El desaparecido Pabellón Real de los Jardines del Buen Retiro.

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Entre los edificios construidos en El Retiro a lo largo del S. XIX, destacaba, pese a su reducido tamaño, el tristemente desaparecido Pabellón Real, también conocido como Pabellón Árabe.

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Fue construido con motivo de la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales, que tuvo lugar en los mencionados jardines entre los meses de mayo y noviembre del año 1883 en el llamado Campo Grande, una zona del Retiro que se había conservado agreste y silvestre hasta el reinado de Isabel II. La Exposición tuvo además el honor de serla primera exposición de esta temática que se llevó a cabo en España.

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La inauguración oficial, prevista para el 1 de abril de 1883, hubo de aplazarse a causa de los temporales que retrasaron las obras, siendo inaugurada finalmente por D. Alfonso XII y Dª. Mª. Cristina de Habsburgo – Lorena el 27 de mayo, contando igualmente con la asistencia, entre otras personalidades del Rey Luis I de Portugal.

Sería el ingeniero de Minas, Enrique Nouvión quien se haría cargo del proyecto, que contó con la asistencia de ocho países, entre ellos Alemania, Francia, Noruega, Portugal, Suecia y, como es lógico, España el país anfitrión de la muestra.

Ocupaba una extensión de 9.000 m2 con dos accesos, organizado en torno al Pabellón Central, obra del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, desde el que partía una amplia avenida flanqueada por estatuas en forma de rana que llevaba a los visitantes hasta un pequeño estanque en cuyo lado sur, situado sobre una rocalla se elevaba el edificio que hoy nos ocupa, proyectado igualmente por Velázquez Bosco, autor entre otros importantes edificios madrileños como la Escuela de Ingenieros de Minas, el Palacio de Fomento, el Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos, El Ministerio de Educación o la Reconstrucción de la fachada posterior del Casón del Buen Retiro.

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El Pabellón Real no fue creado como un espacio destinado a exposiciones, sino como en elemento meramente decorativo y paisajístico que, aprovechando su privilegiada situación sobre una pequeña loma se convertía en un excelente mirador desde el que observar el resto de los pabellones que formaban parte de le exposición.

Su apariencia nazarí, claramente inspirada en la Alhambra, resultaba sorprendente, si bien con el tiempo este estilo se utilizaría, como una seña de identidad nacional en los diferentes pabellones de estilo neoárabe que España construyó en las exposiciones internacionales en las que participo posteriormente.

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En su libro titulado “Jardines del Clasicismo y el Romanticismo. El jardín paisajista”, al escribir acerca del conjunto formado por el Palacio de Cristal, el estaque y el Pabellón Real, el historiador alemán Adrián von Buttlar asegura que:

“Se trata de la mejor parcela de trazado paisajista de la segunda mitad del siglo XIX”.

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El pequeño pabellón estaba formado por un cuerpo cúbico que simulaba tener dos plantas, si bien su interior era completamente diáfano. En cada una de sus cuatro fachadas una doble galería de arcos de herradura, de medio punto los inferiores y apuntados los superiores, dotaba al singular edificio de gran luminosidad. En cuanto a la fachada situada sobre la rocalla que daba la estanque, se dispuso una terraza porticada con una balaustrada cubierta con un tejadillo a cuatro aguas. El cuerpo principal, se coronaba con una cúpula bulbosa de clara inspiración árabe recubierta de escamas pintadas en tonos dorados por los alumnos de la Escuela de Arquitectura de Madrid, dirigidos por Velázquez Bosco, que se remataba en aguja.

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Sin embargo, y tal como se puede apreciar en las fotos de la época, dicha cúpula no llegó a tiempo para la inauguración oficial, siendo instalada poco después, cuando hubo que cerrar temporalmente la exposición debido a que algunas instalaciones no se habían terminado a tiempo. Finalmente, tras terminar todos los trabajos pendientes, el 8 de septiembre el recinto ferial reabrió sus puertas. Por la parte trasera arrancaba una ría, que, después de un reducido recorrido, iba a desembocar a un pequeño estanque del que brotaba un surtidor de agua, que alimentaba de la cascada de la rocalla situada al pie del Pabellón Real.

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Su interior, como ya he comentado, era diáfano y su techo estaba ricamente decorado con copias de las pinturas que se encontraban en el palacio de los Reyes de León antes de su desaparición. 

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Tras la clausura de la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales, el Campo Grande fue remodelado para acoger la Exposición General de las Islas Filipinas, que tuvo lugar durante los meses de verano y otoño de 1887.

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La zona situada alrededor del Pabellón Real fue objeto de una notable transformación. Velázquez Bosco construyó el Palacio de Cristal, a la vez que el estanque se ampliaba considerablemente al objeto de facilitar la navegación de las embarcaciones indígenas traídas Filipinas. Se creó igualmente una nueva ría de mayor tamaño que llegaba hasta la pista de patinaje del estanque con isla central, que se encontraba en la zona desde 1876.

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El Pabellón Real volvió a ser utilizado durante la inauguración en 1908, de la Exposición General de Bellas Artes. Un acto que con la presencia de los D. Alfonso XIII y Dª Victoria Eugenia, así como de la Reina Madre, Dª, Mª, Cristina de Habsburgo – Lorena.

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A pesar de su indudable belleza y su importante valor arquitectónico, el Pabellón Real, como tantas veces ha ocurrido en Madrid fue víctima del abandono, sufriendo un lento, pero e inevitable deterioro. A principios del S.XX fue cegada la ría inaugurada para la exposición General de las Islas Filipinas, mientras que el Pabellón Real fue demolido a mediados del S.XX debido a su estado de ruina.  Tan solo parte de la rocalla ha logrado llegar hasta nuestros días.

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Había sucedido una vez más. Un importante y hermoso edificio desaparecía del patrimonio madrileño, por el desinterés, la incultura y la desidia de aquellos que nos gobiernan. Triste destino para una pequeña joya, obra del gran arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, quien años después, sería profesor de ese genio de la arquitectura del que ya he hablado largo y tendido en este vuestro blog: Antonio Palacios Ramilo.

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Carlos III y “La China”

¿Quien fue “La China”? ¿Una actriz famosa de la época del reinado de Carlos III? ¿Una cortesana de reconocidas habilidades amatorias? ¿Una diva del mundo de la ópera? ¿O acaso fue una amante del rey, como lo fue “La Pompadour” de Luis XV en Francia? Elijáis la respuesta que elijáis, os estaréis equivocando, porque la pregunta inicial tenia trampa, ya que ésta debería haber sido: ¿Qué fue “La China”? No se trataba de una persona, sino de la Real Fabrica de Porcelana del Buen Retiro, fundada por el monarca en 1760 y popularmente bautizada por los madrileños mas castizos, con su gracejo e ingenio habituales, como “La China”.

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Un breve apunte histórico

La llegada a España de Carlos III desde Nápoles en 1759, supuso la introducción del espíritu de la Ilustración y del despotismo ilustrado encarnado en la persona del monarca, máximo defensor de su conocido lema: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Esto se vería reflejado, a lo largo de un reinado de casi 30 años, tanto en el desarrollo urbanístico como en los usos y costumbres la ciudad de Madrid.

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 Todavía en obras el Palacio Real, al nuevo monarca no le quedo mas remedio que instalarse en el Palacio del Buen retiro, un lugar algo apartado del centro de  su nueva capital, que no sería de su completo agrado, hasta el punto de que, cuando unos años más tarde, en diciembre de 1764, la corte se trasladó al nuevo palacio, Carlos III volvió en contadas ocasiones por el lugar que fue su residencia durante los cinco primeros años de su reinado. Sin embargo, el monarca no se olvidaría del Real Sitio y llevado de su interés por todo aquello relacionado con la ciencia, el arte y los entonces incipientes conocimientos tecnológicos y científicos, decidió convertir el Buen Retiro en una especie de centro científico y artesanal, donde, además de ordenar la creación del Real Observatorio Astronómico y fundar una escuela de prácticas agrícolas, decidió construir una fábrica de porcelana aprovechando los restos de la ermita de San Antonio de los Portugueses, que había resultado seriamente dañada tras sufrir un incendio, cuya principal objetivo era continuar en España la tradición artesanal de la manufactura de Capodimonte, que él mismo había fundado años atrás cuando era rey de Nápoles.

En sendos planos de Madrid, realizados por Antonio Espinosa de los Monteros en 1769, y por Tomás López en 1785, se puede apreciar perfectamente la ubicación de la Real Fábrica, que llegó a producir piezas de gran calidad, como jarrones, vajillas y relojes, destinadas principalmente a los diferentes palacios reales repartidos por la geografía española y a las residencias palaciegas de la aristocracia, fundamentalmente debido al elevado precio de las mismas.

La porcelana en Europa: de Meissen al Buen Retiro

Fue Marco Polo trajo el primero en traer a Europa noticias de la porcelana china de la dinastía Ming. Posteriormente, los afortunados viajeros de la época que llegaron hasta  Extremo Oriente, trajeron los mas diversos objetos de porcelana, codiciados por las clases sociales mas pudientes, principalmente reyes y aristócratas, lo que llevó a numerosos intentos, todos ellos fallidos, encaminados a lograr imitar las porcelanas orientales.

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En Europa da entonces comienzo una feroz lucha por conseguir el secreto de la fabricación de estas piezas, para iniciar una producción propia. Los intentos más conocidos  serían los llevados a cabo en Florencia y Venecia en el siglo XVI y en la ciudad holandesa de Delft, y la francesa de Moustiers, durante los siglos XVII y el XVIII, donde se comenzó a imitar el estilo decorativo de las piezas procedentes de la lejana China, aunque sin conseguir, ni su dureza, ni su acabado. Tras años de ardua investigación y los consiguientes fracasos, las mejores imitaciones de las piezas orientales originales se lograron  en las fábricas francesas de Vincennes y Sèvres con las porcelanas tiernas, productos a medio camino entre la loza y la porcelana auténtica.

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Aun faltaban algunos años, y muchos fracasos más, para que Walter von Tschirnhaus y Johann Friedrich Böttger descubrieran en Sajonia el gran misterio de la porcelana dura: el caolín. Un silicato de aluminio hidratado, formado por la descomposición de feldespato también conocido como arcilla de China, cuyo nombre procede del chino Kao-Ling, un pueblo cerca de Jingdezhen, en la provincia de Jiangxi. Una vez conocido el secreto, se comprobó que no era tan complicado: todo consistía en mezclar caolín y petunsé, un feldespato menos descompuesto que el caolín, pintando los elementos decorativos antes de la aplicación del barniz, que a su vez debe aplicarse antes de la cocción, con el fin de lograr el recubrimiento brillante tan característico, conseguido con una elevada temperatura de cocción. La decoración final se hacía sobre el barniz, con una temperatura de cocción mas baja, lo que permitía una mayor gama cromática.

El elector de Sajonia y rey de Polonia, Augusto II “el Fuerte”, llamaría a su lado a Walter von Tschirnhaus, fundando en 1708 la fábrica de porcelana de Meissen, la primera que fabrico piezas de verdadera porcelana en Europa. Tras la muerte de Tschirnhaus, poco tiempo después, la dirección de Meissen pasó a ser desempeñada por Bottger, quien con mano firme, obligó a los trabajadores de los hornos, a guardar el secreto de fabricación de la nueva pasta, llegando a prohibirse el traslado de dichos operarios a otras fábricas, con el claro propósito de evitar una futura competencia, que sin embargo, y pese a todas las medidas adoptadas, acabaría por llegar. Algunos trabajadores consiguieron trasladarse a la ciudad francesa de Sèvres, desde donde la composición de la pasta dura, que permitía la fabricación de la porcelana, se extenderá durante la primera mitad del siglo XVIII, a lo largo y ancho de toda Europa. El tan codiciado secreto, había dejado de serlo.

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En España, antes de la construcción de la Fabrica del Buen Retiro, se realizaron intentos para conseguir la fabricación de porcelana en la factoría de Alcora, fundada por el Conde de Aranda en 1727, aunque no se conseguiría hasta después de la fundación de “La China”.

“Alcora creó un estilo que influyo en todos los talleres españoles, pasando luego a Francia” (Giralt Rocamora)

La breve historia de “La China”

Carlos III fundó la Real Fábrica del Buen Retiro en Madrid en 1760, poco después de su llegada a España, haciendo venir desde Nápoles todo lo necesario, operarios incluidos, para continuar en España la fabricación de porcelana que ya se realizaba desde años atrás en la fabrica de Capodimonte, de forma que durante los primeros años de la fabrica del Buen Retiro se fabricó siguiendo un estilo marcadamente italiano.

“Los operarios de la fábrica del Buen Retiro dispondrán de todo lo necesario. S.M. el Rey ha dispuesto que se destinen dos capellanes: uno con 500 ducados de vellón al año, y otro con 400. Se les dará habitación y celebrarán Misa diaria en el oratorio de la fábrica, aplicándolo por la intención del Rey, y acordando las horas con el director” (A.G.P. Administraciones Patrimoniales. Cª 11753/82. 12 abril 1760)

Con esta fundación, pretendía desarrollar una política artística controlada desde el mismo estado, cuya herramienta principal sería la Real Academia de Bellas Artes de SanFernando, fundada por Fernando VI, el 12 de abril 1752, siguiendo el ejemplo de su homologa francesa, fundada por Luis XIV, además de desarrollar una industria suntuaria nacional , cuya producción estaría destinada en un principio a decorar los reales Sitios y en especial el aun inacabado Palacio Real de Madrid, evitando de este modo tener que recurrir a la importación de dichos productos.

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Lo primero era buscar el lugar adecuado donde construir la fábrica, que finalmente sería el lugar donde en la actualidad se encuentra el monumento del Ángel Caído. El edificio, que el monarca quería que estuviera dotado de las mayores medidas de seguridad, con el fin de evitar el robo del secreto de la porcelana , estaba rodeado por un foso y disponía de un único acceso desde el exterior. Se empezó a construir en 1759, finalizando las obras en 1760 e iniciando la producción de manera inmediata, usando como marca distintiva la flor de lis, utilizada igualmente en la fabrica napolitana de Capodimonte.

“Habiendo llegado algunos operarios de Capodimonte, S.M. ordena que se les facilite el reconocimiento de sitios y terrenos oportunos para edificar la fábrica. El principal director es Juan Thomás Bonicelli” (A.G.P. Admón. Patrim. Cª 11754/24)

“El 26 de diciembre de 1760 Bonicelli reconoció el molino de Bastán a un cuarto de legua más abajo del Real sitio de san Fernando. No aprobó el paraje por no tener aguas superiores más limpias” (A.G.P. Admón. Patrim. Cª 11754/30)

Dentro de la producción de la fabrica del Buen Retiro, se pueden distinguir cuatro épocas en función de los distintos directores: José Gricci (1760 a 1770); Carlos Scheppers (1770 a 1783); Carlos Scheppers y Felipe Gricci (1783 a 1803) y finalmente la etapa de Bartolomé Sureda (1803 a 1808)

1.- La etapa de Tomás y Domingo Bonicelli, puede denominarse como el período italiano del Buen Retiro, debido a la similitud con las piezas producidas hasta entonces en Italia y al gran numero de artesanos venidos desde Nápoles. Su director, José Gricci, estará al frente de la fabrica  hasta su muerte, contando con modeladores de la importancia y renombre de Basilio y Cayetano Fumo, los hermanos Bautista, los hermanos Scheppers y Salvador Nofri, entre otros.

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En esta primera etapa, la porcelana obtenida aun es tierna al faltarle el caolín. En un principio se continuó con los modelos italianos de Capodimonte de claro estilo barroco, que poco a poco dará paso  al rococó, con sus motivos florales, rocallas y lineas curvas de formas caprichosass. Asimismo, se realizaron un gran numero de biscuits o bizcochos, y en el aspecto cromático predominan el blanco y los tonos pálidos, presentando un recubrimiento vidriado y muy brillante, recurriendo de forma habitual a motivos orientales y mitológicos. 

Dentro de este primer período se encuentran las salas de porcelana de los palacios de Aranjuez y de Madrid, realizadas a imitación del salón de porcelana de la Reina Maria Amalia, del Palacio Pórtici, un perfecto ejemplo del nivel de perfección alcanzado por la Real Fábrica de Porcelanas de Capodimonte. La sala de Aranjuez se caracteriza por la decoración clara inspiración chinesca, mientras que la del Palacio Real de Madrid presenta una decoración de estilo neoclásico con motivos mitológicos, y el dios Baco como personaje principal. En esta etapa, alcanzo una gran importancia el taller de bronces, lo que permitió la fabricación de algunas piezas realizadas combinando bronce y porcelana.

2.- La etapa de Carlos Scheppers estuvo marcada por una gran crisis económica, que Scheppers intentara solucionar dirigiendo la producción de la fabrica, no sólo a las necesidades de la corona, sino haciéndola accesible a todos aquellos que pudieran pasar su elevado precio. Se ira imponiendo de forma progresiva el estilo neoclásico  de lineas mas rectas, inspirado en la antigüedad clásica.

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 Durante esta etapa continúan haciéndose experimentos para descubrir el secreto de la porcelana dura, probándose entre otras la fórmula de Carlos Gricci de mezclar cristal de roca y tierra de Galapagar. Se seguirá fabricando según las tendencias estilísticas traídas desde Italia, que derivarán a partir de 1880 hacia el conocido como estilo pompeyano a partir del descubrimiento de los yacimientos arqueológicos de Pompeya y Herculano.

3.- La etapa de Carlos Scheppers y Felipe Gricci se caracteriza por el cambio estilístico de la producción; si bien sigue siendo evidente la influencia italiana, se comienza a fabricar piezas de clara influencia inglesa y sajona.

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A este respecto son muy importantes las imitaciones que se hacen de la porcelana inglesa de Wedgwood, cuyo ejemplo más significativo es la sala de placas de la Casa del Príncipe de El Escorial, los biscuit de porcelana con motivos mitológicos y los ramos de flores realizados por los hermanos Bautista, que podemos contemplar en El Escorial y en los jarrones del Salón de Espejos del Palacio de Oriente.

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En 1789, se abrió una tienda en la calle del Turco (hoy Marqués de Cubas), pero el problema que suponía la utilización de una pasta poco adecuada para la fabricación de vajillas, mucho más populares y fáciles de vender que los objetos suntuarios, hizo que ni con la apertura de la misma se solucionaran los graves problemas económicos que venia arrastrando desde hacia años la Real Fabrica. Finalmente, en 1802, Carlos IV envió a Sevres al que sería el último director de “La China”, Bartolomé Sureda, que regresaría trayéndose consigo el secreto de la pasta dura.

“13 de enero de 1789. El rey ha resuelto vender la china al público y pide a Domingo Bonicelli que examine dónde puede ubicarse” (A.G.P. Admón. Patrim. Cª 11754/44)

4.- La etapa de Bartolomé Sureda, comienza tras su regreso de Francia, cuando es nombrado director de la Real Fabrica del Buen Retiro. A partir de ese momento se puede hablar realmente de la porcelana de Madrid, ya que se comienza a fabricar piezas de pasta dura, usando caolín y petunsé obtenidos en la Huerta de Zabala en Vicálvaro, Galapagar,Valdemorillo y Colmenar Viejo.

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De este periodo es el dessert de Carlos IV y la reposición de las piezas rotas o deterioradas de la conocida como vajilla de Carlos y Luisa y algunas piezas que definitivamente abandonaron el estilo italiano, para seguir las tendencias de la producción francesa imperantes en el momento.

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Desgraciadamente, la Real Fábrica del Buen Retiro, “La China” sería saqueada por las tropas invasoras francesas de Murat en 1808, e incendiada y destruida por los ingleses de Wellington en octubre de 1812 antes de abandonar Madrid tras la capitulación del coronel Lefond. Menos mal que, los ingleses habían venido a ayudarnos a expulsar a los ejércitos invasores, pero no renunciaron a la ocasión, que por otra parte se les brindaba en bandeja, de eliminar la competencia que suponía la fábrica madrileña para su propia porcelana.

“El general Hill pasó por Madrid el 30 de octubre; desocupó los almacenes de los franceses, destruyó las obras del Retiro y quemó la casa de la China, en cuya última operación, no demandada por las leyes de la guerra, si dejó de mostrarse generoso y fiel aliado, se acreditó al menos de buen inglés, destruyendo un establecimiento español que ya empezaba á dar celos á los de su misma clase de su nación” (Miguel Agustín Príncipe – Historia de la guerra de la Independencia)

 Este precipitado y trágico final de la Fabrica del Buen Retiro, tuvo como consecuencia la pérdida de la mayor parte de la documentación relacionada con la misma.

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En la actualidad, tan solo queda en El Retiro un recuerdo de “La China”: a finales del siglo XX, durante el transcurso de unas excavaciones arqueológicas realizadas en el Huerto del Frances, salieron a la luz los restos de una noria y una alberca que surtía de agua a la fábrica. Se trata de una noria de las denominadas “de tiro” o de “sangre” ya que empleaban la fuerza de uno o dos animales, para elevar el agua del pozo, que en la actualidad. Las excavaciones arqueológicas sacaron a la luz igualmente restos de pertrechos militares y una serie de galerías subterráneas, datadas en el siglo XVII hacia 1765, cinco años después del comienzo de  la construcción de “la China” con varios ramales, que siguiendo la cuesta de Moyano, llegan hasta la glorieta de Atocha. Estas galerías, construidas en pedernal y ladrillo, nacen en el lugar que ocupaba la fábrica de porcelana y se accede a ellas a través de un pozo de 8,5 metros de profundidad, que se encuentra junto a la noria. Son estrechas y en ninguno punto superan el 1,85 de altura. Las bóvedas tienen una inusual construcción en forma de espina de pez, algo que hasta ahora no se había encontrado en otros restos de la misma época.

 Tras su regreso a España, Fernando VII, fundaría en 1818 la Real Fábrica de Porcelana y Loza de la Moncloa en la Real Posesión de La Florida, ubicada en la Granjilla de los Jerónimos, cuya  misión era continuar con la producción interrumpida tras la destrucción de “la China,” aunque desafortunadamente, ya nada volvió a ser igual. 

Fueron menos de 50 años, pero durante ese breve periodo de tiempo, en “La China” se produjeron piezas de una gran calidad y belleza, capaces de rivalizar con las mejores porcelanas de otras fabricas europeas como Sevres, Limoges, Meissen, Capodimonte o Weedgwood.