La fuente de la Fama, una fuente viajera.

La Fuente de la Fama, obra de estilo churrigueresco del arquitecto madrileño Pedro de Ribera, se encuentra en la actualidad situada en los jardines del Museo de Historia, en la fachada que da a la calle Barceló, tras varios traslados y mudanzas, algo por otra parte bastante habitual en la historia de los monumentos madrileños.

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Fue un encargo de Felipe V a la Junta de Fuentes destinado a embellecer la ciudad de Madrid, ademas de suministrar agua a los ciudadanos de la Villa y Corte, en el que Pedro de Ribera trabajaría durante los años 1731 y 1732. La construcción de la fuente corrió a cargo del maestro cantero Pedro de la Piedra, mientras que la estatua de la Fama que corona la fuente es obra del escultor Juan Bautista y simboliza la fugacidad de la fama, como una alegoría del precepto clásico:

“Carpe diem, carpe horam” (Aprovecha los días, aprovecha las horas)

La fuente está construida con piedra berroqueña y caliza de Colmenar de Oreja y el conjunto se apoya sobre un pilón con forma de trébol de cuatro hojas, sobre el que descansa la base, custodiada por cuatro delfines de cuyas bocas surgía el agua destinada al abastecimiento de los madrileños. El estilo de los adornos empleados por Ribera es inequívocamente churrigueresco, destacando las hornacinas con floreros y cuatro estatuas de niños, cada uno de ellos sosteniendo una concha invertida.   

Escudos, floreros, volutas, adornos naturalistas… dan forma a una composición de enorme plasticidad, que, pese a compartir un esquema muy similar al de la Fuente de la Mariblanca, significa una vuelta de tuerca en la capacidad creativa de Pedro de Ribera. En la parte superior la figura alada de La Fama con una trompeta en la mano remata el conjunto de 10 metros de altura. No obstante la indudable belleza y calidad artística de la obra de Ribera, los cronistas de la época, fueron muy críticos y así Fernández de los Ríos, refiriéndose a la obra del arquitecto madrileño escribió:

“Pedro de Ribera parecía dibujar los monumentos apretando un borrón de tinta entre dos papeles”

Por su parte, Mesonero Romanos,escribó:

 “Es una página del arte, aunque en una de sus más lastimosas aberraciones, que merece ser conservada con mayor razón que otros monumentos posteriores de igual clase, y que más que como páginas del arte pueden ser consideradas como otros tantos borrones echados en él”

Y asimismo Peñasco y Cambronero aseguraba:

“Es el colmo de la corrupción del arte” y sólo debería servir para el “estudio de lo que fue el arte en una época feliz­mente pasada”

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El monumento se financió mediante una subida de impuestos, lo que quedó reflejado en un letrero que alguien colocó en la fuente el día de la inauguración:

“Deo volente, rege survente et populo contribuiente” (Dios lo quiso, el rey lo mandó y el pueblo lo pagó)

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En un principio, la fuente estuvo situada en la plaza de Antón Martín, nombre con el que en un principio seria conocida. Posteriormente en el año 1879 fue a parar a los almacenes de la Villa y ya en 1909 el escultor Ángel García y el arquitecto José Loute la reconstruyeron para instalarla en el Paseo de Camoens del Parque del Oeste.

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En el año 1926 el Ayuntamiento madrileño encarga al arquitecto municipal Luis Bellido su traslado a los jardines de Pedro de Ribera junto al Real Hospicio del Ave María y San Fernando situado en la calle Fuencarral  y actual sede del Museo de Historia de Madrid, donde estuvo hasta el comienzo de  la Guerra Civil, momento en que vuelve a desmontarse para evitar su destrucción, instalándose se definitivamente en su ubicación actual en el año 1941.

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El tapón del Rastro.

A principios del siglo XX, además del gran “Proyecto de reforma de la prolongación de la calle Preciados y enlace de la Plaza del Callao con la calle de Alcalá”, lo que sería años después la Gran Vía, y algunos otros de menor importancia, uno de los más necesarios y demandados por los madrileños, era el que afectaba al Rastro. Una reforma urbanística iniciada en 1905, que pondría punto final a una zona congestionada, incómoda e insalubre conocida como el tapón del Rastro.

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¿Donde estaba y que era el tapón del Rastro?

El popularmente conocido como el tapón del Rastro era tan solo una manzana de casas, que obstaculizaba el acceso al popular mercado madrileño, viniendo desde la calle de Toledo y la calle de los Estudios. Las calles que rodeaban esta manzana de planta triangular, eran las del Cuervo, la travesía del Rastro y San Dámaso. Fue derribado en 1905 dando lugar a la actual plaza de Cascorro y facilitando así el acceso al popular mercado callejero. Pío Baroja lo recordó así en sus memorias:

“En lo que se llamó Cabecera del Rastro, y ahora está la estatua del héroe de Cascorro, había una manzana de casas viejas y decrépitas, que interceptaban el paso de la Ribera de Curtidores y que llamaban el tapón del Rastro”

La desaparición del tapón del Rastro era una reforma urbanística en extremo sencilla, que ya había sido demandada por el Urbanista y Cronista de la Villa Ramón de Mesonero Romanos en su obra “El Antiguo Madrid” y por el historiador y periodista Ángel Fernández de los Ríos que insistan en la necesidad de esta reforma con el objetivo de ampliar la plaza del Rastro, facilitando así el acceso de los madrileños a la Ribera de Curtidores.

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Pero de todos es sabido que en Madrid, “las cosas de palacio van despacio”, de modo que hasta 1913, ocho años mas tarde, el molesto tapón no desapareció por completo, pese a los denodados esfuerzos de Alberto Aguilera, sin duda uno de los mejores alcaldes que ha tenido esta nuestra ciudad a lo largo de su historia, que sería quien finalmente lograra llevar a buen puerto unas obras que no deberían haberse prolongado tanto. Todos los madrileños que vieron la gran diferencia existente entre el antes y el después de esta sencilla actuación urbanística, se hacían cruces ante el hecho de que una reforma tan sencilla, hubiese costado más de medio siglo de esfuerzos hasta verla finalizada.

Ya desde unos años antes del inicio de las obras de demolición del tapón, donde estuvo la cruz del Rastro se podía ver el monumento dedicado a Eloy Gonzalo García, el héroe de Cascorro, cuya construcción fue aprobada en sesión municipal de 20 de Octubre de 1897, en la que el Ayuntamiento madrileño decidió rendir un merecido homenaje a este soldado recogido y criado en la Inclusa de Madrid.

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El monumento fue inaugurado el 7 de Junio de 1902 por D. Alfonso XIII, y desde entonces, los madrileños, pasaron a llamar plaza de Cascorro a este espacio urbano, que hasta entonces había sido la plaza del Rastro, una de las mas representativas y castizas grandes plazas madrileñas, como la Puerta del Sol, Lavapiés o la Cebada, entre otras. Fue algo así como el detonante para el inicio de la reforma de la plaza, que tendría lugar tres años mas tarde.

Lo que desapareció con el derribo del tapón

Siete fueron las casas que se expropiaron y demolieron para ampliar la zona, pagando el Ayuntamiento, entre 27 y 66 pesetas por cada pie de superficie. Sirvan como ejemplo las casas situadas en los números 2 y 4 de la calle de San Dámaso, con unas superficies de 116,50 y 100,80 metros cuadrados, por las que se pagaron 99.044,13 y 55.911,24 pesetas respectivamente. En total se expropiaron 1.164,91 metros cuadrados lo que supuso coste de 611.923,54 pesetas.

En uno de los edificios desaparecidos estaba el conocido cafetín del Manco, ubicado en la cabecera del Rastro, frente a la estatua de Cascorro, punto de encuentro de maleantes y haraganes y cuna del Sainete, como quedará inmortalizado en el sainete lírico “El chico del cafetín”, con libreto de Ángel Torres del Álamo y Antonio Asenjo y música de Rafael Calleja, que se estrenó en el desaparecido Teatro Apolo el 15 de abril de 1911.

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También se menciona este establecimiento en la trilogía autobiográfica de Arturo Barea “La forja de un rebelde”, escrita entre 1940 y 1945 en su exilio ingles, cuya primera edición en castellano tendría que esperar hasta 1951, cuando fue publicada en Buenos Aires por Losada.

“En la entrada de la calle de Mesón de Paredes vive la señora Segunda. Casi todas las mañanas, cuando yo bajo al colegio, está desayunando en el cafetín del Manco. Cuando entro a darle los buenos días, todos los parroquianos me miran con extrañeza de que le salude y la bese. Porque la señora Segunda es una pobre de pedir limosna y además le falta la nariz por un cáncer que se la ha comido y se le ven los huesos de dentro de la cabeza. En el cafetín no entran los chicos vestidos como yo, porque es el café de los mendigos. Se abre a la caída de la tarde y se cierra hacia las diez de la mañana. Tienen allí mismo también una fábrica de churros donde compra todo el barrio y las churreras que luego los revenden por las esquinas” (Arturo Barea – La forja de un rebelde)

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Desaparecieron las calles de San Dámaso y la del Cuervo, que comenzaban a la altura de la calle de Juanelo. La primera de ellas, se llamaba así por una capilla dedicada a aquel Pontífice, nacido en Hispania a comienzos del siglo IV. Una capilla donde tuvo su convento la Congregación de los Ministros de los Enfermos o Padres Agonizantes de San Camilo de Lelis, hasta su traslado a la calle de Fuencarral, en 1643. Respecto a la calle del Cuervo, parece ser que su nombre provenía de un criadero de palomas, que su propietario Juan González de Almunia, regidor de la Villa de Madrid, entregaba como limosna para el sustento de los enfermos de los hospitales madrileños. Según se contaba, un cuervo causaba estragos entre las palomas y sus crías, por lo que el regidor anunció un premio para el que acabase con aquel “pájaro dañino, que solía burlar a sus perseguidores”. Unos mancebos del barrio, ante la posibilidad de ganarse unos reales, pidieron permiso para subir a la torre del palomar, donde esperaron la llegada del ave. Cuando el cuervo apareció taparon las ventanas para impedir que huyera y le acosaron con palos, consiguiendo quebrar sus alas, aunque no sin que el cuervo se defendiera, sacándole los ojos a uno de los muchachos. Ante los alaridos de dolor acudieron los mozos del corral, que finalmente consiguieron dar muerte al cuervo, tras lo cual fue clavado en la puerta del criadero.

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Por último, la plaza de los Estudios, que se llamó algún tiempo del Duque de Alba, fue otra de las víctimas de la reforma. Muy cerca, en el número 15 de la calle del mismo nombre, se encontraba el palacio del ilustre aristócrata, adquirido a finales del siglo XVII, junto a otro  edificio contiguo.

De la plaza del Rastro a la plaza de Nicolás Salmerón.

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En sesión del pleno municipal celebrada el 16 de Agosto de 1913, se acordó que la nueva plaza del Rastro, nacida tras el derribo de la conflictiva manzana, recibiese el nombre de Nicolás Salmerón, presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República Española durante mes y medio en 1873, cargo al que renunció alegando su negativa a firmar, por problemas de conciencia, las condenas a muerte de unos militares, que habían sido juzgados por colaborar con los sublevados de la Revolución Cantonal, iniciada en Cartagena el 12 de julio de ese mismo año. Sin embargo, ese apego de los madrileños por conservar las tradiciones, haría que la zona se siguiera conociendo durante algunos años como el tapón del Rastro, hasta que finalmente, en 1941, pasará a llamarse oficialmente plaza de Cascorro, nombre con el que ya era conocida por todos los madrileños.

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Las fiestas de inauguración de la plaza de Nicolás Salmerón tuvieron lugar el 22 de junio de 1914 y fueron organizadas por el Centro de Hijos de Madrid, los concejales y ex concejales del distrito y el teniente alcalde, Sr. Millán. Guirnaldas, flores, gallardetes y mantones de Manila en los balcones engalanaban la plaza. En los gallardetes dos medallones lucían las siguientes inscripciones:

“El Centro de Hijos de Madrid a estos clásicos barrios”

“El mismo Centro a D. Alberto Aguilera, iniciador de esta reforma”

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Hubo música desde hora muy temprana, a cargo de la banda de Cornetas de la Cruz Roja y la del Colegio de Nuestra Señora de la Paloma, reparto de 1.100 bonos de comestibles para los mas necesitados y lanzamiento de globos. Ya por la noche, la Banda Municipal y la Banda del Hospicio, ofrecieron para finalizar los actos programados con motivo de la inauguración, sendos conciertos con un repertorio popular de zarzuelas y pasodobles.

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Desaparecía así el tapón del Rastro, que durante tantos años había sido un obstáculo para todos aquellos, que pretendían acceder a la Ribera de Curtidores desde la calle de Toledo.