El desaparecido Palacio de Oñate.

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El Palacio de Oñate era un austero edificio construido en el siglo XVII, compartiendo manzana con una de las mancebías más populares de Madrid, frente a la manzana donde se encontraba la casa del Licenciado Melchor de Molina, conocida como la torrecilla de la Puerta del Sol.

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Tenía su acceso principal por la calle Mayor, mientras que su fachada posterior daba a la calle del Arenal con otro de sus lados dando al callejón de la Duda, desaparecido durante la remodelación de la Puerta del Sol llevada a cabo entre los años 1857 y 1862.

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En el plano de Pedro de Teixeira realizado en 1656, podemos apreciar el lugar exacto donde se encontraba el palacio de los condes de Oñate y Villamediana que hoy nos ocupa.

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No se puede decir que fuera un edificio especialmente monumental pese a su gran superficie, ya que en él únicamente era de destacar la magnífica puerta barroca diseñada por el arquitecto Pedro de Ribera en el siglo XVIII durante unas obras de remodelación llevadas a cabo en el añejo caserón.

Realizada en piedra berroqueña, el dintel y las jambas presentaban los adornos y molduras característicos de la arquitectura de Ribera, que se prolongaban en torno a los balcones superpuestos, rematándose el conjunto con el escudo heráldico de los condes de Oñate.

Tras el derribo del palacio en 1913, la puerta fue salvada y ofrecida por el Ayuntamiento de Madrid, a diversas instituciones, mientras languidecía en los almacenes municipales. Finalmente, la oferta fue aceptada por la  Casa de Velázquez, una institución cultural francesa situada en la Ciudad Universitaria de Madrid, donde fue instalada en 1935.

Durante la Guerra Civil la Casa de Velázquez resulto tan seriamente dañada, que la magnífica puerta no pudo ser salvada al efectuar la reconstrucción del edificio una vez finalizada la contienda.

Y la puerta del Palacio de Oñate se perdió para siempre.

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El Palacio de Oñate se hizo tristemente célebre por el asesinato en su puerta, el día 21 de agosto de 1622, de D. Juan de Tassis y Peralta, II conde de Villamediana e insigne poeta. Un trágico suceso que nunca se llegaría a aclarar, aunque todo parecía apuntar que fue consecuencia de los rumores acerca de sus ilícitos y adúlteros amoríos con Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV. Por los mentideros de la Villa rápidamente corrió el rumor de que tan trágico desenlace tuvo su origen en los sonetos que Villamediana dedico a la Reina, unos sonetos que acabarían circulando por todo Madrid, lo que despertaría los celos y la inevitable desconfianza del monarca. 

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Para complicar aún más el ya de por si escabroso asunto,el 15 de mayo de 1622 se celebro en el palacio de Aranjuez una fiesta en la que se representó la obra titulada “La Gloria de Niquea” escrita por el mismo Villamediana, con prólogo de Luis de Góngora. Tras la mencionada obra se inicio la representación de “El Vellocino de Oro” de Lope de Vega. Durante el segundo acto se produjo un incendio que desató el pánico entre el público asistente e inmediatamente, Villamediana tomó en brazos a la Reina para ponerla a salvo y llevarla a palacio, aunque parece ser que se demoró bastante más de lo necesario, lo que provocó la ira del monarca.

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Y de este modo llegamos a la aciaga noche en la que, regresando a su domicilio en la calle Mayor desde el Real Alcázar de Madrid junto a D. Luis Méndez de Haro en su carruaje, el conde de Villamediana fue atacado por un hombre en el callejón de la Duda. El conde, mortalmente herido fue llevado a su casa, donde nada se pudo hacer por salvar su vida, falleciendo cuando apenas contaba 40 años. Capellán de Felipe III y amigo de Góngora y Lope de Vega, al Fénix de los Ingenios se atribuyen los siguientes versos que hacen referencia al asesinato del conde de Villamediana:

“Mentidero de Madrid, / decidnos: ¿Quién mató al conde? / Ni se sabe, ni se esconde; / sin discurso discurrid. / Unos dicen que fue el Cid, / por ser el conde Lozano / ¡Disparate chabacano! / Pero lo cierto de ello ha sido / que el matador fue Bellido / y el impulsor soberano”

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Antón Martín, mucho más que una plaza madrileña.

No son pocos los madrileños que aseguran que esta plaza en realidad no existe, basándose en el curioso hecho de que carece de numeración propia, considerándose como un simple ensanchamiento de la calle de Atocha, y sin embargo ahí esta esta plaza o plazuela dedicada a Antón Martín, una más de las curiosidades que esta sorprendente ciudad que es Madrid, ofrece a propios y extraños.

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Puerta de entrada a los barrios de Lavapies y Las Letras, dos de los barrios mas representativos de Madrid, ya aparece en el plano de Pedro deTexeira como la Plazuela de Antón Martín, junto al portillo de la cerca de Felipe II. Desde el siglo XIII se encontraba en los limites del arrabal de Santa Cruz junto con la Puerta de Vallecas, un modesto acceso a Madrid, muy cercano a esta plaza, que durante el reinado de Felipe IV sería derribado, construyéndose en 1625 una nueva puerta con el mismo nombre en las inmediaciones del convento de Nuestra Señora de Atocha, como parte de la cerca de Felipe IV. La última puerta con este nombre fue construida por Ventura Rodríguez en 1769, siendo demolida a mediados del siglo XIX.

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En la misma zona se encontraba la ermita de San Sebastián, que años mas tarde desapareció tras la fundación de la parroquia del mismo nombre en 1541 por el licenciado Francos, párroco de Santa Cruz. El 23 de marzo de 1766 se inició en la Plaza de Antón Martín el Motín de Esquilache, como protesta contra el marqúes de Esquilache, ministro de Carlos III, consecuencia del creciente descontento de los madrileños a causa de la subida del precio del pan y de otros productos de primera necesidad, así como la prohibición del uso de capas largas y sombreros de ala ancha usados por los madrileños que deberían ser sustituidos por capas cortas y sombreros de tres picos, alegando que dichas prendas facilitaban el ocultamiento de los rostros y las armas que solían portar los delincuentes. Desde la plaza de Antón Martín, la enfurecida multitud se dirigió hacia el domicilio del marqués, situado en la casa de las Siete Chimeneas. Carlos III, ante la gravedad de la situación se vio obligado a dejar Madrid, llegando incluaso a plantearse trasladar la capital de España a otro lugar. Con el cese del marqués de Esquilache se solucionó el problema que estuvo a punto de costarle el trono de España al monarca.

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Durante casi ciento cincuenta años presidió esta plaza la fuente de la Fama, obra de Pedro de Ribera, que hoy se encuentra en los jardines que llevan precisamente el nombre del arquitecto, junto al Museo de Historia de Madrid y sobre la que escribí en una entrada anterior.

 En 1869 el licenciado en Farmacia Miguel González Gallardo fundó la farmacia El Globo y a comienzos del siglo XX, el arquitecto Teodoro Anasagasti llevo a cabo el proyecto del Monumental Cinema con aforo para mas de 4o00 personas que desde 1970, acoge los conciertos de la orquesta sinfónica de RTVE.

 

En el centro de la plaza podemos ver el monumento levantado en homenaje a los abogados laboralistas, asesinados por terroristas afines a la extrema derecha en el número 55 de la calle de Atocha, el 24 de enero de 1977.

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Antón Martín es también, y sin duda es por esto por lo que es más conocida, una estación del Metro de Madrid perteneciente a la linea 1, que fue inaugurada el 26 de diciembre de 1921.

Hasta aquí os he hablado de la plaza de Antón Martín, pero, ¿Quien fue realmente Antón Martín, el verdadero protagonista de esta entrada?

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Antón Martín, nació en la villa conquense de Mira, el 25 de marzo de 1500. Era hijo de dos campesinos acomodados, Pedro de Aragón y Elvira Martín. La muerte del padre cuando Antón Martín era aun muy joven sumió a la familia en una situación dificil, por lo que la madre decidió casarse de nuevo,una decisión que no gustó a Antón y su hermano Pedro, que decidieron emanciparse. Antón se vino a Madrid para poco después trasladarse a Valencia donde se empleó como soldado. Allí se encontraba cuando su hermano fue asesinado por Pedro Velasco, en Guardafortuna, un pueblo de la provincia de Granada. El motivo parece ser que fue que Pedro Martín se negó a contraer matrimonio con alguien muy cercano a Pedro Velasco. Cuando Antón Martín recibe la luctuosa noticia, solicita permiso para trasladarse a Granada, pero al llegar a Guardafortuna la familia Velasco ha huido, aunque finalmente serán prendidos y Pedro Velasco condenado a morir en la horca. En Granada causo gran conmoción la condena de Velasco, hasta el punto de que fueron numerosos los granadinos que solicitaron el perdón de la pena máxima. Sin embargo existía un grave problema, ya que dicho perdón dependía del beneplácito de los familiares de la victima, en esta caso de Antón Martín.

Es en este momento cuando Juan de Dios, que se encontraba en Granada recaudando el dinero necesario para construir un hospital para los más desfavorecidos, entra en escena abordando a Antón Martín en la calle de la Colcha con el único objetivo de convencerle de las virtudes del perdón.

“Antón Martín, vengo para pediros y rogaros que así perdone este divino Señor crucificado vuestras culpas, que perdonéis la que cometió contra vuestro hermano vuestro contrario, perdonad a vuestro enemigo y seréis amigo de Dios”

Finalmente Juan de Dios consiguió que Antón, intercediera ante la Chancilleria de Granada para salvar la vida del asesino, logrando por añadidura que ambos se unieran a su, por aquel entonces, escaso número de discípulos.

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Durante el resto de su vida, el cofundador del hospital de Granada, Antón Martín fue adquiriendo la calidad de discípulo predilecto, y así se reconoce en la última voluntad de su maestro cuando es a él a quien encomienda que continúe su obra. Juan de Dios fallece el 8 de marzo de 1550, momento en el que Antón Martín recoge su testigo, se coloca al frente de su orden, y se traslada a Madrid donde fundaría el 3 de noviembre de 1552 el hospital de Nuestra Señora del Amor de Dios para atender lo que entonces se llamaban enfermedades ver­gonzantes, llegando a contar con 243 camas distribuidas en diez salas, seis para hombres y cuatro para mujeres. El hospital estaba situado en unos terrenos contiguos a esta plaza, donde hoy están el cine Doré y la parroquia del Salvador y San Nicolás, que fueron adquiridos al contador del rey Her­nando de Somontes y a su esposa Catalina de Zapata. Estaba situado en unos terrenos situados entre el cine Doré, el mercado de Antón Martín y la parroquia de San Salvador y San Nicolás, prestando sus servicios asistenciales a la ciudad de Madrid hasta el final de la Guerra de la Independencia. En su iglesia, construida el mismo año de la construcción del hospital y restaurada en 1798 fue enterrado Antón Martín, tras fallecer el 24 de diciembre de 1553, restos que en la actualidad se encuentran en la iglesia del hospital de San Rafael, perteneciente a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Después la desamortización de Mendizabal llevada a cabo entre 1836 y 1837, el hospital pasó a ser regentado por la Benefi­cen­cia, y en 1899 fue derribado, edificándose en el mismo lugar la iglesia  del Salvador y San Nicolas. La iglesia fue incen­diada durante la Guerra Civil y en su lugar se edificó la que podemos ver en la actualidad. 

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Juan de Dios supo rápidamente apreciar las grandes cualidades de su nuevo discípulo por lo que se dispuso a formar su alma para sucederlo. Así cuando Juan de Dios tenía que ausentarse, dejaba a Antón Martín como hermano mayor, participando activamente  en la fundación del nuevo y definitivo hospital de Granada fundado en 1552, junto con Juan de Ávila y el arzobispo Pedro Guerrero, ya que el hospital de la calle Gomeles se había quedado pequeño ante la gran afluencia de necesitados.Tras el fallecimiento de Juan de Dios, Antón Martín fue confirmado como hermano mayor, siendo entonces cuando realizo un viaje a Madrid, pasando antes por Toledo donde visitó a Leonor de Mendoza, una de las bienhechoras de Juan de Dios. Una vez en Madrid se entrevistó con el príncipe Felipe y su hermana la infanta Juana a quienes expuso las necesidades del hospital de Granada, consiguiendo grandes donativos en metálico y la propuesta de fundar un nuevo hospital en la villa. Tras conseguir los permisos de la Casa Real y del Arzobispado de Toledo, comenzó las obras del que sería el Hospital de Nuestra Señora del Amor de Dios, también conocido como Hospital de Antón Martín.

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Antón Martín es, tal y como hemos podido leer hasta aquí, bastante más que una plaza madrileña.

La fuente de la Fama, una fuente viajera.

La Fuente de la Fama, obra de estilo churrigueresco del arquitecto madrileño Pedro de Ribera, se encuentra en la actualidad situada en los jardines del Museo de Historia, en la fachada que da a la calle Barceló, tras varios traslados y mudanzas, algo por otra parte bastante habitual en la historia de los monumentos madrileños.

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Fue un encargo de Felipe V a la Junta de Fuentes destinado a embellecer la ciudad de Madrid, ademas de suministrar agua a los ciudadanos de la Villa y Corte, en el que Pedro de Ribera trabajaría durante los años 1731 y 1732. La construcción de la fuente corrió a cargo del maestro cantero Pedro de la Piedra, mientras que la estatua de la Fama que corona la fuente es obra del escultor Juan Bautista y simboliza la fugacidad de la fama, como una alegoría del precepto clásico:

“Carpe diem, carpe horam” (Aprovecha los días, aprovecha las horas)

La fuente está construida con piedra berroqueña y caliza de Colmenar de Oreja y el conjunto se apoya sobre un pilón con forma de trébol de cuatro hojas, sobre el que descansa la base, custodiada por cuatro delfines de cuyas bocas surgía el agua destinada al abastecimiento de los madrileños. El estilo de los adornos empleados por Ribera es inequívocamente churrigueresco, destacando las hornacinas con floreros y cuatro estatuas de niños, cada uno de ellos sosteniendo una concha invertida.   

Escudos, floreros, volutas, adornos naturalistas… dan forma a una composición de enorme plasticidad, que, pese a compartir un esquema muy similar al de la Fuente de la Mariblanca, significa una vuelta de tuerca en la capacidad creativa de Pedro de Ribera. En la parte superior la figura alada de La Fama con una trompeta en la mano remata el conjunto de 10 metros de altura. No obstante la indudable belleza y calidad artística de la obra de Ribera, los cronistas de la época, fueron muy críticos y así Fernández de los Ríos, refiriéndose a la obra del arquitecto madrileño escribió:

“Pedro de Ribera parecía dibujar los monumentos apretando un borrón de tinta entre dos papeles”

Por su parte, Mesonero Romanos,escribó:

 “Es una página del arte, aunque en una de sus más lastimosas aberraciones, que merece ser conservada con mayor razón que otros monumentos posteriores de igual clase, y que más que como páginas del arte pueden ser consideradas como otros tantos borrones echados en él”

Y asimismo Peñasco y Cambronero aseguraba:

“Es el colmo de la corrupción del arte” y sólo debería servir para el “estudio de lo que fue el arte en una época feliz­mente pasada”

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El monumento se financió mediante una subida de impuestos, lo que quedó reflejado en un letrero que alguien colocó en la fuente el día de la inauguración:

“Deo volente, rege survente et populo contribuiente” (Dios lo quiso, el rey lo mandó y el pueblo lo pagó)

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En un principio, la fuente estuvo situada en la plaza de Antón Martín, nombre con el que en un principio seria conocida. Posteriormente en el año 1879 fue a parar a los almacenes de la Villa y ya en 1909 el escultor Ángel García y el arquitecto José Loute la reconstruyeron para instalarla en el Paseo de Camoens del Parque del Oeste.

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En el año 1926 el Ayuntamiento madrileño encarga al arquitecto municipal Luis Bellido su traslado a los jardines de Pedro de Ribera junto al Real Hospicio del Ave María y San Fernando situado en la calle Fuencarral  y actual sede del Museo de Historia de Madrid, donde estuvo hasta el comienzo de  la Guerra Civil, momento en que vuelve a desmontarse para evitar su destrucción, instalándose se definitivamente en su ubicación actual en el año 1941.

El Teatro Español. Un digno heredero de los corrales de comedias de la Villa y Corte de Madrid

De todos los teatros existentes en Madrid, el Español, es el único cuya ubicación coincide con la que tuvo el corral de comedias del que surgió,ocupando el espacio dejado por el Corral del Príncipe, en la plaza de Santa Ana, que a su vez, había sustituido años atrás al Corral de la Pacheca. 

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 Una breve aproximación a los corrales de comedias

Con anterioridad al siglo XVI no existía en España el concepto de teatro como edificio destinado a la representación de comedias, dramas o tragedias, lo que no fue obstáculo para que, los corrales de comedias, se convirtieran rápidamente en los lugares de esparcimiento preferidos por los madrileños, que acudían cada vez en mayor número a ver las obras de Calderón de la Barca y Lope de Vega, entre otros insignes autores.

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En su origen, ocuparon los patios interiores de las casas de vecinos, en los que se había levantado un tablado que hacia las veces de escenario. El público asistente era de lo mas heterogéneo, incluyendo desde artesanos, comerciantes, truhanes, soldados de fortuna hasta miembros del clero, nobles e incluso los propios Reyes. Los aposentos de las casas que daban al patio, estaban destinados a las gentes principales, que desde los desvanes y los pisos mas altos, normalmente no mas de 3 ó 4 alturas, podían asistir a través de celosías a la representación, sin ser vistos por el publico general, que ocupaba el patio, desde donde, de pie o sentados en unas gradas asistían a la representación. En el nivel mas alto, denominado la “tertulia”, con no mas de 40 asientos por lo general, se solía acomodar el clero, allí se encontraba también el llamado “aposento de Madrid”, reservado a los Corregidores o Alcaldes, así como la “galería alta” reservada a los miembros del Consejo de Castilla.

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Respecto a la nobleza, y en ocasiones los propios Reyes, solían ocupar las rejas o celosías, unos compartimentos privados, especialmente adecuados para sus encuentros amorosos, en los que era muy poco probable que fuesen descubiertos, ya que no accedían a sus localidades por la puerta principal, sino a través del establo, donde dejaban sus carruajes o monturas. Como es fácil suponer, eran los asientos más caros y para su adjudicación se tenía en cuenta tanto el prestigio social, como los medios materiales del solicitante, que debía abonar el precio de forma anual. Las mujeres se sentaban en la “cazuela”, un palco situado frente al escenario, al que se accedía,a través de una puerta privada o a través de las casas que rodeaban el corral de comedias, para evitar encontrarse con los hombres, que asistían a la función de pie y  desde el patio. Merece la pena mencionar la figura del “apretador”, un trabajador del corral cuya misión consistía en “apretar” a las mujeres que ya ocupaban sus asientos en la cazuela para proporcionar sitio a las nuevas espectadoras, previo pago de la correspondiente propina. Los menestrales y artesanos se situaban alrededor del patio, en las gradas, si bien, los más acomodados ocupaban los bancos o lunetas de la zona delantera y los “mosqueteros”, un grupo formado por comerciantes y artesanos, principalmente, y liderado por el gremio de zapateros, se reunían en la zona posterior del patio. Su opinión era temida por autores y empresarios, que procuraban tenerlos contentos, ya que con sus abucheos, silbidos, aplausos y ruidos de espada, carracas, silbatos o cascabeles, eran capaces de hundir o salvar la obra.

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En cuanto al escenario, este solía presentar tres niveles: al fondo y en la zona mas alta del mismo, solía situarse una especie de balcon, donde aparecían asomados diversos personajes, como si se tratara de parte del público asistente. Justo debajo se encontraba el escenario o tablado, que era donde se desarrollaba la acción, y por último, escondido a la vista del público, se encontraba el foso, de donde, a través de trampillas salían o desaparecían los actores, cuando era necesario para el buen desarrollo de la trama. En el caso de que la obra representada fuera un auto sacramental el tablado representaba el nivel terrenal, el foso simbolizaba el infierno y el corredor alto el nivel divino, donde se encontraban Dios, los ángeles y los santos. Tras el escenario, ocultos mediante cortinajes, se hallaban los vestuarios, así como uno o dos corredores, destinados a facilitar elmovimiento de los actores sin ser vistos por los espectadores.

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“Obscurecese el tablado y, mientras se dicen los primeros versos, se descubre la perspectiva del mar con truenos y relámpagos” (Pedro Calderón de la Barca – La fiera, el rayo y la piedra)

Las funciones, que en un principio tenían lugar únicamente los domingos y festivos, dada la afición de los madrileños por el teatro, llegaron a tener lugar todos los días de la semana, y siempre de día, ya que los locales carecían de la iluminación necesaria para hacerlo de noche, utilizándose un toldo para protegerse del sol. Las representaciones, que solían tener una duración máxima de dos horas no tenían descanso y solían comenzar a las 2 de la tarde en los meses mas fríos, a las 3 durante la primavera, y a las 4 en verano.
Un lugar especialmente importante de los corrales de comedias era la alojería, donde se podía comprar comida y bebida para consumir durante la representación, en especial la aloja o hidromiel, de ahí el nombre, una bebida elaborada a base de agua, miel y hierbas aromáticas que, a veces se mezclaba con vino.

Los primeros corrales de comedias de Madrid

Ante el éxito de estos primeros espacios teatrales, pronto surgirán los primeros corrales de comedias con carácter permanente, respetándose la misma estructura, aunque ya no serán patios de vecinos, sino edificios construidos y pensados desde el inicio para ser teatros. El de la Cruz, construido en 1574 y el del Príncipe en 1582 serán los primeros y en ellos se representarán obras y parte de los beneficios que se obtengan serán destinados a obras de caridad, al mantenimientos de hospitales, por ejemplo.

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A finales del siglo XVI había seis corrales abiertos en Madrid, todos ellos dependientes de las cofradías de la Pasión y la de la Soledad, instituciones de la beneficencia pública, que obtenían sus fondos con una parte del precio, la llamada sisa, de las representaciones teatrales en los corrales de su propiedad. La cofradía de la Pasión era propietaria de tres de estos corrales, situados uno en la calle del Sol y dos en la del Príncipe, el corral de la Pacheca y el Corral de Burguillos, mientras que la cofradía de la Soledad tenia uno en la calle del Lobo, actualmente Echegaray, otro en el edificio propiedad de la viuda de Valdivieso, y un tercero en la calle la Cruz. 

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El último de los corrales de comedias de Madrid, sería el de los Caños del Peral, construido por Felipe V y reformado en 1708. Estuvo en funcionamiento hasta 1713, cuando a instancias del actor italiano Francesco Bartoli, fue derribado para dar paso, sobre el solar resultante a un nuevo teatro de escasas cualidades, arquitectónicamente hablando.

“Los Caños del Peral, llamados también las Fuentes del Arrabal, eran unos lavaderos públicos, propios de la villa y tenían contiguo un corral cercado, que en 1704 cayó en gracia a una compañía ambulante de comediantes y operistas italianos para dar sus representaciones al aire libre mediante algunos cuantos tablones que formaban el escenario y varios toldos que servían para defender del sol a los espectadores. Pocos años después, una compañía de “trufaldines”, bajo la dirección de Francisco Bartolí, construyó ya en este corral un mezquino teatro (que con decir que algún tiempo más adelante fue tasado en treinta mil reales para cargarse con él la villa, está expresado lo que debía ser) hasta que derribado en 1737 y construido de nueva planta otro edificio más decoroso, comprendiendo también en él el terreno donde estaban los caños y lavaderos, fue inaugurado este coliseo por una buena compañía italiana en 1738” (Ramón de Mesonero Romanos)

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Este primer edificio, fue demolido en 1737, construyéndose en su lugar un nuevo teatro, más grande y capaz, cuyo proyecto correría a cargo de los arquitectos Virgilio Rabaglio y Santiago Bonavia, que sería el primero de los teatros de estilo italiano construido en Madrid, sustituido a su vez  en 1737 por otro mayor que se mantuvo en pie hasta 1817, cuando sería demolido para construir el actual Teatro Real inaugurado en 1850 con la representación de “La Favorita”, del compositor italiano Gaetano Donizetti.

Los principales corrales de comedias de Madrid

Cuando en 1565, Felipe II y el Consejo de Castilla otorgaron permiso para la creación de la Cofradía de la Sagrada Pasión, se le concedió también el privilegio llevar a cabo representaciones teatrales, dedicando un porcentaje de la recaudación a sus fines caritativos, convirtiéndose la Iglesia en el principal y prácticamente único empresario teatral de la época desde 1567, año en que se fundó la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad, que también disfrutaba de tan lucrativo privilegio.

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En 1574 la Cofradía de la Sagrada pasión arrendó los patios de tres casas de vecinos situadas una en calle del Sol y dos en la calle del Príncipe, pertenecientes estos últimos a Nicolás Burguillos y otro a Isabel Pacheco. Pero como tratando de dinero, parece ser que los problemas surgen rápidamente, ambas cofradías vivieron un periodo de gran rivalidad entre las compañías y entre sus respectivos públicos, con frecuentes disputas y peleas, formándose dos bandas denominadas “chorizos” y “polacos”, siendo el responsable de poner orden cuando esto sucedía, el alcalde de Casa y Corte, ayudado por sus alguaciles. Tras varios años de disputas, se logró llegar a un acuerdo sobre la explotación de los corrales, tras la adquisición de dos nuevos patios vecinales en las calles de la Cruz (la Soledad) y la del Príncipe (la Sagrada pasión), abandonándose el resto de los corrales. Esta situación de calma tensa, se mantendría hasta 1627, año en el que comenzaron a surgir dificultades con los pagos que debían hacer a las arcas municipales, lo que llevó al consistorio madrileño a hacerse cargo de la explotación de los dos corrales en 1638, pagando a partir de ese momento una cantidad fija a las Cofradías. 

El Corral de la Pacheca

Existe constancia de una representación que tuvo lugar el 5 de marzo de 1568, cuando la compañía de Alonso Velázquez representó por primera vez una comedia. En 1574 la compañía italiana de Alberto Ganassa puso un techo en el Corral de la Pacheca y un toldo para proteger del sol y para poder representar aquellas escenas que se desarrollaran de noche. Con el tiempo siguió sufriendo modificaciones hasta convertirse, primero en el Teatro del Príncipe y luego en el actual Español. 

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“El mismo año de 1574 había en Madrid una compañía de comediantes italianos, cuya cabeza y autor era Alberto Ganassa. Representaba comedias italianas, mímicas y bufonescas, de asuntos triviales y populares. Hacían también los volatines, los títeres, juegos de manos, y tal vez volteaban un mono” (Casiano Pellicer – Tratado histórico sobre el origen y progreso de la comedia y del histrionismo en España)

El Corral de la Cruz 

En 1579, las cofradías de la Pasión y de la Soledad, una vez superadas sus rivalidades,  adquirieron un corral con mayor aforo situado en la calle de la Cruz, junto a la plazuela del Ángel, que sería finalmente inaugurado el 16 de septiembre de 1584. Al igual que el resto de los corrales de comedias de la época, estuvo descubierto hasta el año 1743, fecha en que el arquitecto Sachetti construyó el primer edificio. 

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Posteriormente, Pedro de Ribera, ante el mal estado en que se encontraba reformó el edificio, transformándolo en un teatro a la italiana con capacidad para 1500 espectadores, que sería derribado en 1859.

En él se representaron las mas importantes obras de los dramaturgos del Siglo de Oro español, como Calderón de la Barca, Hurtado de Mendoza, Quevedo, Ruiz de Alarcón, Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina, o Vélez de Guevara.

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“Ustedes creerán que el aspecto interior de los teatros de aquel tiempo se parece algo al de nuestros modernos coliseos. ¡Qué error tan grande! Mirando el teatro desde arriba parecía el más triste recinto que puede suponerse. Las macilentas luces de aceite que encendía un mozo saltando de banco en banco apenas le iluminaban a medias, y tan débilmente, que ni con anteojos se descubrían bien las descoloridas figuras del ahumado techo, donde hacía cabriolas un señor Apolo con lira y borceguíes encarnados”.

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“Los palcos o aposentos eran unos cuchitriles estrechos y oscuros donde se acomodaban como podían las personas de pro; y como era costumbre que las damas colgasen en los antepechos sus chales y abrigos, el conjunto de las galerías tenía un aspecto tal, que parecía decoración hecha ex profeso para representar las calles de Postas o de Mesón de Paños” (Benito Pérez Galdós – Episodios Nacionales, La Corte de Carlos IV)

El Corral del Príncipe

El Corral del Príncipe fue adquirido por la Cofradía de la Pasión, el 9 de febrero de 1582, según consta en el documento de compra correspondiente a dos casas con corral que se conserva en el Archivo de la Diputación de Madrid, siendo inaugurado el 21 de septiembre del año siguiente, poniendo en escena unos entremeses de Lope de Rueda, presentados por la compañía un tal Vázquez y el cómico Juan de Ávila.

 “En 21 de septiembre, día de San Mateo, año de 1583, representó Vázquez y Juan de Ávila en el teatro del Príncipe, que es el primer día que se representó en él, y hubo de tablados, con la representación, setenta reales, porque aún no están hechas las gradas, ni ventanas, ni corredor”

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 Hasta nuestros días han llegado pocos datos que nos permitan conocer cual era el aspecto de este corral, salvo el plano de la planta realizado por Pedro de Ribera en 1735, conservada en el Archivo de la Villa, y dos dibujos de la primera mitad del siglo XVIII que se conservan en la Biblioteca Nacional. 

“Sobre unos cimientos de piedra y cal se hicieron tablado o teatro para representar, vestuario, gradas para hombres, bancos portátiles, que llegaron a noventa y cinco; corredor para las mujeres, aposentos o ventanas con balcones de hierro, ventanas con rejas y celosías, canales maestras y tejados. Más adelante, Cirujela empedró el patio sobre el cual se tendía una vela o toldo que defendía del sol, pero no de las aguas”

Si se sabe que, el año 1600, se añadió un piso más al corral, destinado a los funcionarios reales y que entre 1627 y 1636 se construyeron otros dos pisos más de aposentos laterales. En 1735 se decidió derribar el Corral del Príncipe, para construir un teatro a la italiana. Se acordó adquirir una casa que daba a la calle del Lobo y usar el sitio hasta entonces ocupado por la alojería de la calle del Príncipe que ya pertenecía al municipio de la Villa y Corte de Madrid.

Tanto el corral de la Cruz como el del Príncipe disponían de pasadizos que comunicaban las casas contiguas con dependencias privadas desde donde se podía disfrutar de la representación, a través de ventanas o balcones abiertos ex profeso, conocidas como rexas, debido a que estaban cerradas con celosías, para impedir que el público tuviese acceso a ellas. Solían ser alquilados por nobles o pequeñas sociedades durante toda la temporada, y entre los asistentes habituales, es preciso mencionar a Felipe IV y su primera esposa, Isabel de Borbón, que acudían con frecuencia a los corrales del Principe y de la Cruz. 

“Celosías recoletas/fueron campaña y vergel/de la más cuerda matrona/y el más rígido juez” (Antonio Hurtado de Mendoza)

Otros corrales madrileños, algunos de ellos de muy corta vida, fueron los corrales del Sol, que ya funcionaba en 1568; el de Burguillos, inaugurado en 1574; el de la viuda de Valdivieso, cuya ubicación exacta es desconocida a día de hoy, y el del Lobo o de Puente , que ofreció representaciones entre 1560 y 1579.

Origenes, historia y anécdotas del Teatro Español

      En 1744 se derribó el Corral del Príncipe, decidiéndose levantar el nuevo teatro en los terrenos liberados. Un teatro que sería construido como teatro a la italiana, según el proyecto realizado por Juan Bautista Sachetti, arquitecto mayor de Madrid, y por Ventura Rodriguez, siendo inaugurado en junio de 1745 como Coliseo del Príncipe, con el estreno la zarzuela “El rapto de Ganímedes” con libreto de José de Cañizares y música de José de Nebreda.  

 Tras el incendio ocurrido el 11 de julio de 1802, únicamente quedo en pie la estructura exterior del teatro, por lo que, el marqués de Hermosilla dirigió al Ayuntamiento una solicitud haciendo ver la necesidad de reparar o construir un nuevo teatro, de cuya construcción se encargaría Juan de Villanueva, aprovechando los antiguos muros del teatro construido por Sachetti por razones de economía y tiempo.

“Se ha de fabricar sobre la forma y disposición que antes tenía con aprovecho de todo lo que de ella cuente, que será lo más pronto y menos costoso” (Archivo de la Villa)

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Villanueva, no obstante propone la compra de la casa contigua y otra en la calle del Lobo (actual Echegaray), esta última para dar al escenario la mayor amplitud posible, que seria aprobada por el Consejo Municipal en junio de 1805. Las obras del nuevo coliseo finalizaron en agosto de 1807, presentándose a los madrileños con su sobria fachada neoclásica, con balcones y un frontón triangular, típico de este estilo arquitectónico.

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Respecto a los medallones, que a día de hoy, adornan la fachada principal del teatro con las efigies de Lope de Rueda, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Lope de Vega y Ruiz de Alarcón, fueron realizados por José Esteban Lozano, profesor de grabado de la Escuela de bellas Artes de San Fernando y colocados en 1869. Poco tiempo después, la Villa de Madrid compró a doña María Reclusa la superficie de terreno para la escalera de acceso al palco real y la servidumbre de entrada y paso a dicha escalera por la calle del Prado. 

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En 1849 el Coliseo del Príncipe se convertiría, tras  las oportunas reformas de los reglamentos, en teatro de carácter nacional, pasando a llamarse a partir de ese momento y hasta nuestros días, Teatro Español. Se inauguró con la obra “Casa con dos puertas mala es de guardar” de Calderón de la Barca, y el sainete “La casa de tócame Roque” escrito por Ramón de la Cruz.

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“El acontecimiento de la semana ha sido la inauguración del Teatro Español. Ocho días antes de abrirse el coliseo de la calle del Príncipe estaban pedidos todos los billetes; habíanse formado largas listas de suplentes en la contaduría, y se reclamaban ciertas formalidades para la entrega de los codiciados cartones. Los pocos que llegaron a manos de los revendedores se cotizaban a precios fabulosos: una luneta valía doscientos reales; una galería sesenta; y alguna persona muy conocida en los altos círculos, llevó su amor… al arte, hasta el extremo de pagar sesenta duros por un palco bajo. Es imposible figurarse algo más lindo, más rico, más alegre que el adorno de la nueva sala: el terciopelo, el oro y el gas, he aquí el triple elemento que constituye su belleza” (Ramón Navarrete – La Ilustración del 14de abril de 1849).

 

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En el Archivo de la Villa son muy numerosos los expedientes relacionados con el Coliseo del Príncipe. Así, de 1882 tenemos los que mencionan la solicitud al Canal de Lozoya pidiendo permiso para dotar de agua al teatro, la instalación del alumbrado de gas, con un presupuesto de 22.212 pesetas o adquisición de un telón metálico contra incendios de 12 metros de ancho por 10 metros de alto con movimiento hidráulico por 14.490 pesetas.

En el año 1894, salió a concurso el Teatro Español, debido a su estado ruinoso, siendo D. Ramón Guerrero, padre de la actriz María Guerrero, el beneficiario quien consiguió la concesión con la condición de hacerse cargo de las obras necesarias, inaugurándose el 12 de enero de 1895 con “El desdén con el desdén”, de Agustín Moreto y “El retablo de las maravillas”, de Miguel de Cervantes Saavedra.  

 

“Verá el público un teatro enteramente nuevo: del vetusto y polvoriento local solo quedaron las paredes maestras, la fachada, en parte modernizada con puertas nuevas, y el techo; la piqueta demoledora ha hecho polvo y escombro los viejos tabiques, sobre los que se podía ver una superfetación de recuerdos a modo de concreción de tiempos gloriosos unos y malaventurados otros. El Teatro Español ha muerto… ¡Viva el Teatro Español” (El Imparcial del 7 de enero de 1895)

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Tras numerosas reformas, que afectaron a fachada, sala, vestíbulos y escenario, e incluyeron la instalación de muros cortafuegos, la sustitución de las viejas estructuras de madera que soportaban los suelos por otras de hierro, la construcción de una nueva embocadura y proscenios de hormigón armado, la construcción de nuevas escaleras de hierro y mármol y la instalación de electricidad, y tras instalar en los palcos sillas de estilo Luis XVI tapizadas en terciopelo rojo igual que el de las butacas, a las 17:40 del 19 de octubre de 1975, mientras se ensayaba la obra de Jesús Campos, “Siete mil gallinas y un camello”, se declaro un incendio, que de no ser por el telón cortafuegos metálico y la rápida intervención de los bomberos, habría calcinado hasta los cimientos el Teatro Español.

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 Tras este nuevo incendio, se llevaría a cabo una reforma, en la que se aprovechó, además de para colocar un sexto medallón en la fachada, en esta ocasión con la efigie de Jacinto Benavente, para instalar un nuevo sistema de climatización con aire acondicionado, megafonía y nuevos proyectores, adaptándose el teatro Español a los nuevos tiempos.

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 El Español abriría de nuevo sus puertas en abril de 1980 con el estreno de “La dama de Alejandría” a cargo de la compañía de Aurora Bautista y con el inolvidable José Luis Alonso como director del teatro.

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 Como curiosidad, creo que merece la pena mencionar que, la araña de cristal de la sala tiene 2.70 metros x 2.00 metros, cuenta con 50 luces, está compuesta por 8 aros metálicos concéntricos y a distintas alturas de los que cuelgan  cristales en forma de lancetas. Una réplica exacta de la anterior de cristal de Bohemia, que quedó irrecuperable, tras desplomarse sobre el patio de butacas en el incendio de 1975.

 En 1994, el Ayuntamiento de Madrid, que poco antes había adquirido un solar de 530 metros cuadrados situado en la calle Príncipe, esquina con Manuel Fernández y González, decidió llevar a cabo una ampliación del Español utilizando este solar, aprovechando para llevar a cabo una nueva reforma. Los arquitectos Andrés Oñoro Díaz y Enrique Ortega Reguera construyeron un edificio anexo de seis plantas con 2850 metros cuadrados donde tendrían cabida: Dos sótanos con sala de ensayos, vestuarios, almacén y aseos, una entreplanta con acceso al edificio principal, donde se instalo la cafetería, que se llamó Café del Príncipe, y tres plantas superiores con sala de conferencias, almacén de libros, biblioteca, oficinas, archivo y talleres manuales, una sala de exposiciones que recibe el nombre de Salón de los Balcones, añadiendo en la fachada principal, cinco nuevos medallones dedicados a Benavente, Zorrilla, Arniches, Valle-Inclán y García Lorca y tres más en la fachada lateral que da a la calle Manuel Fernández y González, dedicados a Mihura, Jardiel-Poncela y Muñoz-Seca. Sería la reforma numero 14 efectuada en el edificio del Teatro español.

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 La sala pequeña sería inaugurada en 2006, siendo director del español Mario Gas, con la obra “Siglo XX que estás en los cielos” de David Desola, dirigida por Blanca Portillo e interpretada por Silvia Abascal y Roberto Enríquez. 

Y para finalizar esta entrada, no podemos olvidarnos de un espacio teatral, que, si bien no se encuentra en la misma capital, si lo esta en la Comunidad de Madrid, en la muy cercana ciudad de Alcalá de Henares: El Corral de Comedias de Alcalá

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  Conocido también como Corral de los Zapateros, el Corral de Comedias de Alcalá es uno de los teatros más antiguos que se conservan en Europa y el mas antiguo de España. En 1601, el Ayuntamiento de Alcalá de Henares encargó al carpintero Francisco Sánchez la construcción de un corral de comedias que estaría situado en la plaza del Mercado, actualmente la plaza de Cervantes. El corral, inaugurado en 1602 respondía a lo que era habitual en la época, por lo que carecía de techo al igual que ocurría con los corrales que ya existían en la cercana capital del reino. A esta primera etapa como corral de comedias, correspondían igualmente el patio empedrado, las gradas, los aposentos, y la cazuela destinada a acomodar a las mujeres que asistían a las representaciones. 

 En el siglo XVIII, la estructura del corral de comedias sufrió profundos cambios al transformarse en coliseo neoclásico, cubriendo el patio mediante una cúpula, sostenida por un entramado de vigas de madera, que a su vez, sostenía un tejado a cuatro aguas, lo que mejoró de manera notable la acústica, permitiendo su utilización como pequeña sala de conciertos de música de cámara. Ya en el siglo XIX, en lo que se puede llamar su etapa romántica, la antigua techumbre fue recubierta con un falso techo de yeso decorado con pinturas y se construyeron las dos plantas de palcos alrededor del antiguo patio empedrado, que de este modo se convirtió en platea, pasando a convertirse en uno de los primeros teatros románticos, a la italiana, conservados en nuestro país, que cuenta, además, con la peculiaridad de tener una planta elíptica. 

 A finales del siglo XX, estuvo a punto de ser derribado, hasta que finalmente, gracias a la investigación realizada por Miguel Ángel Coso Marín, Mercedes Higuera Sánchez Pardo y Juan Sanz Ballesteros se logró que el este edificio fuera recuperado tras una restauración que duro mas de 20 años. En la actualidad, es posible hacer alguna de las visitas guiadas, en la que nos mostrarán todos los entresijos del teatro, el suelo original de piedra, así como distintas máquinas para crear efectos de sonido.

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El Corral de Comedias de Alcalá de Henares es una joya de la arquitectura del siglo XVII, un testimonio vivo de cómo eran los teatros en los que se estrenaron las obras de Lope de vega, Calderón de la Barca o Cervantes, que ningún buen aficionado al teatro y su historia, debería perderse.