La fuente de la Fama, una fuente viajera.

La Fuente de la Fama, obra de estilo churrigueresco del arquitecto madrileño Pedro de Ribera, se encuentra en la actualidad situada en los jardines del Museo de Historia, en la fachada que da a la calle Barceló, tras varios traslados y mudanzas, algo por otra parte bastante habitual en la historia de los monumentos madrileños.

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Fue un encargo de Felipe V a la Junta de Fuentes destinado a embellecer la ciudad de Madrid, ademas de suministrar agua a los ciudadanos de la Villa y Corte, en el que Pedro de Ribera trabajaría durante los años 1731 y 1732. La construcción de la fuente corrió a cargo del maestro cantero Pedro de la Piedra, mientras que la estatua de la Fama que corona la fuente es obra del escultor Juan Bautista y simboliza la fugacidad de la fama, como una alegoría del precepto clásico:

“Carpe diem, carpe horam” (Aprovecha los días, aprovecha las horas)

La fuente está construida con piedra berroqueña y caliza de Colmenar de Oreja y el conjunto se apoya sobre un pilón con forma de trébol de cuatro hojas, sobre el que descansa la base, custodiada por cuatro delfines de cuyas bocas surgía el agua destinada al abastecimiento de los madrileños. El estilo de los adornos empleados por Ribera es inequívocamente churrigueresco, destacando las hornacinas con floreros y cuatro estatuas de niños, cada uno de ellos sosteniendo una concha invertida.   

Escudos, floreros, volutas, adornos naturalistas… dan forma a una composición de enorme plasticidad, que, pese a compartir un esquema muy similar al de la Fuente de la Mariblanca, significa una vuelta de tuerca en la capacidad creativa de Pedro de Ribera. En la parte superior la figura alada de La Fama con una trompeta en la mano remata el conjunto de 10 metros de altura. No obstante la indudable belleza y calidad artística de la obra de Ribera, los cronistas de la época, fueron muy críticos y así Fernández de los Ríos, refiriéndose a la obra del arquitecto madrileño escribió:

“Pedro de Ribera parecía dibujar los monumentos apretando un borrón de tinta entre dos papeles”

Por su parte, Mesonero Romanos,escribó:

 “Es una página del arte, aunque en una de sus más lastimosas aberraciones, que merece ser conservada con mayor razón que otros monumentos posteriores de igual clase, y que más que como páginas del arte pueden ser consideradas como otros tantos borrones echados en él”

Y asimismo Peñasco y Cambronero aseguraba:

“Es el colmo de la corrupción del arte” y sólo debería servir para el “estudio de lo que fue el arte en una época feliz­mente pasada”

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El monumento se financió mediante una subida de impuestos, lo que quedó reflejado en un letrero que alguien colocó en la fuente el día de la inauguración:

“Deo volente, rege survente et populo contribuiente” (Dios lo quiso, el rey lo mandó y el pueblo lo pagó)

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En un principio, la fuente estuvo situada en la plaza de Antón Martín, nombre con el que en un principio seria conocida. Posteriormente en el año 1879 fue a parar a los almacenes de la Villa y ya en 1909 el escultor Ángel García y el arquitecto José Loute la reconstruyeron para instalarla en el Paseo de Camoens del Parque del Oeste.

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En el año 1926 el Ayuntamiento madrileño encarga al arquitecto municipal Luis Bellido su traslado a los jardines de Pedro de Ribera junto al Real Hospicio del Ave María y San Fernando situado en la calle Fuencarral  y actual sede del Museo de Historia de Madrid, donde estuvo hasta el comienzo de  la Guerra Civil, momento en que vuelve a desmontarse para evitar su destrucción, instalándose se definitivamente en su ubicación actual en el año 1941.

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La casa de “Tócame Roque”

Casa de tócame Roque: Aquella en que vive mucha gente y hay mala dirección y el consiguiente desorden. (Real Academia Española – RAE)

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Estoy seguro de que muchos de nosotros, por no decir todos, hemos escuchado en más de una ocasión la frase “esto parece la casa de Tócame Roque”, para referirse a algún lugar caótico en el que reinan el más absoluto desorden y la confusión. Pero lo que seguramente es menos conocido, es que esta castiza expresión madrileña, nació de un hecho concreto y cierto: la casa de Tócame Roque existió realmente. En Madrid, en pleno barrio de Chueca, estuvo en pie al menos desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX, siendo  bien conocida por todos los madrileños por sus continuos alborotos, riñas y trifulcas.

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La casa de marras se encontraba en la esquina de la calle Barquillo con la de Belén, lugar en el que una de las placas amarillas del Ayuntamiento de Madrid, nos recuerda la existencia de esta corrala abierta a un patio de vecindad, inmortalizada por D. Ramón de la Cruz en su sainete “La Petra y la Juana o el buen casero”, obra más conocida como “La casa de Tócame Roque”.

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Era una casa de vecindad típica de la época, una corrala fea e insalubre, que fue llamada de este modo debido a sus propietarios, dos hermanos llamados Juan y Roque, enzarzados en una continua discusión acerca de una herencia, cuyo origen parece remontarse al siglo XVIII, ya que en 1787 podemos encontrar una referencia a la misma, en el Diario noticioso, curioso, erudito y comercial, público y económico, considerado el primer diario publicado en España. Según cuenta la tradición, la casa les tocó en herencia a Roque y Juan, pero como el testamento no especificaba a quién de los dos, cada uno decía “tócame a mí”, contestándole el otro, “no, tócame a mí”. Y así, una y otra vez. “Tócame a mí”, repetía uno, “tócame, Roque”, le respondía el hermano, razón por la que la casa pasó a ser conocida como la de Tócame Roque.

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El 2 de mayo de 1808 , los vecinos de la casa de Tócame Roque, todos a una, olvidándose de sus constantes trifulcas, se unieron para hacer frente a los franceses:

“Cuando los soldados de Murat se ensañaban en las represalias extremas, el caserón de la calle del Barquillo sirvió de refugio a muchos valientes hijos del pueblo, que salvaron sus vidas en aquel laberinto de entradas patios y corrales” (Nuevo Mundo – 21 de mayo de 1908)”

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D. Ramón de Mesonero Romanos, la describió como una de esos edificios donde hallaban colocación centenares de familias de diversas condiciones y semblanzas, que solían dar quehacer a los alguaciles y caseros. Así mismo, en su relato “El día de toros” incluido en sus “Escenas matritenses” publicado en 1842, escribía cómo la casa aún se alzaba en la calle Barquillo.

“Señalada con el número 27 nuevo y es propia del señor conde de Polentinos”

  El Diario de Madrid, sucesor del Diario noticioso, curioso, erudito y comercial, político y económico, en su numero del 25 de septiembre de 1804 avisaba a quien quisiera comprar esta casa tasada en 405.256 reales, que acudiera a la escribanía de D. Santiago Estepar. En ese mismo diario se describía la corrala en 1810 del siguiente modo:

“Constaba solo de piso bajo, principal y buhardillas, de aquellas de tronera saliente. Un gran patio, empedrado de cuña y rodeado de soportales, servía de lavadero común, solana, tendedero y terturlia en verano a todo aquel pueblo en miniatura en el que vivían unas 80 familias”

Por su parte, la revista La Ilustración de la Mujer, describía así el edificio en 1875: 

“En el centro del patio había una fuente y un pozo con varias pilas para surtir de agua potable y servir para la limpieza de la comunidad y en el centro delportalón se sostenía un gran farol cuyo gasto se pagaba a prorrateo entre todos los vecinos”

El tenso y conflictivo final de la casa de Tócame Roque

El 23 de agosto de 1849, el Ayuntamiento de Madrid reunido en sesión del Pleno en la Casa de la Villa, acordó el derribo de controvertido edificio, a fin de dar a la calle de Fernando VI una salida al Paseo de Recoletos, a través de la plaza de las Salesas y la calle de Bárbara de Braganza. En aquel entonces habitaban la casa unos 80 vecinos, que cuando supieron que tenían que desalojar el inmueble, amenazaron con matar al propietario.

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“La última batalla de los vecinos de la casa de Tócame Roque ha sido de las más ruidosas. Los inquilinos de la memorable huronera se han defendido como unos héroes antes de capitular con el casero y de resignarse a salir con los trastos al arroyo. Jamás se vio propietario alguno en aprieto tal para obligar a sus contribuyentes a hacer un mutis” (Diario La Época)

La situación se prolongó durante meses, hasta que el propietario no tuvo más remedio que recurrir a la autoridad, que logró desalojar a las últimas 50 familias en septiembre de 1850.

“Madrid acaba de perder una de sus más gloriosas antigüedades; una leonera, en la que desde tiempo inmemorial se armaba cotidianamente cada zipi-zape que cantaba el misterio, y la cual sirvió de asunto para uno de los mejores sainetes de D. Ramón de la Cruz. Ya no existe la famosa Casa de Tócame-Roque” (Diario La Época – 18 de septiembre de 1850)   

Hoy no quedan restos de esta ruidosa leonera vecinal, salvo en obras literarias como el ya mencionado sainete de Ramón de la Cruz, la novela “La Casa de Tócame Roque o Un Crimen Misterioso” de Ramón Ortega y Frías, o en la obra “Napoleón en Chamartín” de la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, donde la casa de Tócame Roque es descrita así:

“La casa era de esas que pueden llamarse mapa universal del género humano por ser un edificio compuesto de corredores, donde tenían su puerta numerada multitud de habitaciones pequeñas, para familias pobres. A esto llamaban casas de Tócame Roque, no sé por qué”

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Con el derribo de tan singular y peculiar edificio, cuyas viviendas eran, según Larra, del tamaño de los baúles, desaparecía todo un símbolo hecho literatura por autores como Ramón de la Cruz, Ramón Ortega Frías, Ramón de Mesonero Romanos, Benito Pérez Galdós, Manuel Fernández González, Saturnino Calleja o José del Corral.

Tras las huellas de Miguel de Cervantes Saavedra, “Principe de los Ingenios”. 2ª parte: Madrid.

El Madrid de Cervantes

Ya estamos de regreso en Madrid, dispuestos a seguir buscando las huellas del “Príncipe de los Ingenios” en la Villa y Corte. ¿Me acompañáis?

“Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; este digo que es el autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo El Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño, llámase comúnmente Miguel de Mervantes Saavedra” (Miguel de Cervantes – Prólogo de las Novelas Ejemplares)

Estudio Público de Humanidades de la Villa de madrid

En 1566 Cervantes ya se había establecido en Madrid, matriculándose en el Estudio de la Villa, fundado por el rey Alfonso XI en 1346. Una prestigiosa institución, donde tuvo como maestro a su director, el catedrático de gramática y humanista Juan López de Hoyos, quien en 1569, incluiría tres poemas del joven Miguel de Cervantes en un libro sobre la enfermedad y muerte de la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II.  

En la actualidad y una vez más, no queda nada del otrora importante centro de estudios. Tan solo una placa conmemorativa, colocada en 1870 gracias a una iniciativa de Mesonero Romanos y sufragada por la propietaria del inmueble, la condesa de la Vega del Pozo, nos recuerda con el siguiente texto, que allí estudió Miguel de Cervantes:

“Aquí estuvo en el siglo XVI el Estudio Público de Humanidades de la Villa de Madrid, que regentaba el maestro Juan López de Hoyos y al que asistía como discípulo Miguel de Cervantes Saavedra”

La imprenta de Juan de la Cuesta

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Con la sola excepción de La Galatea, el resto de las obras escritas por Cervantes, incluidas las dos partes del Quijote fueron publicadas, en sus primeras ediciones, en Madrid. El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, se imprimió por primera vez en 1605, en la imprenta de Juan de la Cuesta, situada en el número 87 de la calle Atocha. Una impresión realizada con escasos medios para la que se utilizó un papel tosco y de escasa calidad, fabricado en la Cartuja de Santa María de El Paular.

El edificio original, que milagrosamente aun se conserva, fue construido entre 1592 y 1620 como un pequeño centro sanitario, conocido con el nombre del Hospitalillo de los Incurables del Carmen. En la actualidad y desde 2005, es la sede de la Sociedad Cervantina de Madrid, fundada en 1953. En lo que respecta a la segunda parte del Quijote, se publicó en 1615, también en la imprenta de Juan de la Cuesta, que por aquel entonces se había trasladado a la cercana calle de San Eugenio, esquina con la de Santa Isabel.

 

 Dos lápidas, realizadas ambas por el escultor Lorenzo Coullaut Valera, autor asimismo del grandioso monumento a Cervantes de la plaza de España, nos recuerdan ambos hechos. La primera de ellas es un relieve escultórico, donde se puede ver una escena del Quijote debajo del cual figura el siguiente texto:

“Aquí estuvo la imprenta donde se hizo en 1604 la edición príncipe de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra y publicada en mayo de 1605. Conmemoración MDCCCCV” 

Y en la segunda, realizada en 1905 y mucho más sencilla:

“En el solar que ocupa esta casa, estuvo en el siglo XVII la imprenta de Juan de la Cuesta, donde se hizo en 1615 la edición príncipe de la segunda parte de El ingenioso caballero D. Quijote de La Mancha, escrita por Miguel de Cervantes Saavedra. Conmemoración en 1905”

Los domicilios madrileños de Miguel de Cervantes

Esta sobradamente probado, que Cervantes tuvo más de un domicilio en Madrid, siempre en los alrededores de la calle Atocha, donde y vivía en 1608. En 1609 se mudó, a la calle de la Magdalena, y de ahí al Barrio de las Letras, donde residiría hasta su fallecimiento.

Cuatro fueron los domicilios conocidos del escritor en dicho vecindario. En un primer momento vivió en la Calle del León, poco después en el actual número 18 de la Calle de las Huertas, más tarde en la Plaza de Matute y, por último, de nuevo en Calle del León, en esta ocasión en la esquina con la calle de Francos, que con el tiempo pasaría a denominarse calle de Cervantes, el domicilio donde fallecería.

Esta última estaba situada en la manzana 228, siendo tristemente derribada en 1833, a pesar de la oposición y los denodados esfuerzos de D. Ramón de Mesonero Romanos, que sería quien diera la voz de alarma ante el derribo del inmueble a través de un artículo publicado La Revista Española, titulado La casa de Cervantes.

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Ni la intervención del mismísimo Fernando VII, quien dispuso que el Estado comprara el inmueble para conservarlo, ni las del Ministro de Fomento y el Alcalde de Madrid sirvieron de nada. Una vez más, el patrimonio histórico y cultural era víctima de la especulación y la avaricia de algunos desalmados. La triste e insuficiente solución a tal desaguisado, fue colocar en la fachada del nuevo bloque de viviendas una lápida conmemorativa, realizada por Esteban de Ágreda, Escultor de Cámara Honorario de Carlos IV. La lápida, realizada en mármol de Carrara, sería inaugurada el 13 de junio de 1834, y en ella, por fortuna aun puede leerse en letras de bronce:

“Aquí vivió y murió Miguel de Cervantes Saavedra, cuyo ingenio admira el mundo. Falleció en MDCXVI”

Monasterio de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso  

Este convento fue fundado en 1609 por Francisca Romero, hija de Julián Romero, general de los ejércitos de Felipe II. En 1673 se iniciaron las obras de ampliación del edificio, que se paralizarían en 1688 a causa del fallecimiento del arquitecto, Marcos López, terminando los trabajos en 1698, bajo la dirección de José del Arroyo.

El edificio es sobrio y austero con su iglesia de reducidas dimensiones con planta de cruz latina y una fachada sencilla, con frontispicio triangular en el remate y tres arcos de ingreso de medio punto en el centro, un bajorrelieve de considerables dimensiones y los escudos de armas de los marqueses de la Laguna. El edificio fue declarado monumento nacional en 1921 y ha sido restaurado en dos ocasiones, en 1869 y 1939.

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En 1868, coincidiendo con el triunfo de la llamada revolución “Gloriosa”, que supuso el destronamiento de Isabel II, el ayuntamiento de Madrid aprobó el derribo del convento de las Trinitarias descalzas de San Ildefonso. Las monjas defendieron como mejor supieron la que era su casa, perdiendo cuantas alegaciones presentaron. Una vez más parecía que los especuladores inmobiliarios iban a salirse con la suya.  Desesperadas ante lo que parecía  ya inevitable, solicitaron el amparo de la Real Academia Española quien encargó al académico marqués de Molíns que demostrara que Miguel de Cervantes estaba enterrado en el mencionado convento. El resultado fue publicado en 1870 bajo el título “La Sepultura de Cervantes” y en el se presentaban por primera vez pruebas irrefutables y se demostraba que los restos jamás salieron del convento, que de este modo se salvo de ser demolido.

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El príncipe de los ingenios falleció en su domicilio de la calle Francos esquina con la del León el 22 de abril de 1616, víctima al parecer de una  cirrosis hepática de origen diabético. Al día siguiente, 23 de abril de 1616, sus restos mortales, amortajados en humilde sayal de la orden Tercera de San Francisco, en la que había profesado poco antes. Dentro de un modesto ataúd, portado por frailes franciscanos, las manos sobre el pecho sosteniendo un crucifijo de madera y la cara descubierta, recibió cristiana sepultura en el Monasterio de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso. La capilla donde fue enterrado desapareció en las obras de ampliación del edificio, trasladándose sus restos a la cripta, junto con los de su esposa Catalina de Salazar, quien cuando murió Cervantes, decidió profesar en la Venerable Orden Tercera de los Trinitarios, solicitando que una vez muerta, fuera enterrada en el mismo lugar que su marido.

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Finalmente Ayuntamiento y Arzobispado se han puesto de acuerdo y los restos de Cervantes han sido trasladados a la Iglesia de San Ildefonso, del convento de las Trinitarias, en pleno Barrio de las Letras, del convento de las Trinitarias, donde una lapida nos recuerda al llamado Principe de los ingenios. 

“Yace aquí Miguel de Cervantes Saavedra 1547-1616”

“El tiempo es breve / las ansias crecen / las esperanzas menguan / y, con todo esto / llevo la vida / sobre el deseo que tengo de vivir”

No debemos pasar por alto el error en el texto grabado, ya que donde podemos leer “Los trabajos de Persiles y Segismunda” debería decir “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”. Tan solo una simple letra, un pequeño error debido sin duda a las prisas por inaugurar el monumento A Cervantes antes de las elecciones locales de mayo de 2015. Lo triste es que 6 meses después, el error aun no se haya corregido.

En cuanto a la lápida situada en la fachada, con una altura de 3,5 metros y 2,5 de ancho es la mayor de cuantas podemos ver en Madrid. Fue realizada en mármol italiano por el escultor aragonés Ponciano Ponzano, autor asimismo de la decoración escultórica del frontón del Congreso de los Diputados, donde representó una personificación de España acompañada de la Justicia, las Ciencias, las Bellas Artes y la Fortaleza, y de los dos leones de bronce que flanquean la fachada del edificio. En la lápida dedicada a Cervantes podemos leer el siguiente texto:

“A Miguel de Cervantes Saavedra, que por su última voluntad yace en este convento de la Orden Trinitaria, a la cual debió principalmente su rescate la Academia Española. Cervantes nació en 1547 y falleció en 1616”

Estatuas y monumentos dedicados a Miguel de Cervantes

Este paseo por los lugares más directamente relacionados con la vida y obra de Miguel de Cervantes no estaría completo sin hacer referencia a aquellos monumentos y estatuas que le rinden homenaje, aunque algunos de ellos estén situados algo apartados de aquel Madrid de los siglos XVI y XVII que frecuento el escritor.

Plaza de España

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El más conocido es sin duda, el situado en la Plaza de España, erigido para conmemorar el tercer centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote en 1915 y el fallecimiento de Miguel de Cervantes en 1616.

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Para ello se convocó un concurso nacional, resultando ganador el proyecto presentado por los arquitectos Rafael Martínez Zapatero, Pedro Muguruza y por el escultor Lorenzo Coullaut-Valera, creándose en 1920 un comité de racaudacíón, cuya finalidad era la obtención de los fondos necesarios, aunque, fínalmente, las obras no se iniciarían hasta finales de los años 20.  

Tras la guerra Civil, la construcción del monumento, estuvo parada hasta bien entrada la década de los 50, cuando el hijo de Federico Coullaut-Valera añadió las figuras de Dulcinea del Toboso y Aldonza Lorenzo.

Ya en los 60, se instalaron los grupos escultóricos dedicados a la Gitanilla y a Rinconete y Cortadillo.

Plaza de las Cortes

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En la plaza de las Cortes, frente al Congreso de los Diputados, nos encontramos con el segundo de los monumentos levantados en Madrid en homenaje al Principe de los Ingenios. 

La estatua, realizada en una aleación de cobre, zinc, estaño y plomo, fue realizada en Roma por el escultor Antonio Solá e inaugurada en 1835.

El pedestal es obra del arquitecto Isidro González Velázquez, y en el podemos ver dos relieves de José Piquer alusivos al Quijote, así como dos placas, en una de las cuales se puede leer la siguiente inscripción:

“A Miguel de Cervantes Saavedra, príncipe de los ingenios españoles”

Biblioteca Nacional

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La tercera escultura se encuentra en la Biblioteca Nacional, en el Paseo de Recoletos. Es una obra del escultor catalán Juan Vancell y Puigcercós del año 1892 y flanquea la entrada principal de este edificio, junto a otros tres genios de las letras españolas: Lope de Vega, Antonio de Nebrija y Luis Vives.

Avenida de Arcentales (San Blas)

La última de las estatuas dedicadas a Miguel de Cervantes es obra de Luis Sanguino, autor asimismo de los grupos escultóricos de las puertas de la Catedral de la Almudena y se encuentra en la avenida de Arcentales del barrio de San Blas. Esta realizada en bronce, aunque da la sensación de que estuviera modelada en arcilla, un estilo característico del escultor. En la placa que se encuentra en su pedestal podemos leer el siguiente texto:

“Don Miguel de Cervantes, Príncipe de las letras, en homenaje a la Lengua Española, mayo 1999”

“A Miguel de Cervantes,
insigne y cristiano ingenio de nuestros tiempos,
a quien llevaron los terceros de San Francisco a enterrar
con la cara descubierta, como a tercero que era” (Francisco de Urbina)

 

El Teatro Español. Un digno heredero de los corrales de comedias de la Villa y Corte de Madrid

De todos los teatros existentes en Madrid, el Español, es el único cuya ubicación coincide con la que tuvo el corral de comedias del que surgió,ocupando el espacio dejado por el Corral del Príncipe, en la plaza de Santa Ana, que a su vez, había sustituido años atrás al Corral de la Pacheca. 

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 Una breve aproximación a los corrales de comedias

Con anterioridad al siglo XVI no existía en España el concepto de teatro como edificio destinado a la representación de comedias, dramas o tragedias, lo que no fue obstáculo para que, los corrales de comedias, se convirtieran rápidamente en los lugares de esparcimiento preferidos por los madrileños, que acudían cada vez en mayor número a ver las obras de Calderón de la Barca y Lope de Vega, entre otros insignes autores.

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En su origen, ocuparon los patios interiores de las casas de vecinos, en los que se había levantado un tablado que hacia las veces de escenario. El público asistente era de lo mas heterogéneo, incluyendo desde artesanos, comerciantes, truhanes, soldados de fortuna hasta miembros del clero, nobles e incluso los propios Reyes. Los aposentos de las casas que daban al patio, estaban destinados a las gentes principales, que desde los desvanes y los pisos mas altos, normalmente no mas de 3 ó 4 alturas, podían asistir a través de celosías a la representación, sin ser vistos por el publico general, que ocupaba el patio, desde donde, de pie o sentados en unas gradas asistían a la representación. En el nivel mas alto, denominado la “tertulia”, con no mas de 40 asientos por lo general, se solía acomodar el clero, allí se encontraba también el llamado “aposento de Madrid”, reservado a los Corregidores o Alcaldes, así como la “galería alta” reservada a los miembros del Consejo de Castilla.

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Respecto a la nobleza, y en ocasiones los propios Reyes, solían ocupar las rejas o celosías, unos compartimentos privados, especialmente adecuados para sus encuentros amorosos, en los que era muy poco probable que fuesen descubiertos, ya que no accedían a sus localidades por la puerta principal, sino a través del establo, donde dejaban sus carruajes o monturas. Como es fácil suponer, eran los asientos más caros y para su adjudicación se tenía en cuenta tanto el prestigio social, como los medios materiales del solicitante, que debía abonar el precio de forma anual. Las mujeres se sentaban en la “cazuela”, un palco situado frente al escenario, al que se accedía,a través de una puerta privada o a través de las casas que rodeaban el corral de comedias, para evitar encontrarse con los hombres, que asistían a la función de pie y  desde el patio. Merece la pena mencionar la figura del “apretador”, un trabajador del corral cuya misión consistía en “apretar” a las mujeres que ya ocupaban sus asientos en la cazuela para proporcionar sitio a las nuevas espectadoras, previo pago de la correspondiente propina. Los menestrales y artesanos se situaban alrededor del patio, en las gradas, si bien, los más acomodados ocupaban los bancos o lunetas de la zona delantera y los “mosqueteros”, un grupo formado por comerciantes y artesanos, principalmente, y liderado por el gremio de zapateros, se reunían en la zona posterior del patio. Su opinión era temida por autores y empresarios, que procuraban tenerlos contentos, ya que con sus abucheos, silbidos, aplausos y ruidos de espada, carracas, silbatos o cascabeles, eran capaces de hundir o salvar la obra.

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En cuanto al escenario, este solía presentar tres niveles: al fondo y en la zona mas alta del mismo, solía situarse una especie de balcon, donde aparecían asomados diversos personajes, como si se tratara de parte del público asistente. Justo debajo se encontraba el escenario o tablado, que era donde se desarrollaba la acción, y por último, escondido a la vista del público, se encontraba el foso, de donde, a través de trampillas salían o desaparecían los actores, cuando era necesario para el buen desarrollo de la trama. En el caso de que la obra representada fuera un auto sacramental el tablado representaba el nivel terrenal, el foso simbolizaba el infierno y el corredor alto el nivel divino, donde se encontraban Dios, los ángeles y los santos. Tras el escenario, ocultos mediante cortinajes, se hallaban los vestuarios, así como uno o dos corredores, destinados a facilitar elmovimiento de los actores sin ser vistos por los espectadores.

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“Obscurecese el tablado y, mientras se dicen los primeros versos, se descubre la perspectiva del mar con truenos y relámpagos” (Pedro Calderón de la Barca – La fiera, el rayo y la piedra)

Las funciones, que en un principio tenían lugar únicamente los domingos y festivos, dada la afición de los madrileños por el teatro, llegaron a tener lugar todos los días de la semana, y siempre de día, ya que los locales carecían de la iluminación necesaria para hacerlo de noche, utilizándose un toldo para protegerse del sol. Las representaciones, que solían tener una duración máxima de dos horas no tenían descanso y solían comenzar a las 2 de la tarde en los meses mas fríos, a las 3 durante la primavera, y a las 4 en verano.
Un lugar especialmente importante de los corrales de comedias era la alojería, donde se podía comprar comida y bebida para consumir durante la representación, en especial la aloja o hidromiel, de ahí el nombre, una bebida elaborada a base de agua, miel y hierbas aromáticas que, a veces se mezclaba con vino.

Los primeros corrales de comedias de Madrid

Ante el éxito de estos primeros espacios teatrales, pronto surgirán los primeros corrales de comedias con carácter permanente, respetándose la misma estructura, aunque ya no serán patios de vecinos, sino edificios construidos y pensados desde el inicio para ser teatros. El de la Cruz, construido en 1574 y el del Príncipe en 1582 serán los primeros y en ellos se representarán obras y parte de los beneficios que se obtengan serán destinados a obras de caridad, al mantenimientos de hospitales, por ejemplo.

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A finales del siglo XVI había seis corrales abiertos en Madrid, todos ellos dependientes de las cofradías de la Pasión y la de la Soledad, instituciones de la beneficencia pública, que obtenían sus fondos con una parte del precio, la llamada sisa, de las representaciones teatrales en los corrales de su propiedad. La cofradía de la Pasión era propietaria de tres de estos corrales, situados uno en la calle del Sol y dos en la del Príncipe, el corral de la Pacheca y el Corral de Burguillos, mientras que la cofradía de la Soledad tenia uno en la calle del Lobo, actualmente Echegaray, otro en el edificio propiedad de la viuda de Valdivieso, y un tercero en la calle la Cruz. 

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El último de los corrales de comedias de Madrid, sería el de los Caños del Peral, construido por Felipe V y reformado en 1708. Estuvo en funcionamiento hasta 1713, cuando a instancias del actor italiano Francesco Bartoli, fue derribado para dar paso, sobre el solar resultante a un nuevo teatro de escasas cualidades, arquitectónicamente hablando.

“Los Caños del Peral, llamados también las Fuentes del Arrabal, eran unos lavaderos públicos, propios de la villa y tenían contiguo un corral cercado, que en 1704 cayó en gracia a una compañía ambulante de comediantes y operistas italianos para dar sus representaciones al aire libre mediante algunos cuantos tablones que formaban el escenario y varios toldos que servían para defender del sol a los espectadores. Pocos años después, una compañía de “trufaldines”, bajo la dirección de Francisco Bartolí, construyó ya en este corral un mezquino teatro (que con decir que algún tiempo más adelante fue tasado en treinta mil reales para cargarse con él la villa, está expresado lo que debía ser) hasta que derribado en 1737 y construido de nueva planta otro edificio más decoroso, comprendiendo también en él el terreno donde estaban los caños y lavaderos, fue inaugurado este coliseo por una buena compañía italiana en 1738” (Ramón de Mesonero Romanos)

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Este primer edificio, fue demolido en 1737, construyéndose en su lugar un nuevo teatro, más grande y capaz, cuyo proyecto correría a cargo de los arquitectos Virgilio Rabaglio y Santiago Bonavia, que sería el primero de los teatros de estilo italiano construido en Madrid, sustituido a su vez  en 1737 por otro mayor que se mantuvo en pie hasta 1817, cuando sería demolido para construir el actual Teatro Real inaugurado en 1850 con la representación de “La Favorita”, del compositor italiano Gaetano Donizetti.

Los principales corrales de comedias de Madrid

Cuando en 1565, Felipe II y el Consejo de Castilla otorgaron permiso para la creación de la Cofradía de la Sagrada Pasión, se le concedió también el privilegio llevar a cabo representaciones teatrales, dedicando un porcentaje de la recaudación a sus fines caritativos, convirtiéndose la Iglesia en el principal y prácticamente único empresario teatral de la época desde 1567, año en que se fundó la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad, que también disfrutaba de tan lucrativo privilegio.

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En 1574 la Cofradía de la Sagrada pasión arrendó los patios de tres casas de vecinos situadas una en calle del Sol y dos en la calle del Príncipe, pertenecientes estos últimos a Nicolás Burguillos y otro a Isabel Pacheco. Pero como tratando de dinero, parece ser que los problemas surgen rápidamente, ambas cofradías vivieron un periodo de gran rivalidad entre las compañías y entre sus respectivos públicos, con frecuentes disputas y peleas, formándose dos bandas denominadas “chorizos” y “polacos”, siendo el responsable de poner orden cuando esto sucedía, el alcalde de Casa y Corte, ayudado por sus alguaciles. Tras varios años de disputas, se logró llegar a un acuerdo sobre la explotación de los corrales, tras la adquisición de dos nuevos patios vecinales en las calles de la Cruz (la Soledad) y la del Príncipe (la Sagrada pasión), abandonándose el resto de los corrales. Esta situación de calma tensa, se mantendría hasta 1627, año en el que comenzaron a surgir dificultades con los pagos que debían hacer a las arcas municipales, lo que llevó al consistorio madrileño a hacerse cargo de la explotación de los dos corrales en 1638, pagando a partir de ese momento una cantidad fija a las Cofradías. 

El Corral de la Pacheca

Existe constancia de una representación que tuvo lugar el 5 de marzo de 1568, cuando la compañía de Alonso Velázquez representó por primera vez una comedia. En 1574 la compañía italiana de Alberto Ganassa puso un techo en el Corral de la Pacheca y un toldo para proteger del sol y para poder representar aquellas escenas que se desarrollaran de noche. Con el tiempo siguió sufriendo modificaciones hasta convertirse, primero en el Teatro del Príncipe y luego en el actual Español. 

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“El mismo año de 1574 había en Madrid una compañía de comediantes italianos, cuya cabeza y autor era Alberto Ganassa. Representaba comedias italianas, mímicas y bufonescas, de asuntos triviales y populares. Hacían también los volatines, los títeres, juegos de manos, y tal vez volteaban un mono” (Casiano Pellicer – Tratado histórico sobre el origen y progreso de la comedia y del histrionismo en España)

El Corral de la Cruz 

En 1579, las cofradías de la Pasión y de la Soledad, una vez superadas sus rivalidades,  adquirieron un corral con mayor aforo situado en la calle de la Cruz, junto a la plazuela del Ángel, que sería finalmente inaugurado el 16 de septiembre de 1584. Al igual que el resto de los corrales de comedias de la época, estuvo descubierto hasta el año 1743, fecha en que el arquitecto Sachetti construyó el primer edificio. 

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Posteriormente, Pedro de Ribera, ante el mal estado en que se encontraba reformó el edificio, transformándolo en un teatro a la italiana con capacidad para 1500 espectadores, que sería derribado en 1859.

En él se representaron las mas importantes obras de los dramaturgos del Siglo de Oro español, como Calderón de la Barca, Hurtado de Mendoza, Quevedo, Ruiz de Alarcón, Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina, o Vélez de Guevara.

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“Ustedes creerán que el aspecto interior de los teatros de aquel tiempo se parece algo al de nuestros modernos coliseos. ¡Qué error tan grande! Mirando el teatro desde arriba parecía el más triste recinto que puede suponerse. Las macilentas luces de aceite que encendía un mozo saltando de banco en banco apenas le iluminaban a medias, y tan débilmente, que ni con anteojos se descubrían bien las descoloridas figuras del ahumado techo, donde hacía cabriolas un señor Apolo con lira y borceguíes encarnados”.

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“Los palcos o aposentos eran unos cuchitriles estrechos y oscuros donde se acomodaban como podían las personas de pro; y como era costumbre que las damas colgasen en los antepechos sus chales y abrigos, el conjunto de las galerías tenía un aspecto tal, que parecía decoración hecha ex profeso para representar las calles de Postas o de Mesón de Paños” (Benito Pérez Galdós – Episodios Nacionales, La Corte de Carlos IV)

El Corral del Príncipe

El Corral del Príncipe fue adquirido por la Cofradía de la Pasión, el 9 de febrero de 1582, según consta en el documento de compra correspondiente a dos casas con corral que se conserva en el Archivo de la Diputación de Madrid, siendo inaugurado el 21 de septiembre del año siguiente, poniendo en escena unos entremeses de Lope de Rueda, presentados por la compañía un tal Vázquez y el cómico Juan de Ávila.

 “En 21 de septiembre, día de San Mateo, año de 1583, representó Vázquez y Juan de Ávila en el teatro del Príncipe, que es el primer día que se representó en él, y hubo de tablados, con la representación, setenta reales, porque aún no están hechas las gradas, ni ventanas, ni corredor”

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 Hasta nuestros días han llegado pocos datos que nos permitan conocer cual era el aspecto de este corral, salvo el plano de la planta realizado por Pedro de Ribera en 1735, conservada en el Archivo de la Villa, y dos dibujos de la primera mitad del siglo XVIII que se conservan en la Biblioteca Nacional. 

“Sobre unos cimientos de piedra y cal se hicieron tablado o teatro para representar, vestuario, gradas para hombres, bancos portátiles, que llegaron a noventa y cinco; corredor para las mujeres, aposentos o ventanas con balcones de hierro, ventanas con rejas y celosías, canales maestras y tejados. Más adelante, Cirujela empedró el patio sobre el cual se tendía una vela o toldo que defendía del sol, pero no de las aguas”

Si se sabe que, el año 1600, se añadió un piso más al corral, destinado a los funcionarios reales y que entre 1627 y 1636 se construyeron otros dos pisos más de aposentos laterales. En 1735 se decidió derribar el Corral del Príncipe, para construir un teatro a la italiana. Se acordó adquirir una casa que daba a la calle del Lobo y usar el sitio hasta entonces ocupado por la alojería de la calle del Príncipe que ya pertenecía al municipio de la Villa y Corte de Madrid.

Tanto el corral de la Cruz como el del Príncipe disponían de pasadizos que comunicaban las casas contiguas con dependencias privadas desde donde se podía disfrutar de la representación, a través de ventanas o balcones abiertos ex profeso, conocidas como rexas, debido a que estaban cerradas con celosías, para impedir que el público tuviese acceso a ellas. Solían ser alquilados por nobles o pequeñas sociedades durante toda la temporada, y entre los asistentes habituales, es preciso mencionar a Felipe IV y su primera esposa, Isabel de Borbón, que acudían con frecuencia a los corrales del Principe y de la Cruz. 

“Celosías recoletas/fueron campaña y vergel/de la más cuerda matrona/y el más rígido juez” (Antonio Hurtado de Mendoza)

Otros corrales madrileños, algunos de ellos de muy corta vida, fueron los corrales del Sol, que ya funcionaba en 1568; el de Burguillos, inaugurado en 1574; el de la viuda de Valdivieso, cuya ubicación exacta es desconocida a día de hoy, y el del Lobo o de Puente , que ofreció representaciones entre 1560 y 1579.

Origenes, historia y anécdotas del Teatro Español

      En 1744 se derribó el Corral del Príncipe, decidiéndose levantar el nuevo teatro en los terrenos liberados. Un teatro que sería construido como teatro a la italiana, según el proyecto realizado por Juan Bautista Sachetti, arquitecto mayor de Madrid, y por Ventura Rodriguez, siendo inaugurado en junio de 1745 como Coliseo del Príncipe, con el estreno la zarzuela “El rapto de Ganímedes” con libreto de José de Cañizares y música de José de Nebreda.  

 Tras el incendio ocurrido el 11 de julio de 1802, únicamente quedo en pie la estructura exterior del teatro, por lo que, el marqués de Hermosilla dirigió al Ayuntamiento una solicitud haciendo ver la necesidad de reparar o construir un nuevo teatro, de cuya construcción se encargaría Juan de Villanueva, aprovechando los antiguos muros del teatro construido por Sachetti por razones de economía y tiempo.

“Se ha de fabricar sobre la forma y disposición que antes tenía con aprovecho de todo lo que de ella cuente, que será lo más pronto y menos costoso” (Archivo de la Villa)

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Villanueva, no obstante propone la compra de la casa contigua y otra en la calle del Lobo (actual Echegaray), esta última para dar al escenario la mayor amplitud posible, que seria aprobada por el Consejo Municipal en junio de 1805. Las obras del nuevo coliseo finalizaron en agosto de 1807, presentándose a los madrileños con su sobria fachada neoclásica, con balcones y un frontón triangular, típico de este estilo arquitectónico.

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Respecto a los medallones, que a día de hoy, adornan la fachada principal del teatro con las efigies de Lope de Rueda, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Lope de Vega y Ruiz de Alarcón, fueron realizados por José Esteban Lozano, profesor de grabado de la Escuela de bellas Artes de San Fernando y colocados en 1869. Poco tiempo después, la Villa de Madrid compró a doña María Reclusa la superficie de terreno para la escalera de acceso al palco real y la servidumbre de entrada y paso a dicha escalera por la calle del Prado. 

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En 1849 el Coliseo del Príncipe se convertiría, tras  las oportunas reformas de los reglamentos, en teatro de carácter nacional, pasando a llamarse a partir de ese momento y hasta nuestros días, Teatro Español. Se inauguró con la obra “Casa con dos puertas mala es de guardar” de Calderón de la Barca, y el sainete “La casa de tócame Roque” escrito por Ramón de la Cruz.

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“El acontecimiento de la semana ha sido la inauguración del Teatro Español. Ocho días antes de abrirse el coliseo de la calle del Príncipe estaban pedidos todos los billetes; habíanse formado largas listas de suplentes en la contaduría, y se reclamaban ciertas formalidades para la entrega de los codiciados cartones. Los pocos que llegaron a manos de los revendedores se cotizaban a precios fabulosos: una luneta valía doscientos reales; una galería sesenta; y alguna persona muy conocida en los altos círculos, llevó su amor… al arte, hasta el extremo de pagar sesenta duros por un palco bajo. Es imposible figurarse algo más lindo, más rico, más alegre que el adorno de la nueva sala: el terciopelo, el oro y el gas, he aquí el triple elemento que constituye su belleza” (Ramón Navarrete – La Ilustración del 14de abril de 1849).

 

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En el Archivo de la Villa son muy numerosos los expedientes relacionados con el Coliseo del Príncipe. Así, de 1882 tenemos los que mencionan la solicitud al Canal de Lozoya pidiendo permiso para dotar de agua al teatro, la instalación del alumbrado de gas, con un presupuesto de 22.212 pesetas o adquisición de un telón metálico contra incendios de 12 metros de ancho por 10 metros de alto con movimiento hidráulico por 14.490 pesetas.

En el año 1894, salió a concurso el Teatro Español, debido a su estado ruinoso, siendo D. Ramón Guerrero, padre de la actriz María Guerrero, el beneficiario quien consiguió la concesión con la condición de hacerse cargo de las obras necesarias, inaugurándose el 12 de enero de 1895 con “El desdén con el desdén”, de Agustín Moreto y “El retablo de las maravillas”, de Miguel de Cervantes Saavedra.  

 

“Verá el público un teatro enteramente nuevo: del vetusto y polvoriento local solo quedaron las paredes maestras, la fachada, en parte modernizada con puertas nuevas, y el techo; la piqueta demoledora ha hecho polvo y escombro los viejos tabiques, sobre los que se podía ver una superfetación de recuerdos a modo de concreción de tiempos gloriosos unos y malaventurados otros. El Teatro Español ha muerto… ¡Viva el Teatro Español” (El Imparcial del 7 de enero de 1895)

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Tras numerosas reformas, que afectaron a fachada, sala, vestíbulos y escenario, e incluyeron la instalación de muros cortafuegos, la sustitución de las viejas estructuras de madera que soportaban los suelos por otras de hierro, la construcción de una nueva embocadura y proscenios de hormigón armado, la construcción de nuevas escaleras de hierro y mármol y la instalación de electricidad, y tras instalar en los palcos sillas de estilo Luis XVI tapizadas en terciopelo rojo igual que el de las butacas, a las 17:40 del 19 de octubre de 1975, mientras se ensayaba la obra de Jesús Campos, “Siete mil gallinas y un camello”, se declaro un incendio, que de no ser por el telón cortafuegos metálico y la rápida intervención de los bomberos, habría calcinado hasta los cimientos el Teatro Español.

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 Tras este nuevo incendio, se llevaría a cabo una reforma, en la que se aprovechó, además de para colocar un sexto medallón en la fachada, en esta ocasión con la efigie de Jacinto Benavente, para instalar un nuevo sistema de climatización con aire acondicionado, megafonía y nuevos proyectores, adaptándose el teatro Español a los nuevos tiempos.

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 El Español abriría de nuevo sus puertas en abril de 1980 con el estreno de “La dama de Alejandría” a cargo de la compañía de Aurora Bautista y con el inolvidable José Luis Alonso como director del teatro.

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 Como curiosidad, creo que merece la pena mencionar que, la araña de cristal de la sala tiene 2.70 metros x 2.00 metros, cuenta con 50 luces, está compuesta por 8 aros metálicos concéntricos y a distintas alturas de los que cuelgan  cristales en forma de lancetas. Una réplica exacta de la anterior de cristal de Bohemia, que quedó irrecuperable, tras desplomarse sobre el patio de butacas en el incendio de 1975.

 En 1994, el Ayuntamiento de Madrid, que poco antes había adquirido un solar de 530 metros cuadrados situado en la calle Príncipe, esquina con Manuel Fernández y González, decidió llevar a cabo una ampliación del Español utilizando este solar, aprovechando para llevar a cabo una nueva reforma. Los arquitectos Andrés Oñoro Díaz y Enrique Ortega Reguera construyeron un edificio anexo de seis plantas con 2850 metros cuadrados donde tendrían cabida: Dos sótanos con sala de ensayos, vestuarios, almacén y aseos, una entreplanta con acceso al edificio principal, donde se instalo la cafetería, que se llamó Café del Príncipe, y tres plantas superiores con sala de conferencias, almacén de libros, biblioteca, oficinas, archivo y talleres manuales, una sala de exposiciones que recibe el nombre de Salón de los Balcones, añadiendo en la fachada principal, cinco nuevos medallones dedicados a Benavente, Zorrilla, Arniches, Valle-Inclán y García Lorca y tres más en la fachada lateral que da a la calle Manuel Fernández y González, dedicados a Mihura, Jardiel-Poncela y Muñoz-Seca. Sería la reforma numero 14 efectuada en el edificio del Teatro español.

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 La sala pequeña sería inaugurada en 2006, siendo director del español Mario Gas, con la obra “Siglo XX que estás en los cielos” de David Desola, dirigida por Blanca Portillo e interpretada por Silvia Abascal y Roberto Enríquez. 

Y para finalizar esta entrada, no podemos olvidarnos de un espacio teatral, que, si bien no se encuentra en la misma capital, si lo esta en la Comunidad de Madrid, en la muy cercana ciudad de Alcalá de Henares: El Corral de Comedias de Alcalá

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  Conocido también como Corral de los Zapateros, el Corral de Comedias de Alcalá es uno de los teatros más antiguos que se conservan en Europa y el mas antiguo de España. En 1601, el Ayuntamiento de Alcalá de Henares encargó al carpintero Francisco Sánchez la construcción de un corral de comedias que estaría situado en la plaza del Mercado, actualmente la plaza de Cervantes. El corral, inaugurado en 1602 respondía a lo que era habitual en la época, por lo que carecía de techo al igual que ocurría con los corrales que ya existían en la cercana capital del reino. A esta primera etapa como corral de comedias, correspondían igualmente el patio empedrado, las gradas, los aposentos, y la cazuela destinada a acomodar a las mujeres que asistían a las representaciones. 

 En el siglo XVIII, la estructura del corral de comedias sufrió profundos cambios al transformarse en coliseo neoclásico, cubriendo el patio mediante una cúpula, sostenida por un entramado de vigas de madera, que a su vez, sostenía un tejado a cuatro aguas, lo que mejoró de manera notable la acústica, permitiendo su utilización como pequeña sala de conciertos de música de cámara. Ya en el siglo XIX, en lo que se puede llamar su etapa romántica, la antigua techumbre fue recubierta con un falso techo de yeso decorado con pinturas y se construyeron las dos plantas de palcos alrededor del antiguo patio empedrado, que de este modo se convirtió en platea, pasando a convertirse en uno de los primeros teatros románticos, a la italiana, conservados en nuestro país, que cuenta, además, con la peculiaridad de tener una planta elíptica. 

 A finales del siglo XX, estuvo a punto de ser derribado, hasta que finalmente, gracias a la investigación realizada por Miguel Ángel Coso Marín, Mercedes Higuera Sánchez Pardo y Juan Sanz Ballesteros se logró que el este edificio fuera recuperado tras una restauración que duro mas de 20 años. En la actualidad, es posible hacer alguna de las visitas guiadas, en la que nos mostrarán todos los entresijos del teatro, el suelo original de piedra, así como distintas máquinas para crear efectos de sonido.

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El Corral de Comedias de Alcalá de Henares es una joya de la arquitectura del siglo XVII, un testimonio vivo de cómo eran los teatros en los que se estrenaron las obras de Lope de vega, Calderón de la Barca o Cervantes, que ningún buen aficionado al teatro y su historia, debería perderse.

El tapón del Rastro.

A principios del siglo XX, además del gran “Proyecto de reforma de la prolongación de la calle Preciados y enlace de la Plaza del Callao con la calle de Alcalá”, lo que sería años después la Gran Vía, y algunos otros de menor importancia, uno de los más necesarios y demandados por los madrileños, era el que afectaba al Rastro. Una reforma urbanística iniciada en 1905, que pondría punto final a una zona congestionada, incómoda e insalubre conocida como el tapón del Rastro.

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¿Donde estaba y que era el tapón del Rastro?

El popularmente conocido como el tapón del Rastro era tan solo una manzana de casas, que obstaculizaba el acceso al popular mercado madrileño, viniendo desde la calle de Toledo y la calle de los Estudios. Las calles que rodeaban esta manzana de planta triangular, eran las del Cuervo, la travesía del Rastro y San Dámaso. Fue derribado en 1905 dando lugar a la actual plaza de Cascorro y facilitando así el acceso al popular mercado callejero. Pío Baroja lo recordó así en sus memorias:

“En lo que se llamó Cabecera del Rastro, y ahora está la estatua del héroe de Cascorro, había una manzana de casas viejas y decrépitas, que interceptaban el paso de la Ribera de Curtidores y que llamaban el tapón del Rastro”

La desaparición del tapón del Rastro era una reforma urbanística en extremo sencilla, que ya había sido demandada por el Urbanista y Cronista de la Villa Ramón de Mesonero Romanos en su obra “El Antiguo Madrid” y por el historiador y periodista Ángel Fernández de los Ríos que insistan en la necesidad de esta reforma con el objetivo de ampliar la plaza del Rastro, facilitando así el acceso de los madrileños a la Ribera de Curtidores.

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Pero de todos es sabido que en Madrid, “las cosas de palacio van despacio”, de modo que hasta 1913, ocho años mas tarde, el molesto tapón no desapareció por completo, pese a los denodados esfuerzos de Alberto Aguilera, sin duda uno de los mejores alcaldes que ha tenido esta nuestra ciudad a lo largo de su historia, que sería quien finalmente lograra llevar a buen puerto unas obras que no deberían haberse prolongado tanto. Todos los madrileños que vieron la gran diferencia existente entre el antes y el después de esta sencilla actuación urbanística, se hacían cruces ante el hecho de que una reforma tan sencilla, hubiese costado más de medio siglo de esfuerzos hasta verla finalizada.

Ya desde unos años antes del inicio de las obras de demolición del tapón, donde estuvo la cruz del Rastro se podía ver el monumento dedicado a Eloy Gonzalo García, el héroe de Cascorro, cuya construcción fue aprobada en sesión municipal de 20 de Octubre de 1897, en la que el Ayuntamiento madrileño decidió rendir un merecido homenaje a este soldado recogido y criado en la Inclusa de Madrid.

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El monumento fue inaugurado el 7 de Junio de 1902 por D. Alfonso XIII, y desde entonces, los madrileños, pasaron a llamar plaza de Cascorro a este espacio urbano, que hasta entonces había sido la plaza del Rastro, una de las mas representativas y castizas grandes plazas madrileñas, como la Puerta del Sol, Lavapiés o la Cebada, entre otras. Fue algo así como el detonante para el inicio de la reforma de la plaza, que tendría lugar tres años mas tarde.

Lo que desapareció con el derribo del tapón

Siete fueron las casas que se expropiaron y demolieron para ampliar la zona, pagando el Ayuntamiento, entre 27 y 66 pesetas por cada pie de superficie. Sirvan como ejemplo las casas situadas en los números 2 y 4 de la calle de San Dámaso, con unas superficies de 116,50 y 100,80 metros cuadrados, por las que se pagaron 99.044,13 y 55.911,24 pesetas respectivamente. En total se expropiaron 1.164,91 metros cuadrados lo que supuso coste de 611.923,54 pesetas.

En uno de los edificios desaparecidos estaba el conocido cafetín del Manco, ubicado en la cabecera del Rastro, frente a la estatua de Cascorro, punto de encuentro de maleantes y haraganes y cuna del Sainete, como quedará inmortalizado en el sainete lírico “El chico del cafetín”, con libreto de Ángel Torres del Álamo y Antonio Asenjo y música de Rafael Calleja, que se estrenó en el desaparecido Teatro Apolo el 15 de abril de 1911.

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También se menciona este establecimiento en la trilogía autobiográfica de Arturo Barea “La forja de un rebelde”, escrita entre 1940 y 1945 en su exilio ingles, cuya primera edición en castellano tendría que esperar hasta 1951, cuando fue publicada en Buenos Aires por Losada.

“En la entrada de la calle de Mesón de Paredes vive la señora Segunda. Casi todas las mañanas, cuando yo bajo al colegio, está desayunando en el cafetín del Manco. Cuando entro a darle los buenos días, todos los parroquianos me miran con extrañeza de que le salude y la bese. Porque la señora Segunda es una pobre de pedir limosna y además le falta la nariz por un cáncer que se la ha comido y se le ven los huesos de dentro de la cabeza. En el cafetín no entran los chicos vestidos como yo, porque es el café de los mendigos. Se abre a la caída de la tarde y se cierra hacia las diez de la mañana. Tienen allí mismo también una fábrica de churros donde compra todo el barrio y las churreras que luego los revenden por las esquinas” (Arturo Barea – La forja de un rebelde)

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Desaparecieron las calles de San Dámaso y la del Cuervo, que comenzaban a la altura de la calle de Juanelo. La primera de ellas, se llamaba así por una capilla dedicada a aquel Pontífice, nacido en Hispania a comienzos del siglo IV. Una capilla donde tuvo su convento la Congregación de los Ministros de los Enfermos o Padres Agonizantes de San Camilo de Lelis, hasta su traslado a la calle de Fuencarral, en 1643. Respecto a la calle del Cuervo, parece ser que su nombre provenía de un criadero de palomas, que su propietario Juan González de Almunia, regidor de la Villa de Madrid, entregaba como limosna para el sustento de los enfermos de los hospitales madrileños. Según se contaba, un cuervo causaba estragos entre las palomas y sus crías, por lo que el regidor anunció un premio para el que acabase con aquel “pájaro dañino, que solía burlar a sus perseguidores”. Unos mancebos del barrio, ante la posibilidad de ganarse unos reales, pidieron permiso para subir a la torre del palomar, donde esperaron la llegada del ave. Cuando el cuervo apareció taparon las ventanas para impedir que huyera y le acosaron con palos, consiguiendo quebrar sus alas, aunque no sin que el cuervo se defendiera, sacándole los ojos a uno de los muchachos. Ante los alaridos de dolor acudieron los mozos del corral, que finalmente consiguieron dar muerte al cuervo, tras lo cual fue clavado en la puerta del criadero.

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Por último, la plaza de los Estudios, que se llamó algún tiempo del Duque de Alba, fue otra de las víctimas de la reforma. Muy cerca, en el número 15 de la calle del mismo nombre, se encontraba el palacio del ilustre aristócrata, adquirido a finales del siglo XVII, junto a otro  edificio contiguo.

De la plaza del Rastro a la plaza de Nicolás Salmerón.

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En sesión del pleno municipal celebrada el 16 de Agosto de 1913, se acordó que la nueva plaza del Rastro, nacida tras el derribo de la conflictiva manzana, recibiese el nombre de Nicolás Salmerón, presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República Española durante mes y medio en 1873, cargo al que renunció alegando su negativa a firmar, por problemas de conciencia, las condenas a muerte de unos militares, que habían sido juzgados por colaborar con los sublevados de la Revolución Cantonal, iniciada en Cartagena el 12 de julio de ese mismo año. Sin embargo, ese apego de los madrileños por conservar las tradiciones, haría que la zona se siguiera conociendo durante algunos años como el tapón del Rastro, hasta que finalmente, en 1941, pasará a llamarse oficialmente plaza de Cascorro, nombre con el que ya era conocida por todos los madrileños.

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Las fiestas de inauguración de la plaza de Nicolás Salmerón tuvieron lugar el 22 de junio de 1914 y fueron organizadas por el Centro de Hijos de Madrid, los concejales y ex concejales del distrito y el teniente alcalde, Sr. Millán. Guirnaldas, flores, gallardetes y mantones de Manila en los balcones engalanaban la plaza. En los gallardetes dos medallones lucían las siguientes inscripciones:

“El Centro de Hijos de Madrid a estos clásicos barrios”

“El mismo Centro a D. Alberto Aguilera, iniciador de esta reforma”

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Hubo música desde hora muy temprana, a cargo de la banda de Cornetas de la Cruz Roja y la del Colegio de Nuestra Señora de la Paloma, reparto de 1.100 bonos de comestibles para los mas necesitados y lanzamiento de globos. Ya por la noche, la Banda Municipal y la Banda del Hospicio, ofrecieron para finalizar los actos programados con motivo de la inauguración, sendos conciertos con un repertorio popular de zarzuelas y pasodobles.

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Desaparecía así el tapón del Rastro, que durante tantos años había sido un obstáculo para todos aquellos, que pretendían acceder a la Ribera de Curtidores desde la calle de Toledo.