…y los jueves, cocido madrileño completo, con tres vuelcos.

Decidme cualquier otro plato de la gastronomía popular española, al que se le hayan dedicado mas canciones que al cocido madrileño… y os invito. ¿A que no se os ocurre ninguno? Al cocido madrileño le han rendido merecido homenaje varias canciones a lo largo del último siglo, y estas son algunas  de ellas.

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La primera, parece ser que fue el cuplé “Cocido madrileño”, que popularizó allá por 1915 Blanquita Suárez, una famosísima actriz y tonadillera de la época, tras ella, llegó el mucho más conocido y castizo pasodoble titulado “Cocidito madrileño”, con música de Manuel López Quintero y letra de Rafael de León y Antonio Quintero Ramírez, popularizado en los años 40 del siglo pasado por Pepe Blanco y posteriormente, en los 70, por Manolo Escobar. De Pepe Blanco es también otra canción sobre el cocido madrileño titulada “Madrid tiene 6 letras”, un título que hace referencia a las 6 letras del cocido. También de los años 40 es el tema titulado “Menudo menú”, que popularizó el grupo donostiarra Los Xey, utilizando tanto la letra como la música “El Menú”, un tema nacido en el Café Iruña de Bilbao en 1927. Y en los años 50, el gran Antonio Molina nos cantó con su peculiar voz la copla “Cocinero, cocinero”, en la que se mencionaba tan castiza receta.

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No me hable usté
de los banquetes que hubo en Roma.
Ni del menú
del hotel Plaza en Nueva York.
Ni del faisán
ni los foagrases de paloma,
ni me hable usté
de la langosta Thermidor.
Porque es que a mí,
sin discusión, me quita el sueño
y es mi alimento y mi placer
la gracia y sal
que al cocidito madrileño
le echa el amor de una mujer.

Cocidito madrileño,
repicando en la buhardilla,
que me huele a yerbabuena
y a verbena en las Vistillas.
Cocidito madrileño
del ayer y del mañana,
pesadumbre y alegría
de la madre y de la hermana.
A mirarte con ternura
yo aprendí desde pequeño,
porque tú eres gloria pura,
porque tú eres gloria pura,
cocidito madrileño.

(Cocidito Madrileño – Quintero / León / Quiroga)

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El tapón del Rastro.

A principios del siglo XX, además del gran “Proyecto de reforma de la prolongación de la calle Preciados y enlace de la Plaza del Callao con la calle de Alcalá”, lo que sería años después la Gran Vía, y algunos otros de menor importancia, uno de los más necesarios y demandados por los madrileños, era el que afectaba al Rastro. Una reforma urbanística iniciada en 1905, que pondría punto final a una zona congestionada, incómoda e insalubre conocida como el tapón del Rastro.

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¿Donde estaba y que era el tapón del Rastro?

El popularmente conocido como el tapón del Rastro era tan solo una manzana de casas, que obstaculizaba el acceso al popular mercado madrileño, viniendo desde la calle de Toledo y la calle de los Estudios. Las calles que rodeaban esta manzana de planta triangular, eran las del Cuervo, la travesía del Rastro y San Dámaso. Fue derribado en 1905 dando lugar a la actual plaza de Cascorro y facilitando así el acceso al popular mercado callejero. Pío Baroja lo recordó así en sus memorias:

“En lo que se llamó Cabecera del Rastro, y ahora está la estatua del héroe de Cascorro, había una manzana de casas viejas y decrépitas, que interceptaban el paso de la Ribera de Curtidores y que llamaban el tapón del Rastro”

La desaparición del tapón del Rastro era una reforma urbanística en extremo sencilla, que ya había sido demandada por el Urbanista y Cronista de la Villa Ramón de Mesonero Romanos en su obra “El Antiguo Madrid” y por el historiador y periodista Ángel Fernández de los Ríos que insistan en la necesidad de esta reforma con el objetivo de ampliar la plaza del Rastro, facilitando así el acceso de los madrileños a la Ribera de Curtidores.

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Pero de todos es sabido que en Madrid, “las cosas de palacio van despacio”, de modo que hasta 1913, ocho años mas tarde, el molesto tapón no desapareció por completo, pese a los denodados esfuerzos de Alberto Aguilera, sin duda uno de los mejores alcaldes que ha tenido esta nuestra ciudad a lo largo de su historia, que sería quien finalmente lograra llevar a buen puerto unas obras que no deberían haberse prolongado tanto. Todos los madrileños que vieron la gran diferencia existente entre el antes y el después de esta sencilla actuación urbanística, se hacían cruces ante el hecho de que una reforma tan sencilla, hubiese costado más de medio siglo de esfuerzos hasta verla finalizada.

Ya desde unos años antes del inicio de las obras de demolición del tapón, donde estuvo la cruz del Rastro se podía ver el monumento dedicado a Eloy Gonzalo García, el héroe de Cascorro, cuya construcción fue aprobada en sesión municipal de 20 de Octubre de 1897, en la que el Ayuntamiento madrileño decidió rendir un merecido homenaje a este soldado recogido y criado en la Inclusa de Madrid.

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El monumento fue inaugurado el 7 de Junio de 1902 por D. Alfonso XIII, y desde entonces, los madrileños, pasaron a llamar plaza de Cascorro a este espacio urbano, que hasta entonces había sido la plaza del Rastro, una de las mas representativas y castizas grandes plazas madrileñas, como la Puerta del Sol, Lavapiés o la Cebada, entre otras. Fue algo así como el detonante para el inicio de la reforma de la plaza, que tendría lugar tres años mas tarde.

Lo que desapareció con el derribo del tapón

Siete fueron las casas que se expropiaron y demolieron para ampliar la zona, pagando el Ayuntamiento, entre 27 y 66 pesetas por cada pie de superficie. Sirvan como ejemplo las casas situadas en los números 2 y 4 de la calle de San Dámaso, con unas superficies de 116,50 y 100,80 metros cuadrados, por las que se pagaron 99.044,13 y 55.911,24 pesetas respectivamente. En total se expropiaron 1.164,91 metros cuadrados lo que supuso coste de 611.923,54 pesetas.

En uno de los edificios desaparecidos estaba el conocido cafetín del Manco, ubicado en la cabecera del Rastro, frente a la estatua de Cascorro, punto de encuentro de maleantes y haraganes y cuna del Sainete, como quedará inmortalizado en el sainete lírico “El chico del cafetín”, con libreto de Ángel Torres del Álamo y Antonio Asenjo y música de Rafael Calleja, que se estrenó en el desaparecido Teatro Apolo el 15 de abril de 1911.

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También se menciona este establecimiento en la trilogía autobiográfica de Arturo Barea “La forja de un rebelde”, escrita entre 1940 y 1945 en su exilio ingles, cuya primera edición en castellano tendría que esperar hasta 1951, cuando fue publicada en Buenos Aires por Losada.

“En la entrada de la calle de Mesón de Paredes vive la señora Segunda. Casi todas las mañanas, cuando yo bajo al colegio, está desayunando en el cafetín del Manco. Cuando entro a darle los buenos días, todos los parroquianos me miran con extrañeza de que le salude y la bese. Porque la señora Segunda es una pobre de pedir limosna y además le falta la nariz por un cáncer que se la ha comido y se le ven los huesos de dentro de la cabeza. En el cafetín no entran los chicos vestidos como yo, porque es el café de los mendigos. Se abre a la caída de la tarde y se cierra hacia las diez de la mañana. Tienen allí mismo también una fábrica de churros donde compra todo el barrio y las churreras que luego los revenden por las esquinas” (Arturo Barea – La forja de un rebelde)

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Desaparecieron las calles de San Dámaso y la del Cuervo, que comenzaban a la altura de la calle de Juanelo. La primera de ellas, se llamaba así por una capilla dedicada a aquel Pontífice, nacido en Hispania a comienzos del siglo IV. Una capilla donde tuvo su convento la Congregación de los Ministros de los Enfermos o Padres Agonizantes de San Camilo de Lelis, hasta su traslado a la calle de Fuencarral, en 1643. Respecto a la calle del Cuervo, parece ser que su nombre provenía de un criadero de palomas, que su propietario Juan González de Almunia, regidor de la Villa de Madrid, entregaba como limosna para el sustento de los enfermos de los hospitales madrileños. Según se contaba, un cuervo causaba estragos entre las palomas y sus crías, por lo que el regidor anunció un premio para el que acabase con aquel “pájaro dañino, que solía burlar a sus perseguidores”. Unos mancebos del barrio, ante la posibilidad de ganarse unos reales, pidieron permiso para subir a la torre del palomar, donde esperaron la llegada del ave. Cuando el cuervo apareció taparon las ventanas para impedir que huyera y le acosaron con palos, consiguiendo quebrar sus alas, aunque no sin que el cuervo se defendiera, sacándole los ojos a uno de los muchachos. Ante los alaridos de dolor acudieron los mozos del corral, que finalmente consiguieron dar muerte al cuervo, tras lo cual fue clavado en la puerta del criadero.

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Por último, la plaza de los Estudios, que se llamó algún tiempo del Duque de Alba, fue otra de las víctimas de la reforma. Muy cerca, en el número 15 de la calle del mismo nombre, se encontraba el palacio del ilustre aristócrata, adquirido a finales del siglo XVII, junto a otro  edificio contiguo.

De la plaza del Rastro a la plaza de Nicolás Salmerón.

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En sesión del pleno municipal celebrada el 16 de Agosto de 1913, se acordó que la nueva plaza del Rastro, nacida tras el derribo de la conflictiva manzana, recibiese el nombre de Nicolás Salmerón, presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República Española durante mes y medio en 1873, cargo al que renunció alegando su negativa a firmar, por problemas de conciencia, las condenas a muerte de unos militares, que habían sido juzgados por colaborar con los sublevados de la Revolución Cantonal, iniciada en Cartagena el 12 de julio de ese mismo año. Sin embargo, ese apego de los madrileños por conservar las tradiciones, haría que la zona se siguiera conociendo durante algunos años como el tapón del Rastro, hasta que finalmente, en 1941, pasará a llamarse oficialmente plaza de Cascorro, nombre con el que ya era conocida por todos los madrileños.

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Las fiestas de inauguración de la plaza de Nicolás Salmerón tuvieron lugar el 22 de junio de 1914 y fueron organizadas por el Centro de Hijos de Madrid, los concejales y ex concejales del distrito y el teniente alcalde, Sr. Millán. Guirnaldas, flores, gallardetes y mantones de Manila en los balcones engalanaban la plaza. En los gallardetes dos medallones lucían las siguientes inscripciones:

“El Centro de Hijos de Madrid a estos clásicos barrios”

“El mismo Centro a D. Alberto Aguilera, iniciador de esta reforma”

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Hubo música desde hora muy temprana, a cargo de la banda de Cornetas de la Cruz Roja y la del Colegio de Nuestra Señora de la Paloma, reparto de 1.100 bonos de comestibles para los mas necesitados y lanzamiento de globos. Ya por la noche, la Banda Municipal y la Banda del Hospicio, ofrecieron para finalizar los actos programados con motivo de la inauguración, sendos conciertos con un repertorio popular de zarzuelas y pasodobles.

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Desaparecía así el tapón del Rastro, que durante tantos años había sido un obstáculo para todos aquellos, que pretendían acceder a la Ribera de Curtidores desde la calle de Toledo.

Taberna Antonio Sanchez, castiza y taurina.

Visitar la Taberna Antonio Sánchez es un auténtico viaje en el tiempo, a un Madrid en el que la vida transcurría con mucha mas tranquilidad que en la actualidad. Donde, en todos y cada uno de sus barrios, los vecinos se conocían por su nombre, se interesaban unos por otros y se saludaban al cruzarse por la calle. Es un viaje al siglo XIX, donde podremos revivir un fragmento de la historia de la capital de España a través de multitud de objetos y detalles, que nos transportaran a otra época desde el mismo momento en que traspasemos el umbral.

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 Su fachada de madera, sus baldosas originales, el mostrador de madera y zinc, el grifo de cerveza o los apliques de luz de gas, las fotografías de toreros, las 2 cabezas de morlacos (una es la de Fogoso, el toro con el que tomó la alternativa Antonio Sánchez hijo), las pinturas que adornan las paredes, en las que podemos ver a sus antiguos propietarios, Cara Ancha, Frascuelo y Antonio Sánchez padre.

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Recortes de periódicos antiguos, o carteles que anuncian torrijas a 15 céntimos, prohíben escupir en el suelo o el que nos indica donde esta el “retrete”, hacen de este establecimiento uno de los mas singulares e interesantes de Madrid.

¿Quién fue Antonio Sánchez?

“Antonio Sánchez es uno de los hombres más populares de Madrid. No sólo en su barrio, sino aun en los lejanos a Mesón de Paredes, le saludan, le abrazan, y le convidan a una copa. El vino de su taberna es bueno pero la gente acude a ella por él. Antonio se queja de esta esclavitud que no le deja libre más que las tardes de toros. Y aun a éstas va casi por obligación, porque luego en su casa todos van a preguntarle su juicio sobre toreros y toros, dictamen que es siempre ambiguo, para no lastimar a nadie. Los que le vieron torear rememoran sus hazañas taurinas; los jóvenes que no alcanzaron sus tiempos heroicos le preguntan por ellas” (Antonio Díaz-Cañabate, Historia de una taberna)

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Ya desde muy pequeño, a Antonio le gustaba jugar a los toros en la entonces recién construida plaza del Progreso (actualmente Tirso de Molina). Pero sería a los 15 años, cuando un vecino del barrio de Lavapies, apodado “el Coraje”, le llevó a ver la que fue su primera corrida. La afición prendió rápidamente en el joven, que decidió que quería ser torero. Su padre, sin embargo, le puso a trabajar en el bodegón Le Petit Fornos, un reconocido restaurante madrileño del que era cliente habitual Pio Baroja. Su cada día mayor afición a los toros, le llevó a escaparse en varias ocasiones para ir a las capeas cercanas, consiguiendo matar su primer becerro en una de las becerradas gremiales tan habituales por aquel entonces, para a partir de ese momento pasar a formar pareja torera con Antonio Calvache. Su aprendizaje y formación definitivos vino de la mano de Paco Frascuelos que en aquella época dirigía una escuela de toreros. Fue banderillero y torerillo, hasta que, finalmente, el 16 de junio de 1918, se presentó en la capital, alternando con Vaquerito y Almanseño en una corrida de López Plata, matando su primera novilla. Aquel año  llegó a torear en nada menos que 28 novilladas.

La alternativa llegaría en la Feria de Linares de 1922. Tras haber sido armado matador por Ignacio Sánchez Mejías, con Marcial Lalanda como testigo, Antonio Sánchez sufrió una cornada, que las crónicas de la época nos cuentan así:

“Fue cogido al pasar de muleta, infiriéndole el toro Fogonero de Murube, una grave cornada en el muslo derecho de doce centímetros de profundidad. Pues con lesión tan considerable se levantó rabioso, sin mirarse la ropa, y entrando a matar con notoria audacia, cobró tan gran estocada que le valió los honores de la oreja”.

Su madre, nunca acudió a ver torear a Antonio Sánchez, siempre prefirió quedarse rezando delante del altar, que había instalado en su casa con la imagen de la Virgen de la Paloma. El diario ABC nos cuenta que a lo largo de su vida, Antonio Sanchez sufrió hasta 20 cornadas, aunque otras fuentes señalan que fueron 22.

Su mejor día en la plaza, o al menos el más afortunado, tuvo lugar en Carabanchel, en la plaza de toros de Vista Alegre, popularmente conocida como “La Chata”,  el 17 de julio de 1926, donde compartía cartel en un mano a mano con Mariano Montes. En el quinto Montes fue cogido de muerte por el toro que estaba lidiand0  y Antonio Sánchez mató ese toro y el sexto. Toreo en Mexico donde alcanzó gran popularidad, y tras su regreso a España, se jubiló el 22 de septiembre después de sufrir una grave cornada en Tetuán de las Victorias, que le llevó a las mismísimas puertas de la muerte. El toro que le cogió pertenecía a la ganadería de la Viuda de Ortega, la misma de donde salieron el toro que mató a Gallito y el toro Bailaor, que mató a Joselito en 1920. Más de 2 años tardó Antonio Sánchez en recuperarse de la grave cogida

Breve historia de la taberna de Antonio Sánchez.

La Taberna Antonio Sánchez como taberna, aunque no con ese nombre, ya existía en 1830,  cuando ni siquiera existía la plaza del Progreso y en su lugar, los madrileños aun podían escuchar misa en la iglesia del convento de la Merced, un edificio religioso que desaparecería víctima de la Desamortizaron de Mendizabal en 1837.

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Su primer dueño conocido, el picador Colita, no la compraría hasta 1870, para vendérsela pocos años después al matador Cara Ancha. Finalmente, en 1884 fue adquirida por Antonio Sánchez Ruiz, un comerciante de vinos nacido en Valdepeñas, que sería quien le diera el nombre que aun conserva. Fueron clientes habituales de la taberna, Pio Baroja, Sorolla, Marañón, Julio Camba y Cossio o Antonio Díaz-Cañabate, que encontraría en esta casa la inspiración para escribir en 1944 su “Historia de una taberna”, donde rememora el Madrid que había conocido a principios del siglo XX, durante su juventud y que ya he citado antes.

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También el pintor Ignacio Zuloaga era un parroquiano habitual. Suyo es el retrato de Antonio Sánchez, que se puede ver a la entrada de la taberna, donde el pintor mantuvo su tertulia y realizó su última exposición.

“Alrededor de esta mesa nos hemos sentado muchas noches con Ignacio Zuloaga. Aquí cenábamos unos huevos fritos con la clara rizada y coruscante y la yema intacta, sazonada con una chispita de sal. Una obra maestra estos huevos fritos. En estas cenas es donde únicamente oí hablar a Zuloaga de pintura. Daba consejos a Antonio Sánchez. Y Antonio Sánchez ha ido pintando todos los días, pintando a hurtadillas del trabajo de la taberna; primero, en su casa, en una habitación oscura, con la luz sucia de un patio mezquino” (Antonio Diaz-Cañabate, ABC – 1947)

Tras el fallecimiento de Sánchez, su hijo, también de nombre Antonio, continuó con el negocio, hasta que se su hermana Lola se hizo cargo del mismo hasta 1979, tras lo cual la taberna, corrió serio peligro de desaparecer.

 

Afortunadamente, algunos enamorados de Madrid, sus tradiciones y su historia, como Luis Carandell o José Luis Pécker lograron que esto no sucediera. En la actualidad la regenta Francisco Cies, conocido por los parroquianos como Curro, que haciendo honor a la secular tradición del local, fue torero antes que tabernero. En la actualidad la tertulia de Ignacio Zuloaga ha encontrado digna sucesora en la que fundó y dirige el pintor y poeta Antonio Lebrato, bautizada como “El Rato” y que cuenta con la presencia de ilustres personalidades del mundo de las artes, el periodismo o la política.

La historia de la tinaja número 6.

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Leyenda o realidad, el caso es que en la bodega de la Taberna Antonio Sánchez, se conserva una tinaja de vino que guarda una curiosa y un tanto macabra historia: se cuenta, aunque como de costumbre no podemos saber si esta historia es cierta, que el 2 de mayo de 1808, durante levantamiento del pueblo de Madrid contra los invasores franceses, unos vecinos del barrio mataron a un soldado de Napoleón en las proximidades del establecimiento, tras lo cual y para evitar las represalias habituales en esos casos, lo escondieron en una de las tinajas de la bodega de una taberna cercana. La historia corrió como la pólvora entre los madrileños, que, a partir de ese momento, comenzaron a pedir que se les sirviera vino de la cuba del francés, porque al parecer tenía un bouquet especial, que algunos decían que era el dulce sabor de la venganza, algo que no nos debe sorprender lo mas mínimo, pues, por todos es sabido lo buenos que son los franceses para el vino. Era la tinaja número 6, que tras ser trasladada, aún se conserva en la Taberna Antonio Sánchez.

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Respecto a lo gastronómico, que al fin y al cabo suele ser lo que mas nos suele interesar cuando de una taberna se trata, su carta está especializada en las recetas más madrileñas y castizas, como el cocido, la olla gitana, la tortilla de San Isidro, los huevos estrellados o el rabo de toro estofado, con una mención especial para las torrijas, sin duda de las mejores de Madrid, tanto, que según se cuenta, el rey Alfonso XIII solía encargarlas con frecuencia.

La Taberna Antonio Sánchez es parte de la historia de Madrid, es la taberna sin reformar más antigua de la Villa y Corte, por lo que también es conocida como la taberna de los 3 siglos.

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Taberna Antonio Sánchez

Mesón de Paredes 13 – 28013 Madrid

Teléfono: 915 39 78 26

http://www.tabernaantoniosanchez.com/

Facebook: https://es-es.facebook.com/TabernaAntoniSanchez