así, sería finalmente Carlos III quien, por evidentes razones de salud pública, ordenó que se dejara de enterrar en el interior de las iglesias y se empezaran a construir cementerios fuera del casco urbano, mediante una Real Cédula de 3 de abril de 1787. Pero nadie quería ser enterrado lejos de las iglesias. Hubo un nuevo intento años más tarde, ya durante el reinado de Carlos IV, pero los ciudadanos seguían oponiéndose a tal medida.

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Y pasaron los años hasta que el 7 de marzo de 1809, se publicó en el Diario de Madrid, que por aquel entonces era el equivalente al Boletín Oficial del Estado, la siguiente orden:

” DON JOSEF NAPOLEÓN POR LA GRACIA DE DIOS Y POR LA CONSTITUCION

DEL ESTADO, REÍ DE LAS ESPAÑAS Y DE LAS INDIAS”

“Considerando muí conforme a las reglas de una buena policía cortar de raíz todas las causas que pueden influir en la putrefacción del aire, y dañar a la salud pública, en cuya conservación debe esmerarse tanto la solicitud y zelo del gobierno; y observando que, principalmente en las actuales circunstancias, nada se opone más a lograr tan saludable objeto como permitir la práctica de enterrar los cadáveres en las iglesias, abuso contrario a la sana razón, a la política, al respeto debido a los templos, y a los preceptos de la disciplina eclesiástica de los mejores tiempos: hemos decretado y decretamos lo siguiente:…….”

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En la orden se contemplaba la construcción de cuatro cementerios, incluido el General del Norte que todavía ya se estaba construyendo siguiendo la Real Cédula promulgada por Carlos IV el 26 de abril de 1804, a la vez que se enumeraban y regulaban los diferentes servicios con los que debían de contar los cementerios y se intentaba acabar con los privilegios de algunos.

“A mano izquierda del camino de Extremadura, otro en la primera altura a la mano izquierda del camino viejo de Leganés, y el tercero en la primera altura del camino de Alcalá, pasada la tapia del Buen Retiro”

“No habrá persona, por privilegiada que sea, que se exima de conformarse con las disposiciones de este nuestro decreto”

De este modo, sería durante el reinado de José I Bonaparte cuando se termino la construcción de los dos primeros, situados al Norte y al Sur de la capital.

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El cementerio General del Norte estaba situado al otro lado de la Puerta de Fuencarral, en la zona que en la actualidad ocupan la Plaza del Conde Valle de Suchíl, y la Glorieta de Quevedo, a la izquierda del camino que prolongaba más allá de la cerca de Felipe IV la calle Ancha de San Bernardo. Por su parte, el cementerio General del Sur, también conocido como cementerio de la Puerta de Toledo, fue construido para dar servicio como camposanto de los feligreses de las parroquias del Sur de la capital, estando situado al otro lado del Manzanares, en Carabanchel, entre las calles de Baleares y la Verdad.

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En octubre de 1813 D. Manuel de Arizcun y Horcasitas, III marqués de Iturbieta y a la sazón alcalde por segunda vez de la Villa de Madrid, promulgó una ordenanza que prohibía el traslado público de cadáveres desde las casas mortuorias a las parroquias y su exposición en las mismas, antes de su traslado al cementerio disponiendo el traslado directo de los cuerpos. Igualmente se obligaba a los pueblos de la provincia de Madrid a situar los cementerios fuera de las poblaciones, una norma que, ante el incumplimiento de la misma, tuvo que ser publicada de nuevo en el Diario de Madrid en mayo de 1820.

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Fue solo el comienzo, ya que pocos años después varias archicofradías y sacramentales de la ciudad comenzaron la construcción de sus propios camposantos al objeto de dar cristiana sepultura a sus miembros. Dos, los de San Nicolás y San Sebastián, se construyeron en la zona de la actual calle Méndez Álvaro y tres más en el actual distrito de Chamberí, más al norte del citado cementerio General de Norte. Hacia 1860, debido al continuo crecimiento de la población y al plan de Ensanche de la ciudad, surgió la idea de construir dos grandes necrópolis municipales, llamadas del Este y del Oeste, que debían sustituir a todos estos cementerios.

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Sólo llegó a construirse el del Este, el cementerio más conocido de Madrid y uno de los mayores del mundo: Nuestra Señora de la Almudena, cuyos orígenes se remontan a 1877, cuando se aprobó su construcción en el entonces término municipal de Vicálvaro, en los conocidos como terrenos de la Elipa.

Y ahora, os propongo un fúnebre recorrido por los cementerios que se construyeron en Madrid a lo largo del S. XIX, la mayoría de ellos desaparecidos.

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Las temporales de Palacio. De Caravaggio a Bernini. Obras maestras del Seicento italiano en las Colecciones Reales.

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En las salas de exposiciones temporales del Palacio Real de Madrid, se puede admirar desde el 7 de junio  de 2016 la exposición “De Caravaggio a Bernini. Obras maestras del Seicento italiano en las Colecciones Reales”, comisariada por Gonzalo Redín Michausl y organizada por Patrimonio Nacional a modo de aperitivo ante la próxima inauguración, una vez más retrasada, esta vez hasta finales de 2018, del nuevo Museo de las Colecciones Reales, cuya futura sede hace ya tiempo que se encuentra finalizada.

Parece ser que en esta ocasión, la justificación para este nuevo retraso es la situación política en que se encuentra España, actualmente con un gobierno en “disfunciones” incapaz de tomar decisiones. Veremos que ocurre tras las nuevas elecciones del 26-J. Mucho me temo que la fecha no se adelantará, pero espero que al menos no se retrase de nuevo. De momento, aunque no sea más que un mínimo consuelo, disfrutemos de esta muestra que permanecerá abierta hasta el 16 de octubre.

S.S.M.M. los reyes D. Juan Carlos y Dª. Sofía en la inauguración.

Pero centrémonos en lo que nos interesa, que es esta magnífica exposición inaugurada por S.S.M.M. los Reyes eméritos D. Juan Carlos y Dª. Sofía, en la que se pueden ver pinturas y esculturas italianas del siglo XVII, todas ellas propiedad de Patrimonio Nacional, que han sido seleccionadas por su gran valor artístico e histórico, tras recuperar muchas de ellas todo su esplendor, gracias a una excelente labor de restauración.

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Prácticamente la mitad de las 72 obras presentes se pueden ver por vez primera, incluyendo obras de artistas tan importantes como Guido Reni, Francesco Albani o Charles Le Brun, Michelangelo Merisi “Il Caravaggio”, Gian Lorenzo Bernini, José de Ribera, Giovanni Francesco Barbieri “Il Guercino”, Lucca Giordano, Andrea Vaccaro, Federico Barocci, Ercole Procaccini, Ludovico Carracci, Carlo Maratti o José Ribera “El Españoleto. Mención especial merece la posibilidad de admirar “la Túnica de José” de Diego Velázquez, una obra realizada tras el primer viaje del pintor a Italia.

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Hoy os propongo un recorrido a través de las obras que más han llamado mi atención durante la visita. Se podría decir que, “no están todas las que son, pero si son todas las que están”. Y ahora, comencemos nuestro recorrido a través del Seicento italiano, y esta vez no nos olvidemos de la cámara de fotos, porque en esta ocasión se nos permite tomar fotografías, siempre y cuando no hagamos uso del flash.

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La exposición se presenta dividida en cinco secciones: De Bolonia a Roma con obras de Guercino, Lanfranco y Velázquez, entre otros. Lujo Real en la que se exponen piezas procedentes de los conventos de fundación real de la Corona española, con obras firmadas por Cantarini, Albani, Reni, Giambologna, Cartari o Petel. Salomé con la cabeza del Bautista, eje central de la muestra,  exhibida junto al lienzo Judith con la cabeza de Holofernes de Fede Galizia, la única mujer presente en la muestra. De Roma a Nápoles, de Nápoles a España, donde se muestran obras realizadas durante el dominio español. Y por último, El esplendor del barroco. Grandes palas de altar en la Colección Real, sección en la que podemos ver una selección de pinturas de gran formato con obras religiosas de Barocci, Reni o Romanelli.

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Lot y sus hijas – Giovanni Francesco Barbieri, “Guercino”, 1617 – Óleo sobre lienzo.

El cuadro fue pintado en 1617 por Guercino y sus ayudantes para el arzobispo-cardenal Alessandro Ludovisi en Bolonia, permaneciendo en manos de la familia Ludovisi hasta que en 1664, Nicolo Ludovisi dejó en herencia seis cuadros a Felipe IV, que fueron elegidos por el embajador Pedro Antonio de Aragón. Apareciendo años después el cuadro de Lot, junto a la Conversión de Saulo de Guido Reni, en la lista de cuadros propiedad de Carlos II que colgaban de las paredes de la cuadra de mediodía de El Escorial, realizada en 1681.

“Hizo dos cuadros, un Lot y una Susana, y un Hijo pródigo, figuras de tamaño natural. Ya acabados no quiso decir su precio por modestia; se determinó entonces llamar a Lodovico Carracci para que dijese cuánto podían valer y él los estimó en setenta escudos cada uno, lo cual pareció mucho a dichos Señores, que solo le dieron setenta y cinco por los tres, a razón de veinticinco cada uno, y él se conformó; tenía entonces veintiséis años, y le tomaron ellos desde entonces gran admiración por su valía”.

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Guercino refleja perfectamente en su pintura la peligrosa intimidad existente entre Lot, tan borracho que tiene que sujetarse con el brazo izquierdo en su asiento y sus dos hijas. Una de ellas, de pie tras el asiento, toma un ánfora para servir más vino a su padre, mientras la otra, sentada a los pies del anciano, sujeta la copa con la mano derecha mientras con la izquierda le acaricia la pierna al tiempo que se acerca a su regazo.

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Toda la escena se realiza como si de un solo instante se tratara, mostrando simultáneamente los diferentes momentos de tan escabrosa historia: Lot escapa junto a su familia de la destrucción de Sodoma, a causa de los vicios de sus habitantes. En la huida, Lot pierde a su mujer, convertida en estatua de sal por mirar atrás, y se refugia con sus dos hijas en una cueva, donde con la intención de perpetuar la estirpe, las jóvenes embriagan a su padre manteniendo relaciones carnales con él.

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La túnica de José – Diego de Silva y Velázquez, h. 1630-1634 – Óleo sobre lienzo. Sigue leyendo

Asuntos de palacio. Visitando Zurbano, Buenavista y Fernán Núñez

Palacio de Zurbano

Situado en el barrio de Chamberí, en la calle Zurbano esquina con la calle Fernando el Santo, 6, el palacio de Zurbano fue construido por el conde de Muguiro, diputado en Cortes y senador, casado con Ángeles de Beruete y Moret, hija del pintor Aureliano de Beruete, entre los años 1878 y 1881. La historia del solar donde se encuentra el palacio se remonta hasta el reinado de Felipe II , una época en la que los terrenos no eran más que huertas.

Plano Zonal de las calles Zurbano y Fernando el Santo

El proyecto original, de estilo ecléctico clasicista, era obra del arquitecto Severiano Sainz de la Lastra con planta casi cuadrada con una distribución simétrica de las distintas estancias y estructura de hierro. Estaba situado en una de las esquinas del solar, dejando el resto para el jardín donde estaban cuadras, cocheras, celaderas, guadarnés, gallinero y un invernadero o estufa de estilo victoriano construido en metal y cristal. La decoración del interior fue obra de Arturo Mélida y Alinarí. qué también diseño el jardín que a. El palacete  tenía una disposición clásica, con una gran escalera construida en la época del marqués de Casa Riera y un oratorio de estilo neogótico de la segunda planta actualmente convertido en despacho. De sus paredes colgaron telas realizadas por Goya (La lechera de Burdeos y el retrato de Juan Bautista Muguiro), y los retratos de Fermín Muguiro y su esposa Dª. Ángela Beruete, firmados por Federico de Madrazo y JoaquínSorolla.

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En 1919 los descendientes del conde de Muguiro vendieron la propiedad por 750.000 pesetas a Gonzalo Mora y Fernández, marqués de Casa Riera, quién encargo a Eladio Laredo una profunda remodelación del edificio original, duplicando la superficie construida tras eliminar las cocheras y parte del jardín, para añadir un salón de baile, biblioteca, comedor de gala, además de nuevos dormitorios.

Palacio de Zurbano - Jardín Palacio de Zurbano - Detalle de las pinturas Palacio de Zurbano - Salón de las Abejas

También la colección de obras de arte se incremento de forma notable con los retratos del matrimonio Goicoechea, de Goya, un retrato posiblemente de San Pablo, atribuido a Velázquez, y obras de Tiepolo, varios maestros flamencos, Raimundo de Madrazo, Vicente y Bernardo López….lo que convertía el palacio de Zurbano en un verdadero museo de arte.

Palacio Zurbano Palacio de Zurbano - Escalera principal

En este palacio nació Fabiola de Mora y Aragón en 1928, hija del marqués de Casa Riera, quien tras contraer matrimonio con el rey Balduino de Bélgica en 1960, se convertiría en reina de los Belgas. Finalmente, en 1986, la familia de Mora y Aragón vendió el palacete al Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, que llevaría a cabo una profunda remodelación y restauración del edificio y el jardín.  Tras ser utilizado durante un breve periodo de tiempo por el Consorcio de Madrid Capital Europea, pasó a ser la sede del Centro de Estudios Históricos de Obras Públicas y Urbanismo.

Palacio de Buenavista

Situado en la calle de Alcalá, frente al Banco de España, la construcción original, del Palacio de Buenavista, hoy desaparecida, se remonta al siglo XVI, cuando Gaspar de Quiroga, arzobispo de Toledo, se lo dona a Felipe II, con ocasión de la proclamación de Madrid como capital del reino. Propiedad desde entonces de las Casa Real, fue la residencia de Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V y madre de Carlos III, desde 1759 a 1766, tras trasladarse a Madrid desde el palacio de La Granja en Segovia.

Proyecto para el palacio de BuenavistaPalacio de Buenavista en 1780

En 1816, pasó a ser Museo Militar y Parque de Artillería y de Ingenieros, para desde 1847 ser Ministerio de la Guerra, del Ejército desde 1939 y de Defensa desde 1977. En la actualidad alberga el Cuartel General del Ejército de Tierra.

El palacio de Buenavista desde el mirador del palacio Cibeles

Fue adquirido por el XII duque de Alba en 1769, aunque el edificio actual, fue mandado edificar por la duquesa de Alba a finales del siglo XVIII para su uso como residencia privada y en 1805 fue adquirido por el Ayuntamiento de Madrid como regalo a Manuel Godoy, favorito  primer ministro de Carlos IV,en cuyas manos permaneció hasta la incautación de sus bienes en 1808. Durante la Guerra de la Independencia el mariscal Murat ocupó el Palacio de Buenavista y tras el final de la guerra se convirtió en sede del Museo Militar y entre sus paredes falleció el general Prim, que fue presidente del Gobierno de 1869 a 1870, tras sufrir un atentado cuatro días antes de la llegada de Amadeo I de Saboya.

Palacio de Buenavista - Entrada a los jardines

Monarcas y políticos de la historia de España han estado estrechamente relacionados con la historia del Palacio de Buenavista, y en él han residido, el general Espartero, el general Prim o Miguel Primo de Rivera y han tenido su lugar de trabajo Manuel Azaña o Francisco Largo Caballero durante la II República y ha sido escenario de importantes episodios de la historia reciente de España, como la Sanjurjada, de 1932, o la dirección de la defensa de Madrid durante la Guerra Civil.

Palacio de Buenavista - Escalera principal

Una de las estancias destacadas del palacio es el Salón de Embajadores, lugar en el que el mariscal Joffe, héroe de la batalla de Verdún, condecoró a Alfonso XIII en agradecimiento por neutralidad de España en la I Guerra Mundial y su colaboración con la Cruz Roja Internacional. Este edificio alberga también auténticas joyas del arte patrio, como un retrato de Fernando VII de Francisco de Goya, la mesa donde Alfonso XIII presidió su último consejo de ministros, un ascensor secreto, alfombras procedentes de la de la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. Entre sus piezas más importantes se encuentran un retrato de Fernando VII, obra de Francisco de Goya, la mesa donde el Rey Alfonso XIII presidió su último consejo de ministros, un ascensor secreto, e importantes frescos en sus techos y paredes.

Calle Alcalá (12)

 Palacio de Buenavista 1 1 Palacio de Buenavista 2

Dos estatuas dedicadas a Don Pelayo y a Hernán Cortés flanquean el Patio de Armas del palacio, y en sus jardines, añadidos en 1869 por el general Prim y cerrados por una verja realizada en forja de hierro, hay estatuas dedicadas al guerrero celtíbero, al valor,  los tercios de Flandes, el Cid, Agustina de Aragón, el Gran Capitán o las de Marte, el dios romano de la guerra y Minerva, la diosa romana  de la guerra, la sabiduría y la ciencia .

Palacio de Fernán Núñez

Está situado en la calle Santa Isabel nº 44, siendo una de las construcciones palaciegas mejor conservadas de Madrid. El Palacio presenta dos áreas claramente diferenciadas: la noble, la que se conserva en mejor estado tras las sucesivas restauraciones efectuadas, y la de servicio. La parte noble, donde podemos ver entre otras estancias, el Salón de Baile con sus numerosos espejos, el Salón Isabelino y el Comedor de Gala, está decorada con alfombras y tapices realizados en la Real Fábrica de Santa Bárbara, algunos de ellos diseño de Goya, lámparas de cristal de Murano y Baccarat, sedas y otros elementos de lujosa factura, mientras que la zona de servicio fue transformada  en oficinas a partir del año 1941. También merece la pena visitar el jardín, diseñado por arquitectos y paisajistas procedentes de París.

Palacio de Fernán Núñez -Salón Isabelino Palacio de Fernán Núñez - Salón de baile

Sus orígenes se remontan al siglo XVIII cuando Blas Jover, Secretario de Consejos de Fernando VI, construyó su residencia en los antiguos huertos del convento de Santa Isabel, lugar donde a su vez Antonio Pérez, el todopoderoso secretario de Felipe II había  construido su popular “casilla”. En 1769, tras varios traspasos de la propiedad, Miguel José María de la Cueva, XIII duque de Alburquerque y IV marqués de la Mina, adquiere y transforma la vivienda. En 1803 fallece y, debido a problemas sucesorios, el edificio se utiliza como cuartel, hospital y viviendas. En 1815, Felipe María Osorio de la Cueva, VII conde de Cervellón, hereda la mansión. Posteriormente contrae matrimonio con María Francisca de Asís, II duquesa de Fernán-Núñez, quienes entre 1847 y 1849 remodelarían el palacio según el estilo romántico imperante en la época.

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En 1905 el palacio fue nuevamente ampliado y remodelado por el arquitecto Valentín Roca Carbonell. El jardín fue asimismo rediseñado por la empresa parisina “Cabinet Ch. Revéron, L. Collin, Succr. Arquitecte-Paysagiste”, que añadió la terraza de mármol.

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Durante la Guerra Civil, la familia de Fernán Núñez y Cervellón traslada su residencia fuera de España, excepto el V Duque que participa en la contienda y fallece en la primera Batalla de Madrid. Durante este periodo, el Palacio es incautado y ocupado por la Juventudes Socialistas Unificadas y la Junta del Tesoro Artístico cataloga las obras de arte y traslada las más valiosas a la Basílica de San Francisco el Grande.

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Tras finalizar la contienda, Mercedes de Anchorena, duquesa viuda de Fernán Núñez vendió el palacio en 1941 a la Compañía Nacional de Ferrocarriles del Oeste de España que poco después se integraría en RENFE. En la planta baja estuvo situado el primer Museo Ferroviario de España que años mas tarde, en 1980, sería trasladado a la Estación de Delicias, donde aun permanece. En la actualidad el edificio es propiedad de ADIF y de RENFE, siendo la sede de la Fundación de Ferrocarriles Españoles desde 1985.

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En 2002 RENFE  llevó a cabo una profunda restauración del edificio, calificado como edificio monumental de alto valor histórico-artístico, que  incluyó cubiertas, patios, jardín, garaje y viviendas con el objetivo de recuperar el estilo de principios del siglo XIX. 

Antón Martín, mucho más que una plaza madrileña.

No son pocos los madrileños que aseguran que esta plaza en realidad no existe, basándose en el curioso hecho de que carece de numeración propia, considerándose como un simple ensanchamiento de la calle de Atocha, y sin embargo ahí esta esta plaza o plazuela dedicada a Antón Martín, una más de las curiosidades que esta sorprendente ciudad que es Madrid, ofrece a propios y extraños.

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Puerta de entrada a los barrios de Lavapies y Las Letras, dos de los barrios mas representativos de Madrid, ya aparece en el plano de Pedro deTexeira como la Plazuela de Antón Martín, junto al portillo de la cerca de Felipe II. Desde el siglo XIII se encontraba en los limites del arrabal de Santa Cruz junto con la Puerta de Vallecas, un modesto acceso a Madrid, muy cercano a esta plaza, que durante el reinado de Felipe IV sería derribado, construyéndose en 1625 una nueva puerta con el mismo nombre en las inmediaciones del convento de Nuestra Señora de Atocha, como parte de la cerca de Felipe IV. La última puerta con este nombre fue construida por Ventura Rodríguez en 1769, siendo demolida a mediados del siglo XIX.

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En la misma zona se encontraba la ermita de San Sebastián, que años mas tarde desapareció tras la fundación de la parroquia del mismo nombre en 1541 por el licenciado Francos, párroco de Santa Cruz. El 23 de marzo de 1766 se inició en la Plaza de Antón Martín el Motín de Esquilache, como protesta contra el marqúes de Esquilache, ministro de Carlos III, consecuencia del creciente descontento de los madrileños a causa de la subida del precio del pan y de otros productos de primera necesidad, así como la prohibición del uso de capas largas y sombreros de ala ancha usados por los madrileños que deberían ser sustituidos por capas cortas y sombreros de tres picos, alegando que dichas prendas facilitaban el ocultamiento de los rostros y las armas que solían portar los delincuentes. Desde la plaza de Antón Martín, la enfurecida multitud se dirigió hacia el domicilio del marqués, situado en la casa de las Siete Chimeneas. Carlos III, ante la gravedad de la situación se vio obligado a dejar Madrid, llegando incluaso a plantearse trasladar la capital de España a otro lugar. Con el cese del marqués de Esquilache se solucionó el problema que estuvo a punto de costarle el trono de España al monarca.

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Durante casi ciento cincuenta años presidió esta plaza la fuente de la Fama, obra de Pedro de Ribera, que hoy se encuentra en los jardines que llevan precisamente el nombre del arquitecto, junto al Museo de Historia de Madrid y sobre la que escribí en una entrada anterior.

 En 1869 el licenciado en Farmacia Miguel González Gallardo fundó la farmacia El Globo y a comienzos del siglo XX, el arquitecto Teodoro Anasagasti llevo a cabo el proyecto del Monumental Cinema con aforo para mas de 4o00 personas que desde 1970, acoge los conciertos de la orquesta sinfónica de RTVE.

 

En el centro de la plaza podemos ver el monumento levantado en homenaje a los abogados laboralistas, asesinados por terroristas afines a la extrema derecha en el número 55 de la calle de Atocha, el 24 de enero de 1977.

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Antón Martín es también, y sin duda es por esto por lo que es más conocida, una estación del Metro de Madrid perteneciente a la linea 1, que fue inaugurada el 26 de diciembre de 1921.

Hasta aquí os he hablado de la plaza de Antón Martín, pero, ¿Quien fue realmente Antón Martín, el verdadero protagonista de esta entrada?

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Antón Martín, nació en la villa conquense de Mira, el 25 de marzo de 1500. Era hijo de dos campesinos acomodados, Pedro de Aragón y Elvira Martín. La muerte del padre cuando Antón Martín era aun muy joven sumió a la familia en una situación dificil, por lo que la madre decidió casarse de nuevo,una decisión que no gustó a Antón y su hermano Pedro, que decidieron emanciparse. Antón se vino a Madrid para poco después trasladarse a Valencia donde se empleó como soldado. Allí se encontraba cuando su hermano fue asesinado por Pedro Velasco, en Guardafortuna, un pueblo de la provincia de Granada. El motivo parece ser que fue que Pedro Martín se negó a contraer matrimonio con alguien muy cercano a Pedro Velasco. Cuando Antón Martín recibe la luctuosa noticia, solicita permiso para trasladarse a Granada, pero al llegar a Guardafortuna la familia Velasco ha huido, aunque finalmente serán prendidos y Pedro Velasco condenado a morir en la horca. En Granada causo gran conmoción la condena de Velasco, hasta el punto de que fueron numerosos los granadinos que solicitaron el perdón de la pena máxima. Sin embargo existía un grave problema, ya que dicho perdón dependía del beneplácito de los familiares de la victima, en esta caso de Antón Martín.

Es en este momento cuando Juan de Dios, que se encontraba en Granada recaudando el dinero necesario para construir un hospital para los más desfavorecidos, entra en escena abordando a Antón Martín en la calle de la Colcha con el único objetivo de convencerle de las virtudes del perdón.

“Antón Martín, vengo para pediros y rogaros que así perdone este divino Señor crucificado vuestras culpas, que perdonéis la que cometió contra vuestro hermano vuestro contrario, perdonad a vuestro enemigo y seréis amigo de Dios”

Finalmente Juan de Dios consiguió que Antón, intercediera ante la Chancilleria de Granada para salvar la vida del asesino, logrando por añadidura que ambos se unieran a su, por aquel entonces, escaso número de discípulos.

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Durante el resto de su vida, el cofundador del hospital de Granada, Antón Martín fue adquiriendo la calidad de discípulo predilecto, y así se reconoce en la última voluntad de su maestro cuando es a él a quien encomienda que continúe su obra. Juan de Dios fallece el 8 de marzo de 1550, momento en el que Antón Martín recoge su testigo, se coloca al frente de su orden, y se traslada a Madrid donde fundaría el 3 de noviembre de 1552 el hospital de Nuestra Señora del Amor de Dios para atender lo que entonces se llamaban enfermedades ver­gonzantes, llegando a contar con 243 camas distribuidas en diez salas, seis para hombres y cuatro para mujeres. El hospital estaba situado en unos terrenos contiguos a esta plaza, donde hoy están el cine Doré y la parroquia del Salvador y San Nicolás, que fueron adquiridos al contador del rey Her­nando de Somontes y a su esposa Catalina de Zapata. Estaba situado en unos terrenos situados entre el cine Doré, el mercado de Antón Martín y la parroquia de San Salvador y San Nicolás, prestando sus servicios asistenciales a la ciudad de Madrid hasta el final de la Guerra de la Independencia. En su iglesia, construida el mismo año de la construcción del hospital y restaurada en 1798 fue enterrado Antón Martín, tras fallecer el 24 de diciembre de 1553, restos que en la actualidad se encuentran en la iglesia del hospital de San Rafael, perteneciente a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Después la desamortización de Mendizabal llevada a cabo entre 1836 y 1837, el hospital pasó a ser regentado por la Benefi­cen­cia, y en 1899 fue derribado, edificándose en el mismo lugar la iglesia  del Salvador y San Nicolas. La iglesia fue incen­diada durante la Guerra Civil y en su lugar se edificó la que podemos ver en la actualidad. 

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Juan de Dios supo rápidamente apreciar las grandes cualidades de su nuevo discípulo por lo que se dispuso a formar su alma para sucederlo. Así cuando Juan de Dios tenía que ausentarse, dejaba a Antón Martín como hermano mayor, participando activamente  en la fundación del nuevo y definitivo hospital de Granada fundado en 1552, junto con Juan de Ávila y el arzobispo Pedro Guerrero, ya que el hospital de la calle Gomeles se había quedado pequeño ante la gran afluencia de necesitados.Tras el fallecimiento de Juan de Dios, Antón Martín fue confirmado como hermano mayor, siendo entonces cuando realizo un viaje a Madrid, pasando antes por Toledo donde visitó a Leonor de Mendoza, una de las bienhechoras de Juan de Dios. Una vez en Madrid se entrevistó con el príncipe Felipe y su hermana la infanta Juana a quienes expuso las necesidades del hospital de Granada, consiguiendo grandes donativos en metálico y la propuesta de fundar un nuevo hospital en la villa. Tras conseguir los permisos de la Casa Real y del Arzobispado de Toledo, comenzó las obras del que sería el Hospital de Nuestra Señora del Amor de Dios, también conocido como Hospital de Antón Martín.

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Antón Martín es, tal y como hemos podido leer hasta aquí, bastante más que una plaza madrileña.

Carlos III y “La China”

¿Quien fue “La China”? ¿Una actriz famosa de la época del reinado de Carlos III? ¿Una cortesana de reconocidas habilidades amatorias? ¿Una diva del mundo de la ópera? ¿O acaso fue una amante del rey, como lo fue “La Pompadour” de Luis XV en Francia? Elijáis la respuesta que elijáis, os estaréis equivocando, porque la pregunta inicial tenia trampa, ya que ésta debería haber sido: ¿Qué fue “La China”? No se trataba de una persona, sino de la Real Fabrica de Porcelana del Buen Retiro, fundada por el monarca en 1760 y popularmente bautizada por los madrileños mas castizos, con su gracejo e ingenio habituales, como “La China”.

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Un breve apunte histórico

La llegada a España de Carlos III desde Nápoles en 1759, supuso la introducción del espíritu de la Ilustración y del despotismo ilustrado encarnado en la persona del monarca, máximo defensor de su conocido lema: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Esto se vería reflejado, a lo largo de un reinado de casi 30 años, tanto en el desarrollo urbanístico como en los usos y costumbres la ciudad de Madrid.

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 Todavía en obras el Palacio Real, al nuevo monarca no le quedo mas remedio que instalarse en el Palacio del Buen retiro, un lugar algo apartado del centro de  su nueva capital, que no sería de su completo agrado, hasta el punto de que, cuando unos años más tarde, en diciembre de 1764, la corte se trasladó al nuevo palacio, Carlos III volvió en contadas ocasiones por el lugar que fue su residencia durante los cinco primeros años de su reinado. Sin embargo, el monarca no se olvidaría del Real Sitio y llevado de su interés por todo aquello relacionado con la ciencia, el arte y los entonces incipientes conocimientos tecnológicos y científicos, decidió convertir el Buen Retiro en una especie de centro científico y artesanal, donde, además de ordenar la creación del Real Observatorio Astronómico y fundar una escuela de prácticas agrícolas, decidió construir una fábrica de porcelana aprovechando los restos de la ermita de San Antonio de los Portugueses, que había resultado seriamente dañada tras sufrir un incendio, cuya principal objetivo era continuar en España la tradición artesanal de la manufactura de Capodimonte, que él mismo había fundado años atrás cuando era rey de Nápoles.

En sendos planos de Madrid, realizados por Antonio Espinosa de los Monteros en 1769, y por Tomás López en 1785, se puede apreciar perfectamente la ubicación de la Real Fábrica, que llegó a producir piezas de gran calidad, como jarrones, vajillas y relojes, destinadas principalmente a los diferentes palacios reales repartidos por la geografía española y a las residencias palaciegas de la aristocracia, fundamentalmente debido al elevado precio de las mismas.

La porcelana en Europa: de Meissen al Buen Retiro

Fue Marco Polo trajo el primero en traer a Europa noticias de la porcelana china de la dinastía Ming. Posteriormente, los afortunados viajeros de la época que llegaron hasta  Extremo Oriente, trajeron los mas diversos objetos de porcelana, codiciados por las clases sociales mas pudientes, principalmente reyes y aristócratas, lo que llevó a numerosos intentos, todos ellos fallidos, encaminados a lograr imitar las porcelanas orientales.

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En Europa da entonces comienzo una feroz lucha por conseguir el secreto de la fabricación de estas piezas, para iniciar una producción propia. Los intentos más conocidos  serían los llevados a cabo en Florencia y Venecia en el siglo XVI y en la ciudad holandesa de Delft, y la francesa de Moustiers, durante los siglos XVII y el XVIII, donde se comenzó a imitar el estilo decorativo de las piezas procedentes de la lejana China, aunque sin conseguir, ni su dureza, ni su acabado. Tras años de ardua investigación y los consiguientes fracasos, las mejores imitaciones de las piezas orientales originales se lograron  en las fábricas francesas de Vincennes y Sèvres con las porcelanas tiernas, productos a medio camino entre la loza y la porcelana auténtica.

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Aun faltaban algunos años, y muchos fracasos más, para que Walter von Tschirnhaus y Johann Friedrich Böttger descubrieran en Sajonia el gran misterio de la porcelana dura: el caolín. Un silicato de aluminio hidratado, formado por la descomposición de feldespato también conocido como arcilla de China, cuyo nombre procede del chino Kao-Ling, un pueblo cerca de Jingdezhen, en la provincia de Jiangxi. Una vez conocido el secreto, se comprobó que no era tan complicado: todo consistía en mezclar caolín y petunsé, un feldespato menos descompuesto que el caolín, pintando los elementos decorativos antes de la aplicación del barniz, que a su vez debe aplicarse antes de la cocción, con el fin de lograr el recubrimiento brillante tan característico, conseguido con una elevada temperatura de cocción. La decoración final se hacía sobre el barniz, con una temperatura de cocción mas baja, lo que permitía una mayor gama cromática.

El elector de Sajonia y rey de Polonia, Augusto II “el Fuerte”, llamaría a su lado a Walter von Tschirnhaus, fundando en 1708 la fábrica de porcelana de Meissen, la primera que fabrico piezas de verdadera porcelana en Europa. Tras la muerte de Tschirnhaus, poco tiempo después, la dirección de Meissen pasó a ser desempeñada por Bottger, quien con mano firme, obligó a los trabajadores de los hornos, a guardar el secreto de fabricación de la nueva pasta, llegando a prohibirse el traslado de dichos operarios a otras fábricas, con el claro propósito de evitar una futura competencia, que sin embargo, y pese a todas las medidas adoptadas, acabaría por llegar. Algunos trabajadores consiguieron trasladarse a la ciudad francesa de Sèvres, desde donde la composición de la pasta dura, que permitía la fabricación de la porcelana, se extenderá durante la primera mitad del siglo XVIII, a lo largo y ancho de toda Europa. El tan codiciado secreto, había dejado de serlo.

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En España, antes de la construcción de la Fabrica del Buen Retiro, se realizaron intentos para conseguir la fabricación de porcelana en la factoría de Alcora, fundada por el Conde de Aranda en 1727, aunque no se conseguiría hasta después de la fundación de “La China”.

“Alcora creó un estilo que influyo en todos los talleres españoles, pasando luego a Francia” (Giralt Rocamora)

La breve historia de “La China”

Carlos III fundó la Real Fábrica del Buen Retiro en Madrid en 1760, poco después de su llegada a España, haciendo venir desde Nápoles todo lo necesario, operarios incluidos, para continuar en España la fabricación de porcelana que ya se realizaba desde años atrás en la fabrica de Capodimonte, de forma que durante los primeros años de la fabrica del Buen Retiro se fabricó siguiendo un estilo marcadamente italiano.

“Los operarios de la fábrica del Buen Retiro dispondrán de todo lo necesario. S.M. el Rey ha dispuesto que se destinen dos capellanes: uno con 500 ducados de vellón al año, y otro con 400. Se les dará habitación y celebrarán Misa diaria en el oratorio de la fábrica, aplicándolo por la intención del Rey, y acordando las horas con el director” (A.G.P. Administraciones Patrimoniales. Cª 11753/82. 12 abril 1760)

Con esta fundación, pretendía desarrollar una política artística controlada desde el mismo estado, cuya herramienta principal sería la Real Academia de Bellas Artes de SanFernando, fundada por Fernando VI, el 12 de abril 1752, siguiendo el ejemplo de su homologa francesa, fundada por Luis XIV, además de desarrollar una industria suntuaria nacional , cuya producción estaría destinada en un principio a decorar los reales Sitios y en especial el aun inacabado Palacio Real de Madrid, evitando de este modo tener que recurrir a la importación de dichos productos.

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Lo primero era buscar el lugar adecuado donde construir la fábrica, que finalmente sería el lugar donde en la actualidad se encuentra el monumento del Ángel Caído. El edificio, que el monarca quería que estuviera dotado de las mayores medidas de seguridad, con el fin de evitar el robo del secreto de la porcelana , estaba rodeado por un foso y disponía de un único acceso desde el exterior. Se empezó a construir en 1759, finalizando las obras en 1760 e iniciando la producción de manera inmediata, usando como marca distintiva la flor de lis, utilizada igualmente en la fabrica napolitana de Capodimonte.

“Habiendo llegado algunos operarios de Capodimonte, S.M. ordena que se les facilite el reconocimiento de sitios y terrenos oportunos para edificar la fábrica. El principal director es Juan Thomás Bonicelli” (A.G.P. Admón. Patrim. Cª 11754/24)

“El 26 de diciembre de 1760 Bonicelli reconoció el molino de Bastán a un cuarto de legua más abajo del Real sitio de san Fernando. No aprobó el paraje por no tener aguas superiores más limpias” (A.G.P. Admón. Patrim. Cª 11754/30)

Dentro de la producción de la fabrica del Buen Retiro, se pueden distinguir cuatro épocas en función de los distintos directores: José Gricci (1760 a 1770); Carlos Scheppers (1770 a 1783); Carlos Scheppers y Felipe Gricci (1783 a 1803) y finalmente la etapa de Bartolomé Sureda (1803 a 1808)

1.- La etapa de Tomás y Domingo Bonicelli, puede denominarse como el período italiano del Buen Retiro, debido a la similitud con las piezas producidas hasta entonces en Italia y al gran numero de artesanos venidos desde Nápoles. Su director, José Gricci, estará al frente de la fabrica  hasta su muerte, contando con modeladores de la importancia y renombre de Basilio y Cayetano Fumo, los hermanos Bautista, los hermanos Scheppers y Salvador Nofri, entre otros.

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En esta primera etapa, la porcelana obtenida aun es tierna al faltarle el caolín. En un principio se continuó con los modelos italianos de Capodimonte de claro estilo barroco, que poco a poco dará paso  al rococó, con sus motivos florales, rocallas y lineas curvas de formas caprichosass. Asimismo, se realizaron un gran numero de biscuits o bizcochos, y en el aspecto cromático predominan el blanco y los tonos pálidos, presentando un recubrimiento vidriado y muy brillante, recurriendo de forma habitual a motivos orientales y mitológicos. 

Dentro de este primer período se encuentran las salas de porcelana de los palacios de Aranjuez y de Madrid, realizadas a imitación del salón de porcelana de la Reina Maria Amalia, del Palacio Pórtici, un perfecto ejemplo del nivel de perfección alcanzado por la Real Fábrica de Porcelanas de Capodimonte. La sala de Aranjuez se caracteriza por la decoración clara inspiración chinesca, mientras que la del Palacio Real de Madrid presenta una decoración de estilo neoclásico con motivos mitológicos, y el dios Baco como personaje principal. En esta etapa, alcanzo una gran importancia el taller de bronces, lo que permitió la fabricación de algunas piezas realizadas combinando bronce y porcelana.

2.- La etapa de Carlos Scheppers estuvo marcada por una gran crisis económica, que Scheppers intentara solucionar dirigiendo la producción de la fabrica, no sólo a las necesidades de la corona, sino haciéndola accesible a todos aquellos que pudieran pasar su elevado precio. Se ira imponiendo de forma progresiva el estilo neoclásico  de lineas mas rectas, inspirado en la antigüedad clásica.

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 Durante esta etapa continúan haciéndose experimentos para descubrir el secreto de la porcelana dura, probándose entre otras la fórmula de Carlos Gricci de mezclar cristal de roca y tierra de Galapagar. Se seguirá fabricando según las tendencias estilísticas traídas desde Italia, que derivarán a partir de 1880 hacia el conocido como estilo pompeyano a partir del descubrimiento de los yacimientos arqueológicos de Pompeya y Herculano.

3.- La etapa de Carlos Scheppers y Felipe Gricci se caracteriza por el cambio estilístico de la producción; si bien sigue siendo evidente la influencia italiana, se comienza a fabricar piezas de clara influencia inglesa y sajona.

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A este respecto son muy importantes las imitaciones que se hacen de la porcelana inglesa de Wedgwood, cuyo ejemplo más significativo es la sala de placas de la Casa del Príncipe de El Escorial, los biscuit de porcelana con motivos mitológicos y los ramos de flores realizados por los hermanos Bautista, que podemos contemplar en El Escorial y en los jarrones del Salón de Espejos del Palacio de Oriente.

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En 1789, se abrió una tienda en la calle del Turco (hoy Marqués de Cubas), pero el problema que suponía la utilización de una pasta poco adecuada para la fabricación de vajillas, mucho más populares y fáciles de vender que los objetos suntuarios, hizo que ni con la apertura de la misma se solucionaran los graves problemas económicos que venia arrastrando desde hacia años la Real Fabrica. Finalmente, en 1802, Carlos IV envió a Sevres al que sería el último director de “La China”, Bartolomé Sureda, que regresaría trayéndose consigo el secreto de la pasta dura.

“13 de enero de 1789. El rey ha resuelto vender la china al público y pide a Domingo Bonicelli que examine dónde puede ubicarse” (A.G.P. Admón. Patrim. Cª 11754/44)

4.- La etapa de Bartolomé Sureda, comienza tras su regreso de Francia, cuando es nombrado director de la Real Fabrica del Buen Retiro. A partir de ese momento se puede hablar realmente de la porcelana de Madrid, ya que se comienza a fabricar piezas de pasta dura, usando caolín y petunsé obtenidos en la Huerta de Zabala en Vicálvaro, Galapagar,Valdemorillo y Colmenar Viejo.

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De este periodo es el dessert de Carlos IV y la reposición de las piezas rotas o deterioradas de la conocida como vajilla de Carlos y Luisa y algunas piezas que definitivamente abandonaron el estilo italiano, para seguir las tendencias de la producción francesa imperantes en el momento.

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Desgraciadamente, la Real Fábrica del Buen Retiro, “La China” sería saqueada por las tropas invasoras francesas de Murat en 1808, e incendiada y destruida por los ingleses de Wellington en octubre de 1812 antes de abandonar Madrid tras la capitulación del coronel Lefond. Menos mal que, los ingleses habían venido a ayudarnos a expulsar a los ejércitos invasores, pero no renunciaron a la ocasión, que por otra parte se les brindaba en bandeja, de eliminar la competencia que suponía la fábrica madrileña para su propia porcelana.

“El general Hill pasó por Madrid el 30 de octubre; desocupó los almacenes de los franceses, destruyó las obras del Retiro y quemó la casa de la China, en cuya última operación, no demandada por las leyes de la guerra, si dejó de mostrarse generoso y fiel aliado, se acreditó al menos de buen inglés, destruyendo un establecimiento español que ya empezaba á dar celos á los de su misma clase de su nación” (Miguel Agustín Príncipe – Historia de la guerra de la Independencia)

 Este precipitado y trágico final de la Fabrica del Buen Retiro, tuvo como consecuencia la pérdida de la mayor parte de la documentación relacionada con la misma.

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En la actualidad, tan solo queda en El Retiro un recuerdo de “La China”: a finales del siglo XX, durante el transcurso de unas excavaciones arqueológicas realizadas en el Huerto del Frances, salieron a la luz los restos de una noria y una alberca que surtía de agua a la fábrica. Se trata de una noria de las denominadas “de tiro” o de “sangre” ya que empleaban la fuerza de uno o dos animales, para elevar el agua del pozo, que en la actualidad. Las excavaciones arqueológicas sacaron a la luz igualmente restos de pertrechos militares y una serie de galerías subterráneas, datadas en el siglo XVII hacia 1765, cinco años después del comienzo de  la construcción de “la China” con varios ramales, que siguiendo la cuesta de Moyano, llegan hasta la glorieta de Atocha. Estas galerías, construidas en pedernal y ladrillo, nacen en el lugar que ocupaba la fábrica de porcelana y se accede a ellas a través de un pozo de 8,5 metros de profundidad, que se encuentra junto a la noria. Son estrechas y en ninguno punto superan el 1,85 de altura. Las bóvedas tienen una inusual construcción en forma de espina de pez, algo que hasta ahora no se había encontrado en otros restos de la misma época.

 Tras su regreso a España, Fernando VII, fundaría en 1818 la Real Fábrica de Porcelana y Loza de la Moncloa en la Real Posesión de La Florida, ubicada en la Granjilla de los Jerónimos, cuya  misión era continuar con la producción interrumpida tras la destrucción de “la China,” aunque desafortunadamente, ya nada volvió a ser igual. 

Fueron menos de 50 años, pero durante ese breve periodo de tiempo, en “La China” se produjeron piezas de una gran calidad y belleza, capaces de rivalizar con las mejores porcelanas de otras fabricas europeas como Sevres, Limoges, Meissen, Capodimonte o Weedgwood.