De gatos y ratones

Una nueva entrada, con anécdotas y curiosidades de un Madrid que jamás deja de sorprendernos. Porqué Madrid, es como esos baúles que nuestras abuelas guardaban en el desván, donde siempre acabábamos por encontrar algo interesante para llevarnos a nuestras casas.

¿Por qué a los madrileños se nos llama “gatos”?

El origen de esta curiosa forma de llamarnos hay que buscarlo en la reconquista de Madrid por Alfonso VI, allá por el siglo XI. En el asalto de la villa, un valeroso soldado trepó por la muralla ayudado de una daga que clavaba en las juntas de las piedras. Sus camaradas, al ver la hazaña dijeron que parecía un gato de modo que en memoria de esta hazaña él y sus sucesores adoptaron a partir de ese hecho el apellido Gato.

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La familia llegó a ser tan importante en Madrid, que no se consideraba nobleza castiza de Madrid a la que no pertenecía a aquel linaje. Y, cuando la historia se convirtió en leyenda, el apodo se atribuyó a todos los madrileños, eso si, siempre de tercera generación.

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En la actualidad, muy próximo a la Puerta del Sol, se encuentra la calle de Álvarez Gato, dedicada a uno de los descendientes aquel valiente soldado y un poeta de la corte que vivió durante el siglo XV: Juan Álvarez Gato.

El Ratoncito Pérez

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¿Sabíais que el Ratoncito Pérez es un madrileño de pura cepa y que nació en el Palacio Real de Madrid? A continuación trataré de contaros como sucedió. Cuando Alfonso XIII era todavía un niño, al caérsele su primer diente de leche, su madre la reina regente Dª María Cristina de Habsburgo-Lorena, encargó al  jesuita Luis Coloma, autor también de las novelas Jeromín o Pequeñeces, que escribiera un cuento para el monarca.

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El padre Coloma, rápidamente se puso a ello, escribiendo un breve relato de 13 páginas sobre el rey Buby I (apodo cariñoso con el que Dª Maria Cristina llamaba a su hijo), en el que se relataba como el rey niño,  tras perder su primer diente lo colocó debajo de la almohada, junto a una carta, para así poder recibir la visita del Ratoncito Pérez. Buby I estaba dispuesto a esperarle, pero se durmió. De pronto, sintió algo que lo despertó y allí estaba delante de él:

“Un ratón muy pequeño con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja terciada a la espalda”

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El Ratoncito Pérez, como no podía ser de otra manera, se presentó ante Buby I, y tras transformar al joven monarca en ratón, ambos se fueron a la casa del roedor, que el padre Coloma situó en la pastelería Carlos Prast, un establecimiento, entonces muy de moda, situado en el número 8 de la calle Arenal, donde Buby I, conocería a la familia de su nuevo amigo, que vivía en una caja de galletas Huntley, las preferidas del monarca. Desde allí el rey niño acompañó al ratón en su misión nocturna de llevarle un regalo a otro niño madrileño, de nombre Gilito, que vivía con su madre en la cercana calle de Jacometrezo. Buby I quedo muy impresionado por la miseria de aquella casa y al regresar al Palacio Real y a su cama, y ver el precioso regalo que a él le habían hecho, pensó en Gilito y en todos los niños pobres y decidió que a partir de ese momento reinaría pensando siempre en los más necesitados.

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En la actualidad, una de las placas amarillas del Ayuntamiento nos recuerda esta historia, y en el interior del edificio podemos ver una pequeña figura de no mas de 20 cms. de este entrañable personaje.

Así es Madrid, una ciudad llena de historias, a veces realmente insólitas, una maravillosa caja de sorpresas, en cuyo interior siempre se puede encontrar algo nuevo que contar.

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La casa de “Tócame Roque”

Casa de tócame Roque: Aquella en que vive mucha gente y hay mala dirección y el consiguiente desorden. (Real Academia Española – RAE)

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Estoy seguro de que muchos de nosotros, por no decir todos, hemos escuchado en más de una ocasión la frase “esto parece la casa de Tócame Roque”, para referirse a algún lugar caótico en el que reinan el más absoluto desorden y la confusión. Pero lo que seguramente es menos conocido, es que esta castiza expresión madrileña, nació de un hecho concreto y cierto: la casa de Tócame Roque existió realmente. En Madrid, en pleno barrio de Chueca, estuvo en pie al menos desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX, siendo  bien conocida por todos los madrileños por sus continuos alborotos, riñas y trifulcas.

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La casa de marras se encontraba en la esquina de la calle Barquillo con la de Belén, lugar en el que una de las placas amarillas del Ayuntamiento de Madrid, nos recuerda la existencia de esta corrala abierta a un patio de vecindad, inmortalizada por D. Ramón de la Cruz en su sainete “La Petra y la Juana o el buen casero”, obra más conocida como “La casa de Tócame Roque”.

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Era una casa de vecindad típica de la época, una corrala fea e insalubre, que fue llamada de este modo debido a sus propietarios, dos hermanos llamados Juan y Roque, enzarzados en una continua discusión acerca de una herencia, cuyo origen parece remontarse al siglo XVIII, ya que en 1787 podemos encontrar una referencia a la misma, en el Diario noticioso, curioso, erudito y comercial, público y económico, considerado el primer diario publicado en España. Según cuenta la tradición, la casa les tocó en herencia a Roque y Juan, pero como el testamento no especificaba a quién de los dos, cada uno decía “tócame a mí”, contestándole el otro, “no, tócame a mí”. Y así, una y otra vez. “Tócame a mí”, repetía uno, “tócame, Roque”, le respondía el hermano, razón por la que la casa pasó a ser conocida como la de Tócame Roque.

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El 2 de mayo de 1808 , los vecinos de la casa de Tócame Roque, todos a una, olvidándose de sus constantes trifulcas, se unieron para hacer frente a los franceses:

“Cuando los soldados de Murat se ensañaban en las represalias extremas, el caserón de la calle del Barquillo sirvió de refugio a muchos valientes hijos del pueblo, que salvaron sus vidas en aquel laberinto de entradas patios y corrales” (Nuevo Mundo – 21 de mayo de 1908)”

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D. Ramón de Mesonero Romanos, la describió como una de esos edificios donde hallaban colocación centenares de familias de diversas condiciones y semblanzas, que solían dar quehacer a los alguaciles y caseros. Así mismo, en su relato “El día de toros” incluido en sus “Escenas matritenses” publicado en 1842, escribía cómo la casa aún se alzaba en la calle Barquillo.

“Señalada con el número 27 nuevo y es propia del señor conde de Polentinos”

  El Diario de Madrid, sucesor del Diario noticioso, curioso, erudito y comercial, político y económico, en su numero del 25 de septiembre de 1804 avisaba a quien quisiera comprar esta casa tasada en 405.256 reales, que acudiera a la escribanía de D. Santiago Estepar. En ese mismo diario se describía la corrala en 1810 del siguiente modo:

“Constaba solo de piso bajo, principal y buhardillas, de aquellas de tronera saliente. Un gran patio, empedrado de cuña y rodeado de soportales, servía de lavadero común, solana, tendedero y terturlia en verano a todo aquel pueblo en miniatura en el que vivían unas 80 familias”

Por su parte, la revista La Ilustración de la Mujer, describía así el edificio en 1875: 

“En el centro del patio había una fuente y un pozo con varias pilas para surtir de agua potable y servir para la limpieza de la comunidad y en el centro delportalón se sostenía un gran farol cuyo gasto se pagaba a prorrateo entre todos los vecinos”

El tenso y conflictivo final de la casa de Tócame Roque

El 23 de agosto de 1849, el Ayuntamiento de Madrid reunido en sesión del Pleno en la Casa de la Villa, acordó el derribo de controvertido edificio, a fin de dar a la calle de Fernando VI una salida al Paseo de Recoletos, a través de la plaza de las Salesas y la calle de Bárbara de Braganza. En aquel entonces habitaban la casa unos 80 vecinos, que cuando supieron que tenían que desalojar el inmueble, amenazaron con matar al propietario.

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“La última batalla de los vecinos de la casa de Tócame Roque ha sido de las más ruidosas. Los inquilinos de la memorable huronera se han defendido como unos héroes antes de capitular con el casero y de resignarse a salir con los trastos al arroyo. Jamás se vio propietario alguno en aprieto tal para obligar a sus contribuyentes a hacer un mutis” (Diario La Época)

La situación se prolongó durante meses, hasta que el propietario no tuvo más remedio que recurrir a la autoridad, que logró desalojar a las últimas 50 familias en septiembre de 1850.

“Madrid acaba de perder una de sus más gloriosas antigüedades; una leonera, en la que desde tiempo inmemorial se armaba cotidianamente cada zipi-zape que cantaba el misterio, y la cual sirvió de asunto para uno de los mejores sainetes de D. Ramón de la Cruz. Ya no existe la famosa Casa de Tócame-Roque” (Diario La Época – 18 de septiembre de 1850)   

Hoy no quedan restos de esta ruidosa leonera vecinal, salvo en obras literarias como el ya mencionado sainete de Ramón de la Cruz, la novela “La Casa de Tócame Roque o Un Crimen Misterioso” de Ramón Ortega y Frías, o en la obra “Napoleón en Chamartín” de la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, donde la casa de Tócame Roque es descrita así:

“La casa era de esas que pueden llamarse mapa universal del género humano por ser un edificio compuesto de corredores, donde tenían su puerta numerada multitud de habitaciones pequeñas, para familias pobres. A esto llamaban casas de Tócame Roque, no sé por qué”

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Con el derribo de tan singular y peculiar edificio, cuyas viviendas eran, según Larra, del tamaño de los baúles, desaparecía todo un símbolo hecho literatura por autores como Ramón de la Cruz, Ramón Ortega Frías, Ramón de Mesonero Romanos, Benito Pérez Galdós, Manuel Fernández González, Saturnino Calleja o José del Corral.

Dos “chatas” muy madrileñas.

Isabel de Borbón y Borbón, la infanta que nunca quiso ser reina, mas conocida como “La Chata”, ha sido la más carismática y querida de las infantas de la historia de nuestro país, un gran pedazo del corazón de España y el corazón entero de Madrid.

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La primera de nuestras protagonistas de hoy, nació en Madrid el 20 de diciembre de 1851, siendo bautizada como María Isabel Francisca de Asís Cristina Francisca de Paula Dominga de Borbón y Borbón, siendo la hija primogénita de la reina Isabel II y D. Francisco de Asís de Borbón, aunque su verdadero padre bien pudo haber sido José Ruiz de Arana y Saavedra, duque de Baena, amante de la reina entre los años 1850 y 1856, lo que propició que a la infanta fuera conocida durante sus primeros años como “La Araneja”.

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Princesa de Asturias desde su nacimiento hasta que nació su hermano, el príncipe Alfonso el 28 de noviembre de 1857, dado que su madre aprobó un Real Decreto, por el que el sucesor a la corona de España recibiría este título, ya fuera hombre o mujer. Nieta, hija, hermana y tía de reyes, princesa de Asturias y heredera al trono, sin embargo, “la Chata” nunca ambicionó la corona para ella. Obligada por intereses de Estado, se casó en 1868 con su primo Cayetano de Borbón-Dos Sicilias, que ante la epilepsia que padecía, se suicidaría poco después, tan solo tres años después de la boda. Tras el derrocamiento de Isabel II en 1868, se instalo con su madre en el Palacio de Castilla, en París, dedicándose principalmente a viajar por Europa.

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En enero de 1875,  Alfonso XII entró en Madrid como nuevo rey de España. Tenía 17 años. Inmediatamente, la infanta Isabel regresó a Madrid, de nuevo como princesa de Asturias, ya que Alfonso XII aun no había tenido descendencia, siendo desde ese momento un gran apoyo para el joven monarca, al que acompañaba en multitud de actos oficiales. Dedicada a lo largo de su vida a numerosas actividades benéficas, la infanta fue la primera presidenta de la Junta de Señoras de beneficencia, fundada en 1875, una institución que debía coordinar todas las actividades de carácter benéfico del reino. Alfonso XII falleció en el Palacio del Pardo el 25 de noviembre de 1885, victima de la tuberculosis, cuando tenía tan solo 27 años. Su esposa, Dª Mª Cristina de Habsburgo-Lorena estaba embarazada por lo que no se proclamó a su hija mayor la infanta Mª de las Mercedes princesa de Asturias, a la espera de ver si nacía un hijo varón.

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Finalmente, el 17 de mayo de 1886 nació Alfonso XIII, que sería rey desde su nacimiento. “La Chata” a partir de este momento fue un gran apoyo moral para la Regencia de María Cristina, participando de forma muy activa en la educación de su sobrino el rey. Durante estos años “la Chata” siempre supo y quiso mantenerse en un discreto segundo plano, aunque siempre dispuesta ejercer sus obligaciones como infanta de España.

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Seguía practicando deportes, en especial la equitación, asistiendo a las corridas de toros, y mezclándose con el pueblo en las procesiones y las fiestas populares a las que era muy aficionada, lo que hizo de ella el personaje más popular de la familia real, aportando el punto perfecto de equilibrio, con su carácter cálido y cercano, frente a la imagen fría y distante de la Reina Regente, Dª María Cristina de Habsburgo-Lorena, a la que los madrileños apodaron “Doña Virtudes” debido a su gran dignidad, discreción y respeto escrupuloso por su papel constitucional.

“La Chata” pasó los últimos años de su vida dedicada en cuerpo y alma a servir a España y la Corona, viajando por España, Europa y América en representación de su sobrino, realizando en 1910 un viaje oficial a Argentina, con motivo del primer centenario de Guerra de la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata contra España, un viaje que aun esta vivo en la memoria de ese país.

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Tras la mayoría de edad de Alfonso XIII, “La Chata” decidió que había llegado el momento de poner una distancia con la vida de Palacio, trasladándose a un edificio que había adquirido en 1900 en el cercano barrio de Argüelles, donde vivió hasta su salida de España camino del exilio en Paris, tras la renuncia al trono de Alfonso XIII y la proclamación de la II Republica el 14 de abril de 1931 tras las elecciones municipales que habían tenido lugar el 12 de abril. Una decisión que tomó, pese a que fue el único miembro de la familia Real al que la II República estaba dispuesta a permitir que permaneciera en España, sin duda debido tanto a su avanzada edad como a su delicado estado de salud.

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La infanta Dª María Isabel Francisca de Asís Cristina Francisca de Paula Dominga de Borbón y Borbón, mas conocida como “La Chata”, falleció en París a los 79 años, tan solo  cinco días después de abandonar su querido Madrid. Sus restos mortales no regresarían a España hasta 1991, cuando el 24 de mayo fueron depositados en la Real Colegiata de la Santísima Trinidad del Palacio Real de La Granja junto a los de Felipe V y su esposa Isabel de Farnesio. 

Coso de Vistalegre (1908)

Para conocer a nuestra segunda “Chata”, será necesario que nos desplacemos hasta el populoso barrio de Carabanchel Bajo, donde estuvo nuestra segunda protagonista de la entrada de hoy hasta 1975, año en el que cerro sus puertas durante mas de 14 años, para ser finalmente demolida en 1995. Os hablo, como sin duda ya habréis adivinado, de la Plaza de Toros de Vista Alegre.

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Carabanchel Bajo tuvo su primera plaza de toros, si es que se le podía llamar así, en la calle de la Magdalena, situada a las afueras del barrio. Una plaza que ya aparece citada en el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, publicado por el político Pascual Madoz en 1846. También se hace alusión a ella en la zarzuela La verbena de la Paloma, de Tomás Bretón y Ricardo de la Vega, estrenada en el Teatro de Apolo de Madrid el 17 de febrero de 1894.

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Este primer recinto se construyó a base de palos, talanqueras, maromas y clavazón, comenzando a utilizarse para celebrar festejos taurinos hacia 1890. Conocida como la plaza de palos de Carabanchel Bajo presentaba planta cuadrilonga, sin instalaciones de obra, contando únicamente con corrales y chiqueros. Los festejos, que tenían lugar todos los domingos, congregaban a cerca cuatro mil madrileños que, unos a pie y otros en tranvías tirados por mulas acudían atraídos por unos carteles de calidad, pese a la evidente modestia de las instalaciones. Desmontada en 1906, para ser sustituida en unos terrenos cercanos, a escasa distancia de la finca de recreo propiedad del marqués de Salamanca, conocida como de Vista Alegre, lo que daría el nombre a la nueva plaza de toros inaugurada en 1908. Su promotor y propietario sería D. Francisco Romero, que había sido presidente de la Diputación Provincial de Madrid.

 

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La construcción del nuevo coso comenzó el 6 de agosto de 1906, siendo inaugurada el 15 de julio de 1908, coincidiendo con los actos conmemorativos del centenario de la Guerra de la Independencia, con la actuación a beneficio de la Asociación de la Prensa de Madrid de los diestros Ricardo Torres Reina “Bombita Chico”, Rafael González “Machaquito” y el mexicano Rodolfo Gaona, que lidiaron toros de la ganadería del Marqués de los Castellones y uno de Olea. El aforo inicial fue de 8000 plazas que aumentaron a 9000 con las obras de ampliación realizadas en 1926.

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Durante la Guerra Civil, el coso de Vista Alegre resulto destruido casi por completo, permaneciendo así  hasta que, en 1944, la Dirección General de Regiones Devastadas la reconstruyó, una reconstrucción realizada a medias, ya que la nueva plaza perdió las torres y la grada cubierta, lo que le  valió el sobrenombre de la “Chata”. Inaugurada el 18 de julio de 1947, tan solo seis meses después pasó a ser propiedad del diestro Luis Miguel Dominguín.

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En la actualidad, sobre los terrenos que durante casi 30 años ocupo “La Chata” se encuentra el Palacio Vistalegre, un espacio multiusos, concebido inicialmente como plaza de toros.

Hasta aquí esta breve aproximación a las dos “chatas” mas famosas de Madrid, una infanta de España y una plaza de toros. Una  entrada que espero os haya permitido descubrir un poco más acerca de nuestra ciudad y sus protagonistas mas queridos.

La importancia de llamarse Ernesto.

Pocos escritores de habla inglesa, han sentido tanta pasión y aprecio por Madrid y lo madrileño como el protagonista de la entrada de hoy. Don Ernesto (así era como le llamaban los que tuvieron la suerte y el privilegio de conocerlo, aunque el solía presentarse simplemente como Ernesto, así, sin más) era un verdadero enamorado de nuestra ciudad, de la que llegó a escribir en 1932:

“Cuando se conoce, Madrid es la ciudad más española de todas, la más agradable para vivir, la de la gente más simpática y, un mes con otro, la de mejor clima del mundo. Cuando uno ha podido tener El Prado y al mismo tiempo El Escorial situado a dos horas al norte y Toledo al sur y un hermoso camino a Ávila y otro bello camino a Segovia, que no está lejos de La Granja, se siente dominado por la desesperación al pensar que un día habrá de morir y decirle adiós a todo aquello”

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Muchos de vosotros ya habréis adivinado, que se trata de ese genio de las letras llamado Ernest Hemingway. Tan solo reflejar su carácter y su forma de ser, nos llevaría horas y horas, por eso, hoy me voy a limitar a contaros como fue su relación con Madrid, una ciudad generosa y acogedora, capaz de dar a los visitantes, y a los que en ella viven, lo mejor (y lo peor) de si misma. Una ciudad, capaz de elevarnos a su maravilloso y velazqueño cielo, pero también de hacernos descender a los infiernos a nada que nos descuidemos.

Una breve aproximación a Ernest Hemingway

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Estadounidense de pura cepa, nuestro protagonista siempre vivió al limite. Escritor, Premio Nobel de Literatura en 1954, periodista, corresponsal de guerra, amante de la buena mesa y de las bellas mujeres, aficionado a la caza, noctámbulo, fumador empedernido, buen bebedor, gran aficionado a los toros, tímido, reservado, fanfarrón, vivía obsesionado con la soledad y la muerte… Su vida acabó un aciago 2 de julio de 1961, de dos disparos efectuados de forma deliberada con su escopeta preferida, poco después de que se le diagnosticara que padecía hemocromatosis, una enfermedad genética que acaba causando un severo deterioro físico y mental, hasta el punto de que hacia el final de su vida, eran frecuentes los episodios de delirium tremens, llegando a creer, que el FBI y la policía le tenían continuamente vigilado.

Ernesto y Madrid. De los felices años 20 a la posguerra.

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La primera vez que Hemingway visitó Madrid fue en los felices años veinte, cuando nada hacia presagiar la tragedia que se viviría en España a finales de la siguiente década, durante la Guerra Civil. Durante la contienda, regresó a Madrid como corresponsal de la North American Newspaper Alliance (N.A.N.A.), y en los años cincuenta, a pesar de haber asegurado que no volvería a España mientras quedara un solo republicano en las cárceles, volvió, sin duda llevado por su gran afición a todo aquello relacionado con la fiesta de los toros. 

   En Madrid se sentía como en casa y desde la capital, escribió sus crónicas de la Guerra Civil, mientras desarrolló su trabajo como corresponsal de guerra, escribiendo una crónica tras otra desde los hoteles Gran Vía y Florida. Hizo grandes amigos, con algunos de los cuales se correría sus famosas juergas nocturnas y afirmaba de los madrileños, que le parecían:

“Simpáticos, bromistas y discutidores”

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Y sería también en Madrid, donde conocería a la que acabaría por convertirse en  su tercera esposa, Martha Gellhorn, una americana con la que se alojó en el hotel Florida, en Callao, de quien, a pesar de su gran intuición y su gran inteligencia, nunca sospechó que en realidad, era una espía que trabajaba para el Departamento de Estado, que se hacía pasar por reportera. Entre las amistades que hizo durante sus estancias a la capital, es obligado mencionar a toreros como Marcial Lalanda, Nicanor Villalba, Juan Belmonte, Antonio Ordóñez o Luis Miguel Dominguín. Se cuenta que, en 1956, un día que Hemingway paseaba por la calle Preciados, alguien le gritó:

“¡Eh tú, por qué no escribes ahora Por quién doblan las campanas!”

“¡Cabrón!”

Fue la breve respuesta, muy propia del escritor.

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Fue este mismo año, el 7 de octubre, cuando se produjo el encuentro entre dos grandes genios de la literatura: Pío Baroja y Ernest Hemingway. Parte de la conversación entre el norteamericano y el vasco, ya enfermo y en cama, fue tal y como os cuento a continuación:

“¿Qué coño hace ese tío aquí?” 

“He venido a decirle que el Premio Nobel se lo merecía más usted que yo, incluso se lo merecían más Unamuno, Azorín o Don Antonio Machado”

“Bueno, basta, basta, que como siga Ud. repartiendo el premio así, vamos a tocar a muy poco”

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Hemingway le regaló una bufanda, unos calcetines, una botella de whisky y un ejemplar de su novela “Adiós a las armas” con la siguiente dedicatoria:

“A usted, don Pío, que tanto nos enseñó a los jóvenes que queríamos ser escritores”

Para Baroja, que fallecería poco después de este encuentro, el 31 octubre, Hemingway era ese famoso escritor norteamericano siempre rodeado de putas y dólares, poco serio y de trato áspero. Durante su entierro, el norteamericano sería uno de los portadores del féretro.

Hemingway, Dos Passos y el asesinato que acabó con su amistad

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Cuando los dos escritores norteamericanos coincidieron en el Hotel Florida de Madrid en 1937, ya hacía  tiempo que ambos mantenían una estrecha y gran amistad. Pero en Madrid y en aquel trágico verano del 37, ocurriría algo que los llevó a romper su amistad de tantos años. Los dos escritores estaban en la ciudad escribiendo sobre la resistencia de la II República ante los continuos ataques del ejercito del general Franco, pero John Dos Passos, tenia otra razón mucho mas personal que el simple trabajo, para estar en Madrid en aquellos momentos: Había venido a investigar la muerte de José Robles. Quería saber lo que le había ocurrido a su amigo y traductor. Este seria el asesinato que envenenaría de modo irreparable la amistad existente hasta aquel momento, entre dos de los principales novelistas estadounidenses del siglo XX.

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Durante su estancia en el Florida, Dos Passos, en su artículo para la revista Esquire titulado “Habitación y baño en el Hotel Florida“, publicado en enero de 1938, describió como era aquel Madrid asediado, en aquellos difíciles y trágicos momentos de la historia de España:

“Mi cuarto está en el séptimo u octavo piso. El hotel está en una colina. Desde la ventana puedo ver toda la parte antigua de Madrid por encima de los tejados que se apiñan cubiertos de tejas del color del hollín manchadas de amarillo claro y rojo, bajo el azul metálico que brilla antes del amanecer. Esta ciudad compacta se extiende a lo lejos hasta donde alcanza la vista, con sus calles estrechas, chimeneas sin humo, torres con cúpulas brillantes y afilados chapiteles de pizarra propios de la Castilla del siglo XVII”

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Pero, ¿Quien era José Robles? El comunista José Robles, era hijo de una familia aristocrática y de profundas convicciones monárquicas, y su amistad con Dos Passos nació en 1916 tras conocerse en un tren nocturno que realizaba el trayecto entre Toledo y Madrid  Traductor al español de «Manhattan Transfer», la gran novela de Dos Passos, Robles se puso al servicio de la II República, pero fue asesinado en 1937 en Valencia tras ser detenido por la policía secreta soviética. 

En 1936, Robles fue evacuado a Valencia y allí fue detenido. Pero entre su detención y las noticias de su muerte, pasaron meses, durante los cuales Dos Passos no dejo de presionar a sus contactos en Madrid, entre los que se encontraba Hemingway, con el único objetivo de llegar a saber qué había ocurrido realmente con su amigo. Dos Passos quería, necesitaba saber, para, en caso de que se hubiera cometido una terrible injusticia, exponerlo a la luz pública. Lo que pasó tras la detención de Robles, nunca fue completamente aclarado, aunque si se sabe que fue fusilado en algún momento del 37. 

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Hemingway pensaba que su buen amigo estaba actuando de modo irresponsable y le advirtió de ello, llegando a insinuar que tal vez Robles podría haber cambiado de bando.

“No digas ni una palabra de ese tal Robles. ¿No sabes que cada día desaparece alguien?”

El asunto es que, tal vez  Hemingway, gracias a sus numerosos y buenos contactos, sabia realmente mucho más de lo que le decía a Dos Passos, y así, mientras Hemingway dio crédito al bulo de que Robles, en realidad siempre había sido un espía al servicio del fascismo, Dos Passos jamás se permitiría dudar de su amigo e hizo todo lo posible por averiguar la causa de su muerte. El asesinato de José Robles fue lo que provocó que se rompiera su amistad con Hemingway.

Una vez realizada esta breve aproximación a Ernest Hemingway y su apasionada relación con Madrid, os propongo un repaso a aquellos lugares frecuentados por el Premio Nobel, alguno de los cuales, aparecen en sus novelas y relatos ambientados en la capital de España.

1.- El edificio en ruinas frente al parque del Oeste – Pintor Rosales, 14.

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En el paseo del Pintor Rosales, muy cerca del maltrecho edificio del Cuartel de la Montaña, a duras penas se mantenía en pie un edificio prácticamente en ruinas, con la escalera destrozada, el ascensor retorcido en su hueco y sus puertas perfectamente conservadas, que se abrían a un solar vacío. este edificio fue para Hemingway el símbolo de un Madrid asediado y destrozado por los incesantes bombardeos. A este edificio le dedicaría Hemingway un relato titulado “Paisaje con figuras” y cuando colaboró en el rodaje de la película de propaganda antifascista “Tierra de España”, propuso que algunas de las escenas se rodaran en sus ruinas.

2.- Pensión Aguilar – Carrera de San Jerónimo, 32.

El escritor se alojó con su familia en la modesta Pensión Aguilar durante sus visitas a Madrid realizadas entre 1923 y 1926. Su habitación: la número 7.

3.- Hotel Biarritz – Calle de la Victoria, 2. 1931

4.- Hotel Gran Vía – Gran Vía, 25.

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El antiguo hotel Gran Vía estaba situado en la avenida más cosmopolita y animada de la capital. En su fachada podemos ver una placa en la que se recuerda que fue desde aquí, desde donde el escritor escribiría sus primeras crónicas sobre la Guerra Civil en 1936.

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Fue por esa época cuando la Gran Vía fue bautizada por los madrileños como «avenida de los obuses» o «del 15 y medio», por el calibre de las bombas que la asolaban a diario. Hemingway mencionó este establecimiento en “La quinta columna”, y en su relato titulado “La noche antes de la batalla” escribió:

“El lugar siempre me ponía furioso”

5.- Hotel Florida – Plaza de Callao, 2.

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Este hotel, tristemente desaparecido (fue demolido en los años sesenta para convertirse en unos grandes almacenes) fue el escenario central que eligió el escritor para la que sería su única obra de teatro: La quinta columna. Frecuentado por corresponsales y prostitutas, durante la Guerra Civil, porque era una de los pocos establecimientos hoteleros que tenía agua caliente en Madrid, aquí fue donde Hemingway conoció a la reportera (y espía) Martha Gellhorn,con quien poco después contraería matrimonio. Un día, una granada reventó la caldera del hotel y mientras los huéspedes huían por los pasillos para ponerse a salvo, Ernest Hemingway y Marta Gellhorn salieron desnudos… de la misma habitación. Con su fachada de mármol blanco, su bar y sus salones eran frecuentados por los jóvenes falangistas de Madrid, que acudían también a otros locales cercanos, como el restaurante Or-Kompón, situado detrás del Palacio de la Prensa, donde se compuso la letra del “Cara al sol” en 1935.

“El Florida era uno de los pocos sitios de Madrid donde se podía comer decentemente y donde corría el alcohol sin restricciones, a pesar de la hambruna que sufrió Madrid” (Fernando Cohnen – Madrid 1936/1939)

En sus habitaciones, se escribieron muchas de las crónicas que ocuparían las portadas de los periódicos. Fotógrafos como Robert Capa y Gerda Taro, escritores como Dos Passos y Hemingway, y reporteros como Henry Buckley, de “The Daily Telegraph”; Martha Gelhorn, de la revista “Colliers,s”; Herbet Matthews, de “The New York Times”; Mijaíl Koltsov, del diario “Pravda”, se alojaron en algún momento de la contienda en alguna de sus 200 habitaciones.

“La puerta de mi cuarto está abierta, se escucha el tiroteo del frente a unas cuantas manzanas del hotel. Tiros de fusil toda la noche. Tabletea la ametralladora. Es una suerte estar tumbado en la cama, en lugar de Carabanchel o la ciudad universitaria” (Ernest Hemingway, 1937)

6.- Hotel Gaylord – Alfonso XI, 3.

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Fue uno de los hoteles más importantes de Madrid durante la Guerra Civil. En “Por quién doblan las campanas su protagonista, Robert Jordan, admite que al principio no le gustaba porque le parecía muy lujoso:

“Demasiado bueno para una ciudad sitiada”

7.- Hotel Palace – Plaza de las Cortes, 7.

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El Hotel Palace, uno de los mas emblemáticos establecimientos hoteleros de la capital, con permiso del vecino Hotel Ritz, también aparece mencionado en la obra de Hemingway. En “Fiesta”, Jake y Brett, sus protagonistas, mientras observan al barman no dudan en afirmar:

“Es maravillosa la gentileza con la que te atienden en el bar de un gran hotel”

Y añade Hemingway:

“Fuera de la ventana y sus cortinas quedaba el calor veraniego de Madrid”.

8.- Restaurante Botín – Cuchilleros, 17.

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A Hemingway, que durante sus estancias capitalinas llegó a convertirse en un cliente asiduo, le encantaba el cochinillo asado. En una de sus visitas, Hemingway pidió que le enseñaran a preparar la paella. Tras varios intentos fallidos declaró:

“Será mejor que me siga dedicando a la escritura”

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Fiesta, la novela que le dio fama internacional, termina con una escena en este famoso restaurante madrileño.

9.- Cervecería Alemana – Plaza de Santa Ana, 6.

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Era uno de los lugares favoritos del escritor, adonde acudía con frecuencia para tomar unas cervezas, tal y como escribo en un articulo publicado en la revista Life titulado “Un verano peligros0”. Y a tan solo unos pasos de la plaza de Santa Ana, se encontraba el desaparecido Bar Alvarez, uno de esos clásicos bares madrileños, adonde al escritor solía acudir a beber cerveza y saborear sus gambas, tal y como escribió en “Muerte en la tarde”.

10.- Restaurante El Callejón – Calle de la Ternera, 6.

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Situado a escasos metros de la plaza del Callao, era un local frecuentado por el escritor y su cuarta esposa, Mary, durante sus visitas a Madrid realizadas en los años cincuenta. Hemingway, en uno de sus artículos, para la revista Life, escribió que en El Callejón se podía disfrutar de la mejor comida de la ciudad y de un delicioso Valdepeñas servido en jarras de barro. Un restaurante con sus paredes cubiertas de fotografías dedicadas y enmarcadas de los artistas, escritores, toreros, futbolistas, actores y actrices, cantantes y floklóricas, que en algún momento pasaron por sus distintos comedores.

11.- Bar Chicote – Gran Vía, 12.

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En el relato “La denuncia”, Hemingway utiliza este carismático bar de la Gran Vía como un símbolo del afecto que sus clientes por España, a pesar de haber vivido un episodio tan trágico como la Guerra Civil. Hemingway afirmaba que los camareros merecían todo su respeto, porque con su buen hacer conseguían crear una atmósfera muy agradable.

“Los hombres podían tomar una copa y conversar sin ser molestados”

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También una de las escenas de su obra teatral “La quinta columna” tiene lugar en este bar, por el que en su momento pasaron todos los artistas, incluidas las estrellas de Hollywood, que visitaron Madrid en las décadas de los 50 y 60, su época de mayor esplendor.

12.- Cuartel General de las Brigadas Internacionales – Velázquez, 63.

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Hemingway, que siempre manifestó su compromiso con la causa republicana, durante sus estancias en Madrid, entabló amistad con varios miembros de las Brigadas Internacionales, compuestas por voluntarios de todo el mundo que lucharon en el bando de la República durante la Guerra Civil. El protagonista de “Por quien doblan las campanas”, Robert Jordan era un brigadista internacional que se alojaba en este cuartel, situado en el barrio de Salamanca.

13.- Museo del Prado.

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De todas las decisiones que tomó el Gobierno de la II República después del 18 de julio de 1936, una de las que mas impresiono a Hemingway, fue el traslado por carretera a Valencia de las pinturas del Prado, llevado a cabo en el invierno de 1936-37, para que no sufrieran ningún desperfecto a causa de los constantes bombardeos que sufrió Madrid hasta la entrada de los nacionales el 27 de marzo de 1939.

14.- Parque del Retiro y Real  Jardín Botánico.

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De nuevo Robert Jordan, el protagonista de “Por quién doblan las campanas”. En sus sueños, aparece un parque situado en Madrid donde María y él podrían ser felices. El Jardín Botánico también aparece en esta obra en referencia al ya cercano desenlace de la guerra:

“Reflejo del olor de la muerte que se avecina”

15.- Plaza de toros de Las Ventas.

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Hemingway era un auténtico enamorado de nuestra Fiesta Nacional y un gran experto en tauromaquia, que en su opinión era un arte como cualquier otro. En “Muerte en la tarde” un gran clásico de la literatura centrada en el mundo de los toros escribió:

“Si realmente quieres aprender sobre las corridas de toros, o si alguna vez te interesa mucho, tarde o temprano tendrás que ir a Madrid”

 Su presencia en Las Ventas era constante cuando se encontraba en Madrid, asistiendo a todas y cada una de las corridas de sus amigos, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez.

Tan solo un año antes de su muerte, Ernest Hemingway estuvo por última vez en Madrid, alojándose en el Hotel Suecia, rodeado de libros y whisky y alternando las escapadas por los alrededores de la capital, en especial a El Escorial, donde solía alojarse en el Hotel Botánico, con su gran afición por la vida nocturna de la capital, con especial predilección por Chicote.

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Don Ernesto fue un gran enamorado de España, sin duda el país que mas amaba después del suyo, logrando con sus obras ambientadas en nuestro país, que medio mundo se enamorara de España y lo español, y en especial de dos de sus ciudades: Madrid y Pamplona.

Taberna Antonio Sanchez, castiza y taurina.

Visitar la Taberna Antonio Sánchez es un auténtico viaje en el tiempo, a un Madrid en el que la vida transcurría con mucha mas tranquilidad que en la actualidad. Donde, en todos y cada uno de sus barrios, los vecinos se conocían por su nombre, se interesaban unos por otros y se saludaban al cruzarse por la calle. Es un viaje al siglo XIX, donde podremos revivir un fragmento de la historia de la capital de España a través de multitud de objetos y detalles, que nos transportaran a otra época desde el mismo momento en que traspasemos el umbral.

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 Su fachada de madera, sus baldosas originales, el mostrador de madera y zinc, el grifo de cerveza o los apliques de luz de gas, las fotografías de toreros, las 2 cabezas de morlacos (una es la de Fogoso, el toro con el que tomó la alternativa Antonio Sánchez hijo), las pinturas que adornan las paredes, en las que podemos ver a sus antiguos propietarios, Cara Ancha, Frascuelo y Antonio Sánchez padre.

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Recortes de periódicos antiguos, o carteles que anuncian torrijas a 15 céntimos, prohíben escupir en el suelo o el que nos indica donde esta el “retrete”, hacen de este establecimiento uno de los mas singulares e interesantes de Madrid.

¿Quién fue Antonio Sánchez?

“Antonio Sánchez es uno de los hombres más populares de Madrid. No sólo en su barrio, sino aun en los lejanos a Mesón de Paredes, le saludan, le abrazan, y le convidan a una copa. El vino de su taberna es bueno pero la gente acude a ella por él. Antonio se queja de esta esclavitud que no le deja libre más que las tardes de toros. Y aun a éstas va casi por obligación, porque luego en su casa todos van a preguntarle su juicio sobre toreros y toros, dictamen que es siempre ambiguo, para no lastimar a nadie. Los que le vieron torear rememoran sus hazañas taurinas; los jóvenes que no alcanzaron sus tiempos heroicos le preguntan por ellas” (Antonio Díaz-Cañabate, Historia de una taberna)

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Ya desde muy pequeño, a Antonio le gustaba jugar a los toros en la entonces recién construida plaza del Progreso (actualmente Tirso de Molina). Pero sería a los 15 años, cuando un vecino del barrio de Lavapies, apodado “el Coraje”, le llevó a ver la que fue su primera corrida. La afición prendió rápidamente en el joven, que decidió que quería ser torero. Su padre, sin embargo, le puso a trabajar en el bodegón Le Petit Fornos, un reconocido restaurante madrileño del que era cliente habitual Pio Baroja. Su cada día mayor afición a los toros, le llevó a escaparse en varias ocasiones para ir a las capeas cercanas, consiguiendo matar su primer becerro en una de las becerradas gremiales tan habituales por aquel entonces, para a partir de ese momento pasar a formar pareja torera con Antonio Calvache. Su aprendizaje y formación definitivos vino de la mano de Paco Frascuelos que en aquella época dirigía una escuela de toreros. Fue banderillero y torerillo, hasta que, finalmente, el 16 de junio de 1918, se presentó en la capital, alternando con Vaquerito y Almanseño en una corrida de López Plata, matando su primera novilla. Aquel año  llegó a torear en nada menos que 28 novilladas.

La alternativa llegaría en la Feria de Linares de 1922. Tras haber sido armado matador por Ignacio Sánchez Mejías, con Marcial Lalanda como testigo, Antonio Sánchez sufrió una cornada, que las crónicas de la época nos cuentan así:

“Fue cogido al pasar de muleta, infiriéndole el toro Fogonero de Murube, una grave cornada en el muslo derecho de doce centímetros de profundidad. Pues con lesión tan considerable se levantó rabioso, sin mirarse la ropa, y entrando a matar con notoria audacia, cobró tan gran estocada que le valió los honores de la oreja”.

Su madre, nunca acudió a ver torear a Antonio Sánchez, siempre prefirió quedarse rezando delante del altar, que había instalado en su casa con la imagen de la Virgen de la Paloma. El diario ABC nos cuenta que a lo largo de su vida, Antonio Sanchez sufrió hasta 20 cornadas, aunque otras fuentes señalan que fueron 22.

Su mejor día en la plaza, o al menos el más afortunado, tuvo lugar en Carabanchel, en la plaza de toros de Vista Alegre, popularmente conocida como “La Chata”,  el 17 de julio de 1926, donde compartía cartel en un mano a mano con Mariano Montes. En el quinto Montes fue cogido de muerte por el toro que estaba lidiand0  y Antonio Sánchez mató ese toro y el sexto. Toreo en Mexico donde alcanzó gran popularidad, y tras su regreso a España, se jubiló el 22 de septiembre después de sufrir una grave cornada en Tetuán de las Victorias, que le llevó a las mismísimas puertas de la muerte. El toro que le cogió pertenecía a la ganadería de la Viuda de Ortega, la misma de donde salieron el toro que mató a Gallito y el toro Bailaor, que mató a Joselito en 1920. Más de 2 años tardó Antonio Sánchez en recuperarse de la grave cogida

Breve historia de la taberna de Antonio Sánchez.

La Taberna Antonio Sánchez como taberna, aunque no con ese nombre, ya existía en 1830,  cuando ni siquiera existía la plaza del Progreso y en su lugar, los madrileños aun podían escuchar misa en la iglesia del convento de la Merced, un edificio religioso que desaparecería víctima de la Desamortizaron de Mendizabal en 1837.

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Su primer dueño conocido, el picador Colita, no la compraría hasta 1870, para vendérsela pocos años después al matador Cara Ancha. Finalmente, en 1884 fue adquirida por Antonio Sánchez Ruiz, un comerciante de vinos nacido en Valdepeñas, que sería quien le diera el nombre que aun conserva. Fueron clientes habituales de la taberna, Pio Baroja, Sorolla, Marañón, Julio Camba y Cossio o Antonio Díaz-Cañabate, que encontraría en esta casa la inspiración para escribir en 1944 su “Historia de una taberna”, donde rememora el Madrid que había conocido a principios del siglo XX, durante su juventud y que ya he citado antes.

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También el pintor Ignacio Zuloaga era un parroquiano habitual. Suyo es el retrato de Antonio Sánchez, que se puede ver a la entrada de la taberna, donde el pintor mantuvo su tertulia y realizó su última exposición.

“Alrededor de esta mesa nos hemos sentado muchas noches con Ignacio Zuloaga. Aquí cenábamos unos huevos fritos con la clara rizada y coruscante y la yema intacta, sazonada con una chispita de sal. Una obra maestra estos huevos fritos. En estas cenas es donde únicamente oí hablar a Zuloaga de pintura. Daba consejos a Antonio Sánchez. Y Antonio Sánchez ha ido pintando todos los días, pintando a hurtadillas del trabajo de la taberna; primero, en su casa, en una habitación oscura, con la luz sucia de un patio mezquino” (Antonio Diaz-Cañabate, ABC – 1947)

Tras el fallecimiento de Sánchez, su hijo, también de nombre Antonio, continuó con el negocio, hasta que se su hermana Lola se hizo cargo del mismo hasta 1979, tras lo cual la taberna, corrió serio peligro de desaparecer.

 

Afortunadamente, algunos enamorados de Madrid, sus tradiciones y su historia, como Luis Carandell o José Luis Pécker lograron que esto no sucediera. En la actualidad la regenta Francisco Cies, conocido por los parroquianos como Curro, que haciendo honor a la secular tradición del local, fue torero antes que tabernero. En la actualidad la tertulia de Ignacio Zuloaga ha encontrado digna sucesora en la que fundó y dirige el pintor y poeta Antonio Lebrato, bautizada como “El Rato” y que cuenta con la presencia de ilustres personalidades del mundo de las artes, el periodismo o la política.

La historia de la tinaja número 6.

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Leyenda o realidad, el caso es que en la bodega de la Taberna Antonio Sánchez, se conserva una tinaja de vino que guarda una curiosa y un tanto macabra historia: se cuenta, aunque como de costumbre no podemos saber si esta historia es cierta, que el 2 de mayo de 1808, durante levantamiento del pueblo de Madrid contra los invasores franceses, unos vecinos del barrio mataron a un soldado de Napoleón en las proximidades del establecimiento, tras lo cual y para evitar las represalias habituales en esos casos, lo escondieron en una de las tinajas de la bodega de una taberna cercana. La historia corrió como la pólvora entre los madrileños, que, a partir de ese momento, comenzaron a pedir que se les sirviera vino de la cuba del francés, porque al parecer tenía un bouquet especial, que algunos decían que era el dulce sabor de la venganza, algo que no nos debe sorprender lo mas mínimo, pues, por todos es sabido lo buenos que son los franceses para el vino. Era la tinaja número 6, que tras ser trasladada, aún se conserva en la Taberna Antonio Sánchez.

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Respecto a lo gastronómico, que al fin y al cabo suele ser lo que mas nos suele interesar cuando de una taberna se trata, su carta está especializada en las recetas más madrileñas y castizas, como el cocido, la olla gitana, la tortilla de San Isidro, los huevos estrellados o el rabo de toro estofado, con una mención especial para las torrijas, sin duda de las mejores de Madrid, tanto, que según se cuenta, el rey Alfonso XIII solía encargarlas con frecuencia.

La Taberna Antonio Sánchez es parte de la historia de Madrid, es la taberna sin reformar más antigua de la Villa y Corte, por lo que también es conocida como la taberna de los 3 siglos.

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Taberna Antonio Sánchez

Mesón de Paredes 13 – 28013 Madrid

Teléfono: 915 39 78 26

http://www.tabernaantoniosanchez.com/

Facebook: https://es-es.facebook.com/TabernaAntoniSanchez